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Por qué la ONU no puede arreglar Siria
Colaboraciones nº 639   |  10 de Noviembre de 2005
 
El Consejo de Seguridad de la ONU ha recibido el Informe Mehlis, que señala la implicación siria a alto nivel en el asesinato de febrero del exprimer ministro libanés Rafik Hariri. ¿Qué hará sobre ello? Imaginemos el mejor escenario y el peor escenario.
 
El mejor escenario: el Consejo pide a Siria que coopere con la investigación hasta que los responsables sean llevados ante la justicia — y Siria acepta, incluso permitiendo que Detlev Mehlis, el investigador de la ONU, interrogue a los sospechosos en circunstancias de su elección.
 
El peor escenario: el Consejo decide que hay bastantes pruebas para demostrar la culpabilidad siria, y decreta sanciones. Después, tal vez, Siria desafía al Consejo y es castigada.
 
Ninguno de los dos panoramas es satisfactorio — y el “mejor escenario” podría demostrar ser el más desastroso.
 
Recuerde, el asesinato de Hariri fue la consecuencia inevitable de un modelo político que ha dominado Siria, y gran parte de Oriente Medio, durante la última mitad del siglo. Puede que los sirios hayan sido responsables del asesinato de Hariri y puede que no — y el Informe Mehlis no proporciona pruebas concluyentes. Pero una cosa es segura: el asesinato político ha sido practicado de manera rutinaria bajo el régimen Ba'az desde sus inicios en los años sesenta.
 
Por lo tanto, el problema con Siria no es un caso aislado de asesinato político, sino todo un edificio construido sobre la violencia, el terror y la represión. Mientras ese edificio permanezca sin cambios, no podemos estar seguros de que no vaya a haber más asesinatos políticos de este tipo. (De hecho, desde el asesinato de Hariri, otro prominente libanés ha sido asesinado bajo circunstancias similares).
 
Paradójicamente, los custodios del sistema sirio puede que exploten el caso Hariri en cuanto a obtener algunos puntos frente a sus superiores y ganar tiempo para su régimen. Podrían ofrecer “cooperar” con Mehlis, e incluso hacer el Moammar Gadafy entregando un par de operativos de seguridad como cabezas de turco. Para ellos, como en el caso de Gadafy, lo que importa es aferrarse al poder a cualquier precio.
 
Aunque los asesinos de Hariri sean llevados ante la justicia, los hechos básicos de la situación que llevó a su asesinato no cambiarían. El hombre nombrado presidente del Líbano por Damasco permanecerá en el cargo otros 30 meses. Los miles de agentes secretos sirios en el Líbano, junto con docenas de políticos libaneses que han trabajado para Siria, en ocasiones durante generaciones, continuarán rondando hasta que las cosas se enfríen.
 
Siria continuaría entregando armas a Hezboláh y (como el Informe Mehlis hace alusión siniestramente) mantendría sus fronteras abiertas a los terroristas para ir a Irak a placer.
 
Dentro de Siria, centenares de disidentes continuarían languideciendo en prisión, mientras la actividad política y cultural continúa estando seriamente restringida. El sistema económico en el que el comercio de la nación está dominado por grupos al estilo de la mafia continuará intacto, con virtualmente ninguna participación popular a niveles significativos en la toma de decisiones.
 
Y la empresa Mehlis puede llevar años hasta alcanzar alguna conclusión válida. En el ínterin, habría un nuevo presidente en Washington — que podría no estar tan determinado como George W. Bush — y el conflicto en Irak puede sacar a Siria de los titulares.
 
Los gobernantes ba'azistas de Damasco pueden decidir que morder un poco el polvo en un caso de asesinato puede ser el precio que vale la pena pagar para prolongar su estancia en el poder.
 
El mensaje sirio sería simple: admitimos nuestro pecado por lo de Hariri — si olvidáis todos nuestros restantes pecados, pasados, presentes y futuros.
 
