La acción y efecto de adoctrinar, es decir, instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina ha venido siendo lamentablemente una práctica común en buena parte de las universidades públicas del mundo. Ese adoctrinamiento como modo de inculcar determinadas ideas o creencias ideológicas, políticas o religiosas jamás puede aceptarse como misión de una verdadera universidad democrática, y menos aún si se trata de una universidad pública y financiada con dinero de los contribuyentes. Por lo mismo, resulta inaceptable que tales ideas se planteen desde un sectarismo ideológico ligado a particulares activismos políticos.
Es así como las universidades se han llegado a convertir en muchos países del mundo en uno de los bastiones más importantes del adoctrinamiento ideológico y del activismo político. La realidad de las universidades demuestra que dicho adoctrinamiento procede en una gran mayoría de los casos de una amalgama de activismos políticos ligados a las izquierdas. Se trata de grupos de “intelectuales” que descalifican permanentemente y de diversos modos gran parte de los valores y principios del ideario liberal-conservador, la tradición cultural de Occidente, así como todos y cada uno de los valores inherentes a la raíz judeo-cristiana, que es la base de Occidente por antonomasia.
La guerra dialéctica entre izquierdas y derechas, lejos de ser como algunos creen un debate trasnochado, sigue viva en los inicios de este siglo XXI. Las universidades sirven de plataforma para esa batalla, dominada por los “intelectuales” de izquierda o los disimulados “centro-izquierda”. En el caso de las universidades vale la pena sacar a la luz realidades visibles a nivel transatlántico para comprobar el permanente asalto que desde la falseada intelectualidad de la izquierda se sigue dando a los valores de la igualdad, la libertad y la justicia. Aquí plantearemos algunas ideas generales sobre un tema de necesario conocimiento y revisión.
1. Premisas esenciales en torno a la libertad en la Universidad
Para llamar la atención sobre el adoctrinamiento en la Universidad, debemos en primer lugar partir de una premisas objetivas que juzgamos como necesarias en la definición de la Universidad. En ellas entra la valoración de la misión que debe tener toda Universidad que se dice ubicada en un sistema verdaderamente libre y democrático. No resulta difícil llegar a un acuerdo sobre tales propósitos centrales de toda Universidad. Propongamos, como punto de partida, los siguientes: 1) la búsqueda de la verdad; 2) el descubrimiento de nuevos conocimientos a través del saber y la investigación; 3) el estudio y la crítica razonada de las tradiciones intelectuales y culturales; 4) la enseñanza y el desarrollo general de los estudiantes para ayudarles a convertirse en individuos creativos y ciudadanos provechosos de una democracia plural; y 5) la transmisión del conocimiento y el aprendizaje a la sociedad general.
Estos propósitos –podrían ser más- reflejan algunos de los valores claves de cualquier auténtica democracia: la pluralidad, la diversidad de opiniones, la oportunidad, la inteligencia crítica, la apertura y la equidad, entre otros. Desde todo ello, aceptemos que la libre investigación y la libre expresión dentro de la comunidad académica universitaria resultan indispensables para alcanzar esos objetivos. De igual manera, la libertad para enseñar y para aprender debe depender de la creación de condiciones y oportunidades apropiadas en la totalidad del campus universitario.
La libertad académica y la variedad intelectual son valores indispensables para toda universidad democrática. Sobre dicha libertad se apoyan los conceptos de que el conocimiento humano es una búsqueda ilimitada de la verdad; de que no hay un acceso humano a la verdad que no esté como principio abierto a la sana disputa y al edificante debate; y que no hay ningún partido político o facción intelectual o ideológica que tenga el monopolio absoluto del saber. De ahí resulta que la libertad académica sólo puede prosperar en un ambiente de pluralidad intelectual que proteja la independencia de pensamiento y de expresión dentro de los límites del respeto mutuo y la necesaria defensa de las ideas.
