Kofi Annán es la personificación misma de las ficciones políticamente correctas del transnacionalismo: apuesto africano de voz dulce, aparenta ser el alma de la moderación. Incluso cuando lo que dice es en realidad altamente inmoderado, e incluso cuando aparece junto a algún dictador repugnante cuando lo dice, siempre es un Kofi fiablemente descafeinado.
¿Qué pasa si su hermano y su hijo y el mejor amigo de su hijo se encuentran bajo investigación en el escándalo petróleo por alimentos de la ONU? ¿Qué pasa si su secretaría recibió unos honorarios de administración del petróleo por alimentos por valor de 1,4 billones de dólares pero aparentemente no se pudo permitir un auditor para el programa? ¿Qué pasa si la cabeza del comité de supervisión presupuestaria de Kofi estaba demasiado ocupada distrayendo centenares de miles de dólares para sí mismo como para notar si alguien más estaba a comisión? ¿Qué pasa si Saddam Hussein utilizaba la ONU como operación de lavado de dinero con el fin de impulsar sus objetivos geopolíticos? El informe independiente de Paul Volcker ha decidido que, aun cuando el Sr. Annán sabía de las comisiones desde al menos el 2001, el secretario general es culpable de pecados de omisión, en lugar de comisión. Él y su representante, Louise Frechette, de Canadá, simplemente no pudieron notar el mayor timo del mundo nunca visto expandiéndose exponencialmente bajo sus narices, y con la entusiasta participación de sus colegas más cercanos.
Posiblemente asumieron negligentemente que sólo era la corrupción usual de todo a cien de la ONU — igual que las mafias de explotación sexual infantil o los cárteles de drogas que operan abiertamente en casi toda operación de pacificación. Pero la idea es que, mientras que puede haber sucedido frente a la vista de Kofi, él no miraba, así que está bien. Igual que OJ prometiendo dar caza a los asesinos reales, el Sr. Annán y Mme Frechette están comprometidos a quedarse en sus puestos y redoblar sus esfuerzos por encabezar las reformas que la ONU necesita de manera vital. En palabras de los 'puntos de debate' distribuidos por el Secretario General a sus subordinados, 'es hora de centrarse en la importante agenda de reformas' porque 'los resultados de la investigación subrayan la importancia vital de las reformas de gestión propuestas'. Y si decimos con bastante frecuencia 'vital' y 'centrarse' y 'subrayamos', todo este asunto se esfumará y volveremos a lo de costumbre.
También yo estoy a favor de que Kofi Annán se quede, no sólo hasta que termine su mandato en diciembre del 2006, sino durante cinco o diez años después de eso, si le apetece. Si yo estuviera tan ávido de “reformas de la ONU” como sus partidarios afirman estar, arrojaría a Kofi a los tiburones y buscaría alguna escoba nueva para limpiar. Pero si, como yo, creyera que es probable que el 90% de las 'reformas' de la ONU o sean insignificantes o activamente perjudiciales, un secretario general desacreditado y dañado aferrándose al puesto es de lo más práctico — a excepción de ascender a Didier Bourguet, encargado del personal de la ONU en el Congo y la República Central Africana acusado de gestionar una mafia de pedofilia. Una ONU que rehúsa hacer responsable a Kofi Annán será más difícil de ser aceptada falsamente como una ONU que representa 'la autoridad moral' del mundo, en la caracterización dichosamente surrealista de Clare Short.
Lo que es importante que se comprenda es que la desvencijada ONU del Sr. Annán, de lavanderías de dinero humanitarias, violadores pacificadores, y una comisión de derechos humanos que parece una ceremonia de premios a una vida de dedicación para los torturadores del mundo no es una aberración momentánea. Tampoco puede ser corregida mediante reformas burocráticas diseñadas para garantizar que un comité de supervisión presupuestaria fracasado sea directamente patrullado por un comité de supervisión del comité de supervisión. El fiasco petróleo por alimentos es la ONU, el predecible engendro de sus fantasías utópicas y sus fétidas realidades. Si Saddam captó esto con más claridad que Clare Short o Polly Toynbee, bien, es porque él es — era — un dictador sobresaliente y ellas no.
¿En primer lugar, por qué hubo un programa petróleo por fraude? Porque allá por los años 90, habiendo lanzado una vieja guerra multilateral del Golfo a la vieja usanza y habiendo llegado hasta las puertas de Bagdad, la magnífica coalición de la ONU se decantaba entonces en contra de derrocar a Saddam. Así pues, habiéndose deshecho de las responsabilidades que conlleva tener una política real, América, Gran Bretaña y los demás querían tener una pseudo-política. ¿Y a dónde va una democracia occidental avanzada cuando quiere una pseudo-política? ¡De cajón, a la ONU! Saddam calculó correctamente que las grandes potencias estarían demasiado metidas en el petróleo por alimentos como modo de ocultar su falta de voluntad, y razonó que en tal entorno, su modo de ocultar sus desvergüenzas también serviría como discreto velo para todo tipo de sus restantes actividades. Él no ingenió el sistema, simplemente entendió cómo funcionaba mucho mejor que Clinton o Bush, Major o Blair.
