14-M; España en la hora cero
El 11-S inauguró una nueva era, y nos presentó una forma de terrorismo que se nos hace tan familiar como desconocida. A los españoles, el humo, las sirenas y el miedo en la calle se nos hicieron demasiado familiares; los aviones, las invocaciones a Alá, los estados de alerta se hacían inéditos para unos españoles cada vez menos acostumbrados a cualquier situación de excepción. Tres años después, el 11-M no hizo sino devolvernos a los viejos temores terroristas que parecían definitivamente aparcados en el último tercio del siglo XX español.
Con el nuevo siglo, el nacionalismo etnicista se encontraba a la defensiva, y ETA cedía día tras día bajo la presión política, social y policial. Pero al tiempo que ganaba la batalla contra el terrorismo, Aznar perdía la calle y los medios de comunicación en beneficio de la misma oposición que tiempo después arrollaría a su gobierno en nombre de la paz. Ocho años de éxito contra el terrorismo etarra no vacunaron a España para lo que se avecinaba; Téllez, El Pozo, Santa Eugenia resuenan aún en nuestras cabezas, como lo hace la explosión política de los días siguientes; el terrorismo yihadista nos mostró una sociedad en precario equilibrio, en inestable unidad, en permanente peligro de descomposición. La victoria moral contra el totalitarismo etarra se rompía hecha añicos en setenta y dos horas, mostrándonos la política en su estado más crudo y desagradecido A día de hoy, una evidencia se nos hace insoportable; marzo de 2004 acabó con la ingenuidad política de 1978. La orgullosamente proclamada madurez democrática dio paso a la esquizofrenia política; la unidad contra el terrorismo se tornó en una rivalidad insoportable, que forzó la democracia hasta su extremo y empuja a unos españoles contra otros.
Elegido tras un atentado terrorista del que aún hoy desconocemos lo fundamental, un nuevo Gobierno apuesta por el apaciguamiento y abraza la política del pacifismo. Una sola consigna recorre los discursos del Gobierno y su coalición; paz en Irak, paz en el País Vasco, paz entre civilizaciones. Pero la apelación a la paz esconde una pregunta instantánea; ¿qué paz?. La respuesta inmediata nos la ofrece la coalición gubernamental; la paz nacionalista republicana y la paz que encuentra en el régimen de La Habana inspiración y modelo, se imponen en el discurso de un Gobierno que cede a sus socios de poder tan imperiosa respuesta.
Con la llegada del nacionalismo radical al poder, el Catalonia is not spain entraba en La Moncloa blandiendo el sable de Perpignan; “España como Estado no puede continuar” (Carod-Rovira). ¿Cómo no negociar con ETA si ETA tiene parte de razón? Pero desde entonces lo evidente se hace oscuro y preocupante; la paz de ERC es más cercana a la de Otegui que a la de Rajoy y Zapatero. Pero un año después, aprisionado entre Ezquerra Republicana e Izquierda Unida, el Presidente del Gobierno negocia con el terrorismo nacionalista y se suceden las previsibles consecuencias: los nacionalistas se frotan las manos ante lo apetecible; los constitucional-pluralistas se frotan los ojos ante lo impensable. Democrática, la sociedad deposita su suerte y su confianza en el gobernante; insegura, no puede dejar de sentir vértigo en el estómago ante los acontecimientos que se desarrollan ante sus ojos, y que parecen escapar de las manos de quien se presenta como supremo bienhechor. Al borde del precipicio constitucional, España se nos presenta así ante una nueva hora cero.
La paz y la historia innegociable
De repente retrocedemos treinta años. Por todo el país la gente se pregunta ¿qué quiere ETA?; los que ya lo saben se angustian por momentos; ¿por qué lo quiere? ¿por qué ahora? Vía Perpignan, con olor a pólvora y titadine, el pasado interpretado por el nacionalismo se hace presente en los medios de comunicación, en el Congreso, en La Moncloa. Mientras Zapatero proclama una nueva transición, la historia interpretada en clave nacionalista irrumpe en nuestras vidas, con la promesa de un futuro radiante donde los problemas se esfumen para siempre y los pueblos de España caminen en armoniosa convivencia.
