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La izquierda millonaria y la pobreza
Colaboraciones nº 579   |  22 de Septiembre de 2005
 
Aunque sólo sea por respeto a los diez millones de españoles que votan a la derecha liberal-conservadora y que asisten perplejos a la inoperancia verbal y comunicativa del Partido Popular, vale la pena exponer aquí algunas ideas sobre un asunto permanentemente en boca del socialismo gobernante: la lucha contra la pobreza. No resulta muy difícil desmontar la errada argumentación de estos nuevos ricos socialistas sobre los modos de erradicar la pobreza, sobre todo en estos días de pomposo trasiego diplomático por los pasillos de Naciones Unidas. A excepción de unos pocos miembros de la derecha política española, la mayoría de sus líderes siguen acomodados en sus asientos ejerciendo mal, o sólo a medias, el papel de oposición. Resulta lamentable que a no ser por un par de medios de comunicación y algunos grupos de estudio verdaderamente entusiastas (auténticos sostenedores del ideario liberal-conservador en España) no exista hoy en la derecha política española un deseo claro de recuperar el gobierno de España a través de la necesaria batalla de las ideas.
 
Planteamientos previos
 
No por común deja de ser contradictorio el observar a tantos políticos de las izquierdas hablar sobre “el problema de la pobreza”, los modos de erradicarla y las vías para “la justa redistribución de la riqueza”. En el caso de España, se trata casi siempre de políticos que –bajo la etiqueta de un partido de raíz  “socialista” y “obrero”-  viven, visten y calzan como auténticos capitalistas. Estos disfrazados servidores públicos aparentan velar por el bien del pueblo pero disfrutan de excelentes viviendas y comen en los mejores restaurantes. Estos caballeros andantes de las izquierdas empanadas en “socialdemocracia” son anticapitalistas de boquilla: de los de lanza en traje Armani, adarga nueva, rocín engordado en 4X4 y galgos de Ralph Lauren. Son, en fin, los nuevos hidalgos cervantinos reinventados en el cuarto centenario del Quijote, defensores ahora de la pobreza, causada –según ellos- por el liberalismo económico y el capitalismo egoísta norteamericano, o por el invento del “neoliberalismo”. Estos políticos-actores representan a su vez –y por seguir con la alegoría barroca- una incompetente  versión calderoniana de El gran teatro del mundo. Como miembros de esa compañía teatral de la izquierda millonaria, cumplen su papel y gesticulan sobre el escenario sus lamentos sobre la gran pobreza en el mundo. La última representación tuvo lugar en Nueva York, en la reciente cumbre de líderes mundiales de la Organización de Naciones Unidas.
 
El presidente del Gobierno de España, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, participó en la llamada Cumbre de Líderes de la Iniciativa contra el Hambre y la Pobreza, junto al Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, y los líderes de algunos otros países. El discurso de Zapatero ante la Asamblea General de la ONU ejemplifica la visión demagógica y siempre pesimista, su permanente tic antiamericano y la confusión reinante su Partido Socialista Obrero Español (organización política así llamada que no tiene nada de obrera y cada vez menos ya de española). Lo peor no es que Zapatero y su compañía teatral repitan en el escenario los mismos monólogos, sino que al carecer de apuntador y dirección real, pretenden esconder ante el mundo la realidad de su capitulación al terrorismo y su patada a la unidad de España recogida en la Constitución. Desde su ceguera pretenden, sin embargo, dar lecciones al mundo y, en especial, a Estados Unidos sobre cómo solucionar el terrorismo y la pobreza.
 
Se explica así que en la vida política española, una de las circunstancias más lamentables es la contradicción entre lo que predican sus políticos y lo que luego hacen. Hemos dicho ya que la acomplejada derecha española está siendo incapaz de usar argumentos claros y convincentes para ejercer como oposición frente a la esclerótica alianza de izquierdas y grupúsculos secesionistas que configuran el gobierno. La entusiasta y amplia base social de la derecha en España apenas halla en boca de sus representantes políticos una clara exposición teórica y práctica de los principios claves del ideario liberal-conservador. En acomplejada carrera hacia el “centro”, la derecha española sigue anestesiada año y medio después por la infamia en torno al 11-M. Si a eso añadimos que algunos de sus propios miembros políticos están corrompiendo internamente –desde Madrid a Barcelona- los valores fundamentales de esa misma derecha, no es difícil entender el actual debacle político y el desconcierto ideológico en la España de hoy.
 
En este paisaje de sombras, las izquierdas y los separatismos se frotan las manos y persisten en su hábil artimaña basada en el demagógico diálogo y el inexistente talante sobre temas tan importantes como el terrorismo o –lo que aquí nos ocupa- la pobreza. Son los signos inequívocos del período y del gobierno más vacuo e inoperante de la historia política española moderna y contemporánea. Es así como estas izquierdas que se llaman españolas sestean, disfrutan de los logros económicos alcanzados por la derecha y hacen suya la pujanza económica realizada en los años del gobierno liberal-conservador de José María Aznar. Es así también como estos nuevos ricos nadan en la abundancia del capitalismo mientras lo atacan y lo manipulan bajo falsa carantoña fraternal hacia la pobreza. Es así que los soportes mediáticos socialistas aumentan sus ingresos, acaparan los medios de comunicación, rebosan antiamericanismo y tergiversan los hechos hasta cotas pasmosas.
 
