De alguna manera, no hace falta que miremos más allá de nuestros enemigos en la guerra contra el terrorismo para ver cómo podrían ser los líderes militares del futuro.
Cada vez más, al igual que nuestros enemigos, nuestros mandos en tierra estarán unidos por ideales y objetivos compartidos, pero poco más. Nuestros líderes, esencialmente, dirigirán “células” de soldados autosuficientes a medida que van logrando sus tareas de manera independiente. El pensamiento crítico será…crítico. Tomar decisiones rápidas para contrarrestar circunstancias que se sucedan rápidamente será vital. Encuentros con amenazas poco comunes e imprevistas – desde armas de destrucción masiva, capacidades inesperadas o ataques sorpresa de insurgentes y terroristas – serán inevitables.
Y sin embargo, el entrenamiento que estos oficiales reciben hoy en día ha cambiado poco desde el final de la Guerra Fría, cuando los enemigos eran conocidos, las batallas se planificaban y se sabía de antemano las habilidades de ejecución al completo. Seguimos entrenando y promocionado oficiales en base a sus habilidades de confrontar desafíos que casi con seguridad nunca enfrentarán en un campo de batalla. Por ejemplo a pesar de que el ejército de Estados Unidos ha estado a cargo cada dos años de alguna operación de pacificación, mediación o postconflicto desde el final de la Guerra Fría, la educación militar y los programas de entrenamiento han ofrecido escasa formación para los desafíos de la postguerra en Irak.
Mientras el Pentágono repasa en su Informe Cuadrienal de Defensa temas como estrategia, estructura de fuerzas, misiones y recursos, parece reconocer que el cambio es necesario. Lo que no parece reconocer es cómo se debe materializar ese cambio. Las propuestas de reforma hablan de todo, desde enseñanza de la lengua árabe, el arte de negociar hasta una mayor formación en ingeniería y ciencia.
Pero todo eso demuestra que no caen en la cuenta. Incluso mientras aprendemos más sobre tecnología y seguimiento de nuestros adversarios, debemos admitir que sabremos cada vez menos sobre lo que nos podemos esperar de ellos en el campo de batalla... si es que en realidad podremos seguir aplicando ese término en futuros conflictos. El futuro es simplemente demasiado impredecible y el periodo de entrenamiento demasiado largo para este enfoque.
Lo que los oficiales necesitarán en un futuro son las armas del pensamiento crítico que se logran en un programa educativo de postgrado. El arte de pensar – no estudios profundos en una disciplina en particular – es la mejor preparación para enfrentarse a la ambigüedad y la incertidumbre, que son los ejes de la guerra del futuro. Prácticamente cualquier programa de postgrado será suficiente. En realidad, los militares deberían buscar una gama tan amplia como sea posible de experiencias de postgrados como una protección contra inesperadas exigencias operativas y estratégicas.
Usamos este enfoque entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Permitimos a los oficiales buscar una amplia selección de oportunidades educacionales y profesionales. Cuando Estados Unidos finalmente entró a la Segunda Guerra Mundial, tiró de todo ese vasto potencial para enfrentarse a la gran variedad de retos que presentaron nuestros adversarios. Ahora estamos en un período similar de incertidumbre y deberíamos responder de igual manera.
Olvidemos ligar la alta educación a la promoción. Todos los oficiales necesitan desarrollar sus capacidades de raciocinio. Y cuanto antes mejor. Hoy la mayoría de líderes llegan a los 40 años o más antes de empezar con su postgrado. Tienen que pasar estos programas en la misma época que los civiles, o sea a los veinte y pico, si es posible. Cuanto antes reciban esa educación, los oficiales podrán usarla para hacer de mentores para otros y prepararse para el autoestudio más adelante en sus carreras. Esto no se debe limitar sólo a la ciencia o la ingeniería. Las dimensiones políticas y morales de la guerra y de las operaciones postconflicto serán cada día más, no menos, una parte del trabajo de los oficiales a medida que pasa el tiempo.
Esto exigirá un replanteamiento crítico acerca de la forma que las fuerzas militares educan a sus oficiales. Los servicios tendrán que consolidar escuelas y confiar más en cursos cortos y formación a distancia. La cantidad de gente involucrada crearía una demanda considerable. Dejemos que las escuelas militares compitan con escuelas civiles para atraer a estos alumnos. Eso representaría menos costes y mayores ofertas. Dónde y qué aprenderían estos oficiales es menos importante que el tipo de destreza que pueden desarrollar en su postgrado.
Al igual que la manera cómo abordamos el asunto de la defensa, la manera de cómo educamos a nuestros oficiales exige un nuevo modo de ver. Requiere que dejemos atrás el cómodo status quo. Exige que eduquemos oficiales mucho antes y en más disciplinas; que nuestras escuelas militares compitan con las civiles por esos alumnos. Nuestros adversarios no están contando con las mismas tácticas de preparación para el campo de batalla y nosotros tampoco deberíamos hacerlo.