Si hay algo que une de manera inequívoca a la progresía internacional de las izquierdas es su odio y desprecio a la religión judeo-cristiana. En la mezcla de orientaciones políticas de las izquierdas coincide con frecuencia un rechazo de los valores espirituales y religiosos propugnados por la derecha liberal-conservadora. Como es lógico, esas izquierdas varían geográfica e históricamente, pero en esencia van de la mera izquierda –bajo eufemismos de socialdemocracia- a la extrema izquierda –disfrazada de castrismos o sandinismos, según corresponda-. Reconozcamos con agrado la existencia de un grupo de
socialistas cristianos, lo que prueba el riesgo de toda generalización, pero cuyas mismas quejas y reclamos constatan cuanto apuntaremos aquí sobre el ataque de las izquierdas a los valores religiosos de la derecha, más aún si se enmarcan en la tradición judeo-cristiana.
Observemos que las izquierdas han mostrado históricamente una supina incoherencia no sólo ya para gobernar sino también para respetar las libertades individuales y particularmente las religiosas. Con todo, la progresía internacional ha ido ganando casi siempre la gran batalla ideológica de la propaganda. Ha logrado de forma eficaz que la derecha –y el caso español es en esto harto representativo- se sienta incómoda y hasta acomplejada a la hora de defender su ideario liberal-conservador, incluida la defensa de la libertad religiosa. Resulta así que algunos políticos se presenten como ubicados en una derecha que ha retrocedido hasta un centro, en ese mal llamado centro-derecha adobado con remilgos de la mal llamada “democracia cristiana”.
Entre los complejos y ocultaciones de la identidad innata en los valores liberales y conservadores de la derecha está el de la libertad de religión, es decir el derecho a profesar y practica individual y públicamente una religión, una religiosidad por la que creemos en un ser divino que –de forma general- llamamos Dios. Es precisamente ese concepto de Dios el que ha sido la diana y el ataque de buena parte de las izquierdas, en una suerte de creencia atea y antirreligiosa que podemos calificar de “catecismo de la progresía”. Vale la pena sacar aquí a la luz algunas de sus páginas para mostrar el permanente ataque nuestras libertades.
Dios, enemigo público número uno
Una de las propuestas que más une a la progresía es su hostilidad y permanente ataque a la religión. Dios –sobre todo el de raíz judía y cristiana- es el enemigo público número uno: la figura que hay que desterrar de las sociedades democráticas. Los vates seculares de la progresía le huyen a la idea de la existencia de un ser divino, un ser más importante y más poderoso que todas las cosas terrenas. Están convencidos de que ellos no necesitan a Dios porque en su endiosamiento personal, Dios es una molestia. Tal postura sería aceptable si se limitara a la vida individual y no implicara a los demás ciudadanos. El problema radica cuando insisten en extender sus ideas al conjunto de la sociedad en un intento de acabar con Dios en la vida pública.
La llamada separación de Iglesia y Estado la convierten en un alegato que más bien pretende separar Iglesia y vida pública. Dicho de otro modo, el odio de las izquierdas a la religión y a la tradición judeo-cristiana es tal y tan notable que se ha convertido ya en uno de los mantras de la izquierda: una de esas armas de división en la sociedad. Los casos español y norteamericano ejemplifican, una vez más, una situación que debe plantearse abiertamente. Tanto en España como en Estados Unidos se vive hoy un clima de permanente ataque a la idea de Dios. Aun así, son millones los norteamericanos y los españoles que siguen acudiendo a las iglesias y a las sinagogas. Son millones los que leen la Biblia y otros millones los que siguen rezando a su Dios y creyendo en la existencia de una divinidad que reclama, por encima de todo, amor al prójimo.
Frente a estas personas, que son la inmensa mayoría de la ciudadanía en el mundo Occidental –y en el caso español y norteamericano puede constatarse en varias encuestas de población-, las izquierdas insisten en sustituir tales creencias individuales por una suerte de catecismo de la progresía donde los puntos principales son fácilmente sintetizables en uno: Dios es un mito de la derecha conservadora que aliada con sus representantes eclesiásticos –sobre todo los judíos y cristianos, y en especial los católicos- manipula las mentes de los buenos ciudadanos y les lleva a la intransigencia y al odio. La creencia en Dios es a sus ojos algo irracional. La fe y la razón las convierten en mutuamente exclusivas y, en consecuencia, las personas religiosas están guiadas –según las izquierdas- por un fervor emocional que manipula su raciocinio y que por tanto les inclina a vivir en una vida irreal, casi fantástica.