Suponga en lugar de eso que Naciones Unidas impone sanciones sobre Siria. Eso tampoco incomodará a la élite de Damasco necesariamente. Como es siempre el caso con las sanciones, la que sufre no sería la élite en el poder; es la masa de desvalidos la que siempre se lleva la peor parte. Y la élite en el poder podría culpar de todas las dificultades a las sanciones, como Saddam Hussein hizo durante 13 años, e incluso reclamar una nueva legitimidad en nombre de resistir a la presión extranjera “imperialista”.
 
La República Islámica de Irán ha convivido con las sanciones desde 1979, y Cuba lo ha hecho desde 1980. Saddam no fue derrocado por las sanciones, sino por un ejército monstruoso.
 
La diplomacia convencional, de la que la ONU es fruto, se refiere principal, por no decir únicamente, al comportamiento de los regímenes, no a su naturaleza. Asume que los regímenes pueden cambiar sus principales características, manifestadas en sus políticas nacionales y exteriores, sin cambiar su naturaleza.
 
Esa es una ilusión peligrosa. Los regímenes, igual que los individuos, no saben actuar contra su carácter durante un período de tiempo apreciable. Un asesino en serie sabe actuar como un ciudadano responsable que respeta la ley durante un tiempo. Pero es seguro que mata otra vez.
 
En 1991, Saddam Hussein firmó una tregua con las fuerzas de la ONU, lideradas por Estados Unidos. Pero no tenía ninguna intención de hacer honor a su firma; en la práctica, no podría haberlo hecho, porque la naturaleza de su régimen no se lo habría permitido.
 
Un escorpión no pica porque quiera portarse mal; está programado para hacerlo. Al igual que todos los organismos vivos, un sistema político tiene su ADN.
 
La misión de Mehlis es un espectáculo que podría ayudar a dulcificar el tema real — que es la necesidad urgente de cambios en la naturaleza del régimen sirio.
 
Tal cambio puede no ser agradable para algunos.
 
Aquellos de América y Europa que se opusieron a la liberación de Afganistán e Irak pueden estremecerse ante la idea de otro “cambio de régimen” de alto riesgo en Oriente Medio. Los franceses y los británicos celebrarían otro acuerdo similar al de Gadafy con el presidente Bashar al-Assad. Y muchos en Israel parecen impacientes por evitar el cambio en Siria, con el argumento de “más vale malo conocido”.
 
Pero la verdad es que Siria está madura para el cambio, y lo necesita desesperadamente. Esta necesidad no llega a través de la acción militar, aunque eso no debería descartarse. Un segmento sustancial del régimen sirio, que probablemente incluya al propio Assad en persona, es consciente de que el cambio no sólo es posible, sino que es inevitable.
 
Cualquier tentativa por parte de Naciones Unidas de imponer sanciones sobre Siria a causa del caso Hariri podría, paradójicamente, congelar las energías en favor del cambio desatadas y reforzar a los segmentos más reaccionarios del régimen — que, haciéndose eco de los mulás iraníes, creen poder capear el presente temporal y esperar a que Bush se vaya.
 
Si la ONU quiere tomar acciones coactivas, debería orientarse contra los individuos sospechosos de haber ordenado y planeado el crimen. Castigar a la nación siria entera en una maniobra que sólo reforzaría a los elementos más contrarios al cambio dentro del estamento ba'azista carece de sentido.

 
Amir Taheri nació en Irán y se educó en Teherán, Londres y París. Ha sido editor jefe de Jeune Afrique, del London Sunday Times, también ha escrito para el Times, y contribuye con The Daily Telegraph, The Guardian, y el Daily Mail entre otros. También ha trabajado para el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday, y The Washington Post, el alemán Die Welt, Der Spiegel, Die Zeit y el Frankfurter Algemeine Zeitung, La Repubblica, L'Express, Politique Internationale y Le Nouvel Observateur.
 


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