Washington – Ahora que Cindy Sheehan ha resultado ser un desastre para el movimiento antiguerra – la mayoría de americanos no están a punto de seguir a una radical de izquierdas que insiste que estamos en Irak por cuestiones de robo, opresión e imperio – un nuevo portavoz es necesario. Si estuviese en el terreno de la oposición, quisiera una figura del establishment profundamente patriótica, altamente inteligente y distinguido. Me gustaría que fuese Brent Scowcroft.
Scowcroft ha sido complaciente. Esta semana en el New Yorker se declaró con fuerza contra la guerra y contra los hechiceros neocon que mágicamente se impusieron a la fuerza a los que deben haber sido un presidente y un vicepresidente hipnotizados.
Por supuesto que la oposición de Scowcroft para derrocar a Saddam no es ni sorprendente ni nueva. En realidad, estamos viendo su tercera iteración. Tuvo 2 oportunidades con Saddam en 1991 y exhortó a su Presidente Bush de entonces a dejarlas pasar – primero después de la derrota de Saddam en la guerra del Golfo cuando el camino a Bagdad estaba abierto y luego días después durante una masiva revuelta de kurdos y chiítas alentada por Estados Unidos pero en la que no hicimos nada y permitimos que Saddam masacrara a sus opositores por decenas de miles. (Una de las razones de la cautela iraquí durante la liberación americana 12 años después era el recuerdo de nuestra pasada traición y sospechas de nuestras actuales intenciones a la luz de esa traición).
Esta sangre fría es el sello distintivo del más doctrinario “realista” de la política exterior de esta nación. El realismo es la teoría de la bola de billar de la política exterior. Usted no se preocupe de quién esté gobernando un país extranjero. Si es la Madre Teresa como si son los gangsters de la familia Assad de Siria, a usted sólo le interesa sus acciones externas, no como traten a su propia gente.
Los realistas aprecian la estabilidad por encima de todo y no hay nada más estable que una dictadura despiadadamente efectiva. Fue por eso que Scowcroft es el hombre que 6 meses después de la masacre de Tiananmen brindó por aquellos que ordenaron la masacre; el que no ve liberación pero posible inestabilidad cuando el mundo celebra la Primavera de Beirut que acabó con la ocupación siria del Líbano; el que casi no puede esconder su preferencia por el estabilizador régimen de hierro de Siria.
Incluso hoy en día Scowcroft dice: “Yo creo que llamar a la Unión Soviética el ‘imperio del mal’ no llevo a nadie a nada”. Dígaselo a Natan Sharansky y a otros disidentes soviéticos para quienes esa moral declaración de intenciones – que va más allá de lo geopolítico – fue electrizante y ayudó a galvanizar el movimiento disidente que finalmente derribó al imperio soviético.
No se vino abajo por la diplomacia y el control de armas, los medios preferidos de los realistas para lidiar con la Unión Soviética. Se le derribó gracias a revolucionarios autóctonos, alentados y apoyados por Ronald Reagan, un presidente descaradamente dedicado no a la distensión del mal sino a su destrucción, o sea un cambio de régimen.
Para los realistas como Scowcroft, un cambio de régimen es el último tabú. Demasiado arriesgado, demasiado peligroso, demasiado impredecible. Admite que: “Soy un realista en el sentido que soy cínico acerca de la naturaleza humana”. Por lo tanto Scowcroft “permanece impasible ante los sensacionales movimientos democráticos en Oriente Medio” según Jeffrey Goldberg, su cronista del New Yorker.
Especialmente en Irak. Las dificultades allí son realmente grandes. Pero esas dificultades ocurrieron, según dice Scowcroft, no “porque algunas personas no quieran ser verdaderamente libres” y no valoren la libertad como nosotros. La insurgencia en Irak no es prueba de una naturaleza humana que quiera escapar de la libertad, que la libertad no le sirva de mucho y prefiera otras cosas. La insurgencia, por el contrario, es evidencia de una decidida minoría (sunní) desesperada por mantener no sólo su propia libertad sino su previo dominio sobre el otro 80% de la población ahora luchando por su propia libertad.
Estos otros – la aplastante mayoría del pueblo de Irak – han dado todo tipo de indicios en repetidas ocasiones de que valoran su recién encontrada libertad; votar en dos elecciones a riesgo de perder la vida, preparar una tercera, redactar y ratificar una constitución que da más libertades de las que existen en cualquier país de todo el Oriente Medio árabe. “Ya no hay secreto” dice Fouad Ajami. “Hay algo decente sucediendo en Irak. Está extendiéndose entre las sombras de una terrible insurgencia, pero una sociedad está encontrando su camino hacia la política constitucional”.
Ajami no es tonto, ni ingenuo, ni un realista temerario, tal como Scowcroft gusta caricaturizar a los neocons que insulta. Académico de renombre sobre Oriente Medio, Ajami es chiíta, domina el idioma árabe, y ha educado al mundo prosaicamente sobre el predicamento árabe y sus palacios de ensueño. A pesar de haber vuelto de 2 visitas a Irak este año, no muestra nada del fácil y ostentoso cinismo sobre la naturaleza humana que sí tiene Scowcroft y muy en particular sobre la naturaleza humana iraquí. En su lugar, Ajami festeja la llegada de la decencia a un lugar en el que fue proscrita hace 30 años.
No es sorprendente que Scowcroft, que ayudo a la indecencia alargando su vida 12 años, desprecie el regreso de la decencia. Pero nosotros no deberíamos hacerlo.