Quienes defienden la libertad, en su sentido amplio y sin restricciones, coincidirán en que toda sociedad realmente democrática debe estar hondamente comprometida en salvaguardar la libertad académica como valor trascendente para todos los ciudadanos, de los que son y forman parte también los profesores. Si la esencialidad de la libertad en las universidades es premisa fundamental, la práctica de esa libertad debería consistir en proteger la libertad intelectual de profesores, investigadores y estudiantes en la búsqueda seria y honesta del saber. Por lo mismo, cabe amparar la expresión de las ideas individuales de la interferencia de legisladores o autoridades dentro de la misma institución universitaria.
Significa esto que ninguna ideología se debería imponer a los profesores ni tampoco a los estudiantes a través de los procesos y medios administrativos dispuestos democráticamente por las instituciones académicas. Significa que tampoco los gobiernos pueden imponer ninguna ortodoxia o ideología a través de su control del presupuesto universitario nacido de fondos públicos. Al mismo tiempo, es fundamental también que los profesores eviten aprovecharse injustamente de la inmadurez de los estudiantes a través del adoctrinamiento con las propias opiniones del profesor antes de que el estudiante tenga la oportunidad de examinar equitativamente otras opiniones sobre los asuntos en cuestión, y antes de que el estudiante posea suficiente conocimiento y madurez de juicio como para poder formar una opinión definitiva por sí mismo.
Los estudiantes deben ser libres para tomar excepciones razonadas a los datos o visiones ofrecidas en cualquier curso de estudio y para guardarse sus opiniones sobre cuestiones de opinión. En consecuencia, para asegurar la independencia intelectual universitaria y para proteger el principio de la pluralidad intelectual, hay una serie de principios y procedimientos que deben salvaguardarse. Estos principios son aplicables por entero a las universidades públicas y a las universidades privadas que se presentan a sí mismas como regidas por los cánones de la libertad académica. Si las instituciones privadas deciden restringir la libertad académica sobre la base de credo tienen la obligación de ser lo más explicitas posibles sobre la mira y la naturaleza de esas restricciones para no llamar a engaño.
Por este camino, la contratación, despido o ascenso del profesorado debería depender exclusivamente de su competencia y conocimiento apropiado en el campo de su especialización y, en las humanidades, las ciencias sociales, y las artes, con una visión hacia la protección de la pluralidad de metodologías y perspectivas. En consecuencia, ningún profesor debería ser contratado o negado a su ascenso o su titularidad o despido sobre la base de sus creencias políticas o religiosas. Por lo mismo, los estudiantes deberían ser evaluados solamente sobre la base de sus respuestas razonadas y su apropiado conocimiento de las materias y disciplinas de estudio, nunca respecto a sus creencias políticas o religiosas.
Toda universidad democrática debe salvaguardar los principios de la libertad académica y promover el pluralismo intelectual. Aceptemos, por tanto, que un ambiente que lleve al intercambio civilizado de ideas es un componente esencial de toda Universidad libre, por lo que no debería permitirse la obstrucción de conferenciantes invitados al campus, la destrucción de escritos particulares o cualquier otro esfuerzo de obstrucción de dicho intercambio. El conocimiento avanza cuando los individuos académicos tienen la libertad de alcanzar sus propias conclusiones sobre los métodos, hechos, y teorías que han sido validadas por la investigación. Las instituciones académicas y las sociedades profesionales se configuran así como avance en el conocimiento en un área de investigación, para mantener la integridad del proceso de investigación.
Para llevar a cabo estas funciones de forma adecuada, las instituciones académicas y las sociedades profesionales deberían mantener una postura de neutralidad organizadora con respecto a los desacuerdos sustanciales que divida a los investigadores en cuestiones dentro, o fuera, de sus áreas de investigación. Sin embargo, todas estas formulaciones que venimos aquí planteando son violadas y quebrantadas cada día en los miles de campus universitarios del mundo, universidades que se dicen democráticas en países supuestamente libres y democráticos. Como sugerimos al principio, la realidad nos muestra que las universidades se han visto controladas en las últimas décadas por una cultura de las izquierdas que injustamente viene desvirtuando los valores básicos de la libertad académica a través de un adoctrinamiento más o menos sutil y disimulado.
