(Publicado en Expansión, 15 de noviembre de 2005)
Todos sabían que la política de integración había fracasado y temían que la crisis estallara. Cuando Le Pen desplazó a Jospin de la recta final en las presidenciales era por algo. Hoy la pesadilla ha cobrado vida y, una vez más, Francia tiene que tratar de acomodar sus sueños a la cruda realidad.
El incendio moral es de mayores consecuencia que el de coches y almacenes. Habrá un antes y un después y, a lo peor, Francia no tiene el valor de asumir los hechos y actuar con el coraje y la inteligencia necesaria.
En sociedades desarrolladas la marginalidad es un hecho inevitable, pero sólo es un problema de estado cuando alcanza determinadas magnitudes. La mejor terapia es una economía libre y saneada que genere puestos de trabajo. El reglamentismo y la interferencia pueden aportar votos, pero ahogan a las empresas y cercenan la creación de empleo. Exactamente lo que viene ocurriendo en la república vecina.
Hay quien no quiere aprender de los errores ajenos. Los Estados Unidos, desde los años de Johnson, decidieron ser solidarios con los más necesitados, destinaron fondos... y lograron institucionalizar una enorme bolsa de arraigados a la beneficencia. Se equivocaron y rectificaron. Hay que colocar al individuo frente al ejercicio de su propia responsabilidad y no hay mejor solidaridad que proporcionar un puesto de trabajo digno.
No les gusta hablar de ello, pero los responsables son delincuentes y jóvenes musulmanes, fundamentalmente de origen magrebí. Durante años, desde que el general de Gaulle decidió fijar una nueva posición nacional sobre el conflicto de Oriente Medio, los medios de comunicación comprenden la violencia árabe contra Israel. Han justificado, bendecido y alabado la intifada palestina y tantos otros actos de violencia árabe. Querían ganarse la voluntad de esos regímenes y satisfacer a sus conciudadanos y electores. ¿De qué se extrañan si ahora se practica en Francia lo que se ha justificado en otras tierras? Las políticas de apaciguamiento generan monstruos.
Hay desarraigo, que es un problema que se puede reconducir, pero también hay algo mucho peor. Parte de la comunidad musulmana rechaza de plano integrarse en la sociedad francesa y desprecia sus “corruptos” valores. Reivindican su derecho a beneficiarse de los servicios de la República, mientras demandan la implantación de la sharia. Ese no es problema exclusivo francés. Se da igual en el Reino Unido y Alemania y será un tema fundamental en los próximos años.
Aparentemente ésta no es una revuelta organizada por los islamistas, pero ellos son los principales beneficiarios. Ahora la animan y se preparan para cosechar el fruto de la crisis moral que asola Francia. ¿Quién, sino ellos, podrá dotar a esos jóvenes desarraigados y despreciados por la República de una identidad y de un sentido para sus vidas?
Mientras tanto aquí celebramos la regularización de Caldera y la Alianza de Civilizaciones de Zapatero ¿Serán capaces de aprender de la experiencia de Jospin? ¿Comprenderán de dónde procedían los votos que fueron a parar a Le Pen?