Los medios occidentales han estado relativamente callados acerca de la asombrosa noticia del reciente triplete en Irak: muy poquita violencia el día de la votación, la participación sunní y la aprobación de la constitución. Aquellos que pronosticaron que los sunníes boicotearían el referéndum o que la constitución sería – y debería ser – rechazada, se han quedado mudos.
Pero qué extraño que frente a las amenazas, el porcentaje de iraquíes en esta naciente democracia que votó en el referéndum fuese mayor que el de americanos en nuestras recientes elecciones presidenciales – nosotros, que ya estamos tan hartos del experimento iraquí.
Algo debe estar pasando cuando los canales de noticias que no podían avivar más el apetito por violencia y pirotecnia carnavalesca en Irak desviaron su atención hacia Toledo para mostrar a raudales y en directo saqueo e incendios provocados en un Estados Unidos que parecía más Irak que Irak.
Tres grandes retos son los que se presentaron con respecto a la reconstrucción iraquí que determinarían su éxito o fracaso – una vez que la espectacular invasión de tres semanas levantase falsamente la percepción pública de perfección en la guerra y plantease el problema de cómo reconstruir por completo una sociedad cuyos elementos patológicos nunca fueron realmente derrotados y mucho menos aún humillados durante la verdadera guerra convencional.
Ya no es la cara americana la que vemos ahora
Era inevitable que los americanos tuviesen una presencia muy visible que por desgracia sólo parecía ir en aumento. Eran los americanos, no los iraquíes, los que daban las conferencias de todo, desde producción de electricidad a reforma constitucional. Básicamente no había ejército iraquí, así es que los americanos se encontraron en la poco envidiable posición de mantener la ley y el orden, una tarea necesaria que sin embargo sólo podía alimentar resentimiento en el corazón árabe e islámico de Oriente Medio. Y no había ni la sombra de un gobierno legítimo para reemplazar a Saddam. Los antiguos disidentes estaban muertos o ‘contaminados’ por su exilio occidental. Los futuros demócratas estaban entre las sombras, inseguros de si los decapitadores y asesinos en realidad podrían resultar siendo sus nuevos gobernantes estilo talibán.
Una buena manera de predecir certeramente nuestro futuro en Irak sería preguntarse cómo se han desarrollado estos 3 dilemas en los últimos 30 meses. Afortunadamente, no hay reemplazo para el procónsul americano y ya nos hemos olvidado lo raro que es ver ahora por la televisión a algún americano en posición oficial alguna. Nadie está hablando, por lo menos en público, de futuras bases o de una presencia americana permanente y prolongada. Más bien, los iraquíes están preocupados de que nos vayamos y no de que nos quedemos. Todo eso es buena señal.
Segundo, con más de 200.000 fuerzas de seguridad iraquíes, diversas policías locales y tropas americanas y de la Coalición, hay quizá unos 400.000 luchando activamente contra los terroristas. El número sigue aumentando en lugar de disminuir. Vemos más reclutamiento que deserción. El resultado es que, incremental e insidiosamente, los americanos están cada vez menos y menos en la posición de ser el policía, el equipo de SWAT o el batallón que los iraquíes ven a diario como los que cuidan del orden y la seguridad. Como en el caso de menos diplomáticos visibles, también hay menos soldados observables que van pasando la responsabilidad a los iraquíes para que fortalezcan – o pierdan – su regalo de democracia.
Tercero, el segundo referéndum nacional fue aún más tranquilo que el primero. Las cosas no se quedan estáticas en Irak sino que van claramente camino a elecciones parlamentarias clave y al primer gobierno verdaderamente elegido por el pueblo en la historia de toda la región en Diciembre. Esto ya está poniendo enormes presiones en los sirios y algunos estados del Golfo ya que las audiencias árabes cada día ven en sus pantallas de televisión menos americanos patrullando y más iraquíes votando. Y ahora pasamos de unas elecciones humanas y formales al juicio de Saddam Hussein como el primer tirano enjuiciado en Oriente Medio que sentirá la justicia que ni él ni ningún otro hombre fuerte de la región concedió alguna vez a los demás.
En la periferia de todo esto, estamos viendo un declive en la popularidad de Osama bin Laden, más europeos andan preocupados por el islam radical y un número de naciones ambivalentes como Japón, India y la ex Commonwealth están más deseosos que nunca de trabajar con Estados Unidos.
Irak? Ejem…
¿Y la reacción en casita? Parece que no importara. Los medios de comunicación han decidido hace tiempo ya descartar a Irak como un “atolladero” y una “debacle”. La guerra está ahora terriblemente politizada y ha sido falseada en dos elecciones nacionales. Luego oímos que el propósito de la guerra era robar petróleo (el precio en realidad se ha disparado), enriquecer a Halliburton (en realidad pocos conglomerados quisieron aventurarse en Irak) y hacerle el trabajo sucio a Israel (se acaba de retirar voluntariamente de Gaza). Se dijo que nuestros objetivos fueron de todo menos derrocar al peor dictador de la memoria moderna, permitir que el mundo árabe tuviese una oportunidad con la democracia y deshacer el cálculo del terrorismo de Oriente Medio que es tan parasitariamente dependiente de los fracasos y barbaridades de las autocracias regionales.