2. Paradigmas del adoctrinamiento universitario
Para probar inicialmente la negatividad que implica todo tipo de adoctrinamiento universitario, venga de donde venga, vale la pena atender a algunos ejemplos. En el caso hispanoamericano, pensemos en la Universidad peruana. Recuérdense los sucesivos gobiernos de las décadas de los años setenta y ochenta que fueron paulatinamente permitiendo que las universidades se convirtieran en centros no ya sólo de las izquierdas comunistas, sino incluso en centros de adoctrinamiento terrorista. A nadie escapa que fue en el Perú donde muchas universidades se convirtieron en trágicos campos de batalla donde los lemas de grupos ligados al comunismo maoísta, como “Sendero Luminoso” o el “Movimiento Revolucionario Tupac-Amaru” (MRTA), apostaron por una guerra popular bajo radicalismos ideológicos compartidos y apoyados no sólo por muchos intelectuales y profesores activistas sino también por estudiantes adoctrinados y cegados ante esa propaganda antidemocrática.
En muchos casos, los estudiantes peruanos eran obligados a interrumpir sus clases para escuchar las arengas de esos grupúsculos ligados a la violencia terrorista. En otros casos, se les obligaba a participar en paros y huelgas universitarias. Se trataba de una suerte de propaganda subversiva que impedía la libertad en las aulas e imponía el terror en los supuestos foros de investigación y conocimiento. Las universidades eran así los centros donde se formaban los nuevos cuadros políticos e ideológicos que se extendían luego a la acción terrorista y la lucha armada. No hace falta recordar aquí a los varios miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad nacional asesinados en diversas universidades peruanas mientras velaban por la seguridad pública. Vale evocar también los casos de algún rector o vicerrector amenazado e incluso asesinado a manos de esos grupos terroristas de la militancia comunista por no aceptar sus preceptos revolucionarios.
Los hechos que recordamos para el caso del Perú pueden también aplicarse al contexto del sandinismo nicaragüense de los años ochenta, tan cercano ahora a volver a alcanzar el poder en Nicaragua. No hace falta exponer todo lo que eso significaría de deterioro para la libertad universitaria en aquel país centroamericano. Aunque al margen ya plenamente de un sistema democrático, pensemos también en el caso de Cuba, donde hoy sigue vivo el adoctrinamiento ideológico de los estudiantes, desde la temprana niñez hasta la Universidad. Se trata de una línea política autodefinida como socialista y marxista, cuyo objetivo es formar al "hombre nuevo" que deberá continuar y perpetuar la llamada "obra de la revolución". Hoy vemos el fracaso de esa sociedad antidemocrática y los lamentables resultados tras más de cuarenta años de dictadura castrista: atraso, pobreza, opresión y, sobre todo, falta absoluta de libertad.
Estos casos son ampliables a buena parte del sistema universitario hispanoamericano donde resulta notable el marcado adoctrinamiento y sesgo ideológico de las izquierdas disfrazadas de intelectualidad en los claustros universitarios y en su inagotable práctica del adoctrinamiento de la vulgata marxista. Sin ser lo mismo en cada área cultural, desde México a la Argentina ninguna de las llamadas democracias iberoamericanas está exenta de un sistema universitario donde el adoctrinamiento sea altamente reconocible. En muchos casos, el dinero público de los contribuyentes acaba en manos de grupos universitarios que –bajo manto de colectivos estudiantiles u organizaciones no gubernamentales- utilizan la plataforma universitaria para fines ideológicos ajenos a la verdadera misión de toda Universidad democrática.
El caso de España, pese a las claras diferencias, ofrece también bastantes ejemplos de la manipulación universitaria para fines políticos. El gran ejemplo de la patética situación de la Universidad española tuvo lugar en 2002 con la polémica suscitada en torno a la sustitución de la socialista Ley de la Reforma Universitaria (LRU) por la Ley Orgánica de Universidades (LOU). Dicho cambio suponía el posible fin de una endémica endogamia universitaria, servil a los valores del socialismo y a menudo ligada a la politización de la Universidad por parte de las izquierdas españolas. Hablamos del sistema de la LRU por el cual, durante casi veinte años, para obtener un puesto académico universitario resultaba muy propicio estar afiliado al Partido Socialista Obrero Español. Así se explica que el 70% de los puestos adjudicados entre 1983 y 1996 tenían irrefutablemente ese sesgo o parentesco ideológico.