Pero más allá del optimismo gubernamental se extienden las sombras terroristas. Acudir al ideario etarra es hoy una necesidad más que una obligación: ¿Qué quiere ETA?. Justicia, responde el encapuchado en sus comunicados (junio de 2005). Respuesta sencilla, que esconde la complicación. En la mente nacionalista la injusticia se hunde en la noche de los tiempos: “Euskal Herria ha sido a lo largo de su historia un pueblo negado y dividido en diferentes ámbitos políticos y administrativos”, reza el credo filoetarra rejuvenecido en la declaración de Anoeta (2004). La historia del pueblo vasco es la historia de la lucha opresora. La lista es larga; romanos, visigodos, árabes, castellanos, liberales, franquistas, cristianos y constitucionalistas se confabulan contra el indómito pueblo vasco desde que la historia es historia. Todos ellos con un único pecado; llegar desde el sur del río Ebro para contaminar la vida en el norte.
Interpretada en clave etarra, la historia es una y única; la solución también. La Alternativa KAS de 1976 se convirtió en la Alternativa Democrática en 1995, y en la Declaración de Anoeta de noviembre de 2004; Orain herria, orain bakea. En plena era de la paz a cualquier precio, sorprendidos, averiguamos que el terrorista también invoca la paz; Ahora el pueblo, ahora la paz, rezan las oraciones batasunas en otoño de 2005. Los editoriales de Gara, los mítines batasunos están repletos de retórica pacifista. ¿Cómo obviar que batasuna clama por “la construcción de un proceso de paz que supere definitivamente el escenario de enfrentamiento político y armado en nuestro pueblo”?.
“La paz es ahora la prioridad” no es una sentencia gubernamental; corresponde al balance batasuno de nuestro tiempo. ¿Qué paz? se pregunta el ciudadano, a lo que el terrorista se apresura a responder; “reconocer los derechos de Euskal Herria y el respeto a lo que decidan los ciudadanos vascos”. Callejón negociador sin salida; en la óptica etarra, los derechos son innegociables; se reconocen, se recuperan, pero no se negocian. El proceso de negociación en la mente de Arnaldo Otegui es el proceso en el que España reconoce el derecho de autodeterminación del País Vasco: “la clave de la resolución del conflicto se encuentra en la autodeterminación” (junio 2005).
¿Acaso no es la violencia la continuación de la política? Quienes denuncian exaltados la falta de sentido de la violencia etarra aciertan moralmente; yerran estratégicamente. La indignación moral no proporciona conocimiento intelectual. Por otro lado, alborozados, ebrios de pacifismo y de diálogo, los partidarios de la negociación y la paz definitiva olvidan escuchar la paz que les ofrecen los terroristas: No hay un problema porque existan presos; existen presos porque hay un problema, anuncian día y noche terroristas y voceros. Los presos, el coche bomba y la kale borroka son la expresión de un conflicto último, que nos retrotrae a la noche de los tiempos; son la consecuencia política de una causalidad histórica.
Así descubrimos que el nacionalismo vasco no es una política, sino una ideología. Es una concepción total del hombre, de la sociedad, de la cultura y de la propia política. Para la familia nacionalista, la historia vasca, desde su origen más remoto, se impone al individuo y a todas sus decisiones. Ayer, hoy y mañana, la política es la defensa y la construcción de la nación vasca por diferentes medios. Nación violada y violentada que busca su liberación final. A golpe de asesinato, ETA saca las consecuencias lógicas del credo histórico que todos defienden con convicción.
La claridad y sinceridad no son vicios del etarra: sin autodeterminación no habrá paz; la amnistía es el primer paso, pero no el último; ¿cómo olvidar que los presos etarras lo son por su lucha contra una injusticia secular? Pretendidos herederos de los gudaris, encarnan la lucha de un pueblo, constituyen su vanguardia: “lo mejor de la juventud vasca”, reza el ideario etarra. Por eso, tras escuchar al terrorista, la pregunta frente a Rodríguez Zapatero se hace asfixiante; ¿por qué limitar la paz a un asunto menor? ¿por qué limitar el acuerdo al resultado doloroso de la opresión? ¿por qué olvidar la premisa mayor que da sentido a las demás?¿cómo solucionar la consecuencia sin abordar la causa?
De los medios a los fines observamos que el terrorismo es el medio de la política, pero no sólo de la política. La independencia es una finalidad político; pero el reconocimiento de los derechos inherentes a los hijos de Aitor es un objetivo que se pierde en el horizonte de la historia. Sutil diferencia que esconde la clave de la barbarie etarra; sólo la justicia histórica exime al etarra de los crímenes de Hipercor o Zaragoza. Sólo sintiendo a sus espaldas el aliento de todo un pueblo –en su pasado y en su futuro- aprieta el terrorista el gatillo o el detonador. No es la política, sino la Historia la que respalda los crímenes etarras.
