El cubo al que se refiere el título es el de La Grande Arche de la Defense de París, monumento civil a los derechos humanos debido al impulso de Miterrand, y la catedral es la de Notre-Dame, en la misma ciudad. Cuenta Weigel que, durante una visita a la capital de Francia, para hacerle ver la grandiosidad del cubo de la Defense, le explicaron que dentro de él cabía la mismísima catedral de Notre-Dame. La irreverente afirmación le sirve al autor para identificar el cubo con el humanismo ateo, que entiende imperante en Occidente, y la catedral con el humanismo cristiano, olvidada raíz de nuestro modo de concebir los derechos humanos. No obstante, es necesario aclarar que el título escogido para la edición española puede inducir al equívoco. El título original es: The Cube and the Cathedral. Europe, America and Politics without God. La aclaración importa porque la traducción española puede dar a entender que el autor contrapone Europa, donde la política prescinde de Dios, a EEUU, donde la política sí Lo tiene en cuenta. Y precisamente, uno de los momentos más brillantes del libro se halla donde el autor defiende la visión opuesta a Kagan, la que contempla a Europa y EEUU en la misma pendiente, por la que ambos se deslizan, aunque Europa se precipite más rápidamente.
George Weigel es un teólogo, autor de una notable biografía de Juan Pablo II. No es, por tanto, un historiador, ni un analista de política internacional ni un académico dedicado a los estudios estratégicos. Sin embargo, su libro ha permanecido algunos meses en la lista de superventas de Foreign Affairs. ¿Por qué? Weigel quiso escribir un opúsculo sobre lo peligroso que para nuestro futuro puede ser que Occidente (Europa y Norteamérica, por tanto) prescinda de sus raíces cristianas. Su objetivo es azuzar las conciencias de los cristianos, para que, al hacer política, no prescindamos de nuestro Dios, tal y como hemos hecho al elaborar la Constitución europea, hoy fracasada. Como se ve, Weigel nada contracorriente.
Y al hacerlo, consciente o inconscientemente, alcanza ulteriores objetivos, que están más allá (o más acá, si se quiere) de los inicialmente propuestos y que explican su éxito fuera de los círculos a los que, en principio, se dirige el autor. Denuncia que, a pesar de que el Cristianismo tiene mucho que ver con el modo en que en Occidente se respetan los derechos humanos, éste vive un período de cristofobia que se hace patente en el hecho de que se consienten y celebran las mofas públicas que se hacen a la religión cristiana, mientras se persiguen y rechazan las que se hacen a otras religiones, si es que alguien se atreve a hacerlas. Demuestra como el cristianismo tiene en sus raíces el respeto a los derechos humanos y el islam no, de modo y manera que el que los derechos humanos se respeten donde hay cristianos y no donde hay musulmanes no es una casualidad. Muestra como Occidente se precipitó en 1914 hacia su peor pesadilla debido sobre todo al abandono del humanismo cristiano, y se despertó de ella en 1989 gracias entre otras cosas al esfuerzo y tenacidad de muchos políticos que fueron leales a sus referencias cristianas.
Todo esto es extraordinariamente interesante, pero, paradójicamente, cuando más brilla Weigel es precisamente cuando nos empuja a extraer ulteriores conclusiones que él no quiere alcanzar. La lectura va provocando la reflexión y en un determinado momento, el teólogo nos lleva de la mano hasta la revolución francesa y allí nos deja abandonados, solos, pensando. ¿Por qué no reconoce abiertamente que nuestra concepción de los derechos humanos procede en parte de las ideas de aquella revolución, que fue, en gran medida, una revolución anticlerical y atea? Quizá Weigel piense que, para destacar las ocasiones en que el Cristianismo ha sido un freno que superar para el progreso humano, ya están otros, y que él lo que tiene que hacer es loar las ocasiones en que ha supuesto una ayuda.
Sin embargo, sus lectores podemos seguir la reflexión. Cuando Wellington derrotó a Napoleón en Waterloo, las rancias monarquías europeas soñaron con volver a someter a sus súbditos bajo la alianza del trono y el altar, como hasta 1789 habían venido haciendo. Sin embargo, fracasaron. La derrotada revolución había inoculado un virus en los espíritus que no había penicilina capaz de derrotar. Esta es la tesis tradicional, en esencia, correcta. Sin embargo, se olvida normalmente destacar un aspecto, que es el que se limita a sugerir Weigel: la alianza trono y altar no funcionó, no sólo porque los espíritus europeos ya no estaban dispuestos a renunciar a la libertad que la revolución les había demostrado podían ganar, sino también porque el altar ya no quiso ser el aliado del trono. Y ese Cristianismo que parecía ser, junto a la aristocracia, el feudalismo, las fronteras interiores o el gremialismo, un pilar más del Ancién Régime que se derrumbaba, resultó ser al final la conciencia del movimiento revolucionario, muchas veces sin que sus líderes fueran conscientes de ello.
Y, desde entonces, el humanismo cristiano, con independencia de las posiciones tácticas que en momentos concretos haya podido adoptar la jerarquía eclesiástica, ha nadado siempre a favor de los derechos humanos, aunque a veces haya parecido hacerlo en su contra. Pondré un ejemplo que creo explica muy bien lo que creo quiere decir Weigel y no termina de decir no sé muy bien por qué. Hoy nos parece increíble que en Europa durante siglos fuera legal el tráfico de esclavos al amparo de una serie de modernas ideas, que no hacían otra cosa que esconder llanos intereses económicos. Con independencia de que sólo fue factible la erradicación de la lacra cuando surgieron otros intereses económicos opuestos a ella, el movimiento a favor de la ilegalización de la esclavitud tuvo en su origen profundas raíces en el humanismo cristiano, aunque no todos los cristianos, ni siquiera la mayoría de ellos, se opusieran a ella. Del mismo modo, es muy probable que nuestros nietos nos contemplen con repugnancia por consentir y legalizar el atentado que a la vida humana supone la práctica del aborto cuando hoy, sólo desde organizaciones de inspiración cristiana, que no engloban, ni mucho menos, a todos los cristianos, se lucha por su ilegalización, sin apenas medios y sin lograr un mínimo eco en una sociedad, que paradójicamente, se preocupa tanto por el futuro de la foca monje.
Los occidentales de formación cristiana, agnósticos o no, practicantes o no, olvidamos con frecuencia que somos cristianos, no porque tengamos fe, que podemos haberla perdido, y esto, en lo que aquí interesa destacar, importa poco, sino porque estamos educados en los valores del humanismo cristiano, que apreciamos y valoramos sin ser conscientes, en muchas ocasiones, de su origen. Otro ejemplo: cuando en Occidente se protege al que contrata de buena fe no se hace por herencia del Derecho Romano, que desconocía el concepto, sino por influencia del Cristianismo. Por eso, en Occidente se celebran todos los días miles de millones de contratos que alcanzan un buen fin sin la intervención de ninguna instancia superior y sólo una parte infinitesimal de los mismos se discuten ante los tribunales. Por eso, adquirimos mucho más confiados una camisa en El corte Inglés que una chilaba en el zoco de Marrakech.
La conclusión, para el analista occidental de política internacional, es que en nuestra guerra contra el islamismo radical, el Cristianismo, nuestras raíces cristianas, no son parte del problema, sino parte (en realidad una buena parte) de la solución. Para quiénes consideren familiares los campanarios y extraños los minaretes, el libro de Weigel constituye, por decirlo de una manera gráfica, una forma más profunda y más inteligente de decir lo que la Fallaci viene diciendo con un estilo algo más grueso.