Los nefastos resultados de dicho sectarismo político ya los conocemos, así como lo que significó ese adoctrinamiento para la calidad y el valor de la Universidad española. Con la inminente llegada de la LOU, propiciada por la derecha en España, los grupos de rectores y vicerrectores se mostraron reacios a la reforma y contaron con el apoyo de los partidos de las izquierdas (socialista y comunista), los sindicatos y hasta de muchos catedráticos y profesores titulares universitarios temerosos a perder sus privilegios. La idea de la plaza “en propiedad” llevaba a muchos de ellos a tener varios ayudantes que impartían sus cursos con escasos o nulos controles de calidad o evaluación. En la farsa que supusieron las quejas de aquellos días entraron también muchos estudiantes adoctrinados y mal informados que, bajo pancarta, pensaron estar defendiendo cuestiones ligadas a las matrículas, las becas, la privatización y otras falacias publicadas en torno a la nueva ley.
La nueva LOU era tan sólo un paso inicial en el buen camino, pero el socialismo en España se encargó de minar ese camino y, tras el 11-M, decidió acabar con gran parte de todas aquellas iniciativas. Antes de que entrara en funcionamiento aquella LOU en 2003, los rectores de las universidades públicas españolas sacaron a concurso casi el triple de plazas a profesorado funcionario que en el año anterior. Con esa acción, todos los puestos vacantes publicados antes de que se aprobara la LOU lograron eludir el tener que pasar por la prueba de habilitación que preveía la nueva norma. Por este camino, los rectores pudieron saturar las plazas de profesorado universitario para muchos años y se aseguraron así el control político e ideológico de las izquierdas sobre la Universidad española. A cuantos dudan de lo que aquí apuntamos y del sectarismo político de la Universidad en España, bastará que pregunten a los candidatos que quedaron fuera por concursos vergonzosos e injustos que incluían ya plazas concedidas de antemano. Basta mirar también la reciente concesión del “Doctorado Honoris Causa” en la Universidad Autónoma de Madrid a un pistolero del comunismo como Santiago Carrillo.
Por otro lado, y sin salir de lo que va quedando de España, el adoctrinamiento lingüístico e ideológico es notable en las particularidades autonómicas, especialmente en Galicia, Vascongadas y Cataluña. En esas comunidades, con cada vez mayores transferencias en materia educativa, y que constitucionalmente forman parte del reino de España, los respectivos sistemas educativos, desde los primeros años de educación hasta la Universidad, se han ido convirtiendo en planes al servicio del adoctrinamiento nacionalista secesionista. Dichos sistemas educativos aparecen como herramienta clave para controlar tanto los contenidos de la enseñanza como la selección del profesorado a través de la exigencia del dominio del vascuence, el catalán o el gallego y la marginación del español. En el caso particular de la contratación del joven profesorado, de los cuerpos de administración y servicios universitarios, resulta clave el conocimiento y dominio de las lenguas periféricas en detrimento de la española.
Lo lamentable de todas estas cuestiones referidas al caso español no es sólo el adoctrinamiento universitario, sino también la hipocresía de las izquierdas y la falta de honradez intelectual de la que ya hemos dado cuenta en otras colaboraciones y columnas de prensa, al escribir sobre
la farsa universitaria en España al hilo de la provisión de una plaza de profesor titular en la Universidad del País Vasco a un personaje ligado al terrorismo. Y lo mismo en cuanto a la necesidad de exponer con claridad, como hicimos en estas mismas páginas, una
defensa de la Filología Inglesa frente a las maniobras del socialismo y los errores cometidos al proponer una gran reducción de títulos en las areas de Humanidades, en especial en lo que afectaba a los estudios filológicos en España.
3. El adoctrinamiento en la Universidad norteamericana
El adoctrinamiento universitario no es, contra lo que pueda parecer, privativo de los sectores antiliberales y de las izquierdas en Europa y el mundo hispánico. De hecho, adquiere tintes transatlánticos harto preocupantes que alcanzan hasta el seno mismo de la Universidad en Estados Unidos. La permanente defensa de los valores y principios de la primera y más avanzada democracia en el mundo, la norteamericana, y los deseos de mostrar sus valores como modélicos para el desarrollo y avance de la libertad en todo el mundo no excluye un serio análisis de la situación por la que atraviesa también la Universidad estadounidense.
