Grupo de Estudios Estratégicos RSS
Portada > Colaboraciones > Katrina: la manipulación mediática de un desastre





Buscar artículos publicados por el GEES
Buscar BuscarEspanol - Ingles
Katrina: la manipulación mediática de un desastre
Colaboraciones nº 526   |  8 de Septiembre de 2005
 
El paso del huracán Katrina por el sur de los Estados Unidos y los sucesivos desastres naturales y humanos han recibido un tratamiento mediático que merece alguna valoración. En él percibimos la huella de una orquestada campaña por desvirtuar a la derecha norteamericana y la figura del presidente George W. Bush. Los medios de comunicación nacionales e internacionales más opuestos a los principios de la derecha liberal-conservadora norteamericana han aprovechado la situación para atacar no sólo ya a la administración Bush, sino a algunos de los valores básicos del modo de vida estadounidense. El desastre natural más grave de la historia de la nación norteamericana sirve ahora de coartada a las izquierdas para avanzar una agenda política e ideológica antiliberal y anticonservadora sobre la base de una manipulación mediática. Vale la pena considerar lo ocurrido en los últimos días, desenmascarar tal tergiversación mediática y ofrecer algunos ejemplos a nivel transatlántico. Sólo así es posible comprender el calibre de dicho trasfondo ideológico amparado en las opiniones sesgadas y politizadas de tan lamentable desastre.
 
Los hechos y la información sobre el desastre
 
Partiremos del reconocimiento de que las diferentes escalas del gobierno norteamericano, desde las instancias federales a las locales pasando por las estatales fallaron estrepitosamente en los primeros días posteriores a la tragedia. El sistema operativo de rescate y salvamento sufrió de una notable falta de comunicación en los primeros días, que resultaron tan lamentables como injustificables. El mismo presidente Bush -y su equipo coordinado por el ministro de seguridad Michael Chertoff- así lo ha reconocido varias veces. Lo mismo puede decirse de los gobernadores de los diferentes estados implicados (en especial los de Louisiana, Alabama y Mississippi) y los alcaldes de las ciudades afectadas (particularmente Nueva Orleans). Las razones que explican la cadena de errores cabe buscarlas en la inexistencia de un plan claro y coordinado por parte de los gobiernos locales y su falta de comunicación con la administración federal. A eso cabe añadir, particularmente para el caso de Nueva Orleans, la ruptura de las barreras de contención acuática, las consiguientes dificultades de acceso a muchas de las áreas inundadas –el 80% de la ciudad de Nueva Orleans- y la aparición en escena de algunas pequeñas bolsas de ciudadanos al margen de la ley que infundieron el pánico entre las víctimas y que complicaron más aún las labores de rescate. La depuración de responsabilidades en todos los niveles será una tarea que, sin duda, se llevará a cabo. Habrá de empezar por el papel de FEMA (Federal Emergency Management Agency), la agencia gubernamental creada precisamente para solventar estas situaciones y conectar los operativos entre las autoridades locales, estatales y federales. 
 
Cabe matizar que este desastre natural es ante todo un asunto y un problema nacional que trasciende el partido político al que pertenecen los responsables de los respectivos gobiernos locales, estatales o federal. Es por ello que no estamos ante un problema exclusivo del gobierno Bush, ni de la administración estatal demócrata o republicana, ni siquiera de un partido político concreto. Se trata de una tragedia en la que las ciudades, los condados y los estados implicados tienen también una parte de responsabilidad que incluye a toda la clase política, cuya razón es servir y representar al conjunto de la ciudadanía estadounidense. Por eso, y frente a la lentitud inicial de las labores gubernamentales, resultan muy aleccionadoras las primeras acciones de ayuda y rescate realizadas por el esfuerzo de individuos y entidades privadas (como la tan criticada cadena de tiendas Wal-Mart que ha donado ya varios  millones de dólares), iglesias de diferentes creencias y ayudas de comunidades locales, así como  organizaciones del sector privado. Pero si resulta preocupante la apatía inicial de los diversos escalafones de los gobiernos, más peligroso resulta comprobar cómo en medio de este trágico desastre aparece con claridad, una vez más, la bancarrota moral de las izquierdas norteamericanas e internacionales al manipular política e informativamente una tragedia como el caso Katrina.
 
