Los bárbaros ataques de la mañana del jueves en Londres nos hacen sentir británicos a todos.
Sentarse en Jerusalén y contemplar las escenas de los empleados de urgencias evacuando a los heridos del autobús chamuscado y de supervivientes, cara ennegrecida por las explosiones del metro, describiendo los espantosos sucesos en la televisión, inclina el corazón de una hacia Gran Bretaña en su hora de dolor.
Mientras nosotros los israelíes pensamos en Gran Bretaña, es difícil evitar preguntarse si quizá, en los corazones de algunos de los británicos, surgió el sentimiento de que el 7 de julio del 2005, ellos se habían convertido en israelíes.
Aclarar cómo fueron organizados y perpetrados los ataques llevará bastante tiempo. Pero una cosa está lo bastante clara. Gran Bretaña fue atacada por la jihad. Al atacar el centro financiero de Londres, igual que los ataques contra el World Trade Center, el objeto de los terroristas no era simplemente matar gente, sino dañar un estilo de vida construido sobre la libertad y el libre comercio – el estilo de vida de la civilización occidental.
El motivo por el que es difícil no preguntarse si, en su momento de pánico, el pueblo británico sintió cercanía con el pueblo israelí es que durante los últimos cinco años, desde que los palestinos comenzaran su jihad contra Israel, Gran Bretaña ha estado jugando un papel relevante a la hora de hacer una distinción entre la jihad dirigida contra Israel y la jihad dirigida contra el resto del mundo.
En la propia Gran Bretaña, que durante las dos últimas décadas ha albergado a algunos de los líderes ideológicos de la jihad global, los jihadistas no han hecho ningún esfuerzo por esconder que sus objetivos no se limitan al estado judío, “la ocupación” dicho en lenguaje llano, sino que éstos atravesaban el globo.
En las semanas previas a las elecciones británicas de mayo, activistas musulmanes asaltaban las reuniones de las mezquitas y denunciaban la democracia, exigiendo que los musulmanes británicos boicotearan las elecciones. Incluso mientras políticos tan visceralmente anti-Israel como George Galloway y Oona King intentaban superarse mutuamente en sus diatribas anti-Israel para ganarse un escaño en el Parlamento, ambos eran atacados por musulmanes en actos de campaña.
En el 2004, los ataques antisemitas contra judíos en Gran Bretaña se incrementaron un 42% por encima de los del 2003. Pero aun así, servicio oral a un lado, el fuerte incremento del antisemitismo virulento ha sido saludado por el gobierno con complicidad. La campaña electoral del Partido Laborista estuvo marcada por imágenes antisemitas. En un cartel de campaña, el líder Tory, Michael Howard, era representado como un judío usurero de nariz de garfio – el arquetipo antisemita de Oliver Twist. En lugar de disculparse por el insulto, el consejero del Primer Ministro Tony Blair, Alistair Campbell, se rió de la tormenta, diciendo que la publicidad que había generado el cartel valía millones de libras en publicidad gratuita.
En un artículo publicado en su página web, www.elaph.com, y
citado por el MEMRI esta primavera pasada, el Dr. Ahmed Abú Matar, un palestino residente en Oslo, discutía acerca del Partido de Liberación Islámica, activo en Gran Bretaña, que “anuncia desde Londres su plataforma política – para el establecimiento de un califato islámico hasta los confines de la tierra – y declara que el partido sugerirá a la Reina de Inglaterra que se convierta al islam, y así no tener que pagar el impuesto islámico de los no musulmanes”. El MEMRI informaba en
el mismo artículo de que Matar citaba las actividades de
Abú Hamza Al-Masri, el imán de la mezquita de Finsbury Park en Londres, que hacía llamamientos a la jihad y a atentados suicidas en Israel, Irak y Afganistán.
El verano pasado, el alcalde de Londres,
Ken Livingstone, recibía en su Ayuntamiento a Yusuf al-Qaradawi, la principal autoridad religiosa de la Hermandad Musulmana, que ha forjado a movimientos tales como al-Qaida y Hamas, refiriéndose a él como “un erudito islámico muy respetado”. Este “erudito” al que agasajaba Livingstone, “es usted verdaderamente, verdaderamente bienvenido”, es una especie de progresista de los círculos islámicos: sostiene que tanto hombres como mujeres deben esforzarse por convertirse en terrorista suicida en nombre de la jihad.
Escribiendo en mayo en el diario saudí
Al-Yawn acerca de la perspectiva de atentados suicida en Gran Bretaña,
también publicado por el MEMRI, Sawsan al-Sha'er destacaba, “Después de leer que tres jóvenes ingleses de procedencia asiática irrumpían en una de las mezquitas de Londres para evitar que los fieles votaran en las [últimas] elecciones, con el argumento de que [los musulmanes] no deben votar en elecciones, esperamos con impaciencia la versión inglesa “islamista” de los terroristas suicida”.