Contra lo que algunos puedan creer, no nos referimos aquí a un adoctrinamiento chauvinista y patriotero de la propia nación norteamericana, sino más bien todo lo contrario: un adoctrinamiento de parecidos contenidos antiliberales y hasta antidemocráticos, ligados con el odio a la misma forma de vida americana y al capitalismo. Es un adoctrinamiento que tiene la misma o parecida raíz ideológica que los que proponen las izquierdas internacionales, sobre todo las surgidas desde los años sesenta. Aunque con distintas variantes, hablamos de un activismo de izquierdas que en la raíz misma de las facultades y departamentos universitarios norteamericanos intenta adoctrinar a los estudiantes desvirtuando los avances de Occidente y su tradición cultural y democrática. Se trata de un activismo que al calor de una manada de elitistas “intelectuales” cuestiona de forma negativa y sin disimulo las bases de la libertad y el modelo de vida occidental liderado por los Estados Unidos.
En demasiadas ocasiones ese mismo adoctrinamiento adquiere un sesgo negador del mismo lugar donde se ubican dichas universidades, es decir, Estados Unidos, en una ligazón con las izquierdas ubicadas en el planetario y rampante antiamericanismo. Buena parte de la enseñanza universitaria transatlántica muestra un relativismo cultural por el que ni lo estético ni lo moral permiten establecer diferencias de valor entre las ideas y creencias. Se trata de lo que a finales de los ochenta Allan Bloom ya calificó con acierto en su libro como la cerrazón de la mente americana,
The Closing of the American Mind.
Se trata también de lo que Dinesh D´Souza denominó poco después como educación antiliberal, en un libro que marcó época a inicios de los noventa y que bajo el título de
Illiberal Education cuestionó una a una todas las políticas que en torno a cuestiones étnicas y sexuales tenía lugar en los campus universitarios norteamericanos. Desde su origen hindú y con su experiencia en la Universidad norteamericana, D'Souza presentó una serie de casos en los que la libertad occidental quedaba desprestigiada en las universidades por culpa de una serie de políticas de cupos y de representación racial y étnica que sustituía el mérito por una falso encasillamiento de género o raza.
El libro demostró además cómo casi todas las universidades dedicaban una amplia porción de su currículum a cuestiones ligadas al “multiculturalismo” y a lo “políticamente correcto”, en una manía artificial de satisfacer las demandas politizadas de grupos minoritarios (especialmente negros e hispanos) con notas académicas considerablemente inferiores a otros grupos (blancos o asiáticos) que merecían entrar en la universidad en función de sus mejores notas. El trato preferencial en las admisiones universitarias del estudiantado por cuestiones extra-académicas como la raza o el género debilitaba los estándares educacionales y fomentaba la tensión racial en el campus.
Los datos que D´Souza documentó en su libro incluían las falsas posiciones de ciertos currículos multiculturales y las políticas de admisiones de universidades norteamericanas de prestigio como Stanford, Berkeley, Harvard, Duke, asi como otras cuestiones ligadas a la llamada “Acción Afirmativa”. Lo que, en suma, vino a demostrar este libro fue que las políticas de las universidades no se fundamentaban muchas veces en los intereses intelectuales sino en una falsa ideología multiculturalista apoyada en cuestiones de raza y género, sin importarle mucho el real objetivo intelectual de la Universidad.
En esta misma línea y especialmente furibundo fue el libro de Alan Charles Kors Y Harvey Silverglate sobre las sombras de la Universidad norteamericana como paradigma de la libertad traicionada:
The Shadow University: The Betrayal of Liberty on America´s Campuses, aparecido en 1999. Estos autores -el primero catedrático de historia en Pennsylvania y el segundo, abogado defensor y profesor en Harvard- demostraron las divergencias entre la sociedad norteamericana y lo que se hacía en sus universidades por vía de la visión de una falseada diversidad y corrección política. El libro resultaba una acusación directa a un sistema universitario sectario y activista en contra de los valores liberales y conservadores por vía de falsos códigos que, en el fondo, prohibían la verdadera expresión individual en favor de reductos de lo políticamente correcto de las izquierdas.
