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Melilla y el destino de Occidente
Colaboraciones nº 612   |  20 de Octubre de 2005
 
La voluntad española en noviembre de 2005

En pleno proceso constituyente, en plena redefinición de España, la crisis de Melilla, aún abierta, irrumpe con fuerza en las portadas de los periódicos y en las noticias de televisión. Al hacerlo, la cuestión marroquí cobra nueva actualidad, y ensombrece, a veinte meses de la masacre del 11 de marzo, el radiante panorama pacifista que la coalición gubernamental presenta a la ciudadanía. De nuevo las ciudades españolas ponen de manifiesto la vigencia de las cuestiones estratégicas y diplomáticas que la mayoría parlamentaria afirma solucionadas para siempre.
 
Curiosidades de la historia, la redefinición territorial forzada por el nacionalismo coincide con la reivindicación histórica del vecino del sur. Ante la inacción gubernamental, el derecho internacional  y las consideraciones estratégicas subrayan lo evidente: El objetivo de España es que Ceuta y Melilla sean españolas; la Constitución las consagra como tales, y como tales deben ser defendidas. El objetivo marroquí, nunca escondido ni disimulado, es que dejen de serlo. Rivalidad habitualmente pacífica, pero que esconde en su reverso la posibilidad del estallido violento, en cualquiera de sus facetas.
La  política exterior se nos presenta así en toda su dimensión . ¿Cómo no reconocer que esta política es aún hoy un choque de voluntades enfrentadas (Clausewitz)? Esencial a lo político, la sombra de la guerra afloró en Perejil de manera convencional; En Melilla lo hace de manera subversiva, y presenta los rasgos de una nueva amenaza para la que, probablemente, no estén preparadas.
 
Una historia afortunadamente incierta nos invita a preguntarnos por el futuro tanto como por el presente; tras la borrachera democrática de los años noventa, el 11S nos obligó a enfrentarnos con una verdad evidente: miles de millones de seres humanos sobreviven en regímenes infernales, a las mismas puertas de nuestros países; de la miseria que expelen estos regímenes, ya nadie está a salvo. En la era de la política global ya no es posible permanecer al margen de los demás.
 
La crisis de Melilla es un choque de voluntades. Y muestra ante todo, la incapacidad de España de dar una respuesta rigurosa, firme y moderada a los problemas de nuestro tiempo. Llevada a cabo además por una coalición gubernamental empujada desde su extremo político, la respuesta española oscila entre la pretensión de un orden social radicalmente nuevo, un hedonismo pactista y un relativismo intelectual y moral. Enfermedades de las que España no es sino exponente y vanguardia europea, y que nos lleva a preguntarnos por su pasado, su presente y su futuro; ¿por qué la voluntad española parece ceder cada día ante la voluntad marroquí?
 
El futuro de Europa y los ingenieros de almas
 
En plena geopolítica del caos, una Europa materialista y hedonista se preocupa más por la diversión que por el rigor, más por el placer que por el esfuerzo. En España, los agujeros negros del 11M importan menos que las bodas homosexuales o la ley antitabaco; los sacrificios humanos en Bagdag menos cualquier impactante imagen en una televisión que hoy pervierte la libertad de expresión; es hoy el “mayor enemigo de la democracia” (Popper).
 
Escéptica y relativista, Europa practica un pacifismo que ya no reconoce los valores dignos de ser defendidos por los que ha luchado a lo largo de su historia. Se echa a la calle gritando ¡No a la Guerra!; negación que esconde la incapacidad de realizar una sola afirmación moral o política. Acomplejada de sí misma, reniega de sus principios y se enfrenta temerosa y titubeante a valores y principios ajenos que a veces se presentan como su propia negación. Sobre todo ello, una clase política llevada por los peores vicios políticos e intelectuales, renuncia a cualquier liderazgo para situarse a la vanguardia de este pensamiento de la debilidad; dirige al continente a una política apolítica, a una moral amoral.
 
Muestra de cinismo tanto como de suicidio histórico, el Tratado Constitucional europeo, el texto que debe definir qué es Europa, evita la mención del cristianismo como elemento configurador de su identidad; olvido voluntario que esconde la pretensión de huir de valores y principios sin los cuales Europa no sería lo que hoy es. ¿Acaso no ha cometido crímenes horribles?, pregunta indignado el laicista; ¿Acaso no los han cometido los demás en muy superior medida?, responden creyentes y laicos responsables. Hoy comprobamos como aquellos que se ponen a la cabeza de la nueva cristofobia se declaran herederos de las mismas ideologías y movimientos sociales que figuran en los primeros puestos del ranking de crímenes contra la humanidad.
 