Ya sabemos que los medios de comunicación ligados a las izquierdas norteamericanas –espoleadas por los radicalismos sectarios infiltrados en el Partido Demócrata- han venido realizando desde la llegada de Bush a la presidencia en 2001 una permanente campaña de acoso y derribo contra su figura, contra los valores de la derecha liberal-conservadora y contra el Partido Republicano. Los españoles reconocerán bien esta situación si recuerdan el acoso sufrido también por José María Aznar y el Partido Popular entre 1996 y 2004. En todos los casos se trataba, igual que ahora, de acusar siempre a la derecha liberal-conservadora de todos los problemas a fin de crear un ambiente de crispación destinado a liquidarla. En Estados Unidos, la Guerra de Irak ha sido la partitura contra Bush planeada por la izquierda aunque afortunadamente sin resultados positivos. Ahora, el caso Katrina abre a las izquierdas una nueva ventana de oportunidades para atacar a Bush y a los valores liberal-conservadores. Contemplamos así la misma práctica malsana de unas izquierdas demagógicas hasta en los desastres naturales y en el dolor humano. Es por ello que la inmensa mayoría de los medios de comunicación ligados a las izquierdas han ignorado conscientemente un factor clave en todo este desastre: que la responsabilidad inicial en todas las situaciones de desastres naturales empieza, según la Ley, en el gobierno local –el alcalde-, luego en el estatal –el gobernador- y finalmente en el federal –el presidente-. Por eso apuntábamos arriba que este desastre implica a todo el espectro político estadounidense y no sólo al gobierno Bush. La ciudad más afectada, Nueva Orleans, tiene a Ray Nagin como alcalde, y a Kathleen Blanco como gobernadora de Louisiana. Los dos son políticos alistados en el Partido Demócrata y los dos han fallado también estrepitosamente en su labor. Como alcalde, Nagin era el primer responsable del bienestar de sus ciudadanos de Nueva Orleans. El era quien debía haber trazado un plan obligatorio de evacuación, quien debía haber acelerado el traspaso de competencias al gobierno federal y quien, en suma, debía haber estado al frente desde el inicio, tal y como hizo el alcalde de Nueva York, el republicano Rudy Giulani, tras la matanza terrorista del 11-S. Pero Nagin prefirió hacer unas declaraciones a la radio local culpando a Bush y alarmando aún más a la población.
 
Si miramos bien, hay que estar muy cegado para no darse cuenta de la politización de las informaciones que la gran mayoría de las agencias de noticias y los medios de comunicación han venido ofreciendo al hilo del huracán Katrina. En el seno de Estados Unidos encontramos a los mismos medios de comunicación de siempre aprovechando cualquier momento para atacar y culpar a Bush de todos los males. Algunas cadenas televisivas como la CNN, NBC, CBS o ABC, canales de radio como Air America y otros tantos diarios como The New York Times o Los Angeles Times se han ido llenando desde antes incluso del desastre de editoriales, opiniones y comentarios que revelan un rastrero sectarismo. Mencionaremos, por ejemplo, el  editorial titulado “Waiting for a Leader”, aparecido en The New York Times (1 de septiembre de 2005), donde Bush era presentado –una vez más- como culpable absoluto de todo, donde se ridiculizaba el primero de sus discursos tras el huracán y donde el lector acababa con la impresión de que todo en los Estados Unidos había sido perfecto hasta el 21 de enero de 2001 cuando juró su cargo como presidente un monstruo llamado Bush. Lo mismo hay que decir de otros varios y sectarios artículos en el mismo diario y con idéntica línea y tono, como el de Paul Krugman (2 de septiembre de 2005) censurando a Bush como gobernante ineficaz, o el de Maureen Dowd (3 de septiembre de 2005) titulado “Los Estados Unidos de la Vergüenza”. Se trata de los columnistas de la progresía norteamericana amparados en el diario neoyorquino que cada vez está perdiendo más lectores entre la ciudadanía norteamericana.
 