Kors y Silverglate demostraron a las claras cómo la libertad y la justicia eran las primeras víctimas de un sistema universitario demasiado pendiente de falsos ideales multiculturalistas y de un igualitarismo llevado al extremos y por el que el talento y la capacidad se supeditaban a otras causas extra-académicas y de mérito. Pueden mencionarse casos como el del consejero de una residencia universitaria católica que fue despedido por no querer llevar símbolos de la causa gay y lesbiana; el del profesor que fue investigado por acoso sexual al no aceptar los temas propuestos por las profesoras feministas del campus. No se trataba de historias sacadas de contexto o desde la perspectiva política, sino más bien de una clara puesta al día de muchos ejemplos del adoctrinamiento totalitario por parte de un grupo de intelectuales autodefinidos como de izquierdas que han ido copando las universidades norteamericanas desde la década de los años sesenta.
Aclaremos que nadie puede negar el valor de las universidades como instituciones educativas. Mentiríamos si negáramos la existencia de abundantes profesionales notables, tanto en Iberoamérica como en España y los Estados Unidos. Pero quienes vivimos diariamente la vida universitaria no podemos dejar de reconocer en muchos momentos y situaciones un asalto escondido pero sistemático a los valores de la libertad, el individualismo, la dignidad, la excelencia y el talento, la igualdad de oportunidades y todo lo que constituye la base de toda sociedad democrática. El adoctrinamiento es visible e incluye un falseado multiculturalismo académico que pervierte la verdadera educación, la transforma en una reeducación politizada donde el individuo y todo lo estudiado acaba representado bajo cuestiones sectarias ligadas a identidades de grupo, raza, género o clase.
El campus se convierte así en un artificial marco humano con códigos de conducta obsesionados con la homofobia, el sexismo, la discriminación étnica o de género, la educación en la diversidad, los programas de reforma académica de pensamiento y, en fin, una turba de palabras y hechos que afectan la vida de los estudiantes. Así, acaban trastornando su espontaneidad y su individualidad en actitudes sociales de grupos abstractos controlados por las izquierdas políticas y culturales que manejan un profesorado radicalizado y una administración supeditada a esas modas y mandatos. La realidad es que a día de hoy en las universidades norteamericanas es posible ver un doble estándar donde las voces de la progresía pueden hallar cualquier cosa ofensiva para las mujeres, las feministas, los gays, las minorías étnicas y otros grupos, siendo a su vez que todo vale –hasta lo más grave- para cuestionar, atacar y hasta insultar los valores tradicionales y culturales de la libertad occidental: léase, el ideario de la derecha liberal-conservadora, las raíces judeo-cristianas de Estados Unidos y de Occidente y todo cuanto suene a tradicional.
Dejaremos para otra colaboración los detalles de cuanto decimos y la documentación específica del tratamiento de las Humanidades en el mundo académico norteamericano para observar el contagioso efecto de estos diletantes de las izquierdas ideológicas. Más particularmente, habrá que tratar de las diversas escalas de falsedad que se albergan en lo que en otro lugar hemos calificado y estudiado como “mitos socialistas” sobre figuras y autores que pasan por las universidades –y no sólo en las norteamericanas- como grandes héroes de nuestro tiempo siendo como fueron autores y figuras cegadas por una ideología que negó siempre la libertad del ser humano. No resulta muy difícil exponer esas contradicciones, las mentiras e hipocresías de las izquierdas en el mundo de la cultura y el ámbito intelectual.
Para mostrar que cuanto decimos se apoya sobre realidades incontestables, vale la pena mencionar que los últimos datos de la orientación ideológica del profesorado en el sistema universitario estadounidense apuntan un hecho irrefutable: frente a los docentes de talante liberal-conservador, existe un notable predominio en número de profesores ubicados en la izquierda ideológica, quienes en muchos casos, adoctrinan políticamente a los estudiantes bajo capa de la mal llamada “libertad de cátedra” o la “autonomía universitaria”. Recientemente, Stanley Rothman, S. Robert Lichter y Neil Nevitte publicaron una interesante investigación sobre las relaciones entre las ideas políticas del profesorado y su avance profesional en el mundo académico
(“Politics and Professional Advancement Among College Faculty”) publicado en la revista
The Forum.