En el bucle melancólico mostrado por Juaristi, a una injusticia sigue otra, hundiéndonos hasta el origen de la historia. En la ideología del Adiós España denunciada por Laínz se esconde la historia eterna, trascendente para las “hijas e hijos de Euskalherria, de este pueblo que habita y trabaja en esta encrucijada de Europa desde antes de que haya memoria histórica de los hombres”. Eterna, la opresión del pueblo vasco en clave nacionalista se pierde en los confines de la tierra y en la noche de los tiempos; la autonomía o autodeterminación es una sola letra de una deuda infinita. En la mitología etarra, la deuda contraída se extenderá hasta el amanecer a golpe de dinamita y parabellum.
En la mente terrorista, no son los presos lo que está en juego; ni siquiera una independencia que hundiría la sociedad y la economía vasca: la ideología etarra puede ser totalitaria, pero no es irracional. ¿Porqué arriesgarse a hundir al País Vasco en la miseria?, nos preguntamos los hijos de la modernidad ilustrada; ¿cómo no arriesgarse si es la Historia la que lo ordena? ¿qué sacrificio no está permitido en nombre de nuestros antepasados y de nuestros descendientes?, responderá el terrorista bajo la capucha. Éstas son las preguntas que rigen la negociación etarra.
Preguntas para las que el político no tiene solución definitiva ¿Inconsciencia ingenua o atrevimiento suicida? En cualquiera de los casos, Rodríguez Zapatero abraza contento la filosofía del apaciguamiento, pero olvida escuchar a quien le interpela. En plena bacanal del diálogo, Rodríguez Zapatero se esfuerza en no escuchar a quien desde Cataluña y Euskadi le susurra al oído que de lo que se trata es de resolver la Historia. Si el Presidente del Gobierno escuchara, oiría el eco de una injusticia secular, y una pregunta se le impondría imperiosamente; ¿Cómo saldar cuentas con la Historia? Pregunta sin respuesta, que corresponde a una deuda que el terrorista ya ha cuantificado, y que el presidente del gobierno no podría, aunque quisiera, saldar.
La paz, continuación del terrorismo por otros medios
El Congreso de los Diputados saluda optimista la negociación con ETA; envuelto en luchas intestinas, con una coalición gubernamental ansiosa por aparcar a la derecha liberal de cualquier posibilidad de gobierno, invita al gobierno a sentarse con los asesinos de Lluch y Ordóñez. En plena política del cinismo, la democracia parlamentaria zozobra ante la lógica de la rivalidad partidista y abre las puertas a las debilidades políticas de par en par. Por ellas se cuela el totalitarismo etarra con toda su lógica.
Pese a la ingenuidad parlamentaria, el terror tiene su propia lógica, independiente de la dictada en la Carrera de San Jerónimo. Lógica estratégica, con permiso de la guerra, que se nos presenta dialéctica y paradójica, pero real. En Bagdad o San Sebastián el terror apunta a las mentes de los ciudadanos, en una vertiginosa indiscriminación. ¿Cómo no reconocer que el verdugo muestra una inquietante arbitrariedad al activar el detonador? El efecto de las bombas de Atocha no se agotó en las vías ferroviarias; paralizó un país y vía 7-J asusta hoy a Europa entera; cualquiera podría ir en esos vagones, cualquier vagón en cualquier tren pudo ser el infierno. Interpretando en clave vasca, cualquiera podría pasar junto al coche bomba, en cualquier calle, en cualquier ciudad. El terrorista es el dueño de la vida y de la muerte, de cualquier vida y cualquier muerte. No le preocupa demasiado saber de cuál se trata.
El terrorismo islamista oscurece la esencia del terrorismo tanto como la muestra; no hace falta derribar el World Trade Center para destruir indiscriminadamente. En Vic, el coche bomba se llevó por delante a los niños que jugaban en el patio; sacrificados en nombre de la Historia sagrada del pueblo vasco como los oficinistas neoyorquinos en nombre de la Historia sagrada del Islam. En ambos casos, la certeza nos dice que la búsqueda de la hecatombe es la continuación de la política por otros medios.
Pero al mismo tiempo, el terror etarra es perversamente selectivo; no todo el mundo puede ser víctima, no todos somos iguales ante su punto de mira. ¿Cómo no reconocer tal discriminación? El terrorista es el dueño de la vida y de la muerte, de nuestra propia vida y de nuestra propia muerte; bárbaramente los medios empleados –indiscriminación, discriminación- se suceden según la voluntad y la necesidad estratégica. Hoy los políticos pueden pasear tranquilos, sólo les apuntan los bolígrafos y los apuntes de los chivatos; también los catalanes respiran bajo el paraguas revolucionario de Carod-Rovira. En virtud de las circunstancias no todos podemos ser víctimas de ETA; el hecho de saberse en una lista en la que no estamos todos lo hace aún más doloroso.