Revolviéndose contra su pasado, Europa cierra la puerta a su futuro, en plena época de incertidumbre; “Peor que vivir sin raíces es ir tirando, como sea, para sobrevivir sin futuro”. (Ratzinger). Sin embargo, ¡cuidado!, el tirano, como el demócrata, rechaza la falta de valores; simplemente los sustituye, proclama el superhombre y destruye cualquier aspiración humana. Fácilmente, se trata de sustituir una religiosidad transcendental por una religión de lo social: los valores por sus valores. En una Europa en crisis, los ingenieros de almas vuelven para ocupar el lugar de los sacerdotes tanto como el de los ciudadanos libres, y lo hacen para imponer nuevos dogmas.
 
Sorprendidos, observamos que en Occidente el lenguaje se ha vuelto contra sí mismo. Hoy el lenguaje político no sólo no muestra la realidad; la esconde premeditadamente. Llamar a las cosas por su nombre se considera imposición; la manipulación, tolerancia. Convertidos en cascarón vacío de contenido, los conceptos de libertad, democracia, diálogo y tolerancia pueden significarlo todo; es decir no significan nada. Alejados de cualquier razonamiento, de cualquier discusión seria y libre, su contenido no puede sino quedar fijado por el más fuerte; ¿cómo, si no es desde el poder, se fija entonces qué es tolerancia y diálogo? Nueva sofística apoyada en las nuevas técnicas de propaganda, la posibilidad de un nuevo Sócrates parece hoy más alejada que nunca; ni el bien, ni la belleza ni la bondad existen para el televidente del siglo XXI; mucho menos la Verdad.
En neolengua, surgen los nuevos ingenieros de lo social, intelectuales o políticos que imponen su propio evangelio; de repente, la exhibición sexual del ser humano se lleva a la vida pública, al tiempo que la religiosidad humana se encierra entre cuatro paredes. Los sumos sacerdotes del respeto y la tolerancia proclaman la bondad del orgullo gay tanto como la indignidad del cristianismo; proclaman el derecho a la igualdad de todos los valores, excepto los de los cristianos. En Europa, negar validez a la religión es un dogma, más prescriptivo que cualquier dogma religioso.
 
La negativa expresa a reconocer al cristianismo supuso la negativa a una unión realista y con futuro en Europa, y va más allá de la simple coyuntura. Implica el rechazo consciente a su propia identidad: “Parece que los políticos y novelistas de moda se han puesto de acuerdo para escupir sobre el cristianismo”, advertía ya de Gasperi, padre de Europa, hace medio siglo. Sus herederos, obsesionados con el librecambismo, con el respeto multicultural y la ruptura con amigos y aliados, olvidan el cristianismo militante y liberal de Schumann, de Gasperi o Adenauer. Acomplejados, los europeos se vacían de cualquier valor religioso o moral; la historia muestra que entonces serán otros los que vendrán a llenarlo, ya sean ingenieros de almas o mahometanos monoteístas.
 
La sociedad sin principios se abre paso en nuestros países, y convierte la política en una mera búsqueda y mantenimiento del poder: en España el nacionalismo radical dicta las normas del gobierno, y conduce al Estado, previsiblemente, hacia la desmembración y el enfrentamiento. Una Alemania que descartó expresamente cualquier reforma, contará a regañadientes con Merkel como nueva canciller; solución urgente frente a la decadencia definitiva. Francia se desliza lentamente por el tobogán de la historia, y se enfrenta a su colapso económico y social fomentando el desorden diplomático. Los indicadores económicos, educativos, sociales o sanitarios europeos muestran una realidad inquietante y preocupante, que la neolengua oculta. En medio de un estruendoso aplauso, el diagnóstico se nos oculta: Europa está profundamente enferma.
 
Enfermedad económica, política y diplomático-estratégica que surge de una enfermedad moral e intelectual más profunda. Sin principios por los que luchar, olvidando que viene de su pasado y transita hacia su futuro, la Europa de hoy se enfrenta al mayor peligro de todos; una crisis demográfica que arrastra al continente al desahucio. Optimistas y despreocupados, políticos e intelectuales cuadran la ecuación con la mano de obra inmigrante, y profetizan un multiculturalismo radiante que solucione todos los problemas de golpe; económicos, culturales, sociales y estratégicos. El precio de este futuro es que Europa renuncie a ella misma, y se abandone al proyecto que tan atractivamente se le ofrece.
 