Ésa es la esencia del transnacionalismo. Durante semanas hoy, la administración Bush ha sido aconsejada — por Blair entre otros — suscribir toda la patraña multilateral que está siendo vendida de puerta en puerta en la presunta “Cumbre Plenaria de Alto Nivel” de esta semana, porque vamos, en su mayor parte es un montón de charlatanería para sentirse bien, así que, ¿dónde está el perjuicio? En lo que respecta a identificar qué tumores metastáticos del transnacionalismo en la escena global son benignos, el Primer Ministro no es nuestro médico más fiable. Como recuerdo, los principales beneficiarios de la firma por parte del Reino Unido de la Declaración Europea de Derechos Humanos se supone que iban a ser los transexuales británicos, estaban muy excitados por ello, por un motivo u otro. En su lugar, resultó ser una bomba de tiempo para sospechosos terroristas islamistas, no ciudadanos que son obsequiados hoy con una serenata de todo juez londinense con un coro arrullador de “Indeportable, eso es lo que eres”.
El transnacionalismo es ese mecanismo por el que los progresistas más ilustrados del mundo proporcionan tapadera a sus fuerzas más oscuras. Es una alianza enormemente inconsciente, pero no ilógica. Los autores occidentales del “consumo sostenible” y parte de los demás eco-conceptos desquiciados queridos por las ONG a debate en Nueva York esta semana tienen por lo menos esto en común con otras robocracias del Tercer Mundo: ambos grupos encuentran difícil ganar elecciones libres, ambos designan a los organismos transnacionales como útiles para conferir el respeto no ganado a través de las urnas, y ninguno de los dos se ve indebidamente preocupado por la falta de transparencia de las instituciones globales.
Aquellos de nosotros que creemos que el gran gobierno es por definición el gobierno remoto, y que por lo tanto las pretensiones de gobierno del mundo por parte de la ONU lo convierten potencialmente en el peor de todos, deberíamos, en teoría, abogar por la retirada de la organización. Un vecino mío pega periódicamente una de sus pegatinas de “¡ESTADOS UNIDOS FUERA DE LA ONU YA!” en el parachoques trasero de mi ranchera, y estoy encantado de conducir con ella. Aparte de unas cuantas ciudades universitarias y enclaves costeros agotados, no creo que hubiera ningún contratiempo para los candidatos haciendo campaña por una plataforma para salir completamente de la ONU, y animaría a los Republicanos a hacerlo aunque sólo fuera como modo de enervar a esos políticos vagos como John Kerry, que son propensos al impulso transnacionalista sin cabeza. Pero como tema de política práctica, no veo a Estados Unidos abandonando la ONU a corto plazo.
¿Puede forzar Estados Unidos a la ONU a que se reforme? Me refiero a reformarse realmente, no sólo a la reforma para sacar las castañas a Kofi. Bien, véalo de este modo: en perspectiva, la ONU fue más eficaz cuando era menos eficaz — es decir, las cuatro décadas entre Corea y el Golfo, cuando los vetos mutuamente garantizados de la Guerra Fría al menos representaban precisamente el empate global. Ahora, sin embargo, estamos en un mundo unipolar. Y, como resultado, la ONU ya no es un lugar permanente para que las potencias del mundo debatan, sino una potencia alternativa en, y por sí misma — una especie de sustituto de superpotencia encaminada a contener a la verdadera potencia. Considere las 85 votaciones de sí o no en las que participó América en la Asamblea General en el 2003:
- Los miembros de la Liga Árabe votaron en contra de la postura norteamericana el 88,7 por ciento de las veces.
- Los miembros de la ASEAN votaron contra la postura norteamericana el 84,5% de las veces.
- Los miembros de la Conferencia Islámica votaron contra la postura norteamericana el 84,1 por ciento de las veces.
- Los miembros africanos votaron contra la postura norteamericana el 83,8 por ciento de las veces.
- Los miembros del Movimiento de los No Alineados votaron contra la postura norteamericana el 82,7% de las veces.
- Y los miembros de Unión Europea votaron contra la postura norteamericana el 54,5% de las veces.
