Dicen que una imagen vale más que mil palabras. No hay duda de que es verdad. ¿Pero cuál es la garantía de que esas palabras sean veraces?
El 30 de septiembre del 2000, The New York Times publicaba una fotografía que, sin ninguna duda, para el editor fotográfico, narraba toda la guerra de terror de los palestinos contra Israel, de entonces dos días de edad.
La foto mostraba un joven sanguinolento y asustado en primer plano y un guardia fronterizo israelí furioso, boca desencajada, situado detrás de él, blandiendo una porra de policía. De fondo, llamas carmesí y humo negro elevándose tras bloques de cemento.
El editor fotográfico nunca cuestionó lo que estaba viendo. Por supuesto, el joven era un palestino. El asaltante era el enojado policía israelí. Después de todo, como hombre ilustrado de mundo, sabía lo que sabe toda persona de pensamiento correcto: los palestinos son la víctima. Los israelíes son los agresores. Y por lo tanto, el pie de foto bajo la fotografía decía a los lectores del Times que en realidad, lo que el editor fotográfico daba por sentado era la realidad.
Tristemente, las más de mil palabras contadas por esa foto eran más de mil mentiras. El joven sanguinolento de primer plano era un estudiante judío de Chicago llamado Tuvia Grossman. Había sido sacado a la fuerza de su taxi en el este de Jerusalén por un tumulto de palestinos y fue apaleado y apuñalado hasta el borde de la muerte. Con sus últimas fuerzas, Grossman gritó y corrió hasta las fuerzas de seguridad israelíes más cercanas. El guardia fronterizo de la porra estaba protegiéndole de la multitud.
Finalmente, tras recibir una furiosa carta del padre de Grossman en Chicago, el Times se disculpó por el error. Grossman pasó 10 días en el hospital de Jerusalén, y después transportado vía aérea hasta su familia en Chicago, donde estuvo confinado en una silla de ruedas durante cinco meses mientras se recuperaba de sus diversas heridas.
La noticia narrada por esa historia, pues, era la noticia de los prejuicios del editor fotográfico del Times.
De casi la misma manera, las imágenes que se nos emiten del huracán Katrina nos cuentan una noticia determinada. Las víctimas, en la mayor parte de las fotos, son afroamericanas. Y la noticia que ha emergido de estas fotografías es de racismo. El gobierno federal blanco (y Republicano), se nos lleva a creer, aguardó un lapso de tiempo imperdonablemente largo antes de proporcionar rescate y ayuda a las víctimas de la terrible tormenta, a causa del color de su piel. Las fotos, igual que la gente a la que se pide que nos cuente la historia, repiten una y otra vez que si hubieran sido ricos blancos, en lugar de negros pobres, la Guardia Nacional habría sido movilizada días antes para restaurar el orden en Nueva Orleáns y evacuar a las víctimas.
Es una historia maravillosa. Es fácil seguir la corriente y permitir que la gente enfadada se sienta justificada en su odio y prejuicios contra los Republicanos y contra del Presidente George W. Bush. Pero al igual que la foto de Tuvia Grossman, tiene el singular problema de ser falsa.
Después de que se lanzara la andanada inicial de crítica infundada, comenzó a emerger el quid de la cuestión, que la ciudad de Nueva Orleáns y el Estado de Louisiana no implementaron sus propios planes de evacuación a pesar del hecho de que todas las autoridades sabían que la ciudad por debajo del nivel del mar no podría sobrevivir a un huracán de categoría 4 como el Katrina.
Pero aún así, en el ínterin, había nacido un mito que contaba la noticia fácil del racismo.
Lo que ambos ejemplos muestran es que a pesar de lo que hemos sido llevados a creer por nuestro mundo anegado de imágenes, las imágenes no hablan por sí mismas. Hablan con la voz de sus creadores y sus distribuidores. Cada uno de nosotros adjunta sus creencias preexistentes a lo que ve, cada uno de nosotros es influenciado al mismo nivel, y a menudo profundamente, por las interpretaciones de las imágenes que se nos dan por parte de aquellos que las llevan ante nuestra atención.
En Israel, el desafío de las imágenes es quizá el mayor reto que afrontemos. Es importante reconocer este hecho cuando entramos en la era en la que Palestina se ha establecido en Gaza. Con que echemos simplemente un vistazo a las imágenes difundidas esta semana, comprendemos lo masivo que continúa siendo el reto y lo peligroso que llegará a ser si no le hacemos frente.
Antes de nada, recordemos, hace doce años, que cuando el entonces primer ministro Yizhak Rabin abrazaba a Yasser Arafat y a la OLP y nos embarcaba así el proceso de paz de Oslo, logró convencer a los tiburones de la seguridad del valor de su política, explicando que los palestinos, no Israel, iban a ser examinados con lupa. Rabin argumentaba que si los palestinos no cumplían sus compromisos de poner fin al terrorismo y vivir en paz con Israel, entonces el mundo entero respaldaría el derecho de Israel a defenderse. Israel volvería entrar en las áreas que había transferido al control de la OLP y ése sería el final de todo. Era un riesgo, decía, pero un riesgo calculado.
Desafortunadamente, los sucesos mostraron otra cosa. Las imágenes difundidas al mundo por la maquinaria propagandística de la OLP eran imágenes de “las crueles fuerzas de ocupación” israelíes amargando las vidas de las víctimas palestinas. El hecho de que billones de dólares en ayuda internacional fueran ocultados en cuentas bancarias suizas carecía de interés. El hecho de que las fuerzas de seguridad palestinas establecidas por Arafat tuvieran el doble del tamaño permitido era cósmicamente aburrido. El hecho de que el terror alcanzara niveles sin precedentes apenas un año después del apretón de manos sobre el césped de la Casa Blanca no fue interpretado como prueba del fraude palestino, sino como justificación de crecientes llamamientos a aún más transferencias de tierra israelí, y mayor reforzamiento de las milicias palestinas completamente corruptas y apoyo del terror.