Lo que queda de España camina hacia el ecuador de una legal (que no legítima) legislatura política que tiene al Gobierno de España secuestrado por los secesionismos antiespañoles y las imposiciones del terrorismo a los vates socialistas. España vive una legislatura en la que impera la falta de ideas, la ausencia de talento en todo tipo de iniciativas gubernamentales –si es que las hay- y en todas las formas de construcción de proyectos que apunten al futuro y al bienestar de todos los españoles. Cuando España sale al exterior, el vacío de ideas no puede esconderse y, cuando menos, sonroja. El tema de las soluciones para erradicar la pobreza ejemplifica otra de las farsas del socialismo y la hipocresía de las izquierdas millonarias.
 
De lo que las izquierdas dicen sobre la pobreza
 
Los españoles han tenido la oportunidad de ver en acción por Nueva York a su máximo representante político, acompañado de su Ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos y la secretaria de Estado de Cooperación, Leire Pajín. Digamos antes que no deja de ser curioso que sea la ONU precisamente el foro de diálogo sobre esta lucha contra el terrorismo y la pobreza. En primer lugar, por tratarse de una organización cuya cúpula y cuyos líderes han protagonizado el mayor escándalo de corrupción internacional bajo el corrupto programa de “Petróleo por Alimentos”, enriqueciéndose a costa de un dinero que debía ir a ayudar a paliar la pobreza en Irak. Meses después entendemos la magnitud del escándalo y el hecho de que fueron precisamente los países más antiamericanos y más opuestos a Washington en la Guerra de Irak los que aparecen justamente con más conexiones en dicho escándalo y en la malversación de fondos.
 
En segundo lugar, es lamentable que la ONU siga siendo una organización que ampara a líderes de países que sonríen o cobijan al terrorismo, que empobrecen a su población y que se sostienen en el uso continuado del terror y la tiranía. Es incomprensible que un antiguo terrorista como Mahmud Ahmadineyad tenga voz en la ONU como presidente electo de Irán, tras haber sido identificado por varias personas como uno de los secuestradores de los rehenes norteamericanos en Irán hace veinticinco años. Ni que decir tiene que el tal Ahmadineyad aparece siempre calificado en los medios de comunicación como “ultraconservador”, en esa manía permanente de las izquierdas mediáticas por invalidar el vocablo “conservador”. Que a un individuo de pasado tan turbio como este terrorista se le haga un espacio en el foro de la ONU confirma lo que hace ya algún tiempo dimos en calificar en otro lugar como el falso mito de Naciones Unidas.
 
La vergonzosa falta de acuerdo sobre la definición del concepto "terrorismo" en el seno de la ONU es un insulto a la inteligencia. Sólo ha habido un líder mundial –George W. Bush- el que ha tenido la valentía de hacer referencia a la corrupción y los desmanes de la ONU por falta de transparencia en el seno de su dirección. Terrorismo y pobreza, como bien planteó Bush en su discurso, tienen una relación de vasos comunicantes. A mayor terror, mayor pobreza. A mayor libertad, más riqueza.  A menos tiranos como Sadam Husein, menos pobreza en Irak. Lo mismo cabría aplicar a los países donde hallamos tiranuelos de machete como Hugo Chávez –otro ilustre de la ONU-, Fidel Castro o Robert Mugabe, por citar sólo a unos cuantos de los santones respetados por las izquierdas internacionales. Si Zapatero realmente creyera en la lucha contra la pobreza, jamás habría sacado las tropas españolas de Irak. Si Zapatero confiará plenamente en la lucha sin cuartel contra el terrorismo, jamás debería haber capitulado a las imposiciones de los amigos de los terroristas.
 
Es así como el socialismo que se llama “español” no ha contribuido para nada a la erradicación de la pobreza, y menos aún al fin del terrorismo (arrinconado como estaba en 2004 tras ocho años de gobierno liberal-conservador en España). Así se explica que Zapatero y su sistema judicial sonrían a grupos comunistas ligados al terror y que se le aplauda desde los sectores más vergonzosamente ligados al terrorismo mundial, tanto el islámico como el aberchale pasando por las tiranías caribeñas más nefastas: las mismas que empobrecen a sus pueblos mientras sus líderes – Chávez y Castro, por ejemplo- gozan de millonarias cuentas bancarias a costa del trabajo de sus empobrecidos ciudadanos.
 
El antiamericanismo del (des) gobierno socialista en España resulta tan negativo para la ciudadanía como la claudicación ante el terror y las hipócritas soluciones a la pobreza mundial. Mientras Estados Unidos en boca de su presidente abogaba en la ONU por el incremento de la legalidad democrática en el llamado Tercer Mundo y ofrecía propuestas concretas como la supresión de los aranceles comerciales, el presidente Zapatero reconoció estar firmemente comprometido con la declaración política adoptada el día anterior en la misma ONU en el marco de lo que se conoce como la “Alianza contra el Hambre”. Esta alianza, hay que apuntarlo, fue promovida por el Presidente Lula da Silva, el mismo ex-sindicalista cuya administración en el gobierno brasileño ha sido recientemente puesta en solfa por gravísimos casos de corrupción. En todo caso, y al calor de Lula, para Zapatero la cuestión está en establecer “nuevas vías de financiación y desarrollo”, con el consiguiente incremento de Ayuda Oficial al Desarrollo que saldrá del dinero de los impuestos del contribuyente. Zapatero demostró otra vez una sublime habilidad para rodearse de los líderes más incompetentes y apoyarlos con iniciativas y con ideas que son las mismas por vacías, viejas y fallidas: las propuestas de elevación de nuevos impuestos y más gastos gubernamentales.
 