La misma actitud negativa y acusadora es perceptible en el canal de radio nacional Air America, que -a pesar de su cada vez más baja audiencia- es escuchado por las radicales huestes del Partido Demócrata. Una de sus presentadoras, Randi Rhodes, es un ejemplo vivo del innato odio a Bush. En su programa de tarde (31 de agosto de 2005) Rhodes recalcó la ineficacia del presidente y su convicción de que Bush disfrutaba con la pérdida de ciudadanos en este tipo de catástrofes, sobre todo –según la presentadora- si tales pérdidas humanas eran o bien pobres o votantes del Partido Demócrata. Las opiniones de Rhodes verifican la vileza de los ataques a Bush desde las izquierdas más descarriadas. En la radio y la televisión han aparecido también varias voces acusatorias contra Bush en boca de varios personajes del Partido Demócrata, desde el mismo alcalde de Nueva Orleans hasta la senadora de Louisiana Mary Landrieu. Robert F. Kennedy Jr. tardó sólo unas horas para afirmar que el huracán era un castigo de Dios a Bush por no haber firmado el Protocolo de Kyoto. De todo esto surgió en los medios de comunicación de las izquierdas norteamericanas un continuo debate por parte de los grupos ecologistas y antiglobalización de la izquierda radical en torno al mal llamado calentamiento del planeta y otra pseudo-ciencia que, como era de esperar, presentaba a Bush no sólo como un asesino, sino como un vándalo ecológico culpable del huracán.
 
Si miramos el despliegue televisivo de la CNN, tenemos una impresión bastante parecida.  Remitimos al lector a la entrevista (1 de septiembre de 2005) que el presentador Miles O´Brien realizó al gobernador de Mississippi, el republicano Haley Barbour, en su programa “America Morning”. La insistencia del presentador contra la administración republicana de Bush resultó tan agresiva y sectaria que hasta el propio gobernador Barbour tuvo que indicarle en abierto al presentador que su presencia en el programa como entrevistado era simplemente para poder dar su opinión de forma libre y sin coacciones. Barbour –conocedor de primera mano de los hechos en su estado- puso en evidencia al presentador por su insistencia en atacar a Bush. Esa misma mañana, parecida táctica fue empleaba por la conocida periodista Diane Sawyer en su programa “Good Morning America” de la cadena ABC. El entrevistado ahora era el propio Bush y el propósito no era otro que poner entre las cuerdas al presidente echando mano de varios puntos demagógicos de la típica agenda de las izquierdas del Partido Demócrata. Nos referimos en especial a la acusación contra el presidente por una supuesta falta de tropas de la Guardia Nacional en Louisiana al estar ocupadas, según la periodista, en Irak en vez de estar ayudando a las víctimas del huracán. Pese a los deseos de la entrevistadora, Bush respondió una a una todas las preguntas con solidez y consistencia reconociendo los problemas, los fallos y también los esfuerzos realizados, aunque negando respetuosamente las afirmaciones de la entrevistadora. Podríamos traer aquí a colación varios ejemplos más de lo visto en estas cadenas. No lo haremos por una mera consideración de espacio pero la realidad es que nada más producirse el desastre, el mensaje subliminal de muchos de los medios de comunicación nacional (e internacional) radicaba precisamente en mostrar a Bush y a la derecha norteamericana como la gran y única culpable del desastre.
 