El mismo fue el caso cuando el primer ministro Ehud Barak fue a Camp David hace cinco años y pidió a Arafat establecer un estado en todo Gaza, el 95% de Judea y Samaria y Jerusalén este, incluyendo el lugar más santo para el Judaísmo en el Monte del Templo, y después añadió tierra en el Negev para asegurar.
Después de que Arafat rechazara taxativamente la oferta de Barak y fuera a la guerra contra civiles israelíes, Barak declaró que ahora los europeos y los americanos, y por supuesto la izquierda israelí, aceptarían la verdad. Habían desenmascarado a Arafat y la OLP. Como admitía el ministro de la AP de asuntos de Jerusalén, Faisal Husseini, poco antes de su muerte a finales del 2000, Oslo había sido “un caballo de Troya”, metido para destruir Israel desde dentro.
Todo era conocido, y aún así, los creadores de imágenes y sus impacientes audiencias de Londres al Departamento de Estado rehusaron cambiar de actitud. Mientras las docenas de israelíes asesinados se convertían en cientos y después superaban los 1000, con miles más heridos y tullidos, los palestinos continuaban siendo las víctimas e Israel continuaba siendo el agresor.
Ahora, mientras Israel se aproxima a la fase final de la retirada de Gaza y norte de Samaria, se nos dice de nuevo que esto es la prueba para los palestinos. Pueden tener territorio soberano en Gaza hoy. Serán forzados a instaurar el orden. Ya no pueden reclamar el status de víctima. Ya no están allí. Y aún así, las imágenes de esta semana nos dicen, de nuevo, que esto es falso. El miércoles, el sobrino de Arafat y jefe de seguridad, Moussa Arafat, era asesinado en Gaza por un tumulto de terroristas con rifles automáticos y lanzamisiles. Su hijo era secuestrado y asumimos ya que asesinado. Los autores materiales eran los Comités de Resistencia Popular. Esto es un grupo terrorista formado por Arafat en los meses previos a la guerra de la primavera del 2000 que incluye elementos de Fatah, Hamas y la Jihad Islámica. Los miembros del grupo también trabajan en las milicias palestinas oficiales.
Este desafío a la dirección de la Autoridad Palestina fue resuelto con protestas alicaídas del círculo del Primer Ministro Ahmed Qurei. De manera semejante, las fuerzas palestinas se quedaron mirando el martes mientras centenares de jóvenes y adolescentes entraban en las ruinas de Neveh Dekalim y lanzaban piedras e intentaban subirse a un tanque del ejército. Fue un acto de simple agresión, encaminado no destruir el tanque, sino a crear una imagen de agresión israelí por una parte, e irresponsabilidad por la otra.
Después de que uno de los atacantes fuera alcanzado por el tanque, los palestinos lanzaron misiles contra civiles en el kibbutz Yad Mordechai, que limita con el norte de Gaza. La prensa explicaba la noticia como un círculo de violencia. Pero no había círculo de nada, sólo una escalada de violencia palestina, de arrojar piedras a un tanque a disparar misiles contra civiles.
Para los europeos y los izquierdistas de Israel y América, no importa lo que hagan los palestinos, las imágenes que emanan de aquí serán interpretadas como justificación para mayor entrega de tierra israelí a la luz de la contínua victimización de los palestinos.
Para las audiencias árabes, de Palestina – léase Gaza – de Judea y Samaria y por todo el mundo árabe, las imágenes que emanan de aquí contarán dos noticias. La primera es la crueldad y la falta de escrúpulos judía que justifica la continua masacre de civiles israelíes. La segunda noticia es la de debilidad israelí ante el terror constante – de Israel desmoronándose. Esta imagen envió un mensaje que dice que la oportunidad está del lado de los terroristas. Todo lo que necesitan hacer para provocar la destrucción de Israel es continuar su guerra terrorista de agotamiento.
Para la mayoría de los israelíes, las imágenes cuentan una historia completamente distinta. Las imágenes muestran la transformación de Gaza en un nuevo Afganistán repleto de señores de la guerra que aterrorizan a sus poblaciones y a sus vecinos, una sociedad envuelta en el caos; y una sociedad donde los fascistas islámicos tienen el control sobre asesinos seculares simplemente corruptos.
El gran desafío de Israel es hacer frente a las imágenes falsas que presentan aquellos que se aferran a sus “narrativas” embusteras de la guerra de los palestinos contra Israel, con las veraces.
Tuvia Grossman hizo aliya el miércoles. En una entrevista con The Jerusalem Post, decía “No te das cuenta de la cantidad de vidas de personas que han sido afectadas para siempre por los atentados terroristas. Algunas personas están heridas para el resto de sus vidas. Una vez que consiga asentarme, me gustaría asistir a las víctimas del terror en todo lo que pueda”.
La historia de Grossman, tanto su persecución como su tenaz lealtad y amor a la Tierra de Israel que le motivó a volver aquí y construir una vida dedicada a pesar de su experiencia aterradora, es la historia del pueblo judío y del estado judío. Esta es la verdad que tenemos que sostener y contrastar con el barbarismo de nuestros enemigos, si no queremos que sus falsas imágenes se conviertan en realidad.