Zapatero propuso como idea central que para reducir la pobreza en el mundo debían reducirse los costes de envío de las remesas que hacen los inmigrantes a sus países de origen y señaló también como fundamental el facilitar el acceso a microcréditos de las familias receptoras, así como campañas de sensibilización para que se invierta con esos recursos. Como nuevo ejemplo de esta izquierda española tan solidaria, Zapatero anunció que España aportará 240 millones de dólares en los próximos veinte años para el proyecto de la “Alianza Global para Vacunas e Inmunización”. Recordó también que España estaba adoptando medidas en materia de deuda externa, participando de forma activa en las iniciativas de condonación de deuda, proyectos de cambio de deuda por inversiones públicas en áreas para la educación, el medio ambiente o infraestructuras.
 
Entre los objetivos, el líder socialista apuntó la duplicación de la Ayuda Oficial al Desarrollo en cuatro años. Según Zapatero, España pretende aportar a la solidaridad con los más necesitados el 0,7% de la riqueza nacional en 2012. Zapatero se reunió con los miembros de la llamada Alianza contra la Pobreza (España, Alemania, Francia, Argelia y Chile) pese a que tras tanta palabrería y tanto uso de verbos en futuro, lejos de realidades y acciones inmediatas, los miembros no se pusieron de acuerdo en su medida estelar: nada más y nada menos que gravar los billetes de avión. El núcleo duro de esa Alianza no tuvo consenso y Zapatero se reservó el derecho de aplicarla cada uno a su manera. 
 
Hablamos de un proyecto de contribución –calificada de solidaria- en los pasajes de avión a favor del llamado “desarrollo global y sostenible”. Según Zapatero y sus acólitos, el objetivo de este proyecto consiste en luchar contra el hambre y la pobreza, y en financiar el “desarrollo sostenible” a escala mundial, en especial en lo que se refiere a la lucha contra el Sida y otras pandemias. El impuesto se fundamentaría en una “contribución de solidaridad” que se deduciría de pasajes de avión expedidos a los pasajeros que despegaran del territorio de los países participantes. Para ello, cada uno de estos países (caso de España) tendría la facultad de establecer, en función de sus prioridades nacionales y tomando en cuenta si es necesario criterios económicos, sociales y ecológicos, una especie de diferenciación entre pasajes de primera clase o de clase preferente y los de clase económica, así como entre los vuelos nacionales y los internacionales. Entre tanto galimatías –no exento de la obsesión izquierdista por las “clases”-, a nadie puede escapar que el monto de esta mal llamada contribución afecta directamente a las compañías aéreas, a la industria turística y a los viajeros.
 
Apabullado por la realidad del comercio turístico española –fuente clave de los ingresos de España- Zapatero no tuvo otra opción que mostrarse contrario a esta iniciativa, si bien con la ambigüedad que le caracteriza se afirmó en la posibilidad que algunos países de esa Alianza defendieran algunas medidas que otros pudieran considerar como inadecuadas. En otras palabras, lo que se proponía era un mecanismo que resultaba de difícil aplicación: una complicada ecuación recaudatoria de las contribuciones por parte de cada uno de los países pero coordinado a nivel internacional donde los que pagaban –una vez más, eran los ciudadanos y las “ricas” y codiciosas empresas privadas-. No cabe mayor complicación, ni mayor incapacidad para ver el fondo de la cuestión, el origen de la pobreza y los males de unas sociedades plagadas de burocracia e impuestos por obra y gracia de las ineptas políticas de las izquierdas. Contrástese tanta palabrería con la simple y clara propuesta del Presidente norteamericano de eliminar las barreras arancelarias para permitir el comercio de los países pobres.
 
No podemos dejar de recordar que mientras hace veinte años Zapatero se paseaba por el Barrio Húmedo de León, Ronald Reagan ya supo entender que la disminución de la pobreza no pasa por la ampliación de impuestos, sino por la libertad económica. Reagan entendió que el comunismo caería por sí mismo y sobre la base de la falta de capacidad de los sistemas de las izquierdas –incluidas las “socialdemocracias”- para solucionar los problemas económicos, especialmente el de la pobreza. Hoy entendemos el acierto de Reagan y hoy también el mundo va comprobando paulatinamente que las imposiciones restrictivas no funcionan; que los impuestos agobian la libertad económica y que el capitalismo –contra lo que cree Zapatero y sus amigos de la ONU- funciona perfectamente y es fuente de mejoramiento humano y de creación de riqueza. El libre mercado, la justa y libre competencia –base del liberalismo económico- genera prosperidad y el enriquecimiento de los individuos y sus sociedades. Sirvan como ejemplo de cuanto decimos algunos de estos mismos políticos de izquierdas que pululan hoy por el mundo aprovechando con una mano las leyes del libre mercado capitalista y con otra dándonos lecciones de solidaridad y anticapitalismo. Observen en el caso español la riqueza acumulada por antiguos presidentes socialistas en la España de los ochenta; recuerden la cultura del pelotazo, la estafa con el dinero público y la catarata especulativa, la misma que culpando a la vivienda realizan otros demagogos rafaelitas que se enriquecen precisamente de lo mismo que critican.
 