En España, como no podía ser de otro modo, los medios de comunicación al servicio del gobierno socialista no perdieron tiempo para presentar toda la situación del huracán de acuerdo con esa misma línea sectaria y al hilo de la idéntica farsa demagógica que años antes tanto usaron desde otros medios con el caso “Prestige”. Sólo que ahora, la izquierda en España –siempre tan antiamericana- contaba ya con el socialismo en el gobierno, con la mayoría de los medios de comunicación a su servicio y con una televisión pública controlada por el gobierno y plagada de una turba de enviados especiales de previo diseño. Sin pretender ejemplificar todo lo observado y por limitarnos únicamente a los informativos de la televisión pública española, vale la pena mencionar la sesgada presentación de las informaciones desde Estados Unidos, así como la labor de sus enviados especiales. Como ya ocurrió en las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas, y a poco que el espectador afine el oído y la vista, se observa cómo los informes enviados por Rosa Molló y Anna Bosch ilustran una disimulada agenda anti-Bush que, apañada con sus propias opiniones personales sobre la situación tras el huracán, trascienden con frecuencia su mera labor informativa y se convierten en una retahíla apocalíptica de juicios personales, bien sobre la incapacidad comunicativa de Bush o sobre otros comentarios harto definidores del pelaje de la televisión publica socialista. Ver el reportaje de la Molló criticando a las autoridades federales norteamericanas, luego persiguiendo con el micrófono a Donald Rumsfeld y hasta apareciendo en una autopista como salvadora de dos ciudadanos de color confirma cuanto decimos.
 
Pese a todo, y como gran novedad, la verdadera protagonista de los telediarios en estos días huracanados ha sido la diputada por Barcelona del Partido Socialista de Cataluña: Lourdes Muñoz Santamaría. Su viaje a Nueva Orleans junto a su familia se vio tristemente truncado por el fatal huracán. Pero la diputada socialista pudo contarles en directo a los españoles todo lo mal que se hicieron las cosas por parte del gobierno norteamericano, la selva en la que se encontraba, la falta de seguridad, el trato inhumano sufrido y otros detalles estremecedores. Tras escuchar sus declaraciones vía telefónica –repetidas y machacadas mañana y tarde por TVE y otros medios afines- el espectador sentía que, sin duda, la diputada socialista estaba experimentando una nueva forma de moderno genocidio humano por parte del gobierno Bush. La viajera diputada manifestó además que todo en Nueva Orleans era un desorden total, un caos y la selva, viva imagen de un país tercermundista en el que el gobierno americano no quería irla a buscar. Al escuchar tan sentida narración, cualquiera se preguntaría qué hacía tan socialista diputada pasando unos días de vacaciones en el infierno capitalista de los Estados Unidos en compañía de sus seres queridos. Rescatada finalmente, mucho antes que los miles de contribuyentes norteamericanos que aguardaban en la cola, la diputada fue puesta a salvo junto a los suyos, de modo que Muñoz pudo ya dar las gracias a través del Telediario al gobierno español y particularmente a Pepe Montilla, Moratinos y Fernández de la Vega por su rescate final. Algo similar podríamos decir de otros políticos a la violeta de las izquierdas europeas, algunos de los cuales –como los alemanes Jürgen Trittin, Reinhard Buetikofer o Wolfgang Clement- no tardaron ni horas en insultar a Bush. Los ejemplos se multiplicarán, sin duda en estos próximos días y semanas, pero baste con lo dicho.
 