Se puede considerar la opinión de la escuela Will Hutton de que esto es prueba del aislamiento de América y que Estados Unidos necesita declarar hoy una “Declaración de Interdependencia” con el mundo. O se puede ser como la madre orgullosa de la canción de marcha de la Gran Guerra de Irving Berlín: “Todos se movían al unísono excepto Jim”. Pero lo que manifiestan realmente las cifras es que la lógica de post-Guerra Fría de la ONU va a ser institucionalmente antiamericana. Washington podría explotar la presente vergüenza de Kofi Annán y presionarle con fuerza para que reforme esto y reorganice aquello y reinvente lo demás y, si utiliza todo su músculo diplomático en ello, podría hacer que esos votos anti-Estados Unidos se redujeran a — qué, ¿un rapado 80 por ciento? Y por el camino descubrirían que habrían “reformado” un disfuncional club antiamericano corrupto y esclerótico para convertirlo en un agudo club antiamericano de funcionamiento eficaz. Que es lo que entienden por "reforma", si son honestos, la mayor parte de los reformistas.
Obviamente, dentro de los diversos bloques, América tiene muchos amigos. Pero la estructura regional de votación de la ONU significa que hasta los aliados relativamente bien posicionados se hacen menos amigables cuando su voz es filtrada a través de agrupaciones geográficas que premian la solidaridad por encima de todo. Por ejemplo, Libia se convirtió en presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU porque se pensó que era el turno de África, y África propuso solamente un candidato, y la Unión Europea había acordado votar como bloque y no quisieron ser vistos como faltando al respeto a África votando en contra de su candidato predilecto, así que se abstuvieron. Por lo tanto, al filtrar la voz de Gran Bretaña a través de un organismo transnacional (la UE) en otro (la ONU) para votar el candidato de un tercero (la Unión Africana), consta que el Gobierno de Su Majestad no tiene objeciones a que el principal organismo de derechos humanos del mundo esté encabezado por una dictadura de una persona que vuela aviones de pasajeros norteamericanos en el espacio aéreo británico. Tiene guasa que la ONU tenga “autoridad moral”, porque el Reino Unido ciertamente no. Por lo tanto, el transnacionalismo disminuye artificialmente la voz de potencias de segunda línea e hincha artificialmente estados psicópatas sin utilidad.
Cualquier reforma real de la ONU comenzaría desmantelando la estructura regional profundamente malsana. En lugar de eso, los reformistas se quejan de que la pertenencia permanente al Consejo de Seguridad excluya a toda África y Latinoamérica, y exigen que Brasil y Sudáfrica sean incorporados a la mesa como cabezas regionales. Eso sería un desastre. Una India que se sienta junto a América como democracia amiga, socio comercial y beneficiario de la herencia británica es una cosa. Una India que represente a un bloque entre potencias inventado definido por apremios desfasados de la geografía solamente sería un vehículo para llevar ese 85% de votos negativos al Consejo de Seguridad.
Pero aún así, se nos dice ahora que Estados Unidos obstruye el “verdadero relanzamiento” del 60 aniversario, en palabras del Washington Post, impidiendo la expansión del Consejo de Seguridad. A uno no le queda sino esperar que sea así. “Relanzar” la ONU en un mundo que cambia rápidamente es como intentar rediseñar un coche de caballos para una misión a la luna. Tómense los primeros juegos bélicos Sino-Rusos del mes pasado, una extraña empresa conjunta por parte de los dos miembros no occidentales de los Cinco Grandes. Puede que Moscú vea una alianza con Beijing como su única esperanza de conservar el estatus de potencia mundial. Hacia el 2020, cuando surja para renegociación el acuerdo fronterizo de las 4000 millas ruso-chinas, el Extremo Oriente de la Federación Rusa, que contiene el 80% de los recursos del país, habrá sido asentado de facto por los chinos.
Esa no es una esquina del mundo en la que alguien piense demasiado ahora, pero dentro de quince años tendrá un aspecto profundamente distinto. ¿Con qué probabilidad vamos — o, más en la idea, van Kofi Annán, Louise Frechette y compañía — a poder construir estructuras para un mundo a una década y media de ahora? Teniendo en cuenta la improbabilidad de pillarlo bien, es preferible preservar en conserva el desfile de la victoria de la Segunda Guerra Mundial. El aún más obsoleto Consejo de Seguridad existente será el mejor contrapeso para la vaga premisa de que el transnacionalismo es el tren del futuro.
Así que espero que cuando usted lea esto, las deliberaciones de Turtle Bay se encuentren en alguna parte entre la parálisis y el colapso. Las corteses ficciones de Kofi Annán pertenecen realmente al mundo perdido del 10 de septiembre del 2001. Se estaba muy conforme si usted era uno de los amigos de diseño que saltan de cumbre en cumbre — la ONU, la UE, el G8 — mediando los cuidados del planeta. Y todo era terriblemente sofisticado, tan sofisticado como un boulevardier del París urbano del fin de siècle, impecablemente atusado y trajeado, pero corroído por la sífilis. Desde que Osama bin Laden voló parte de esas ficciones políticamente correctas, las relaciones internacionales eficaces — América y Australia, América y la India — han tenido lugar sin la construcción de secretarías permanentes. Mantengámoslo así: el mejor modo de evitar tener que “reformar” burocracias transnacionales es carecer de ellas desde el principio.