Lo que es más fácilmente comprobable todavía en el caso de España es que en las zonas donde ha habido una mayor presencia de políticas liberales y conservadoras, la pobreza ha disminuido sustancialmente. Y al revés, donde mayor ha sido el estancamiento económico a través de políticas de izquierda (siempre tan “sociales” y tan “solidarias” en la “redistribución” de la riqueza)  la pobreza, el desempleo y la miseria han aumentado. Véanse los números relativos a la pobreza en Galicia y compárense con Andalucía. Contrástense los datos de pobreza en Navarra o La Rioja y compárense con los de Extremadura o Castilla-La Mancha. Y luego busquen cuáles han sido las políticas económicas de cada región autonómica y quiénes han sido sus líderes y sus partidos políticos en el gobierno.
 
Digámoslo claro: un tercio de los pobres de España viven actualmente en Andalucía y Extremadura, regiones gobernadas por el socialismo desde hace casi treinta años. En ambas comunidades se supera con creces la tasa media de hogares y personas en pobreza y ambas encabezan los primeros puestos del ranking de indicadores conjuntos de la peor pobreza nacional. Observen asimismo la permanente arma impositiva de las izquierdas, herramienta de recaudación que recorta el bolsillo del ciudadano con un dinero destinado a programas ministeriales de dudosa eficacia, cuando no se dedica a aumentos de sueldo de ineficaces políticos, burdos administradores e incompetentes burócratas de la maquinaria gubernamental. Si esto no es suficiente, recuerden que el mismo Zapatero calificó hace unos días como propio del ser “de izquierdas” la subida de impuestos sobre el alcohol y el tabaco decretadas por su Gobierno como modo de tapar el agujero de la sanidad pública.
 
Las izquierdas en España, guiadas por un socialismo tan demagógico como falto de ideas, prefieren regocijarse y esconderse bajo la mofa y parodia antiamericana tipificada por Bush, o con la reiteración televisiva de las tristes imágenes dejadas por el huracán Katrina y la correspondiente demonización y simplificación de Estados Unidos a la pobreza de Nueva Orleans. El objetivo es ofrecer lo que su corte de enviados especiales de la televisión pública califica de fallos y de injusticias del capitalismo salvaje de la administración Bush. Pero veamos seguidamente qué es lo que las izquierdas esconden y no dicen sobre la pobreza.
 
De lo que las izquierdas esconden sobre la pobreza
 
Lo que estos linces de las izquierdas no explican, lo que esconden sobre la pobreza y no les interesa reconocer es que la clave para generar riqueza radica en la verdadera liberalización de los mercados. A nivel mundial la pobreza se asienta precisamente en aquellos lugares donde hay una notable falta de políticas económicas liberales y de prácticas ligadas al capitalismo y a la iniciativa privada. Es por ello que cuando el Banco Mundial revisó recientemente los datos sobre pobreza hallados en sus indicadores, el informe World Development Indicators 2004, resultó obvia la imparable reducción en el número de personas que se hallaban en la pobreza. Para dar algunas cifras: en 1981 el 33% de la población mundial vivía en la pobreza, porcentaje que se redujo en 2001 al 18%. En dos décadas –coincidentes además con el fin del comunismo- se liberaron de la pobreza 400 millones de personas, y eso a pesar del aumento de la población mundial. Y, por si quedaba alguna duda, los países que más y mejor han ido combatiendo la pobreza han sido los países más globalizados (sobre todo el Este de Asia), justo los más entusiastas con los logros del capitalismo y el liberalismo económico. Por el contrario, los países que menos avanzaron en la disminución de la pobreza y hasta aumentaron el número de pobres entre sus ciudadanos fueron los países más alejados de la corriente mundial del comercio, o sea el continente africano donde precisamente hallan su caldo de cultivo los movimientos “antiglobalización”.
 
Los grandes maestros del liberalismo económico entendieron todo esto y en la actualidad no resulta difícil recopilar informes y datos que así lo demuestran. Sin salir de España, en las páginas de los artículos publicados por el Instituto Juan de Mariana el lector podrá encontrar abundantes artículos y estudios que así lo confirman mientras desmienten la farsa demagógica de las izquierdas. Por su parte, Juan Ramón Rallo ya demostró las carencias económicas del socialismo y cómo éste empobrece a regiones como África. Sobre datos concretos, José Carlos Rodríguez nos recordó que el capitalismo reduce la pobreza en el mundo. Esto nos lleva a mencionar el caso hispanoamericano, donde no hace falta insistir en la corrupción gubernamental y caudillista a uno y otro lado del espectro ideológico, con políticas fallidas al no ser realmente liberales. No nos llamemos a engaño: vivimos en un mundo cada vez más rico en el que la solución al problema de la pobreza pasa por la auténtica puesta en práctica de políticas verdaderamente ligadas al liberalismo económico, capaces de aunar libertad e igualdad de oportunidades.
 