Esconden que la Europa de nuestros hijos no será la de nuestros padres ni la de nuestros abuelos, que los valores humanos que alumbraron el Estado de Derecho darán paso a otros venidos del sur, que buenos o malos se nos muestran hoy dudosos; revolución demográfica-histórica que poco importa en la época de la planificación familiar, la adopción homosexual y la escuela colectivista. Hoy, Europa se asoma confiada al borde del abismo demográfico, que es el abismo de su futuro. Pero el futuro del hombre sólo es soportable desde una incertidumbre relativa; cuando ésta se hace absoluta, la propia existencia se hace insoportable. Despreocupados e imprevisores, los europeos olvidan el futuro de sus propias patrias, de la propia existencia de los suyos; los lanzan a la incertidumbre de un futuro que ya no les pertenecerá. Mientras ello ocurre, los ingenieros de almas, aprendices de brujos en plena geopolítica del caos, olvidan que es imposible crear ex nihilo unos principios con pretensión de universalidad. No obstante, lo intentan derrumbando el edificio cultural europeo.
 
¿Europa decadente? El recuerdo de Spengler en la valla de Melilla
 
Espoleado por una política de la ingeniería social, el mal que aqueja a una España débil es el mal exponencial de Europa. Debilidades europeas que se nos antojan hoy irresolubles, y que nos cuestionan sobre el propio futuro de sus regímenes políticos. En 1917, Oswald Spengler publica  “Der untergang des abendlandes”, tras el suicidio del equilibrio europeo de naciones, que en menos de treinta años pondría en peligro la propia Europa. Ser vivo en la vejez, la cultura occidental se enfrentaba a los ojos del profesor de Hamburgo a su fase terminal. Hoy, casi un siglo después, “La decadencia de Occidente” se antoja de nuevo indispensable, y parece anunciar, con cien años de retraso, el fin que tanto angustiaba a Spengler.
 
Constituidas en el menos malo de los regímenes posibles, las democracias parlamentarias constituyen una minoría dentro de los regímenes del mundo; la Asamblea General de las Naciones Unidas es aún hoy una inmensa pasarela de tiranos y dictadores. Las sociedades democráticas europeas y americanas siguen siendo una excepción histórica y política; un milagro en medio de la nada democrática que no tiene asegurada per se su supervivencia.
 
Los regímenes constitucional-pluralistas de la orilla norte del mediterráneo, con su pluralidad de partidos, con su libertad de prensa y con el Imperio de la Ley constituyen, más que una posibilidad, un obstáculo para sus gobernantes. ¿Cómo no recordar que cada decisión, cada medida provoca tanto rechazo como apoyo, tantas críticas como alabanzas?. En el poderoso occidente, la acción de gobierno se ve constantemente entorpecida por múltiples circunstancias internas.
 
La política es contradictoria: Las ventajas de unos regímenes son su desventaja; las sociedades de la libertad tienen sus límites. El hedonismo y el materialismo desenfrenados, el relativismo que reniega de los principios que dan sentido a una civilización quizá hundan sus raíces en la misma naturaleza de estos regímenes. Una vez más, observamos preocupados cómo el pluralismo y el bienestar económico tienden a degenerar en anarquía y hedonismo; la profecía de Spengler parece cumplirse. Cuando el pluralismo se desliza hacia el enfrentamiento antagónico y egoísta, y cuando la opulencia ciega la capacidad de esfuerzo y sacrificio, un régimen está perdido; hoy constatamos que no siempre los Estados Unidos resolverán el problema.
 
Éstos luchan contra sus propios demonios. Sadam Hussein y el Mulá Omar no creyeron nunca ser capaces de derrotar a las divisiones norteamericanas; creyeron en la posibilidad de derrotar directamente al pueblo americano a través de la televisión. Estados Unidos y Gran Bretaña ganarán o perderán la guerra de Irak a la hora de la cena, en territorio americano o británico. España la perdió en territorio español, y se enfrenta por ello a las consecuencias; el Gobierno de coalición español, considerado traidor por unos y cobarde por otros, se ha ganado el enfado de los primeros y el desprecio de los segundos. Queda saber en que bando se sitúa el régimen que acosa Ceuta, Melilla y las Canarias.
 