El terrorismo es la continuación de la ideología nacionalsocialista por otros medios; Organización socialista y revolucionaria tanto como nacional, ETA no renuncia ni a lo uno ni a lo otro. El terror es la estrategia de una ideología totalitaria; constituye una modalidad de la lucha revolucionaria de liberación, de la misma forma en que el terror selectivo o indiscriminado constituye una modalidad de la estrategia terrorista. Entonces descubrimos cómo existe una primera muerte anterior a las demás.
La primera muerte y los profetas de la paz
La coalición gubernamental y sus apoyos parlamentarios olvidan esta dimensión del terror: El terrorista mata antes de matar, y sigue haciéndolo después del crimen. El primer asesinato del terrorista ocurre mucho antes del balazo, en el soleado Boulevard donostiarra o en las brumosas calles de Echarri Aranaz. La víctima es víctima mucho antes, y conoce por primera vez la absoluta soledad en el momento en que sabe que es víctima. Para profesores, guardias y empresarios del País Vasco, vivir a la sombra de su propio asesinato ya es una muerte en vida. Una vida envuelta en puertas y coches blindados, en inspecciones bajo el coche, en miradas a ambos lados de la calle no es sino un recordatorio de una muerte tan cercana para ellos como lejana para el resto.
Entonces nos damos de bruces contra la perversión última del terrorista; la segregación en vida de la víctima, la soledad en las aulas, en los despachos o en las comisarías. La pretendida unanimidad española se centra en la solidaridad y el apoyo a las víctimas. Deuda justa que no obstante esconde un problema mucho mayor; no es el tiro en la nuca o la bomba-lapa la que crea una víctima, sino la dramática e irreversible constatación de que lo es. En los medios de comunicación, es el atentado el que señala a la víctima; en su mente y en la de los suyos, lo es desde mucho tiempo antes de que estalle la dinamita.
La perversión terrorista consiste precisamente en contener ambos elementos; arbitrariedad y selección. Medios de la política, constituyen parte de la estrategia etarra, y se resumen en un argumento principal: La muerte física es un medio de la política; no es el único. La pregunta ¿no matan porque no quieren o porque no pueden? carece de sentido estratégico y político. Voluntad y poder son dos facultades inseparables de la condición humana y estratégica; se quiere porque se puede; se puede porque se quiere. Pero el sentido final escapa a ambas. La última consideración política se nos hace insuperable ante las palabras pasadas y presentes de etarras y batasunos; el terrorismo es la continuación de la lucha del pueblo vasco, el terrorista es el depositario de la esperanza y la justicia de su pueblo. Hasta que no se haga justicia definitiva para el genocidio histórico y cultural del pueblo vasco, el terrorista no puede dejar de matar.
Los profetas de la paz celebran alborozados los 27 meses sin crímenes etarras. Olvidan que el terrorismo no apunta sólo a los cuerpos, sino a las mentes; la violencia terrorista no es sólo material, sino sobre todo moral. Extiende un manto de miedo sobre ciudades enteras sin necesidad de disparar un solo tiro. A día de hoy las razzias se suceden en las calles vascas, las casas-cuartel siguen siendo fortines de marginación, los empresarios son cada día chantajeados; la lógica de la bolsa o la vida se sigue realizando ante los alegres profetas de la paz perpetua. En el Parlamento, en las radios y en los periódicos proclaman su fe en un futuro basado en un presente sin violencia; olvidan observar que las víctimas siguen acumulándose ante sus ojos.
La falta de violencia esconde el uso libre y desatado de ella; a la sombra de la tregua de facto que entusiasma a la coalición gubernamental se esconde la violencia selectiva, aquella que segrega a unos pocos del resto de ciudadanos. Obsesionados con oportunidades únicas, los pacifistas totales despejan de la ecuación a aquellos que a día de hoy se levantan de la cama marcados con el miedo. La paz –la de la bomba-aviso de Ávila, la del chantaje revolucionario- es la continuación del terrorismo indiscriminado por otros medios, tanto como su complemento y su garantía de futuro. Políticos e intelectuales olvidan mirar más allá de la táctica y aún de la estrategia etarra. Es la Historia etarra la que los contempla. Y amenaza con tragárselos.