Lo que la historia económica nos ha demostrado es que justamente en esos lugares donde se ha rechazado el capitalismo es donde se ha perpetuado más y a mayor escala la miseria. Se habla permanentemente de “países pobres” y “países ricos”, ignorando que ni pobreza ni riqueza son el resultado directo de particulares recursos naturales, ni siquiera de un territorio nacional reducido o específico. Hay países “ricos” con muchos menos recursos naturales y humanos que otros supuestamente “pobres”. La diferencia radica en las políticas económicas de uno y otro país, en la honesta gestión de un  gobierno limitado y siempre al servicio del ciudadano y en la responsabilidad individual de cada ciudadano.
 
La pobreza no es tampoco consecuencia de la presencia de compañías multinacionales, siempre tan demonizadas por las izquierdas. La miseria de los pobres no viene provocada porque algunas personas o compañías sean ricas, ni porque haya desigualdad entre ricos y pobres y mucho menos por las falsas acusaciones de “avaricia” y “especulación” vertidas contra los ricos burgueses y capitalistas. Dicho de otro modo, la pobreza no es únicamente culpa de la falta de planificación de un gobierno, o de que sus políticos hayan sido insensibles a las realidades de la pobreza y no hayan realizado una planificación “macroeconómica”. Precisamente hoy comprendemos que el gobierno debe ser simplemente un árbitro que haga respetar las reglas de juego de la libertad económica y que deje hacer y deje pasar libremente los bienes y las mercancías a fin de crear oportunidades y riqueza. El dinero del ciudadano, por poco que sea, no debe gastarse en burocráticos e insuficientes proyectos de desarrollo que a menudo se quedan en el camino, fallan por la ineficiencia burocrática y por el control de gobiernos omnipotentes y económicamente despóticos.
 
Lo que las izquierdas esconden es el reconocimiento de la falacia de que la pobreza surge por la “desigual distribución de los recursos”. Porque es inexacto afirmar que un puñado pequeño de la población mundial absorbe una porción gigantesca de la riqueza mundial. Como en toda sociedad, hay escalas de riqueza y de pobreza, pero en los inicios del siglo XXI nadie puede negar que el avance económico y la llegada del bienestar alcanzan a más y más bolsas de la población mundial. Queda mucho por hacer, pero nunca a través de la carga de impuestos al ciudadano y el proteccionismo económico que ha guiado a las izquierdas. La realidad es que la globalización está llevando prosperidad a muchos países y ciertos aspectos como el uso de la tecnología incluso por capas sociales supuestamente cercanas al llamado “umbral” de la pobreza confirman cuanto decimos.
 
Tampoco la pobreza surge –como se nos dice- porque los países avanzados consuman demasiado y distribuyan muy poco. Tampoco podemos aceptar que exista pobreza porque la deuda externa e interna es una carga que hunde a los países pobres. Más bien, los agentes económicos van verificando que la condonación de la deuda externa a veces resulta negativa porque conlleva el mal uso de esos fondos y el enriquecimiento de gobiernos corruptos a costa del ciudadano, negándoles a estos la libertad económica que les permita salir de la pobreza. En nuestro ámbito cultura hispánico, el ejemplo de Cuba es en sí mismo representativo de esas falaces prácticas, con una ciudadanía cuyos ingresos van en gran medida a parar a manos de un gobierno antidemocrático y tiránico. Lo mismo podríamos decir de la nacionalización de empresas privadas, tan del gusto de recientes socialismos.
 
Las izquierdas no reconocen nunca la falsedad innata en el argumento de que los países ricos consiguen precios altos por sus productos elaborados mientras que los países pobres tienen que conformarse con precios bajos por sus materias primas, no manufacturadas o sofisticadas. El capitalismo, digámoslo ya, no es el problema, sino la solución práctica a la pobreza si se realiza de forma eficiente. La izquierda esconde un hecho incontestable ya a estas alturas de la historia: que para el avance humano no es necesaria la tutela proteccionista del Gran Gobierno; no hacen falta gobiernos paternalistas plagados de funcionarios, ni tampoco de muchos de esos sindicatos que viven en la demagogia y en el trasiego de enlaces y chantajes. Tampoco hacen falta grandes gastos de financiación por parte de los gobiernos, y mucho menos esa farsa de la llamada redistribución de la tierra y la riqueza. Menos falta hacen aún los caudillos y políticos populistas, la citada condonación de la deuda, las donaciones del Banco Mundial, los Congresos Internacionales y los Foros donde comen y duermen muchos soplagaitas a costa del dinero público.
 
