(Publicado en La Razón, 19 de septiembre de 2005)
Las elecciones generales alemanas son mucho más que un mecanismo para resolver qué fuerza política gobernará la República Federal durante los próximos cuatro años. Se trata, sin lugar a dudas, de un hecho de interés general que afecta al conjunto de la comunidad atlántica, en el caso de que ésta siga existiendo, y por más de una razón.
Las grandes potencias, les guste o no, quieran o no quieran, ejercen un liderazgo sobre su entorno. Sus actos tienen consecuencias inmediatas. Esta circunstancia es aún más evidente cuando, como es el caso de Alemania o de España, sus sociedades están profundamente divididas y el hecho de que gobierne una u otra fuerza supone la ejecución de políticas muy distintas. Alemania es la primera potencia de la Unión, con sus ochenta millones de habitantes y su formidable capacidad industrial. El no disponer de arma nuclear y el haber mantenido una discreta presencia militar fuera de sus fronteras, como consecuencia del legado de la II Guerra Mundial, han hecho de este gran país un “enano diplomático” en la escena internacional, pero no en la continental. Alemania es, con Italia, el único de los grandes inequívocamente europeístas. Es el motor económico y político del Viejo Continente y el rumbo ideológico que se imponga en Berlín tendrá efectos sobre todos nosotros. Sea cual sea el resultado del plebiscito del domingo, será determinante en la vida europea durante los próximos años.
La campaña electoral ha estado marcada por el debate sobre la reforma económica. El mismo tema que caracterizó los últimos años del gobierno Schroeder. El “milagro alemán” quedó atrás, en los legajos de la historia. Alemania es uno de los países, con Francia, que no ha llevado a cabo la necesaria puesta al día del modelo de estado de bienestar levantado tras la II Guerra Mundial. La primera oleada tuvo como protagonistas a las potencias anglosajonas, con Reagan y Thatcher. Esas dos extraordinarias figuras de la política contemporánea afrontaron de lleno el problema, evitando el declive económico y moral al que sus sociedades parecían abocadas. Las economías norteamericana y británica gozan de excelente capacidad productiva y su legado es hoy patrimonio del conjunto de sus ciudadanos. No es pues de extrañar que Tony Blair sea hoy un paradigma de economía liberal en comparación con alguno de sus vecinos. Tras ellos llegaron otros, por convencimiento, como Aznar, o por necesidad, como los dirigentes de los países del antiguo bloque soviético que tenían que reformar sus economías para poder acceder a la Europa unida. Alemania no lo hizo, por irresponsabilidad y porque la sociedad se resistía a perder privilegios que habían convertido en derechos. Hoy Alemania es una de las naciones responsables del bajo crecimiento en la eurozona. No tienen más remedio que poner a punto su modelo productivo. De otra forma sólo avanzarán hacia el estancamiento.
La crisis del estado de bienestar, o la incapacidad de algunos estados para reformarlo, es consecuencia de la crisis moral en la que nos encontramos. Apenas si nos quedan ideales de verdad, más allá de la capacidad de consumo, las vacaciones y la jubilación. El estado de bienestar es un grandísimo logro, pero se vuelve contra nosotros cuando sólo tratamos de retener lo conseguido. El reto de Merkel, como el de Adenauer o Thatcher, es insuflar a sus conciudadanos nueva vida, nuevas ilusiones.
El fracaso del Tratado de la Constitución Europea, el incumplimiento de la Agenda de Lisboa o de las medidas de contención del gasto público y de la inflación dirigidos a dar estabilidad al euro han colocado a Europa en una situación delicada. Sencillamente no sabe adónde va. Cuando logra que sus estados lleguen a un acuerdo sus gobiernos más representativos lo incumplen y con un cinismo que escandaliza a buena parte de los ciudadanos. Cuando los políticos proponen un “salto adelante” los votantes lo rechazan, como fue el caso del tratado citado. Es urgente dar sentido al proceso de unificación y conviene empezar por los compromisos ya adquiridos. Alemania y Francia deben contener su gasto público y liberalizar sus economías para hacerlas de nuevo más competitivas. Sólo entonces, cuando los ciudadanos perciban el futuro con optimismo se podrá seguir avanzando, pero sin cometer los errores del pasado. El nuevo canciller alemán tendrá un papel principal en esta tragicomedia. De él, o de ella, dependerá que Alemania salga de su decaimiento y asuma el liderazgo que todos necesitamos o que, por el contrario, nos arrastre un poco más a esa decadencia a la que parecemos abocados.
La causa europeísta fue, durante décadas, complementaria al vínculo atlántico. Sólo Chirac y Schroeder, secundados por gente como Zapatero, Blanco..., rompieron recientemente esa relación para proclamar una nueva Europa, alineada con Rusia y China en el estéril intento de contener a Estados Unidos. Lograron demostrar su insignificancia y, como buenos aprendices de brujo, tienen ahora que enfrentarse al resultado de sus ensayos. Están preocupados por el programa nuclear de Irán, un país vecino y, sobre todo, porque puede suponer la proliferación nuclear a lo largo de nuestra frontera sur y oriental. Quieren detener el proceso y descubren que con su “librillo”, el de sólo diplomacia y multilateralismo, se puede hacer el ridículo, pero poco más. Sus nuevos aliados, Rusia y China, tienen intereses superiores en Irán y se niegan a desbloquear el Consejo de Seguridad. Los ayatolás, por su parte, les dan el trato que corresponde a quien cree que con buenas palabras puede poner fin a una opción estratégica persa. Europa debe volver a donde le corresponde, fiel a sí misma debe actuar junto con Estados Unidos para promocionar los valores democráticos y contener cualquier intento proliferador, más aun en nuestro entorno inmediato. El resultado de las elecciones alemanas será fundamental para saber qué dirección tomará el Viejo Continente.