La estrategia terrorista no sólo nos dice mucho del propio terrorismo; nos señala directamente la naturaleza de los regímenes constitucional-pluralistas. Constituida en excepción, este régimen adolece de una debilidad que no se nos aparece en los regímenes totalitarios, en las dictaduras medievales, en los diversos autoritarismos y tiranías. Debilidad que, alejada de unas convicciones fuertes y poderosas se nos antoja suicida ante la determinación antes soviética, hoy norcoreana, china o islamista.
 
En la era de la plena apología democrática, observamos cómo la voluntad unánime y férreamente dirigida que caracteriza a movimientos totalitarios y a dictaduras varias otorga buenos réditos. Los totalitarismos soviético y hitleriano jugaron durante años las bazas de su contundencia frente a unas democracias que titubeaban entre el pacifismo y las debilidades partidistas: en los años treinta, Europa se precipitó consciente hacia el abismo. ¿Cómo no constatar también hoy la superioridad táctica de regímenes totalitarios y dictatoriales donde la libertad de prensa está tan perseguida como la de asociación? La paradoja democrática se nos muestra evidente: constatamos con preocupación que aquello que nos hace indiscutiblemente superiores a otros regímenes nos convierte posiblemente en más débiles que ellos. Paradoja que se hace rotunda en la frontera sur de España.
 
Ceuta y Melilla y la voluntad europea
 
Rodeo histórico y teórico que nos devuelve violentamente a la crisis de Melilla ¿Cómo hacer frente a las amenazas y a los riesgos si ni siquiera se sabe qué, por qué, para qué hacerles frente? Qué amenaza supone la inmigración ilegal; por qué es preciso controlarla, para qué es necesario el orden social. Preguntas urgentes que la ciudadanía, oscilando entre la ingeniería social, el hedonismo y el relativismo renuncia a hacerse, y que anuncia un futuro incierto de las ciudades españolas del norte de África; futuro que es ya dramáticamente presente para los habitantes de un Sahara occidental sometido ante la pasividad y el cinismo de los apologistas de la democracia.
 
En la crisis de Melilla, y envuelta en la espesa neolengua de los ingenieros sociales, la coalición gubernamental ocupa espacio en portadas y en pantallas de televisión con el único objetivo de no decir nada. Invoca el derecho internacional, el derecho humanitario, la defensa nacional, moviliza al ejército; pero no exige cumplir las leyes y desmoviliza al ejército desarmándolo. En plena frontera sur continental, España muestra dramáticamente el porvenir y la exageración de los males europeos; poco a poco la situación en ambas ciudades se va complicando. Al tiempo que el Ministro de Asuntos Exteriores glosa las bondades de la dictadura vecina, sus medios de comunicación reivindican la amputación territorial del régimen de libertades español.
 
Impasible, España olvida que la diplomacia y la política exterior de los regímenes dictatoriales no puede no ser diferente a la suya. Vuelto hacia Europa, enlazado con ésta por lazos sociales y económicos aparentemente indisolubles, el reino marroquí constituye no obstante un régimen distinto. Dictadura férrea, anclada en el siglo XIX, desconoce el poder de la técnica y de la industria aplicadas a la represión, poder que hasta ahora sólo en los países europeos y en algunos asiáticos ha sido llevado a cabo, y que escapa por completo al régimen marroquí. Pero cualquier optimismo estratégico es inocente; Marruecos no es Irán, afirman los optimistas; diferencia cierta, pero que esconde el hecho de que tampoco es Europa, y representa los valores políticos que supondrían el fin de la tradición social y política de ésta.
 
La esencia totalitaria, el empleo del miedo y de la propaganda, parecen esenciales, aún rudimentarias, en el régimen de Rabat. Régimen que no entiende de libertad de prensa, de libertad de asociación ni de opinión pública. Régimen que muestra como su inferioridad militar y económica puede tornarse en superioridad política: El desprecio de la vida propia y ajena es un buen arma; treinta mil subsaharianos constituyen el mejor comando para desestabilizar y subvertir el orden establecido en nuestra frontera sur. Para los tiranos del mundo, los inmigrantes pasan a ser el mejor complemento militar; ¿cómo no constatar el carácter de peón geoestratégico del subsahariano encaramado a la valla de Melilla? El inmigrante que deja la vida en la avalancha tiene un significado estratégico para Marruecos que él ignora y que le sentencia definitivamente; a tal dictadura, poco importan los escrúpulos morales del otro lado de la valla.
 