Como parten de la errónea premisa de que la religiosidad es irracional, la idea de Dios está en oposición a la ciencia, al avance y al progreso. Es el opio del pueblo, una condición patológica que ralentiza el desarrollo social pero que puede ser curada con una buena educación laica y la expulsión de la enseñanza de la religión de las aulas. Así, el proselitismo secular y antirreligioso de las izquierdas insiste en el mito de que las personas creyentes y religiosas son peligrosas para el equilibrio de las sociedades al convertirse en obsesos dogmáticos. La religión se acaba presentando así como causa de todos los prejuicios, de cerrazón mental, de discriminación contra determinados grupos humanos y étnicos, y en último término de los graves problemas de la humanidad.
Además de todo esto, las izquierdas promueven a menudo la falsa idea de que la religión se opone no solamente al avance y al progreso, sino a la libertad misma. Es así como nos cuentan que la religión busca esclavizar a las personas en ciertas supersticiones y poner toda una serie de reglas y mandamientos que promueven la miseria humana, las guerras y la desolación. En suma, que la religión –sobre todo, la ubicada en la tradición judeo-cristiana- daña a las personas y a las sociedades, usurpa del dinero público y es injusta. Como tal, debe ser extirpada de la sociedad y de la vida pública. No puede seguir siendo impuesta a las gentes y cualquier demostración de fervor religioso no debe alcanzar a tener un espacio público.
Así se explica, según las izquierdas, que las personas más peligrosas para quebrar la estabilidad mundial y para el mantenimiento de la paz son justo aquellas más ligadas a la religión, sobre todo al judeo-cristianismo. Aparece ahí inmediatamente la equiparación del fanatismo de un terrorista asesino como Osama Bin Laden con la figura de un presidente democrático como George W. Bush. Para las izquierdas, Bush y sus “neoconservadores” son los grandes enemigos del mundo –apoyados por Israel- pues su agenda religiosa judeo-cristiana es la raíz de todos los grandes problemas geopolíticos y conflictos actuales. Bush –elegido por el loco electorado fanático cristiano evangélico norteamericano- representa esa idea de la irracionalidad religiosa, egoísmo y falta de solidaridad. Y con él, antes, el fascista Aznar –elegido por la derecha católica española-. Tal es el catecismo de la progresía.
El error de las izquierdas es justamente presentar a Dios como enemigo público número uno. Es pretender extirpar de la conciencia humana esa lógica necesidad interior de buscar respuestas en la religión, de religarnos como humanos, de agarrarnos a una idea consoladora de un más allá bondadoso y misericordioso, cuya inefable esencia llamamos Dios. Por eso, tan equivocado estaba Manuel Azaña al afirmar en 1931 que España había dejado de ser católica, como años después la portada nietzscheana de la revista norteamericana Time al proclamar en 1966 la muerte de Dios (“Is God Dead?”).
El falso elitismo de la progresía de izquierdas predica libertad pero practica la censura. Habla de libertad religiosa pero anima al ateísmo, farda de apertura y sufre de cerrazón. Porque son justamente esas elites sonámbulas y carentes de valores trascendentes las que practican una suerte de caza de brujas. Porque son ellos los únicos inquisidores, los que buscan detectar y erradicar cualquier símbolo o expresión religiosa judeo-cristiana de la vida pública. Esas izquierdas son precisamente las que amenazan la libertad del individuo y las que ponen en peligro la paz entre las religiones acusando a judíos y cristianos de todos los males del mundo mientras se conchaban con el radicalismo integrista islámico, con la yihad o el wahabismo, que nada tiene con el verdadero Islam.