El estudio es altamente significativo porque examina la composición ideologica del profesorado de las universidades norteamericanas y si, a su vez, la homogeneidad ideológica refuerza o no el avance de ese profesorado. En la encuesta nacional realizada a 1643 profesores de 183 universidades, los hallazgos mostraron que los que se definen ubicados en los credos del Partido Demócrata superan con creces a los que se consideran en el ámbito del Partido Republicano. Lo curioso del estudio es que las diferencias no se limitan solo a la categoría de la Universidad o a un ámbito específico de la enseñanza. Al contrario, tras tener en cuenta particularidades y tipologías individuales, el análisis demuestra que los profesores que se definen como republicanos (o sea, ubicados en la derecha liberal-conservadora) enseñan y trabajan en universidades de menor calidad que los que se definen como “demócratas” (o sea, los autodefinidos en la órbita de las izquierdas).
Lo que sugiere este estudio es que no les falta razón a quienes una y otra vez se quejan del adoctrinamiento en la Universidad. En realidad, y usando los propios recursos de las izquierdas podríamos y deberíamos hablar de una “discriminación académica” por razones ideológicas en las que el profesorado liberal-conservador es muchas veces mal visto o demonizado por parte de las izquierdas “intelectuales”. De ahí que el avance de estos profesores resulte más costoso. Estos datos requerirían de una seria consideración por parte de las administraciones universitarias y verifica cuanto venimos planteando.
Apuntemos un dato más a través de otra investigación a cargo de Daniel B. Klein y Charlotta Stern sobre la diversidad política en el campo de las Ciencias Sociales y las Humanidades. En su análisis
How Politically Diverse Are the Social Sciences and Humanities?, publicado en la revista
Ratio Working Papers, se hallan datos reveladores. La pregunta de este estudio, realizado a un amplio grupo de profesores de antropología, economía, historia, filosofía política, ciencias políticas y sociología en Estados Unidos, era la siguiente: “¿A qué partido político pertenecían mayoritariamente los candidatos a quienes ud. votó en los últimos diez años?”. Las respuestas mostraron que en una gran mayoría todos los profesores que respondieron votaron al Partido Demócrata y, en el caso de las ciencias sociales y las humanidades, la ratio diferencial fue de 7 profesores demócratas frente a 1 republicano. Ambos estudios, tan recientes como reveladores, demuestran la situación universitaria norteamericana y explican la fundamentación ideológica que impera en las universidades pese a lo que se quiere negar.
Cabría matizar, con todo y guardando las diferencias, que el Partido Demócrata en Estados Unidos no es lo mismo que el Partido Socialista Obrero Español ni otros partidos de las izquierdas europeas e iberoamericanas. Pero no puede olvidarse tampoco que es gracias a esas universidades pobladas de profesores “demócratas” por lo que es visible y notable el creciente adoctrinamiento y hasta un peligroso ataque a los valores occidentales mediante posturas cercanas a grupos de intelectuales que defienden causas tan nefastas como el permanente ataque contra Israel y la defensa de posiciones antidemocráticas por todo el mundo.
4. Del adoctrinamiento al insulto: todos contra la derecha
Nada mejor para ejemplificar el caso del adoctrinamiento y el antiamericanismo en la Universidad norteamericana que las páginas de organizaciones como
Campus Watch, fundada por Daniel Pipes, o la revista
FrontPage Magazine de David Horowitz, una de las que más claramente ha venido defendiendo en Estados Unidos los valores de la libertad académica, a través de la implacable lucha contra el terrorismo y la defensa de la libertad. En su juventud, Horowitz fue comunista, perteneció a la radicalidad de los “Black Panthers” y conoció de primera mano los movimientos del activismo de las izquierdas internacionales y particularmente de la norteamericana. Como suele ocurrir, Horowitz tampoco tardó mucho tiempo en desengañarse de la falacia de las izquierdas y decidió buscar las respuestas para la creación de una sociedad apoyada verdaderamente en la libertad. Uno de sus objetivos ha sido y sigue siendo resguardar y garantizar la libertad de expresión en los campus universitarios en Estados Unidos.