Las implicaciones ideológicas y políticas
 
En el momento de escribir estas líneas, el operativo de rescate ha funcionado ya y la ciudad de Nueva Orleans ha quedado ya desalojado. Las operaciones de limpieza y arreglo de infraestructuras llevarán todavía muchos meses y muchos esfuerzos. Se calculan en torno a una decena de miles de muertos, pero estamos ante datos todavía por confirmar. Lo lamentable de todo esto, además de la ineficacia inicial en las labores de rescate, radica fundamentalmente en las  implicaciones ideológicas y políticas subyacentes al tratamiento informativo en torno a este desastre natural. Una mirada atenta a un gran sector de los medios informativos confirma, como señalamos, que estamos ante un esfuerzo de las izquierdas transatlánticas para usar esta desgracia natural y atacar a la derecha liberal-conservadora en un nefasto uso de fines ideológicos y políticos. Es así que desde el seno mismo de las izquierdas en Estados Unidos dicho uso trasciende fronteras y halla en los enemigos de la democracia norteamericana un caldo de cultivo tan suculento como repugnante y falaz. Es harto sintomático el hecho mismo de que las agencias de prensa hayan denominado “refugiados” a los afectados por el huracán, como si se tratara de personas que a consecuencia de guerras, revoluciones o persecuciones políticas estuvieran obligadas a buscar refugio fuera de su país. Tal no es el caso, pero el mensaje subliminal ahí queda, casi sin darnos cuenta, con una inconsciente carga semántica y simbólica.
 
En esa misma línea de la politización se inserta un aspecto todavía más preocupante: el uso arbitrario y sectario de la cuestión racial –fatídicamente manipulada- en lo que desde las izquierdas más intelectualmente empobrecidas se ha calificado ya por algunos de “holocausto” de la población negra de Nueva Orleans. En ese giro de tuerca ubicado en el permanente discurso de la victimización –tan grato a las izquierdas- se habla de una especie de complot por el que los damnificados por el huracán no fueron atendidos por el gobierno Bush apropiadamente, ni con la prontitud necesaria, por la única razón de ser negros y pobres. Es así cómo la cuestión racial y socio-económica aparece una vez más entre las huestes del Partido Demócrata y hacen suya las izquierdas norteamericanas a nivel internacional. Un grupo de líderes y activistas civiles de la comunidad negra se apresuraron pronto a recriminar al gobierno Bush la discriminación ejercida contra la comunidad negra de afectados por el huracán. A todo ello y a la crítica contra Bush se han unido no sólo algunos famosos de la órbita de Hollywood –como el rapero Kanye West, Michael Moore o George Clooney, entre otros-, sino especialmente los líderes políticos izquierdistas negros del Partido Demócrata, como Al Sharpton o Jesse Jackson (el buen amigo de Hugo Chávez), quienes prosiguen con el mismo discurso de los tiempos de la segregación racial.
 
Frente a tanto manipulador del dolor humano, vale decir que no resulta muy difícil observar que precisamente son de raza negra los componentes del gobierno local y municipal de Nueva Orleans –desde su alcalde a otros cargos- y de varias de las ciudades afectadas. Tal es la hipocresía de la tergiversación mediática de esas izquierdas apañadas en la estupidez de lo políticamente correcto. Para estos personajes todo vale con tal de alcanzar el objetivo de la descalificación y la demolición de las derechas liberal-conservadoras. Todo sirve para quebrar la raíz de un sistema norteamericano que antepone la responsabilidad individual a la socialización, que no desea un enorme gobierno sustentado en altos impuestos y en poca libertad individual y económica. Como parece lógico, si el 67% de la población de Nueva Orleans es negra no resulta extraño que la mayoría de los afectados sean justamente negros. Podrán debatirse otras cuestiones, pero una vez más la carta de la discriminación por raza, por clase o por género resulta ser uno de los mitos más persistentes de esas izquierdas antiliberales que tan bien conocemos en Europa. Desde las filas opuestas al pensamiento de la derecha liberal-conservadora, todo o casi todo se sigue viendo bajo el prisma de ese trío sociológico de raza-clase-género inculcado por la demagogia, el victimismo y la tergiversación de los hechos. La realidad de los hechos permite ver más claro y observar que quienes están ayudando desde el inicio al rescate de las víctimas del huracán Katrina son personas de todas las razas (blancos, asiáticos, hispanos, negros…), de los dos géneros (hombres y mujeres), de todas las clases sociales directa o indirectamente con ayuda personal, física o económica. Quienes están ayudando son fundamentalmente dos grandes estamentos: el militar y el eclesiástico, justo dos de los sectores más odiados por las izquierdas. Y es que es justamente en esa fraternidad humana, sustentada en la libertad individual y en la igualdad de oportunidades para todos donde las grandes sociedades han podido florecer moderna y contemporáneamente por mucho que se empeñen en decirnos lo contrario estas izquierdas colectivistas tan lamentablemente incompetentes. Porque es justamente en países como Estados Unidos donde se mira adelante y donde tras la destrucción se reconstruye –igual que se reconstruirá Nueva Orleans, igual que se reconstruyó Galveston en Tejas o San Francisco en California hace un siglo y como ha ocurrido en tantos y tantos otros lugares de Estados Unidos azotados por desastres naturales-.
 
