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Los católicos y la guerra
En letra impresa nº 111   |  16 de Marzo de 2003
 
(Publicado en el Diario Palentino el 16 de marzo de 2003)
 
La guerra ha situado siempre a los cristianos ante un dilema moral. Las posiciones han oscilado desde el concepto de guerra justa históricamente defendido por la Iglesia Católica hasta el pacifismo absoluto de Lutero y otros grupos cristianos nacidos de la Reforma. La firme oposición del Papa Juan Pablo II a un conflicto bélico en Irak acentúa hoy este dilema moral para muchos católicos. Mi duda es si pese a mi condición de católico puedo moralmente defender como ciudadano el uso de la fuerza para acabar con la tiranía de Sadam Hussein y liberar al mundo de la amenaza de sus armas de destrucción masiva.
 
En la doctrina tradicional de la Iglesia el concepto de “guerra justa” iba asociado no sólo a que la causa de la guerra fuera justa, sino que exigía también que se hubieran agotado todos los medios pacíficos de solución y que existiera una proporción entre el bien que se buscaba y el mal que se pudiera causar. El Concilio Vaticano II transforma este concepto de guerra justa por otro de “justa defensa”, reconociendo el derecho de legitima defensa de los estados “mientras falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces y una vez agotados todos los medios pacíficos de la diplomacia”.
 
Juan Pablo II ha introducido en su doctrina un nuevo supuesto de justificación del uso de la fuerza, al referirse a la injerencia humanitaria. Así, para el Papa actual, la tarea pacificadora ante un conflicto interno puede implicar a veces “iniciativas concretas con el fin de desarmar al agresor”, justificando, “tras el fracaso de los esfuerzos de la política y de los instrumentos de defensa no violenta, el intento extremo al que recurrir para arrestar el brazo injusto del agresor”.
 
La guerra contra el terrorismo exige ahora una nueva revisión moral sobre el recurso a la fuerza. En la guerra contra Afganistán, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la Iglesia adoptó una posición de distanciamiento en la que sin condenar la acción, defendió la solución del diálogo por encima de la respuesta armada. El problema es cómo establecer el dialogo con un enemigo invisible cuyo único objetivo es nuestra destrucción.
 
En la crisis con Irak la posición de Juan Pablo II es de firme y activa oposición a la acción armada. Entiendo que hay varias razones para ello. En primer lugar, en todos los conflictos el Papa ha abogado por el dialogo y los medios pacíficos antes que por la guerra. En segundo término, el Vaticano considera que la vía diplomática no está aún agotada y debe seguir explorándose hasta el último minuto. En tercer lugar, la Iglesia debe ser especialmente cuidadosa en un conflicto que enfrenta países de tradición cristiana con un país de mayoría musulmana. Cualquier ambigüedad de la Iglesia podría ser interpretada en la coyuntura actual como un amparo a una guerra de religiones que todos debemos rechazar de plano. Por último, la jerarquía católica ha encontrado una bandera de reconciliación con su base social, una base que en los últimos tiempos parecía haberse distanciado en otros aspectos morales como la sexualidad o la pobreza.
 
Los que profesamos la fe católica estamos obligados en cualquier caso por el magisterio del Papa a sumarnos activamente a su deseo de paz y a orar porque Dios ilumine un camino para solucionar la actual crisis al margen de la guerra. Como católicos estamos también obligados a ser coherentes entre nuestras convicciones morales y nuestras acciones. Sin embargo, confundir y entremezclar los planos político y religioso ha tenido siempre resultados desastrosos para la política y para la religión. Porque si la obligación del Papa es velar por la salvación de sus fieles, la obligación de todo gobernante democrático es defender la seguridad y la libertad de sus conciudadanos.
 
Por esta razón, creo que los católicos, unidos al Papa en la oración por la paz, podemos al mismo tiempo comprender como ciudadanos la necesidad última del uso de la fuerza si una vez agotados todos los esfuerzos diplomáticos la guerra resulta imprescindible para garantizar nuestra “justa defensa”, sino encontramos otra vía para “arrestar el brazo del injusto agresor” y si queremos dar credibilidad a un orden mundial justo basado en el respeto a la legalidad internacional. El no absoluto a la guerra que defendía Lutero es, por el contrario, la mejor garantía para que los tiranos del mundo puedan continuar cometiendo impunemente sus crímenes.


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