Al final de las negociaciones llenas de suspense del lunes, representantes iraquíes se pusieron una fecha límite nueva e inapelable, el 25 de Agosto de 2005, para lograr alcanzar un acuerdo sobre la nueva constitución del país.
Nadie se extraña que el proceso haya sido beligerante desde el principio, habiendo tales diferencias de opinión que vienen de lejos sobre temas tan importantes como el federalismo, la ley islámica (Sharia), los derechos de la mujer y la distribución de los ingresos petrolíferos; eso ha mantenido a los tres grandes grupos étnicos y religiosos –los árabes chiítas, los árabes suniés y los kurdos— lejos de llegar a un acuerdo.
Si no se llegara a un acuerdo en el parlamento interino, la estructura constitucional entera se vendría abajo siendo necesarias nuevas elecciones. Es la hora del éxito o el fracaso del autogobierno iraquí. Estados Unidos, sin dictar una solución, debe impulsar a los líderes iraquíes a actuar para llegar a un acuerdo sobre el punto más importante: El federalismo.
Un sistema político federal descentralizado ofrece la mejor manera de asegurar autonomía local, protección contra el regreso de un tiránico gobierno central, lo que le corresponda justamente a cada uno en el acuerdo político en Irak y un reparto equitativo de los ingresos tributarios y petrolíferos de Irak.
Sin embargo este panorama se ve amenazado por la intransigencia suní sobre el tema del federalismo. Más allá de su habilidad constitucional para descarrilar el documento final el 15 de Octubre, la falta de participación política suní pone en peligro la idea misma de una democracia iraquí autosostenida. Los dirigentes suníes temen que el federalismo pueda destrozar la unidad de Irak; en realidad es mucho más probable que su obstruccionismo lo logre.
La presentación de la nueva constitución de Irak –una hazaña política gigantesca bajo cualquier concepto—no debería ser el anuncio del fin del compromiso americano con el país recientemente liberado. La amenaza de más violencia por parte de la insurgencia suní y sus socios yihadistas de Al Qaeda deberían encontrarse con un compromiso renovado por parte de la administración Bush en dinámicas operaciones militares para combatir el terrorismo en Irak.
Si fuese necesario en este momento, Estados Unidos debería desplegar aún más fuerzas en las regiones centrales suníes para asegurar que los terroristas no se salgan con la suya descarrilando el proceso democrático del país. Puede que se necesiten grandes campañas contra bastiones de los insurgentes como Haditha.
Debe haber un esfuerzo sostenido para o bien capturar o matar a Abu Musab al-Zarqawi, el líder de las fuerzas de Al Qaeda en el país. Esta fuerte respuesta militar debe encajar con los esfuerzos políticos para ayudar a los iraquíes a ayudarse a sí mismos.
A los suníes, que son sólo el 20% de los 26 millones de iraquíes y que dominaron en el brutal régimen baazista de Saddam Hussein, no se les deberían permitir bloquear los esfuerzos de chiítas y kurdos para forjar una nueva constitución basada en el federalismo. Más bien es vital que sus dirigentes lleguen a un consenso con los dos otros grupos para que Irak llegue a ser autosuficiente. Los suníes deben aceptar que su era de dominio ya pasó y que deben escoger entre participar en el nuevo Irak o quedarse completamente marginalizados del proceso político.
John Hulsman es doctor en Filosofía y miembro investigador de Asuntos Europeos del Centro para Política Exterior Douglas y Sarah Allison del Instituto Shelby y Kathryn Cullom Davis para Estudios Internacionales de la Fundación Heritage y Nile Gardiner es Doctor en Filosofía y miembro de la Anglo-American Security Policy de la Fundación Heritage.
©2005 The Heritage Foundation
©2005 Traducido por Miryam Lindberg