Así entendemos muchas de las declaraciones y acciones de las izquierdas políticas internacionales, con líderes que elogian a cualquier pelagatos antidemocrático antes que reconocer el esfuerzo de líderes como el acutal presidente de los Estados Unidos por defender la libertad. Así entendemos la actitud de senadores, diputados, congresistas y políticos en general que insultaron al conservadurismo judeo-cristiano y luego abrazaron a los tiranos más sanguinarios del planeta. La historia se repite y hoy todavía presenciamos la pervivencia de esos tiranos y las sonrisas de la progresía. El siglo XX nos ha enseñado que precisamente los personajes más antirreligiosos han sido los que más daño han hecho a la humanidad: Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot… militantes todos del ateísmo y del odio a los valores religiosos judíos y cristianos. Y al revés, hoy entendemos también que los grandes líderes de la libertad y del avance humano han sido personajes hondamente religiosos, desde George Washington a Ronald Reagan o desde Blaise Pascal a Louis Pasteur o Gregor Mendel.
En Estados Unidos, lo más preocupante es que el catecismo de la progresía sigue horadando y tergiversando la historia misma del país a través de la desinformación en ámbitos populares (Hollywood), educativos (escuelas y universidades) y judiciales (activismo de jueces). Se trata de una suerte de distorsión y negación de la raíz religiosa de la democracia norteamericana bajo capa y escondrijo del mal entendido concepto de la “separación” de Iglesia y Estado. La realidad es que tal concepto no aparece siquiera en la Constitución de los Estados Unidos. Lo que ésta sí indica, desde luego, es que el Gobierno no puede suprimir la libertad de culto. Lo que la progresía desea es invertir todo eso y convencernos de que lo apropiado es suprimir y prohibir de la vida pública cualquier expresión religiosa.
Una lectura atenta y cuidadosa de los documentos claves de la nación norteamericana, la única que se hizo desde el inicio sobre las bases de la democracia liberal, muestra a las claras la importancia de la religión. Y verifica la visión del Gobierno como el peligro para la religión y no al revés como pretende la progresía. La secularización a la que las izquierdas quieren llevar a la sociedad se hace siempre bajo la misma táctica empleada para otras cuestiones: la de la reinvención del pasado y la tergiversación de la historia. Se trata, en último término, de una especie de asalto a la Constitución, un secuestro a la raíz religiosa y espiritual de la inmensa mayoría del a ciudadanía para acomodarla a sus maltrechas agendas políticas.
La propaganda contra la religiosidad, especialmente la de tradición judeo-cristiana, adquiere concomitancias entre la progresía. Y es así como podemos conectar a las izquierdas transatlánticas y su recalcitrante ateísmo que ataca obsesiva y patológicamente a Dios. Muchos de los líderes de las izquierdas en España prosiguen en su esfuerzo de aislar a la Iglesia Católica. Escuchamos opiniones de políticos y aplicación de leyes sobre asuntos que requerirían de una mayor reflexión. Asuntos que, como en el caso del matrimonio de personas del mismo sexo, se definen incoherentemente además sobre conceptos originalmente religiosos y sacramentales. Lo lamentable de todo esto es que dichos ataques surgen siempre desde hipócritas posturas de la progresía ligadas a vacíos conceptos como tolerancia, diversidad, multiculturalismo o diálogo.
Al otro lado del Atlántico, David Limbaugh demostró recientemente en un denso y bien documentado libro los constantes ataques desde las izquierdas contra la tradición judeo-cristiana que se aprecian diariamente en el seno de la sociedad. Su libro, acertadamente titulado
Persecution, detalla la persecución a la que está sometida la religiosidad judeo-cristiana en Estados Unidos y toda la ingeniería que desde la progresía de las izquierdas se ha ido perpetrando para acabar con las manifestaciones religiosas del pueblo americano: desde la supresión de la palabra “Dios” en las escuelas al deseo de quitar monumentos históricos que incluyan detalles religiosos. La lectura de este libro resulta estremecedora y desmonta cualquier idea de que cuanto decimos de este catecismo de la progresía pueda resultar exagerado.
La zafia (y zurda) negación de los valores judeo-cristianos
El mejor modo de convertirse en enemigo de la progresía es identificarse abiertamente como judío o como cristiano y, sobre todo, defender la idea de Dios. Entre la juventud, y gracias a una lamentable educación laica teñida de odio al judeo-cristianismo, la propaganda de las izquierdas ha extendido el falso concepto de lo políticamente correcto donde toda cuestión de fe o religión es propiedad de los obsesos conservadores de la derecha, los mismos fascistas que liderados por Bush han llevado al mundo al cataclismo, a la guerra injusta y a la pobreza.
