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Los frutos del multiculturalismo
Colaboraciones nº 663   |  24 de Noviembre de 2005
 
Con la imposición del toque de queda y la impresionante muestra de fuerza bruta, las autoridades francesas bien podrían haber logrado meter en cintura los últimos disturbios urbanos. Y unas cuantas noches de lluvias torrenciales también podrían ayudar a aguar el ardor de “les jeunes”, los jóvenes insurgentes que han causado estragos en más de 300 localidades por todo Francia a lo largo de las últimas dos semanas.
 
No obstante una cosa está clara: poner la situación bajo control es una cosa, pero encontrar una solución a largo plazo al problema es otra muy distinta.
 
El fracaso de la directiva francesa a la hora de entender lo que está ocurriendo, por no decir desarrollar una estrategia encaminada a hacer frente a ello, ha abierto la veda a todo tipo de iniciativas inconformistas.
 
Un grupo que se autodenomina Unión de Organizaciones Musulmanas de Francia ha publicado una “fatwa” (decreto islámico) haciendo un llamamiento a que los jóvenes pongan fin a su rebelión. El mensaje es claro: en lugar de obedecer las leyes de la República Francesa, los musulmanes de Francia deben seguir “fatwas” inventadas por la Hermandad Musulmana. También han aparecido a nivel local en muchos lugares un abanico de solucionadores, intermediarios y árbitros, miembros en su mayoría de diversos grupos islamistas militantes, y que se presentan como alternativa a la autoridad del estado.
 
En el extremo opuesto del espectro, un buen número de grupos proto-fascistas han proliferado rápidamente por los suburbios, especialmente cerca de París, y piden la formación de milicias armadas para luchar contra los alborotadores. Afirmando que Francia está ya inmersa en una guerra civil, piden que se despliegue al ejército y que se imponga la ley marcial en las zonas afectadas.
 
La única cuestión que todo el mundo está impaciente por evitar concierne a la naturaleza de lo que a la sociedad educada de París le gusta llamar “violencia urbana”.
 
Según la izquierda, sobre todo el Partido Socialista sin reformar, el problema se deriva de las reducciones en los subsidios del gobierno que ha recortado los servicios sociales en las zonas afectadas. Los socialistas están especialmente dolidos con la decisión de Sarkozy de prescindir de la denominada “policía de proximidad” que había creado la administración socialista previa. La “policía de proximidad” había sido la hoja de parra destinada a esconder el hecho de que la verdadera policía, junto con los médicos, los bomberos, los inspectores de educación y otros representantes de la república llevan años ausentes de docenas de suburbios. La “policía de proximidad” carecía de autoridad para tratar un crimen, arrestar a los criminales o informar siquiera de actividades criminales. Pero podía jugar al fútbol con adolescentes, organizarles vacaciones en la costa y supervisar concursos “de índole artística”.
 
No faltan subsidios del estado a las zonas golpeadas por los disturbios.
 
El portavoz del gobierno, Jean-Francois Coppet, afirma que las zonas afectadas se han beneficiado de “inyecciones masivas de efectivo” durante los tres últimos años. Cerca de casi la mitad de la población vive de las distintas pensiones del estado. Las zonas afectadas se han convertido en el terreno de caza de samaritanos, asociaciones, organizaciones de caridad, grupos de presión, teóricos sociales y, por supuesto, los presuntos “reformistas islámicos”. Durante años, algunos municipios han dedicado casi un tercio de su presupuesto a tales equipamientos con la esperanza de evitar precisamente el tipo de crisis que afrontan hoy.
 
No, la crisis no se puede explicar en términos pseudo-marxistas. La gente no va por ahí quemando edificios públicos o disparando la policía simplemente por ser pobre.
 
La verdad es que los suburbios afectados representan un cóctel peligroso en el que pobreza, alienación cultural y tensiones raciales son algunos de los ingredientes. Pero ni siquiera esos ingredientes por sí solos habrían sido suficientes para provocar la explosión. Después de todo, la región de París también es hogar de cifras sustanciales de inmigrantes asiáticos, vietnamitas y chinos principalmente, que son tan pobres, están tan culturalmente alienados y son objeto de tanta presión racial como los habitantes de los “suburbios inflamables”.
 