A la manipulación mediática de las izquierdas no le interesa ver jamás el lado positivo de las cosas porque el concepto mismo de su ideología está abocado a la socialización, al quebrantamiento de la individualidad y a la creación de un igualitarismo artificial dirigido por inmensos aparatos recaudadores de poder. Ante la esperanza de una futura reconstrucción tras el desastre, las izquierdas son siempre negativas, siempre acusatorias contra el avance individual. Así se entiende el fallido discurso utópico de las izquierdas que se torna apocalíptico y requiere de una permanente vuelta atrás en el tiempo. Por eso las izquierdas reinventan la historia, la cuentan a su manera y no avanzan ni creen en el verdadero progreso ni en el optimismo para la humanidad. Creen en el absoluto control gubernamental, en el traspaso del dinero del bolsillo del ciudadano a las arcas del Estado. Juzgan incapaz al individuo para tomar sus propias decisiones y se constituyen en grandes maquinarias burocráticas donde el ciudadano se convierte en inquilino del estado. Para las izquierdas, todo es Apocalipsis, todo es negación, todo es racismo, injusticia, abuso, discriminación, lucha de clases. Y todo eso lo encarnan ahora en la derecha, en Bush y en su equipo de “neo-conservadores”. Pero cabe advertir muy en serio que bien hará Bush y los republicanos en olvidar los cantos de sirena de las izquierdas y regresar de una vez por todas a los ideales de las derechas reduciendo la burocracia, el déficit y los gastos gubernamentales. Katrina nos lo ha confirmado.
 
Ahora entendemos que es precisamente por eso, por la falta de confianza y respeto de las izquierdas en el individuo, que su ideología socializante no avanza, que el Partido Demócrata tampoco, que pierde las elecciones una y otra vez y que sigue añorando y viviendo en Vietnam, en los años de las revueltas civiles y raciales. Es por eso también que la izquierda española sigue enfrascada en el discurso antifranquista y en los falsos mitos de la Guerra Civil; obsesionada con derribar estatuas y con subir los impuestos para tapar los parches de vergonzantes derroches. Y es por eso también por lo que esa izquierda española tiene que tapar de forma vergonzante los hechos ocurridos y perpetrados desde el GAL hasta el 11-M. Por eso y porque las izquierdas internacionales no han creído nunca, ni creen ahora tampoco en el individuo ni en la libertad. Basan su discurso en la creación de un gran gobierno y apoyan su agenda en la recaudación de grandes cantidades de dinero bajo el fantasma de la socialización y en la falsía del gran papá gobierno responsable de solucionar todos los problemas de los ciudadanos. Y aun así, resulta muy significativo señalar al hilo del caso Katrina que desde el sector oficial del gobierno socialista español ha habido un prudente silencio y un cuidadoso manejo de cuanto se decía ahora directamente sobre el gobierno Bush. Las razones cabe hallarlas en la estrategia en Moncloa de congraciarse nuevamente con la Casa Blanca como único medio de obtener una soñada entrevista Zapatero-Bush. Sólo así se justifican las recientes actuaciones y misiones “humanitarias” ordenadas a los soldados españoles desde el Ministerio de Defensa tanto en Afganistán como en Irak.
 