Es así que frente a la tiranía de los amigos de los líderes socialistas españoles –léase Castro, Chávez, antes Arafat- se insiste tanto en parodiar las creencias religiosas cristianas del pueblo norteamericano y en especial de su presidente al ser éste –nos dicen- la personificación del peligro para nuestras libertades en su insensata lucha contra líderes inocentes como Sadam Husein y aun contra los valientes defensores de la libertad de la yihad islámica.
En el caso español, resulta curioso que el actual gobierno socialista –como ya hicieran sus confundidos abuelos en la II República- se haya querido cargar de un plumazo junto a sus socios separatistas de la izquierda, todos los valores de la tradición católica española. Hasta algunos miembros de la derecha política –hipnotizados por tanta palabrería- han cedido a esas reclamaciones laicas y a ese cultivo de una enseñanza exenta de la siempre necesaria espiritualidad que acompaña al ser humano como complemento a su existencia física. La Constitución Española ampara siempre el derecho a la libertad religiosa, de ahí que sea inconstitucional acoger las pretensiones socialistas contra la religión católica, la mayoritaria en España.
A nadie escapa ya que es pan de cada día el escuchar las voces que desde el grueso de las izquierdas socialistas y sus asociaciones intentan desmontar el catolicismo en España. Son cansinos ya, por burdos, los reclamos de modificación de los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979, abogando por suprimir el actual “régimen fiscal” de la Iglesia, la enseñanza de la Religión y el estatuto jurídico de los profesores de religión. Estamos también aquí ante otro intento de la progresía de reescribir la historia, revisar y cuestionar los conceptos de Estado y derecho, del ser humano y sus derechos fundamentales, la ética y la moral. El objetivo no es otro que cargarse la
Constitución Española de 1978.
El artículo 16 de dicha Constitución garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley. El mismo artículo apunta a que nadie puede ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias. Y a renglón seguido encontramos la lógica de que ninguna confesión tendrá carácter estatal, seguida de la clara disposición constitucional por la que: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y demás confesiones”. Significa esto que no puede haber ningún tipo de rechazo estatal a una determinada confesión y, por tanto, tampoco a la Iglesia Católica, siendo como es ésta la mayoritaria en España con enorme diferencia.
Muy interesante resulta comparativamente el caso norteamericano, en el que se están dando últimamente una serie de hechos y casos judiciales que muestran –como detalla el citado libro de David Limbaugh- el portentoso esfuerzo de la progresía por desbancar la religión de la vida individual y pública. Esta zurda negación de los valores judeo-cristianos corroboran la tesis que venimos sosteniendo desde hace ya algún tiempo: que contra lo que piensa un gran número de personas, la ideología política de las izquierdas existe y trabaja en Estados Unidos y cada vez está más infiltrada en la sociedad de inicios de este siglo XXI. No es extrema izquierda, reconozcámoslo, pero es izquierda, tiene mucho de antirreligiosa y otro tanto de antiliberal.
De este modo, choca observar que la moderna hostilidad a la religión y la expresión de la religiosidad en el ámbito público contradice totalmente la historia fundacional de Estados Unidos. La
Declaración de Independencia de Estados Unidos, por ejemplo, deja claro ya en 1776 que los derechos que allí se declaran provienen directamente de Dios y no pueden ser suprimidos legítimamente ni por reyes ni por gobiernos de ningún tipo: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales;
que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” –escriben los firmantes Padres Fundadores-.
Estos derechos con los que como humanos estamos dotados por Dios apuntan sin fisuras a una creencia espiritual basada en la existencia de un ser superior y divino. Lo mismo podemos decir cuando dicha Declaración indicaba ya en el primer párrafo la autoridad de las leyes de la naturaleza y la naturaleza de Dios hasta incluir una directa apelación “al Juez Supremo del Mundo” respecto a la rectitud de las intenciones de ese documento. Y al final, la necesaria firma en la que como apoyo de tal Declaración, sus firmantes confíaban en “la Protección de la Divina Providencia”. Lo que esto significa a las claras es el error y el repudio que los fundadores de la democracia norteamericana sentirían hoy ante el odio a Dios de la progresía.