Acabar con la pobreza tiene poco o nada que ver con la sensibilidad o la generosidad de la que alardean las izquierdas. Más bien, el fin de la pobreza tiene mucho que ver con la responsabilidad individual en el marco de democracias verdaderamente liberales. Las izquierdas esconden asimismo que las causas de la pobreza son otras y muy variadas. Existen estructuras económicas que impiden el progreso y que se estancan en actitudes y políticas guiadas por su asentamiento permanente en la pobreza. A los demagogos de las izquierdas no les interesa identificarlas y corregirlas porque hacerlo significaría acabar con su pastel y desenmascarar su falacia proteccionista disfrazada de fraternidad. Para crear prosperidad y riqueza hay que corregir esas actitudes falseadas y esas estructuras económicas deficientes. Todas ellas frenan en mayor o menor medida el progreso y se ubican siempre en el marco de políticas intervencionistas y proteccionistas. Sabemos que los modelos socialistas y comunistas tuvieron –y en parte siguen teniendo- muchas de esas características negativas para la creación de riqueza.
 
Ningún país, y menos los del llamado Tercer Mundo, tiene ni tendrá la oportunidad de progresar y participar en la creación y disfrute de la riqueza si no se solucionan algunos aspectos claves. En primer lugar, hay que dejar de atribuir la pobreza a causas falsas (la globalización o el capitalismo). Junto a eso, es urgente no ignorar las razones del retraso económico particular de cada país. En segundo lugar, hay que instar a los gobiernos de cada país a romper con estructuras fracasadas, las mercantilistas e intervencionistas, y sustituirlas por un sistema libre de mercado, con competitividad y que esté guiado por la producción masiva de bajos costos y la limpia y sana participación en mercados internacionales. De este modo, se establece un mercado económico apoyado en sistemas propicios y reales que permiten que las personas libres, pequeñas, medianas y grandes empresas no se vean doblegadas por controles opresivos y que paulatinamente deriven por vía de su talento, su trabajo y su responsabilidad individual en el avance económico que es posible y visible ya en muchas partes del mundo.
 
Es necesario asimismo fomentar entre los ciudadanos las bondades del trabajo y la iniciativa. Es necesario imprimir una verdadera libertad económica que pasa por la permisión de horarios libres de apertura y cierre de los comercios, el fomento tanto del ahorro como del libre y responsable consumo, la cooperación, las disminuciones fiscales a los pequeños empresarios y la iniciativa propia. Frente a eso, hay que acabar con el mito de que el único medio de avanzar y progresar debe hacerse a través o con ayuda del Gran Gobierno, los sindicatos u otros tipos de organismos. Si, como desearían las izquierdas, se ignoran estos indispensables cambios, los países más pobres –en especial los del Tercer Mundo- seguirán desperdiciando su propia riqueza natural y humana y perpetuando la pobreza frente al más que posible progreso y la abundancia.
 
A la luz de todo esto, entendemos que las ridículas propuestas de Zapatero, unida a su idea de una Alianza de Civilizaciones, no son más que la expresión de una notable falta de ideas, tanto para erradicar la pobreza como para combatir el terrorismo. La izquierda española se convierte así en el paradigma de la incompetencia y el seguimiento más ridículo de los viejos usos intervencionistas, de países burocratizados en políticas “sociales” de países en claro descenso como Francia o Alemania. Sabemos ya que las naciones que más dinero han recibido de ayuda exterior son precisamente las que peor están. O dicho de otro modo, no hay país que haya logrado dejar la pobreza mediante la tan cacareada ayuda exterior. De algún modo, estamos ante una suerte de método para que las clases medias de los países ricos cedan su dinero a los ricos de los países pobres que suelen ser generalmente los tiranos más impresentables. Tales son las ideas de Zapatero y de sus amigos de las izquierdas, justo los que nos esconden la irrefutable realidad de que conforme hay más ayuda, la pobreza aumenta.
 
Frente a tanta falacia en las izquierdas disfrazadas de solidaridad y humanidad, lo cierto es que buena parte del siglo XX y estos inicios del XXI están presenciando el paulatino aumento de la riqueza en partes del planeta donde antes se había perpetuado la pobreza. Las izquierdas demagógicas esconden estas realidades porque no les conviene. Reconocerlo rompería su  gran edificio político e ideológico hasta derrumbarlo como una torre de naipes. A Zapatero, insistimos, le habría venido bien sustituir las tertulias leonesas por la lectura de algunos básicos principios económicos del liberalismo económico y de la ideología conservadora sustentada en que un descenso de impuestos deja que los ciudadanos tengan el dinero en su bolsillo, lejos de la burocracia del Gran Gobierno. Basta recordar la frase célebre pronunciada por Ronald Reagan en su primer discurso inaugural en Washington en 1981: “El Gobierno no es la solución a nuestros problemas; el Gobierno es el problema”. Lamentablemente, es por ese Gran Gobierno todopoderoso por el que siguen apostando los políticos burócratas de las izquierdas europeas y también sus equivalentes norteamericanos ubicados en el seno del Partido Demócrata.
 
Al hilo de la pobreza, alegarán algunos de memoria el mito de un presidente como Bill Clinton y su éxito económico, pero ni con su política cabe engañarse: Clinton supo entender en ocasiones la necesidad de la liberalización. Su éxito radicó en la capacidad de ver lo positivo del ideario económico liberal y lo aplicó sobre el éxito alcanzado ya antes por sus antecesores, Bush padre y, sobre todo, Ronald Reagan. Porque a Reagan –igual que ahora a Bush- le acusaron de generar un enorme déficit comercial, de generar pobreza y falta de vivienda. Hoy sabemos que todo aquello fue una inútil campaña contra su figura y su política, un acoso realizado por las izquierdas en su afán de esconder el éxito del liberalismo económico y la ideología conservadora. La realidad es que con sus iniciativas económicas, visibles ya desde 1983, el país alcanzó gracias a Reagan un tremendo avance que llevaría después al país, ya en los noventa, al superávit.
 
