Un grupo autodenominado “el Grupo Secreto de la Jihad de al Qaeda en Europa” ha reclamado “el crédito” por los mortales atentados del jueves en Londres. Algunos aluden a los autores materiales de este último horror como “un grupo desconocido”. Pero no hay nada misterioso en el contexto de las atrocidades de Londres.
Primero, y principalmente, no hay nada de secreto, de desconocido o de oculto en la principal fuente de financiación de los terroristas: Arabia Saudí.
En palabras del principal activista saudí de derechos humanos, Alí al-Ahmed, del Instituto Saudí con sede en Washington, “todos los caminos llevan a Riyadh”.
El reino saudí continúa canalizando dinero y reclutas a las operaciones de terror en Irak y por todas partes que asestan al Qaeda, sus aliados, sus imitadores y otros partidarios. Los clérigos saudíes, devotos del culto conocido por sus críticos como wahabismo, continúan predicando la jihad contra el mundo y apuntando a los musulmanes no wahabíes, así como a los no musulmanes.
Nuestro propio país ha tomado medidas significativas para contener la dedicación saudí al terrorismo wahabí, pero queda mucho por hacer.
Cuando visitó el reino del desierto no hace mucho, la Secretaría de Estado Condolizza Rice protestó acertadamente por la represión impuesta a los disidentes democráticos en ese país. Pero evitó pedir directamente cambios importantes en Arabia Saudí, como purgar de fundamentalismo el sistema educativo o los medios controlados por el estado y suspender la financiación estatal a los clérigos wahabíes.
Paradójicamente, Gran Bretaña, aunque galantemente comprometida en la guerra contra el terrorismo en Irak, se ha quedado por detrás de Estados Unidos en su respuesta judicial e investigadora al terrorismo islamista. La existencia de un “lobby wahabí” en el islam británico, más grande y más abiertamente fundamentalista, ha llevado a Londres a mayor cautela en lugar de a mayor vigilancia y severidad a la hora de tratar con el enemigo. No sólo no existe ningún Guantánamo británico, sino que el gobierno Blair intervino en la práctica para hacer que nuestro ejército liberase del campamento de Cuba a cinco de los nueve sujetos británicos.
Pero aún así, Gran Bretaña tiene problemas mucho mayores con el islam radical dentro de sus fronteras de los que tiene Estados Unidos. Sólo hace dos semanas, los diarios británicos informaban de que docenas de musulmanes del Reino Unido se habían desplazado a Irak para participar allí en la campaña terrorista. (A propósito, la mayoría de los asesinos a cuyas filas se unieron son saudíes).
El grueso de los musulmanes británicos son paquistaníes y árabes. Mientras que muchos miembros de ambos grupos étnicos son residentes pacíficos y leales del país, sus mezquitas llevan controladas desde hace mucho por la retórica fundamentalista de financiación saudí — y el reclutamiento abierto para la jihad y las actividades paramilitares. Aunque raramente se observa en los medios occidentales, Pakistán continúa siendo el estado número uno en primera línea tras Irak en términos de derramamiento de sangre entre fundamentalistas de inspiración wahabí y los demás musulmanes.
No hay nada oculto en el disimulo practicado por la mayoría de los gobiernos europeos a propósito del fundamentalismo islamista: Europa tiene un historial de preferir la paz a la libertad.
La mayoría de los líderes europeos — siendo el Tony Blair de Gran Bretaña la destacada excepción — preferirían llegar a un acuerdo con los terroristas, a defender las libertades bajo ataque de fanáticos violentos. En esto, siguen el patrón fijado durante los años treinta, cuando los europeos prefirieron la paz con, y el sometimiento al Nazismo en lugar de la oposición temprana y consecuente.
La dedicación a la paz por encima de la libertad también es reflejada en el cliché común, escuchado en nuestras costas así como en el extranjero, de que luchar contra el terrorismo en Irak sencillamente engendra más terroristas. Bien, la oposición a Hitler llevó a los Nazis a reclutar más países y pueblos para su causa, pero sólo a corto plazo. Los conflictos importantes siempre producen oposición seria; ese es el motivo por el que se llaman guerras, y no malentendidos.
El Nazismo y el imperialismo japonés se desvanecieron como amenazas una vez que fueron derrotados significativamente; luchar contra ellos no los reforzó, una vez establecida la batalla real. Pero inflingir una derrota auténtica al enemigo terrorista significa llevar la lucha a su patria en Oriente Medio.
La respuesta al crimen de Londres vendrá en Irak, Arabia Saudí, Pakistán y en otros países donde el fundamentalismo islamista pervierte la mentalidad musulmana, y llegará a través de la fuerza tanto como a través de la razón. No hay otro camino.