Aunque todavía nadie del ala dominante del Partido Demócrata se haya decantado por la ruta McGovern, aún es políticamente tóxico para cualquiera declarar públicamente que debiéramos ser optimistas sobre el futuro de Irak ya que están convencidos de que semejante admisión sólo serviría para ayudar a George W. Bush. Algunos de nosotros que somos del Partido Demócrata estamos desconcertados al ver que el partido – que solía criticar el realismo cínico, nos dio la Doctrina Truman y la firme postura contra el comunismo de John Kennedy, que nos galvanizó para mantenernos firmes durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial y en Corea, que nos exhortaba a fomentar y proteger democracias – está ahora uniendo fuerzas con la derecha aislacionista, yéndose a la deriva del cuasipacifismo o simplemente poniéndose en contra de cualquier cosa que el partido de la oposición apoye.
El público también ha perdido el interés. Quizá es la riada constante de los medios mostrando bombas de carretera y atentados; jamás noticias sobre las miles de nuevas escuelas, sobre un Kurdistán libre y estable, sobre el progreso en el sur chiíta o sobre cualquiera de los otros innumerables hechos positivos desde las elecciones hasta el juicio de Saddam. Las encuestas revelan que a los americanos les importa poco, en términos de historia militar, la salida de Saddam Hussein y la creación de un gobierno constitucional en su lugar – en menos de 3 años y con el coste de 2.000 vidas – aunque sigan siendo formidables proezas que hacen que los errores parezcan mínimos en comparación con los de la Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam.
No, lamentablemente ya pasamos ese umbral. Y ¿cómo no después de las locas acusaciones de Richard Clarke, Michael Moore, Cindy Sheehan y Joe Wilson, el veneno de las celebridades, todas desde Sean Penn a Donald Sutherland, las revelaciones mediáticas de Rathergate, las falsas acusaciones de Eason Jordan afirmando que nuestro ejército tiene a los periodistas como objetivo y las falsedades de Newsweek y los coranes en el retrete?
Tampoco olvidemos las contribuciones de senadores americanos como Dick Durbin (comparando a nuestros guardias de Guantánamo con asesinos nazis, estalinistas y camboyanos) o Ted Kennedy (sosteniendo que Abu Ghraib se reabrió para que los americanos cometiesen el mismo tipo de atrocidades que Saddam) que contribuyeron con su granito de arena para difamar a aquellos que han dado la libertad a millones. Cualesquiera que sean las buenas noticias resultantes de estas elecciones o de las que vengan en Diciembre ya no marcarán mucha diferencia para los americanos, muchísimo menos aún el creciente aislamiento del tirano de al lado Assad, el florecimiento del Líbano y los estruendos en el Golfo y Egipto. El público americano ya decidió que está harto de Oriente Medio y que sólo quiere volver a su mundo pre 11-S, olvidando por el camino que la estrategia facilona del “dispara un misil a la cueva” fue lo que ultimadamente nos llevó a los atentados del 11-S.
De la misma manera, tampoco se espere ningún aprecio por parte de Europa. Hace tiempo ya que sus corruptos medios informativos reconvirtieron a Irak en una desgracia imperialista americana que tiene que fracasar. Quizá fue la envidia innata y el antiamericanismo que ha crecido en los últimos años porque Europa se ha quedado estancada mientras otros han seguido avanzando.
O puede que la angustia provenga de la propia triangulación conspiratoria de los europeos al tener que preocuparse del suministro de petróleo, temer el terrorismo y la cautela que deben tener con los musulmanes que viven dentro de su propio territorio. De un modo más insensible, el gobierno francés estuvo profundamente entrelazado con los tentáculos de SaddamHussein, empezando con Jacques Chirac en la supervisión de la construcción del reactor nuclear iraquí hasta el bochorno final por el programa Petróleo por alimentos.
No se espere mucho tampoco de los intelectuales árabes. La mayoría decidió a priori que fuere lo que fuere que América apoyase, ellos estarían en contra. Muy pronto encontraron una forma de desechar su desactualizado “Estados Unidos es un realista cínico que apoya a dictadores” reemplazándolo por la nueva línea oficial “Estados Unidos es un idiota que embute democracia extranjera y extraviado idealismo”.
Ésta era una subvencionada cultura aduladora a la que no le importaba mucho lo que Saddam o los Assad hicieran ya que por lo menos y después de todo ellos eran árabes matando a otros árabes. En realidad, la mayoría de élites egipcias y del Golfo justifican su propia complicidad con dictaduras caseras denigrando a los americanos cuando eran realistas y luego ridiculizándolos cuando se convirtieron en idealistas. De modo que la maquinaria árabe de mitos suministrará cualquier exégesis necesaria sobre Irak para explicar cómo el pueblo peor visto de Oriente Medio a manos de Saddam será dentro de poco el pueblo más respetado y en sus propias manos.
Sólo nos queda el ejército americano. Está sin mucho apoyo público manifiesto en Irak, está demonizado en Europa y es temido y resentido en el mundo árabe. Y sin embargo, si las fuerzas americanas hubiesen perdido en Afganistán, tropezado en Irak o dado por perdida la democracia, hoy en día no habría esperanza alguna para los 50 millones que votaron en Irak y Afganistán.
De modo que cuando todo esto se acabe – y será más rápido de lo que imaginamos – habrá un gobierno constitucional viable en Irak. Pero la proeza será considerada un proceso orgánico natural o bien será prohijada como un éxito por sus anteriores críticos pero sólo en la segura penúltima fase.
Trágicamente, la mayoría de nosotros olvidaremos a los muchos soldados americanos que tan valerosamente pelearon, murieron y dieron a Oriente Medio su libertad y a nosotros nuestra seguridad. Dedos manchados de tinta morada – y no sobrecargados helicópteros americanos despegando de los techos de una embajada – es lo que hay en el futuro de Irak.
Y sí, el asalto de los terroristas a la democracia iraquí acabará como todas las fallidas insurrecciones lo hacen: No con estruendo sino con un lloriqueo.