La historia nos demuestra que en la libertad individual para gastar el dinero y mover la economía privada se generan mayores ingresos individuales y presupuestarios con la consiguiente y paulatina disminución del déficit. La libertad individual, privada, empresarial y mercantil a la hora de mover bienes y servicios en un país genera riqueza y prosperidad, como prueba el capitalismo norteamericano. En cambio, insistimos, en países controlados por la burocracia de las izquierdas, plagadas de intervencionismo público y sindical, como Francia y Alemania –por ejemplo- el impulso económico falla y nos aboca a la perpetuación de la pobreza en millones de parados. Es por ello que el recorte y descenso de los impuestos realizado en Estados Unidos por Bush ha generado crecimiento económico –pese a los gastos elevadísimos en la Guerra de Irak y ahora los miles de millones de dólares que se están destinando ya alivio de los afectados por el huracán Katrina-. Si se mira bien, sólo el verdadero liberalismo económico permite a un país como Estados Unidos salir adelante hasta con los mayores retos como los que ahora vivimos tras el 11-S, las guerras de Afganistán e Irak y un constante golpeo de huracanes que en apenas dos años han realizado verdaderos desastres humanos y económicos.
 
Estas realidades negadas permanentemente por las izquierdas confirman el avance económico de la derecha liberal-conservadora liderada hoy en el mundo por Estados Unidos. Reafirman el liderazgo del país norteamericano y apuntan a la necesidad de aclarar las cosas y no esconder que estamos, ciertamente, en el camino del mejoramiento humano y la erradicación de la pobreza. En este sentido, vale la pena acabar con ese mito de que con el capitalismo los ricos se hacen más ricos y los pobres, más pobres. Vivimos en un mundo cada vez más rico, más próspero y con nuevos países en el rumbo de la libertad y la prosperidad sobre la base de la democracia real. Para ello, y contrariamente a lo que las izquierdas desearían, hace falta una transparencia económica y se necesita reconocer la manipulación de las falacias antiliberales. El reciente desastre del huracán Katrina ilustra los modos en que las izquierdas millonarias –también la de los Estados Unidos y tipificadas en políticos como Jesse Jackson, Ted Kennedy, Al Gore, Mary Landrieu, John F. Kerry, Hillary Clinton y otros políticos- han utilizado a los pobres del Katrina jugando a veces la carta del racismo y perpetuando su erróneo mito sobre la pobreza.
 
Con Katrina no hemos descubierto –como desean las izquierdas- la inmensa pobreza existente en Estados Unidos, sino que hemos comprobado la ineficacia de la burocracia de todo Gran Gobierno –incluido el de Estados Unidos- y, sobre todo, la incapacidad de las políticas “sociales” para generar auténtica riqueza y prosperidad. Y eso ha ocurrido en el estado de Louisiana, por ejemplo, un estado conocido por su corrupción gubernamental y gobernado desde hace varias décadas por los líderes del Partido Demócrata. Su filiación a políticas intervencionistas y “sociales” ha generado en Nueva Orleans –otra ciudad bastión de las izquierdas- un foco de pobreza que vive amparada por la visión del Gran Gobierno como la respuesta a todos sus problemas. Es la mentalidad del estado protector donde miles de hombres y mujeres dependen diariamente de los cheques del Gobierno para sobrevivir. Esa es la realidad de la pobreza que no encontramos en otros estados y ciudades norteamericanas de clara tendencia emprendedora y liberal-conservadora.
 
Tal es el caso pese a que los medios de comunicación europeos (y algunos norteamericanos) enemigos del verdadero liberalismo económico hayan querido explicarnos el caso Katrina desde su perspectiva, según ya aclaramos en otra ocasión. Nos han querido convencer de que esa pobreza vista en Nueva Orleans es el resultado del nefasto capitalismo, de la ausencia de un Gran Gobierno que resuelva los problemas de los ciudadanos. Hoy comprobamos que estas supuestas ayudas del estado incentivan la ociosidad y no colaboran a la creación de trabajo, sino en muchas ocasiones al parasitismo. La realidad es muy otra y basta recorrer Estados Unidos para comprobar la pujanza y el éxito general de su libertad económica. Todo esto confirma que los ideales del socialismo igualitario son un absoluto fracaso porque se sustentan sobre bases equivocadas: la de la igualdad económica, que resulta imposible y que se confunde con la igualdad de oportunidades. Por eso en las izquierdas internacionales, y también en sus adeptos norteamericanos, no se cuentan ni se nombran los 6.6 trillones de dólares (y subrayamos trillones…) que se han dedicado en las últimas cuatro décadas en Estados Unidos para combatir la pobreza. Por eso también se oculta casi siempre que los ricos capitalistas yanquis han sido y siguen siendo quienes a través de su gobierno han dedicado más dinero al Tercer Mundo y al desarrollo de los países más pobres.
 