Al mismo tiempo, estos documentos apuntan al establecimiento de unas creencias inherentes al espíritu de los hombres que hicieron posible la creación del primer sistema político democrático. Dicho de otro modo, los Padres Fundadores que firmaron ese documento –John Adams, John Hancock, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin…- creyeron en verdades evidentes, o sea, verdades universales y objetivas sobre la idea de que los derechos inalienables del hombre proceden siempre de Dios; creyeron así en la existencia de Dios, el que cada religión juzgue mejor pero al fin y al cabo, Dios; creyeron en Dios como creador de los humanos y en la afirmación de nuestra libertad como esencia de nuestra existencia; creyeron que los derechos deben respetarse precisamente porque son parte inherente de la dignidad humana; y finalmente, creyeron en una Ley Divina que tanto los individuos como sus representantes en los gobiernos debían respetar siempre.
El experimento de la democracia norteamericana –que tan bien ha funcionado desde entonces hasta hoy- ha servido de modelo a las naciones más libres y prósperas del planeta. Por eso sigue válido. En su seno, incluye con claridad la necesidad de confiar en unos valores religiosos, libres pero religiosos. Para George Washington, el primer presidente de esa democracia, la razón y la experiencia prohibía pensar o suponer que la moral nacional podría prevalecer con la exclusión del principio religioso. Eso es justo lo que la progresía niega. Por eso el propio Washington proclamó un día nacional “de pública acción de gracias y oración para observar y reconocer con corazones agradecidos las muchas señales y favores de Dios misericordioso”. Lo mismo hizo Abraham Lincoln en 1863 al establecer el “Thanksgiving Day” o “Día de Acción de Gracias” el último jueves del mes de noviembre.
Debe señalarse que en esa fecha se conmemora también todos los años una herencia cultural: la de su propia historia como nación. Es la repetición simbólica del episodio de los primeros pilgrims o peregrinos colonos llegados en el barco Mayflower a Plymouth (Massachussets) y la de los indios nativos de la tribu Wampanoag que participaron en 1621 en una fiesta de la siega que duró tres días y durante la cual consumieron comidas varias dando gracias a Dios. Esta reunión es la que se ha venido considerando como la primera comida de Acción de Gracias. Pero junto a esto, y aunque el multiculturalismo y lo políticamente correcto del catecismo de la progresía haya pretendido ignorarlo, el agradecimiento no es a los indios por su hospitalidad, sino a Dios.
Tal es la auténtica raíz religiosa de esa fiesta nacional, el agradecimiento a Dios como Ser Supremo y bondadoso por permitir al pueblo norteamericano haber establecido su propia Constitución y su gobierno soberano. Parecido origen tiene también el antecedente de los españoles en la América del siglo XVI. Porque, de hecho, la primera celebración de una especie de “Acción de Gracias” a Dios en lo que es ahora Estados Unidos tuvo lugar en 1513, cuando Juan Ponce de León tomó posesión de la Florida en nombre del rey de España. Y lo mismo, cuando en 1542 el franciscano andaluz Fray Juan de Padilla y los soldados españoles al mando del castellano Francisco Vázquez de Coronado repitieron esa fiesta en el actual Cañón de Palo Duro (Tejas).
Valdría recordar asimismo al asturiano Pedro Menéndez de Avilés, quien ordenó en 1565 otro servicio religioso de acción de gracias a Dios, con posterior celebración atendida por nativos de la región y durante la cual volvió a agradecer a Dios la cosecha y el éxito obtenido en la fundación de San Agustín (Florida). Este fue el verdadero acto pionero de celebración de “Acción de Gracias” en la primera población permanente de lo que hoy es Estados Unidos. En todos los casos, Dios fue siempre el objeto de agradecimiento que unifica históricamente la raíz judeo-cristiana de España y de Estados Unidos.
Por eso, desde diversas creencias y religiones ese día en Estados Unidos fue y ha quedado ya como un modo de dar gracias a Dios, sin exclusivismos de una religión concreta pero sin reticencias. Porque una bien entendida separación de Iglesia y Estado en el marco de cualquier democracia no implica jamás el rechazo de los valores religiosos tradicionales de la mayoría del pueblo soberano. Tampoco implica negar la espiritualidad sobre la que se fundaron los conceptos mismos de Europa, y en ella España, y luego de EEUU. Negar esa realidad es negar la historia. Y cuando se pretende negarla –como la progresía ha querido hacer con la Constitución Europea- ya conocemos los resultados.