La inmoralidad suprema, la única que ha puesto de acuerdo a filósofos y moralistas, se desarrolla ante nuestros ojos; utilizar al ser humano como un medio y no como un fin (Kant). Fomentar o dejar hacer es una cuestión que carece de sentido; convertidos en soldados de una guerra sucia que no es la suya, los subsaharianos son instrumento estratégico, en Ceuta, en Melilla o en la frontera argelina. Pero el fin de su alistamiento inconsciente alcanza límites dramáticos, intolerables y despreciables: Los disparos de las fuerzas marroquíes han llegado hasta territorio español, matando en plena avalancha a varias personas, quién sabe cuántas en los bosques del monte Gurugú. Como fin de la cruel campaña, cuando suponen más problemas que beneficios, cuando han cumplido con los propósitos, los seres humanos son empujados al desierto.
 
En Europa, los mismos que invocan el cumplimiento del derecho internacional en Irak lo olvidan en Marruecos; un puente mafioso salta desde África Central a Ceuta y Melilla; después sólo cabe esperar que se lancen desesperados contra el alambre de espino y cumplan su función estratégica. Pero ciegos ante las maniobras de regímenes antiliberales, los bienhechores españoles y europeos esperan el momento oportuno para clamar contra la democracia liberal y parlamentaria.
 
Diputados del Parlamento Europeo visitan melilla y denuncian la “Europa de los muros” como responsable del abandono en el desierto. Al tiempo, tan necesarias como incoherentes, las ONGs dirigen sus críticas hacia el Estado democrático que las alimenta; unos y otros olvidan levantar la voz ante el Estado tiránico que decide sobre la vida y la muerte de los negros del sur. ¿Cómo no constatar, al mismo tiempo, la descomposición moral e intelectual que aqueja a los medios de comunicación de nuestro país?; “si los inmigrantes van a parar al desierto tras la expulsión de Melilla, la culpa de quien los expulsa”, se razona. Constatando un efecto se establece una causa; se olvida el paso intermedio, la decisión política del abandono, para hacer responsable a Europa del crimen cometido.
 
En el idioma de la neolengua, la coalición gubernamental aleja cualquier exigencia de su lenguaje diplomático; guarda para otros la condena que niega a Mohamed. niega expresamente la posibilidad del uso de la fuerza. Arma a Legionarios y Regulares con escudos y porras para proteger las fronteras que limitan el orden constitucional español; al hacerlo, las desprotege definitivamente. Invoca el derecho internacional al tiempo que renuncia a ponerlo en práctica ante un vecino que lleva años burlando la opinión de la comunidad internacional y del sentido común. Incapacidad diplomática, incapacidad estratégica y parálisis judicial que esconden detrás algo peor: el peligro de disolución moral europea.
 
La dictadura de Rabat se nos muestra monolítica, homogénea, al tiempo que la sociedad europea se divide ante cuestiones que afectan a su mismo orden político y social; prestos a renegar de los principios morales que han convertido a Europa en un milagro político, culpabilizan a Occidente de un crimen cometido en nombre de unos principios contrarios a lo que ésta significa. Esquizofrenia política, que parece resucitar el fantasma de Spengler entre las vallas de Melilla.
 
¿Cómo no reconocer una España maniatada por su propia división, por su dejadez, por sus complejos, ante la libertad de medios de los alauitas? La democracia española se divide y se autoinculpa de unos crímenes cometidos al otro lado de su frontera; se discute el Estado de Derecho tanto como se defiende la dictadura medieval. Así descubrimos que España no es sino la exageración de los males europeos, en contacto con un mundo musulmán que amenaza, de una forma u otra, con irrumpir en nuestras vidas; en estas condiciones el pulso de voluntades se pierde irremediablemente.
 
En la crisis de Melilla, la democracia parlamentaria se retuerce; la monarquía medieval se mueve impasible y ajena a cualquier consecuencia. En pocos metros, la Europa pusilánime se encuentra frente a frente con las artes de una dictadura. ¿Decadencia de Occidente? ¿Se equivocó Spengler en un siglo?. Ante un Islam cultural y demográficamente en expansión, Europa se constituye a principios del siglo XXI en una exageración grotesca de todas las contradicciones que atesora. Sin embargo, la historia está siempre abierta; ni las clases, ni el mercado, ni la cultura o civilización determinan el futuro, que se encuentra una vez más en las manos de unos europeos que han salido triunfantes de otras pruebas históricas. La reacción será de una Europa que volverá a ser sí misma o que no será. De lo contrario, el futuro de Europa se estrellará una y otra vez contra la valla de cualquier Melilla.


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