Si algo ha demostrado el huracán Katrina es que ni siquiera los gobiernos más avanzados, poderosos y democráticos de la tierra tienen la respuesta para todos los problemas. Ahí aparece la responsabilidad individual y la búsqueda de la propia dependencia económica como forma de responder a los retos humanos. Esa es la base del pensamiento liberal-conservador, siempre dando prioridad y confiando en el individuo frente a la vaguedad de los colectivismos socialistas y los estados dirigidos y controlados por enormes gobiernos plagados de burocracia y de impuestos. No cabe lugar al engaño y se hace necesario contextualizar lo que acaba de ocurrir mediáticamente en Estados Unidos con esta tragedia natural. A través de ella ha vuelto a aflorar el ataque a la libertad y el asalto que a inicios del siglo XXI se sigue dando al sistema de vida capitalista. Porque el antiamericanismo –incluso dentro del seno mismo de Estados Unidos- es una patología que sobrevive también con dosis mediáticas de un permanente ataque al ideario liberal-conservador: justo el ideario que tanto éxito y tanto progreso humano ha dado a la civilización occidental. El caso Katrina y la manipulación informativa presentando a Bush como único culpable ejemplifica el deseo de aprovechar cualquier cosa, incluida una tragedia humana de miles de muertos, para lanzar su odio innato a la derecha y para desmontar a golpe de martillo a la democracia liberal-conservadora.
 
En esa línea manipuladora camina la izquierda española, cobijada en el sectarismo de un diario como El País, cuyo editorial “El huracán político” (4 de septiembre de 2005) no es más que un demagógico panfleto contra Bush y contra la derecha liberal-conservadora norteamericana. Como no podía ser de otro modo, El País se ensaña contra Bush y olvida que fue precisamente Bill Clinton y Al Gore quienes negaron al estado de Louisiana y a la ciudad de Nueva Orleans más fondos para la construcción de paredes de contención para la ciudad. El País se frota las manos con su sueño imposible (el sueño de la razón produce monstruos) de que Estados Unidos fracase en Irak. Y por si fuera poco, El País juega, como era de esperar, la carta de la fractura social por cuestiones de raza y clase en otro de sus patéticos editoriales apoyados en el sensacionalismo y en la negación del éxito norteamericano, incluso en momentos tan trágicos y difíciles como éste. Nihil novum sub sole con estas izquierdas azuzadas por El País, tan moralmente indignas, tan escabrosamente panfletarias y tan hipócritamente capitalistas y millonarias.
 
En definitiva, al fondo de todo esto late un incontenible deseo de culpabilizar a los de siempre: ahora a Bush, como antes a Ronald Reagan, a Margaret Thatcher, a José María Aznar… Desde las izquierdas más empobrecidas intelectual y moralmente pervive un deseo de sustituir el individualismo por la socialización y la supeditación de la libertad personal a gobiernos paquidérmicos que creen poco o nada en el individuo, como la historia nos ha mostrado repetidas veces. El huracán Katrina y la manipulación ideológica y mediática todavía ahora en marcha ilustra cuanto hemos señalado en un intento de quebrar el liderazgo de la derecha norteamericana en el mundo. Lo más bajo es que todo esto llegue justo en un momento de la historia en el que la civilización occidental y su cabeza visible –Estados Unidos- están en el punto de mira de los regímenes más antidemocráticos y tiránicos del planeta. Precisamente los mismos a los que abrazan y miman esas izquierdas transatlánticas que se autodenominan “democráticas” desde Europa al mismo seno de Estados Unidos..

 
 
Alberto Acereda es catedrático en la Arizona State University, escritor y analista político, especialista en temas culturales transatlá


© 2003-2008 GEES - Grupo de Estudios Estratégicos
Aviso legal | Mapa Web | Lista de correo | Contactar