Volvamos a la historia norteamericana y hablemos de Thomas Jefferson, quien en su
Discurso Inaugural en 1801, habló también como presidente de la necesidad de seguir la luz de “una religión benigna, profesada en verdad y practicada en varias formas, incluyendo todas honestidad, verdad, temperancia, gratitud y el amor al hombre”. Y a renglón seguido apuntó la necesidad de “reconocer y adorar una Providencia suprema”, según la cual Jefferson consideró que obteníamos como humanos el goce y la felicidad en la tierra y el futuro en el más allá. Al final de su discurso, Jefferson no deja de recordar “ese Poder Infinito que rige los destinos del universo”.
Podríamos seguir dando ejemplos de otras grandes figuras de la democracia, como James Madison, John Adams… hastas llegar a algunos de los más conocidos discursos de presidentes norteamericanos como Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy, Ronald Reagan y el mismo George W. Bush donde es visible la vertebración religiosa de la democracia norteamericana. Podríamos incluso darnos un paseo por la capital, Washington, y encontrarnos a Dios en cada edificio, en cada esquina: desde los Archivos Nacionales al Monumento Washington, desde el Jefferson Memorial al Lincoln Memorial, desde el Capitolio a la Corte Suprema. La prestigiosa Biblioteca del Congreso en Washington incluye una interesante y recomendable documentación para entender esas incuestionables
raíces religiosas de Estados Unidos.
Si analizamos despacio las anteriores formulaciones, resulta claro que desde el inicio de la democracia norteamericana se consideró la religiosidad judeo-cristiana como base central de la Declaración de la Independencia y su posterior desarrollo en la más próspera democracia liberal del mundo. Los diseñadores de esa democracia fueron, sin duda, claros defensores de la verdadera libertad religiosa. Un importante número de esos defensores de la libertad americana, presidentes y firmantes claves de estos documentos pertenecieron asimismo a la masonería, como George Washington, Benjamin Franklin, John Hancock, Joseph Hewes, William Hooper, Robert Treat Payne, Richard Stockton, George Walton, William Whipple, John Blair, David Brearly, Jacob Broom, Daniel Carrol, John Dickinson o Rufus King.
Viene esto a cuento porque curiosamente fueron esos masones los que dieron la impronta política, ideológica y religiosa a la democracia estadounidense. Es por ello precisamente por lo que los liberales-conservadores de la España de hoy deben matizar sus crecientes críticas a la masonería y diferenciar con claridad los contenidos liberales de la masonería en su raíz anglo-norteamericana, muy distinta a la francesa y, desde luego, muy alejada de la ideología política de un buen sector de la española. Tampoco haría falta recordarr que un gran número de diputados constituyentes en 1812 fueron masones y liberales que ayudaron a crear la primera Constitución verdaderamente democrática en España. Baste citar a Diego Muñoz Torrero, Agustín Argüelles, José María Calatrava, Isidoro Antillón, Antonio Porcela, José Mejía o Agustín García Herreros, entre otros.
La tradición norteamericana que liga la libertad con Dios apunta a una idea que traspasa a nuestros días y que fue reiterada por el actual presidente norteamericano en su
Discurso del Estado de la Unión en 2003: que la libertad es un derecho de todos los seres humanos; que la libertad no es un regalo de los Estados Unidos al mundo, sino de Dios a la humanidad; y que por todo ello debemos poner a Dios en nuestras vidas y en nuestra historia. Lo que estamos planteando aquí, en último término, es la necesaria defensa de la libertad religiosa por parte de todos los ciudadanos: una defensa que parece ahora limitarse casi exclusivamente al pensamiento liberal-conservador frente al catecismo antirreligioso de la progresía mundial transatlántica. Dicha defensa pasa por la aceptación de una pluralidad de acercamientos a la religiosidad, pasa por el rechazo de fórmulas excluyentes, pero sobre la base del respeto a la libertad de credo. Sólo así evitaremos caer en los vicios de un pasado negado a la auténtica libertad religiosa.