En lugar de aceptar que los propios jihadistas que viven y visitan Gran Bretaña no hacen distinción entre su retórica anti-británica y su retórica antisemita, la élite social británica, tanto a la derecha como la izquierda, ha estado intentando ignorar que en las mentes de aquellos que buscan su destrucción, no hay distinción entre la guerra contra el Occidente judío y la guerra contra el Occidente cristiano. La decisión vilmente antisemita de la Iglesia Anglicana la semana pasada de boicotear a Israel y a las compañías que hacen negocios con Israel es un caso típico. La Iglesia Anglicana, que ha adoptado abrumadoramente la teología antisemita del “reemplazo”, que afirma que el cristianismo sustituye el convenio judío con Dios, sin duda está tan cegada por su antisemitismo que es incapaz de comprender que comparten los mismos enemigos que los despreciados judíos.
Como respuesta al creciente antisemitismo de su propio país, Tony Blair ha trabajado por minar la sociedad estratégica de Israel con Estados Unidos. Desde los ataques de 11 de Septiembre, Blair lleva insistiendo con devoción en que el terrorismo árabe y palestino contra Israel y los judíos y la ideología antisemita concomitante son completamente distintos del terrorismo y la ideología jihadista contra los no musulmanes. Durante el fin de semana, camino de Singapur, Blair hizo una breve visita a Arabia Saudí para reunirse con el príncipe de la corona, Abdaláh, y según se informa discutir con él la necesidad del establecimiento de un estado palestino. Durante su campaña por la reelección, Blair hizo una visita a la
Board of Jewish Deputies y les dijo, en mitad del antisemitismo violento que rondaba la campaña, que lograr la “paz” entre Israel y los palestinos a través del establecimiento de un estado palestino era el tema más urgente de la política exterior de su agenda. Incluso mientras rugían los combates inmediatamente después de la invasión americano-británica de Irak, en abril del 2003, Blair presionaba a al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, para que presionara a Israel a aceptar la presunta hoja de ruta a la paz a pesar de las objeciones de Israel. Blair se ha ofrecido a entrenar a las milicias palestinas corrompidas por el terror y
Alistair Crooke, el coordinador británico de la UE en materia de seguridad con los palestinos,
lleva años intentando dialogar con Hamas y Hezboláh.
El temas de ello es que, durante todo esto, la abrumadora mayoría de los israelíes ha tenido gran respeto hacia Blair como líder, debido a su voluntad de permanecer hombro con hombro con los americanos en Irak a pesar de las bajas que se ha cobrado, tanto en su propio bando político en Gran Bretaña, como en las relaciones de Gran Bretaña con Francia y Alemania. Su insistencia en permanecer fiel a la alianza anglo-americana incluso mientras los niveles de sentimiento antiamericano se han elevado acusadamente por toda Europa y en la propia Gran Bretaña en los últimos años ha sido honorable y valiente. Igual que permanece al lado de América, pensamos que permanecerá al lado de Israel cuando al final acepte la verdad de que la guerra palestina contra Israel es parte y un punto de la misma jihad que convirtió a Salman Rushdie en un hombre perseguido en Gran Bretaña y que ha convertido ahora el sistema de metro de Gran Bretaña y sus autobuses en escenas de un café de Tel Aviv.
El pasado mayo, en un sermón televisado por la televisión de la AP,
el jeque Ibrahim Mudeiris, empleado de la AP, dijo “Nosotros [los musulmanes] hemos gobernado el mundo antes, y por Alá, llegará el día en que gobernaremos de nuevo el mundo entero. Llegará el día en que gobernaremos América. Llegará el día en que gobernaremos Gran Bretaña y el mundo entero – a excepción de los judíos. Los judíos no disfrutarán una vida de tranquilidad bajo nuestro mandato, porque son usureros por naturaleza, igual que lo han sido a lo largo de la historia. Llegará el día en que todo lo de los judíos será revelado”.
Cuando los israelíes escuchamos esto, entendemos dos cosas.
Entendemos que nuestros enemigos sí que buscan aniquilarnos de verdad. Y también entendemos que el resto del mundo civilizado, que está siendo atacado por las mismas fuerzas, tiene que hacerles frente igual que nosotros les hacemos frente, si alguno de los dos va a prevalecer.
Criticar a una nación cuando está bajo ataque no es cortés. Pero hacerlo no está motivado por el enfado o la amargura, sino por la comprensión de la dificultad de reunir la voluntad para luchar. Al reaccionar al ataque contra su país y su pueblo, Blair dijo, “es importante que aquellos que están implicados en el terrorismo se den cuenta de que nuestra determinación a la hora de defender nuestros valores y nuestro estilo de vida es mayor que su determinación por causar muerte y destrucción a gente inocente con el deseo de imponer el fundamentalismo al mundo. Sin importar lo que hagan, nuestra determinación es que nunca tengan éxito en destruir lo que estimamos de este país y de otras naciones civilizadas de todo el mundo”.
Ídem. Y, de nuevo, igual que es cierto que Israel está junto a Gran Bretaña tras los atentados criminales contra sus ciudadanos, es cierto que para que las naciones civilizadas del mundo ganen la guerra contra la jihad, es necesario que todos entendamos que las fuerzas contra las que luchamos son las mismas. Un ataque contra cualquiera de nosotros – Israel incluido – es un ataque contra todos nosotros.