Los franceses nativos no consideran a la comunidad asiática como una amenaza a la mera idea de lo francés, aunque sólo sea porque carece de pretensiones universales.
 
La minoría inmigrante musulmana, sin embargo, es percibida como una amenaza porque el Islam se autoproclama credo universal y alternativa a la civilización occidental. La mayor parte de los franceses nativos son persuadidos de que su propia cultura y civilización son lo mejor que la humanidad ha producido nunca y que las pretensiones del Islam están fuera de lugar, por decirlo suavemente.
 
Establecer qué llegó primero es difícil, pero no hay duda de que el islamismo militante y la islamofobia igualmente militante han formado una letal pareja que conduce a Francia a aguas desconocidas.
 
La crisis concierne a la idea misma de carácter francés. Y aún así, muchos líderes franceses se engañan a sí mismos al creer que la identidad francesa, referida a menudo como “l'exception francaise”, es manifiestamente superior como para estar más allá de debate.
 
El problema es que hay millones de musulmanes, especialmente los nacidos en Francia de padres inmigrantes africanos y árabes, que no se sienten franceses de la misma manera que la mayor parte de los restantes franceses. Algunos no se sienten franceses en ningún sentido, al margen de sus documentos oficiales de identidad.
 
La pregunta, por lo tanto, es si Francia sabrá seducir a este grupo de sus hijos con una nueva forma de lo francés, o no.
 
La tarea es más difícil que los desafíos similares que han afrontado Estados Unidos y Gran Bretaña. En los Estados Unidos, todo lo que se exige es lealtad a la Constitución norteamericana, dentro de la cual no sólo son aceptadas toda clase de identidades establecidas, sino que son promovidas activamente. Ni siquiera tienes que hablar inglés para ser americano. Gran Bretaña, por su parte, ha logrado, con una política de negligencia benigna hacia las minorías étnicas y religiosas, permitirles vivir como deseen entendiendo que, incluso aunque puede que aprendan a jugar al cricket, nunca se convertirán en Ingleses.
 
Francia, sin embargo, siempre ha deseado asimilar a sus minorías, transformándolas en “auténticos franceses”. En vísperas de la Revolución Francesa de 1787, apenas el 12% de los sujetos de Louis XVI tenía el francés como lengua materna.
 
Doscientos años más tarde habían alcanzado casi el 90% de los ciudadanos franceses. Para alcanzar ese objetivo, los sucesivos regímenes de París han practicado una política determinada, y a menudo sin escrúpulos, de destrucción de docenas de lenguajes y culturas en busca de una forma única de lo francés.
 
Esa política funcionó porque los lenguajes y culturas que eran asimiladas pertenecían a comunidades que habían sido tanto cristianas como europeas desde tiempos inmemoriales.
 
La asimilación es mucho más difícil hoy, porque las comunidades musulmanas africanas y árabes no son ni europeas ni cristianas.
 
Puede que estén preparados para hacerse un poco más europeos, pero exigiría que, a su vez, otros franceses también se hiciesen un poco como ellos. En otras palabras, lo que exigen es una nueva identidad francesa, una síntesis del concepto tradicional del carácter francés con los nuevos caracteres árabe, africano e islámico. No se puede jugar al multiculturalismo sin transmitir la posibilidad de que tu propia cultura pueda, en algún momento, verse afectada por otras culturas, incluyendo las que una vez eran clasificadas como extranjeras o incluso como amenazadoras.

 
 
Amir Taheri es periodista iraní formado en Teherán. Era el editor jefe del principal diario de Iran, el Kayhán, hasta la llegada de Jomeini en 1979. Después ha trabajado en Jeune Afrique, el London Sunday Times, el Times, el Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mail, el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday y el The Washington Post, entre otros. Actualmente trabaja en el semanario alemán Focus, ha publicado más de una veintena de libros traducidos a 20 idiomas, es miembro de Benador Associates y dirige la revista francesa Politique Internationale.
 


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