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El mal de Europa
Por GEES
Notas nº 25   |  20 de Septiembre de 2005
 
A veces, el cambio electoral en un país conlleva un fuerte impacto para la dinámica global europea. Particularmente si ese cambio se produce en uno de los grandes o en Estados que son pivotes, esto es, sobre los que bascula en un momento dado el equilibrio de fuerzas regionales. Ocurrió con España con la victoria socialista el 14-M, que inclinó el fiel, a costa de nuestros intereses nacionales, a favor del eje franco-alemán y la visión continentalista de Europa. Y podría suceder de nuevo si en las primeras elecciones alemanas, del 18 de este mismo mes, sale triunfadora Angela Merkel y desplaza, así, al SPD de Gerard Schröder. No cabe duda de que la CDU en el gobierno cambiaría sustancialmente la dinámica política europea, a favor de nuevas reformas liberalizadoras, frente al intervencionismo dirigista galo, y  en defensa de una construcción europea más abierta y atlántica, solidaria y no antagonista de los Estados Unidos. Por ejemplo.
 
Ahora bien, imaginar que los cambios de gobiernos, por muy favorables que sea, prometen una Europa más dinámica y resoluta, capaz de alzarse frente a los problemas y riesgos que la acechan, no es realista. Europa está aquejada de un mal mucho más profundo, que ha perneado a toda la sociedad durante décadas y que, precisamente por eso, ya se escapa a la acción de uno u otro gobierno. A comienzos del 2003, el analista de la Carnegie Foundation, neconservador para más señas, Robert Kagan publicaba un ensayo (Poder y debilidad), en el que venía a decir que el problema básico de Europa era su falta de poder militar. Por no contar con las capacidades para actuar con fuerza, el pensamiento político europeo se había vuelto débil, buscando siempre el acomodo o el apaciguamiento. Su discurso entroncaba con un calmos generalizado entre los europeos quienes no habíamos sido capaces de pararle los pies a Milosevic en Bosnia y quienes, sin la aviación y los misiles norteamericanos, no habríamos intervenido en Kosovo. Y aunque certero, el ensayo de mi buen amigo Bob Kagan se quedaba corto, pues no explicaba del todo por qué los europeos preferimos, de hecho, la debilidad al poder o cómo de aguerridos imperialistas pasamos a ser pacifistas a ultranza, hasta el extremo de escuchar en su día aquello de “mejor rojos que muertos” y que hoy recobra vida como “mejor musulmanes que muertos”.
 
Otro autor, George Weigel,  tan recientemente como este mismo año, ahonda en su libro El Cubo y la Catedral, lo que para él está en la base de la actual crisis de Europa. No se debe a su incapacidad económica para crecer, ni en la asfixiante burocracia reguladora de Bruselas, ni el estado del bienestar y la quiebra de las pensiones, ni tampoco en la falta de fuerza militar. Para él, la manifestación primaria de la crisis de Europa radica en el hecho brutal de la caída de la natalidad y su impacto en el debilitamiento moral e identitario de los europeos. Los europeos no sólo se hacen más viejos, sino que encogen en número. Y en la medida en que la máquina productiva necesaria para sostener nuestro nivel de vida lo exige, Europa se puebla más y más con inmigrantes. Mientras éstos compartan los mismos valores que nosotros (como ocurre con los iberoamericanos que vienen a nuestro país), los problemas de asimilación se podrán controlar; cuando provienen de culturas distintas y, además, no quieren asimilarse a nosotros, el problema está servido.
 
El fracaso de las políticas de integración o asimilación ha quedado claramente expuesto en sus causas últimas en otro libro de reciente aparición, Senza Radici, firmado conjuntamente por el presidente del senado italiano, Marcelo Pera y el todavía cardenal Joseph Ratzinger, Benedicto XVI semanas después de la aparición de esta obra. El libro no tiene traducción al castellano todavía, pero la intervención de Pera en el campus FAES del pasado julio puede consultarse en la página web de la Fundación. Para ambos autores, el mal de Europa radica en el triunfo, como lo políticamente correcto, del relativismo a ultranza. Y los autores llaman así a la visión que niega que los valores occidentales, los nuestros, tengan valor general, global o universal, a la vez que prescinde de exigir reciprocidad en el respeto de comportamientos e ideas a las otras culturas a las que se nos equipara. Es decir, que cuando un gobernante iraní viene en visita oficial a España, en el Palacio Real no se sirve alcohol para nadie; cuando una ministra española viaja al mundo musulmán, tiene que aparecer tocada por el velo que la cubre. Y eso es sólo un detalle. Mucho más grave es que con nuestros impuestos se predique el Islám para comunidades que ven como algo natural que en su país de origen se persiga a los cristianos o católicos, como se hace en Arabia Saudí, por citar un ejemplo.
 
El resultado de todas estas tendencias que los autores apuntan, no puede ser más catastrófico: una Europa débil, que ha llevado a que sus ciudadanos pierdan sus raíces más íntimas, sin moral que les otorgue cierto sentido de superioridad o que delimite lo aceptable de lo que no lo es, y con una población en dramático declive. En suma, una Europa desprovista de la savia y la energía para remontarse históricamente, cuya preocupación esencial es criticar a los americanos y apaciguar a los islamistas. Ese es el resultado.
 
La posible y deseable victoria de Angela Merkel no será la solución a estos problemas, pero lo que es seguro es que la continuidad de la concepción Chiraq-Schröderiana del Viejo Continente no augura más que mayor envejecimiento biológico, psicológico y moral. Por eso es tan necesario un cambio de actitud y horizonte. Merkel puede alterar la dinámica de pesimismo tanto en su país como en el continente, sacando del aislamiento dorado en el que se encuentra Tony Blair y forzando, junto con él, un nuevo rumbo. Eso sí, encerrado en la marginalidad a nuestro flamante presidente de gobierno, Rodríguez Zapatero, fiel seguidor de Chiraq y Schröder.  Pero no hay por qué preocuparse, tenemos líderes en la oposición que podrían ser parte de esa nueva Europa.

 


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