(Publicado en La Razón, 28 de noviembre de 2005)
La inminente publicación en España de la biografía de Perón escrita por Horacio Vázquez Rial nos invita a reflexionar sobre algunos de los capítulos más significativos de la política exterior de España posterior a la Guerra Civil, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido y la evolución de nuestra propia diplomacia.
La ayuda de Argentina fue esencial para España en aquellos durísimos años de la postguerra mundial, cuando en los mercados españoles escaseaban alimentos esenciales. Perón rompió conscientemente el aislamiento internacional impuesto a la dictadura franquista y, con las arcas llenas por el incremento de la actividad comercial durante la II Guerra Mundial, fue generoso con la “Madre Patria”. Sin embargo, aquello era mucho más que un acto de generosidad.
El Régimen de Perón era una consecuencia más de la crisis general de los sistemas parlamentarios liberales, que arrasó Europa en las décadas de los veinte y treinta. La República Argentina gozaba de una economía dinámica y un sofisticado sistema político, muy en línea con sus iguales del Viejo Continente. Allí, como aquí, la emergencia de los movimientos totalitarios –fascismos y comunismo- supusieron una amenaza letal. El peronismo fue la variante fascista argentina, un movimiento nacionalista y antiliberal que, a diferencia de sus equivalentes europeos, no llegó a violentar formalmente el sistema democrático.
Perón se sintió en condiciones de liderar un movimiento regional en contra del liderazgo norteamericano. No era tanto un problema de hegemonía como de ideología. Estados Unidos era el símbolo de la democracia liberal y de los mercados abiertos, todo aquello que Perón y sus descamisados rechazaban.
Su ayuda a Franco era un paso más en esta línea: se auxiliaba a otro régimen filofascista, se abría otro frente contra Estados Unidos y, sobre todo, se avanzaba en la línea antidemocrática y proestatista.
El viaje de Eva Perón a España fue todo un hito, recogido por el No-Do con ese estilo único. Para muchos españoles que vivieron o conocieron con posterioridad aquellos acontecimientos todo ello representaba el camino hacia ninguna parte en el que nos introdujo el general Franco tras la gran contienda mundial. El estilo de los discursos de entonces, el tono nacionalista y antidemocrático, el antinorteamericanismo... eran tristes recuerdos de una etapa que teníamos que superar. Desde 1975 el camino recorrido ha sido largo y provechoso hasta el punto de asociar la imagen de nuestra Nación con el triunfo de las transiciones a la democracia, la defensa de las instituciones representativas y las economías abiertas.
En apenas año y medio el Gobierno Rodríguez Zapatero ha echado por tierra todo este trabajo para volver a situarnos allí donde Franco nos colocó, junto al peronismo y movimientos parejos, apoyando movimientos antinorteamericanos, antidemocráticos y contrarios al libre mercado. Hoy el liderazgo no está en Buenos Aires, sino en Caracas. Los dineros no llegan del comercio en un momento excepcional, sino por el tirón de la demanda de energía. Pero el fondo es el mismo. Tras años de disciplina económica y de arraigo de la democracia llega la resaca populista y antiliberal. Tras años de crecimiento económico nos encontramos ante el riesgo de estancamiento por frívola e irresponsable gestión económica. Los ingresos derivados del alza del precio del crudo han llenado las arcas de Venezuela, pero el país es hoy más pobre.
¿Es esto lo que interesa a España? ¿Refleja esta política los valores que vertebran la sociedad española? La respuesta no es tan fácil. Como ocurre en tantos otros lugares de Europa nuestra sociedad está profundamente dividida. El consenso sobre el que se desarrolló la Transición ya no existe y una parte significativa del socialismo español ha iniciado una deriva hacia el radicalismo que tiene sorprendidos a propios y extraños. Si durante treinta años la política socialista giró sobre el eje del centro, ahora ha optado por consolidar el voto más extremista, cuya movilización exige la apertura de nuevas batallas, a cual más absurda y dañina para la convivencia. No es de ahora su interés por lo movimientos populistas y antidemocráticos en América Latina, pero nunca antes se había llegado a tales extremos, a unas políticas que nos aíslan de nuestros aliados europeos y norteamericanos y nos colocan en el frente antiliberal, con Cuba, Venezuela y Argentina.
Si fuimos valedores de políticas que aseguraban avances en derechos humanos, instituciones democráticas y desarrollo económico, ahora lo somos de estrategias que abocan a la crisis de la convivencia y la pobreza. Si estábamos junto a los gobiernos que apostaban, con todos sus sacrificios, por el progreso, ahora estamos con los que apuestan por la subversión.
Actos así sólo consiguen descrédito y falta de autoridad. Mientras Europa busca cómo ayudar nosotros avalamos a Castro, vendemos armas a Venezuela y simpatizamos con Irán, aliado comercial y diplomático del bolivarismo chavista. Chávez defiende el programa nuclear de Teherán y los ayatolás agradecidos respaldan su campaña antinorteamericana.
¿A quién le puede extrañar que ni siquiera los dirigentes árabes se presenten en la Cumbre Mediterránea de Barcelona? Los estados árabes necesitan interlocutores creíbles y España ya no lo es. Ni influye en Bruselas ni en Washington. Está dejando de ser un actor creíble. La próxima reunión de Zapatero con el expresidente iraní Jatamí, para avanzar en el proyecto común de Alianza de Civilizaciones, supone echar más leña al fuego del descrédito. Mientras Europa se moviliza diplomáticamente para frenar el programa nuclear iraní y condena sinceramente las declaraciones antiesraelíes nosotros nos alienamos con ellos, reconocemos su política y nos disponemos a lograr una visión común.
Horacio Vázquez Rial, buen conocedor de su Argentina natal, del Peronismo en el que creció y de esta España de sus ancestros y de sus entrañas tiene razón cuando afirma temeroso que estamos en camino de
argentinizarnos. Esto es lo que da sí nuestra nueva izquierda.