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Probar de la propia medicina
En letra impresa nº 427   |  13 de Septiembre de 2005
 

(Publicado en Expansión, 13 de septiembre de 2005)


En política internacional, como en la vida cotidiana, resulta mucho más fácil destruir que construir. Las diplomacias francesa y alemana lo están comprobando, no sin amargura, en relación con la crisis de Irán. Ambas, aunque más la francesa, utilizaron el Consejo de Seguridad durante los tensos debates sobre Iraq para bloquear el margen de maniobra norteamericano. No tenían dudas, como reconocieron, de que el régimen de Sadam Husein estaba incumpliendo sus obligaciones, pero la cuestión fundamental no era esa, sino el poder hegemónico norteamericano. Chirac arrastró a Schroeder a practicar el contrapoder y ambos jugaron con la idea de formar un frente con Rusia y China para romper la unipolaridad yanqui. No consiguieron evitar la guerra, quedó patente lo poco que ambos estados contaban en la política internacional y, de paso, dañaron al Consejo, al convertirlo una vez más en trinchera para defensa de los intereses nacionales, en detrimento de su función como mecanismo de resolución de conflictos.

Ahora Francia y Alemania sienten la necesidad de demostrar que cuentan en la política internacional, que Europa no se rinde ante cualquier intimidación y que el programa nuclear iraní supone una seria amenaza para la seguridad del Viejo Continente. Pero, cuando intentan actuar como gran potencia junto con el Reino Unido, se encuentran atrapados en su propio juego. Plantearon un diálogo con Irán como alternativa a las presiones norteamericanas y consiguieron un primer éxito a fines del 2003: un acuerdo por el que Irán suspendía sus actividades mientras las negociaciones se desarrollaran. Pero, al avanzar éstas, se vio cómo Europa carecía de margen de maniobra y que, en realidad, sólo estaba proporcionando a Irán tiempo y cobertura diplomática.

El Gobierno de Teherán rechazó las propuestas europeas, que en lo fundamental suponían el reconocimiento de que Irán tuviera energía nuclear para uso civil, pero a cambio de renunciar a la producción y reprocesamiento del combustible nuclear, que le sería suministrado desde el exterior. Ha seguido reivindicando su derecho a la producción, perfectamente compatible con el Tratado de No Proliferación, insistiendo en que su objetivo no va más allá del uso civil para la generación de energía eléctrica.

¿Qué hacer en estas circunstancias? Chirac ha caído en aquello que tanto ha de-nunciado: la bravuconería de la gran potencia, amenazando a Irán con la aprobación de sanciones en el Consejo de Seguridad. Pero, una vez más, el Presidente de la República Francesa confunde sus sueños nacionalistas con la realidad, mucho más prosaica, de cuál es el peso de Francia en el mundo. Los europeos han renunciado voluntariamente al uso de la fuerza en las relaciones internacionales, salvo en circunstancias muy justificadas, y dicen confiar en Naciones Unidas para la resolución de conflictos. Pero ni en la Agencia Internacional para la Energía Atómica ni en el Consejo de Seguridad los europeos cuentan con apoyo suficiente. Un importante número de países perciben la crisis no tanto como un caso de proliferación sino como un ejemplo de hegemonismo occidental. Por las mismas razones China y Rusia parecen dispuestas a vetar cualquier iniciativa sancionadora en el Consejo. De nuevo esta institución abandona su misión fundamental, la resolución de conflictos, para convertirse en un instrumento al servicio de los intereses nacionales y, consiguientemente, del antinorteamericanismo.

Europa salió muy mal parada de la crisis de Iraq y ahora se enfrenta a otro test de credibilidad con malas perspectivas. A Francia y Alemania les toca probar, en relación a Naciones Unidas, su propia medicina. Los mismos que entonces les apoyaron ahora les bloquean, pero con una diferencia, ellos sí son coherentes mientras que Francia y Alemania no. En la vida como en la sociedad internacional es conveniente saber quién se es y con quién se está. Los juegos mala-bares llevan a la neurosis o, en el caso de la escena internacional, a la irrelevancia. Es difícil que se reconozca autoridad a quién carece de estrategia y sin ambas es imposible desempeñar un papel destacado en la escena internacional.u


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