Como ejemplo del rechazo a la libertad por parte de muchos de los llamados “intelectuales” universitarios norteamericanos -curiosamente algunos de ellos, los más radicales y antiliberales de la comunidad universitaria- fue el reciente episodio de intolerancia contra el propio Horowitz, a quien el pasado abril lanzaron un pastel a la cara en plena conferencia en la Universidad de Butler, en el estado de Indiana. Horowitz fue atacado en el podium por un grupo de estudiantes que interrumpieron la charla y salieron corriendo. Tras ello insultaron, de paso, a un profesor negro que asistía al acto, sólo por tener ideas conservadoras.
El ataque a Horowitz no es el único, sino uno más en la cadena de incidentes contra conferenciantes y profesores universitarios ubicados en el ideario de la derecha liberal. Tal fue el mismo caso contra Bill Kristol, editor del Weekly Standard. A Kristol le lanzaron otro pastel a la cara en Earlham College unas semanas antes. Lo mismo le ocurrió a Pat Buchanan –reconocido comentarista conservador- en Western Michigan University o a la joven escritora Ann Coulter, otra de las figuras de la derecha norteamericana.
Lo interesante de todo esto es que en los campus universitarios estadounidenses nunca se ven los mismos incidentes al revés, como prueban los baños de masas universitarias propiciados por activistas de la izquierda más radical como Michael Moore, George Soros o profesores activistas tan sectarios y tan críticos contra Estados Unidos como Noam Chomsky o el reciente Ward Churchill. Afortunadamente, sin embargo, el movimiento de la derecha liberal-conservadora en Estados Unidos no se cruza de brazos ni se acompleja, como ocurre en otros lugares del mundo. Es por ello que existen varias organizaciones que apoyan la batalla por la libertad académica y contra el adoctrinamiento. Vale citar, por ejemplo,
Accuracy in Academia, American Council on Education, Students for Academic Freedom, National Association of Scholars, NoIndoctrination.org, Young America's Foundation, entre otras.
Estos ataques a la libertad académica, aunque aislados, ejemplifican la intolerancia y la carencia de valores realmente democráticos por parte de un sector radicalizado de los intelectuales de las izquierdas. Lo mismo respecto a esa parte de la juventud dirigida por las falacias y las falsas utopías del adoctrinamiento universitario. Su reacción es la que han aprendido bajo la tutela y la invención de muchos profesores radicalizados: los mismos que siguen todavía añorando a Castro o elogiando al Subcomandante Marcos en sus clases. Son los mismos resentidos que aprovechan su titularidad, su cátedra, sus cursos, sus charlas bien pagadas con dinero público para manipular la historia, reinventarla a su gusto e insultar a Occidente agitando la bandera del antiamericanismo internacional.
Tal es el precio que debemos pagar para mantener la verdadera libertad y la defensa de la democracia. Es el precio que las sociedades auténticamente democráticas –y a su cabeza la sociedad norteamericana- deben sufrir por asegurar el cumplimiento de las libertades civiles y de los principios de la democracia. Hoy entendemos que todo eso implica tener que aguantar a una turba de activistas erráticos que usan los circuitos universitarios de la democracia y la necesaria libertad de expresión para generar dinámicas antidemocráticas, violentas y amenazantes, cuando no realmente terroristas.
Desde Europa a Estados Unidos, pasando por España e Hispanoamérica, hace falta hablar claro también en las universidades: falta sacar a la luz el negocio de muchos falsificadores de la cultura y de la historia. Hacerlo sin pelos en la lengua y con datos y ejemplos es la mínima responsabilidad de cualquier funcionario universitario público que cobra del contribuyente y que tiene la obligación de asegurar que la Universidad no sea un centro de adoctrinamiento, sino un espacio de libertad para la transmisión del conocimiento y de la verdad por vía de la buena enseñanza, la investigación y el aprendizaje de la sociedad general y de las nuevas generaciones.