Hacia la defensa de la verdadera libertad religiosa
El valor de la religión fue ayer, es hoy y seguirá siendo mañana uno de los bastiones propios de la derecha liberal-conservadora. Aunque la progresía quiera hacernos creer que este valor cotiza poco en el actual mundo político, el caso de Estados Unidos corrobora su pervivencia y su éxito. Pero debe quedar claro que el conservadurismo liberal o el liberalismo conservador –como quiera llamársele- no debe partir únicamente de un artificial apego y defensa de las tradiciones, de la nación y de la religiosidad, sino que debe apuntar a un sentido y claro mensaje de sinceras convicciones apoyadas en la libertad y en el respeto a la Ley.
Caemos en un permanente error cuando consideramos que la libertad es algo dado o garantizado, consecuencia de una lógica de la historia en el avance de la humanidad. Nada más peligroso que esa falsa premisa porque la libertad sólo se garantiza defendiéndola, protegiéndola y conservándola. Conservar la libertad es parte del ser conservador. Y en esa libertad se incluye, por supuesto, la libertad religiosa. Cuando alguien impide su crecimiento, como hacen las izquierdas más sectarias, se está condenando a esa libertad religiosa a menguar y hasta a desaparecer. Tales son los peligros de una visión parcial de la libertad. Porque la religión implica una raíz moral, una defensa de los ideales que bajo el amparo de la tradición judeo-cristiana permitieron a Occidente instaurar la democracia.
Comprendemos que en España quienes nos denominamos liberales-conservadores somos indudablemente minoritarios. Algunos incluso se avergüenzan de incluir el término “conservador”, por marginal y mal entendido en España. Pero hace falta aclarar bien las cosas. Porque mientras en España la defensa de esos valores se limita verdaderamente a unos pocos políticos y al impulso ejemplar de la Iglesia Católica, en Estados Unidos, no faltan las voces que –partiendo de los escritos de sus mismos Padres Fundadores- alimentan ese entusiasmo para defender la espiritualidad y la libertad religiosa heredada de una tradición presominantemente judeo-cristiana. Y todo esto ocurre en Estados Unidos -siempre ejemplo y modelo- pese a los voceros de la progresía, cuya incapacidad para vivir sobre unos valores trascendentes y humanos revelan su propia bancarrota moral y su voluntad de atacar a cuantos no piensan como ellos.
La libertad y su forma política encarnada en la democracia encierran unos peligros. El primero de ellos es el de lacerar nuestra espiritualidad a través de la edificación de una sociedad carente de valores religiosos y ausente de verdadera libertad religiosa. Bajo la excusa del fanatismo religioso se permiten aberraciones humanas como la práctica del aborto o la eutanasia y otras actitudes antiliberales tan gratas a la progresía. El hecho moral de la libertad individual no puede separarse del hecho político de un Estado mínimo donde la división de poderes se asegure pero donde se respete a la vez, no ya sólo la libertad individual, sino también la económica y la religiosa, actitudes tan necesariamente sanas como incuestionables.
Hoy entendemos que el siglo XX presenció la rendición de muchas instituciones políticas y de muchos países ante el totalitarismo. Hoy comprobamos que la salvación de la libertad en el mundo se debe en gran parte al impulso de la acción norteamericana en dos grandes guerras mundiales. Hoy vamos ya comprendiendo que el siglo XXI se ha iniciado con la amenaza de otro totalitarismo: el de la intransigencia religiosa y el ataque a los valores judeo-cristianos que definen nuestra civilización en Occidente.
Desde la caída del muro de Berlín a la de las Torres Gemelas se fue gestando esta nueva época. A nosotros, conservadores liberales y liberales conservadores –la etiqueta es lo de menos- nos corresponde velar precisamente por “conservar” esos valores amenazados cada día en el mundo: principios acechados no sólo ya por la amenaza terrorista del radicalismo antidemocrático, sino también por el catecismo hipócrita de la progresía. Hasta que nuestro valor moral no se convierta realmente en pleno valor intelectual y en auténtica valentía para decir y escribir las cosas claras y sin medias voces, con nombres y apellidos, en España estaremos perdiendo la batalla de las ideas.
es catedrático universitario, escritor y analista político, especialista en temas culturales t