Es imposible, en definitiva, negar la necesidad de que los gobiernos proporcionen a sus ciudadanos más empobrecidos los recursos necesarios para vivir dignamente. Pero es, a su vez, obligado acabar cuanto antes con la idea de los gobiernos proteccionistas de toda la ciudadanía y de todos los mercados. Todo gobierno debe velar por la educación y la sanidad básica de todos los ciudadanos, por su  seguridad y por la garantía de los derechos básicos apoyados en la libertad, la igualdad de oportunidades y la propiedad privada. Pero a la vez, cabe reconocer que normalmente todo lo que hace un gobierno, como instancia pública, normalmente no se hace tan bien como lo que nace de la iniciativa individual, personal, privada. En el fondo, estamos ante otra gran farsa: la noción de las izquierdas de que el sector privado es siempre egoísta y codicioso, mientras que la iniciativa pública y gubernamental es el resultado de un idealismo fraternal y noble. Es por ello que resulta obligado –también en esto y como forma de paliar la pobreza- limitar el tamaño de los gobiernos y pedir responsabilidades por todas sus acciones que deberían, a su vez, limitarse a sus funciones básicas dejando lo demás en manos de la responsabilidad individual.
 
Unas palabras finales
 
Nos preguntamos hasta cuándo habrá que esperar para que los líderes y políticos de la derecha española se pongan a la labor de hacer verdadera oposición y aspirar seriamente a recuperar el gobierno de España. Lo escrito aquí muestra la necesidad de contrastar lo que las izquierdas cuentan sobre la pobreza y lo que nos esconden. Y esto es sólo uno de los muchos capítulos de una ideología, la socialista, que hace falta desmitificar. Cabría, sin duda, aportar muchos más datos pero el lector o el político tendrá una idea sobre una cuestión clave: la tergiversación que sobre la pobreza ejercen diariamente las izquierdas, particularmente el socialismo “progresista” de estos millonarios de caviar. Contrariamente a lo que predica Zapatero y sus hermanados correligionarios, ni la pobreza se soluciona con el aumento de impuestos, ni con vanas Alianzas, ni tampoco el terrorismo se solventa con la capitulación ante el terror. En ambas cosas anda equivocada –una vez más- la izquierda española, Zapatero y su gobierno, secuestrado y maniatado por el separatismo más antiespañol y nefasto.
 
Sería deseable que alguien en la derecha política española planteara estas cuestiones con claridad a sus votantes. No hacerlo es cesar en sus obligaciones políticas. No hacerlo sólo puede llevar a que el ciudadano acabe negándose a dar su voto y su dinero para seguir alimentando a los acomplejados representantes del cada vez más (des)centrado Partido Popular. Su generalizada ineficacia para exponer con claridad los principios de la derecha liberal-conservadora resulta apabullante y está permitiendo que entre las ambigüedades de piqueteros y gallardos varones renazca la demagogia de las izquierdas y que ésta –pese a ser tan hueca como vacía, según hemos visto- vaya fructificando y alisando el camino para alcanzar otra legislatura más de socialismo inoperante.
 
Mientras todo esto ocurre, el socialismo sigue usando el control mediático para seguir contándoles a los españoles la mucha falta que hacen en el mundo los solidarios programas políticos de Zapatero pues –cual deseo quijotesco- son muchos los agravios que gracias a ellos se desfacen en el mundo, muchos los entuertos que ellos enderezan, muchas las sinrazones que enmiendan, los abusos que mejoran y las deudas que satisfacen para acabar con el egoísmo y la codicia innata en los malandantes ricos, en la bribona derecha pepera y capitalista. En la batalla de las ideas, los millonarios de la izquierda y las mal llamadas socialdemocracias tienen mucho que callar. Pero mientras la derecha política española calle, no importará mucho que la realidad económica mundial pruebe cada día el éxito de las políticas económicas del liberalismo conservador.
 
Las recientes elecciones en Alemania y sus divididos resultados confirman lo que venimos indicando: que pese a la realidad de una economía cada vez más estropeada y hecha pedazos en Alemania, la enorme capacidad de la maquinaria propagandística de las izquierdas demagógicas sigue funcionando. Sigue hipnotizando incluso a millones de alemanes desempleados bajo promesas incumplidas y sueños sociales de progreso incumplido. Sirva como ejemplo la nefasta gestión económica de esa “socialdemocracia” antiliberal alemana bajo la tutela del mágico Gerhard Schröder –otro millonario de izquierda-, quien tras siete años y dos legislaturas ha llevado a su país al desastre económico en cotas de desempleo y en la puesta en práctica de mil trabas contra la iniciativa privada y el ahogamiento de la riqueza individual. Y todo, siempre, a través de extensas cargas impositivas y una fiscalización en manos del todopoderoso Estado de talante social. Aviso para navegantes: ¿se contentará el Partido Popular con que ocurra algo así en España o acaso optará –como deseamos- por reaccionar y hablar claro a sus votantes de una vez?
 
Alberto Acereda es catedrático en la Arizona State University, escritor y analista político, especialista en temas culturales transatlánticos.


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