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La experiencia Jatamí
Colaboraciones nº 467   |  7 de Julio de 2005
 
Mientras Irán celebraba ayer su novena elección presidencial, pocos habrán pensado en el titular, Mohammed Jatamí.
 
¿Pero quién puede olvidar el entusiasmo que provocó en todo el mundo la primera elección de Jatamí en 1997? Algunos islamistas vieron su victoria como señal de que política y religión podían mezclarse sin dar lugar a un brebaje mortal. En el otro extremo del espectro, algunos progresistas intentaron persuadirse a sí mismos de que hasta un régimen despótico era permeable a las reformas.
 
Durante la presente campaña presidencial, sin embargo, el ejercicio de Jatamí ha sido utilizado por cada uno de los ocho candidatos oficialmente aprobados como advertencia más que como modelo. Los candidatos jomeinistas radicales, como Alí Larijani o Mohammed-Baqer Qalibaf, hablaron de la presidencia de Jatamí como “ocho años perdidos”, mientras Mostafá Moin o Mahdi Karrubi, que estaban sobre el terreno como candidatos de los grupos pro-reforma, describían al presidente saliente como un fracaso.
 
Fuera del estamento, muchos iraníes ven a Jatamí como un oportunista cínico al que le fue asignado un papel determinado por el presunto “tasmimgirán” (los responsables) que tiran de las riendas de Teherán.
 
“Jatamí nos engañó todos”, dice el periodista disidente Akbar Ganji.
 
“Jatamí era una marioneta accionada por los mulás en el poder”, dice uno de sus ex ministros bajo condición de anonimato.
 
Ambas visiones son inexactas e injustas. Nadie es engañado si no quiere que le engañen, al menos no dos veces. Y aún así, más de 20 millones de iraníes votaron a Jatamí en 1997 y en el 2001. Tampoco hay ninguna prueba de que Jatamí fuera manipulado por el “tasmimgirán”.
 
El fenómeno de Jatamí no es único de Irán. Otros sistemas despóticos han producido versiones de él en distintos momentos de la historia.
 
El fenómeno Jatamí emerge cuando un régimen revolucionario que se ha transformado en un sistema despótico siente la necesidad de cambiar de rumbo con el fin de negociar un giro peligroso de su curso. Uno observa una versión de ello cuando Danton y compañía practicaban la política a través de la oratoria, en la fase pre-terror de la Revolución Francesa.
 
En la Revolución Bolchevique, el fenómeno Jatamí tomó la forma de la nueva política económica inventada por Bukharin y vendida por Lenin. La versión producida por la Revolución China llegó con el eslogan “¡Que florezcan un centenar de flores!”, con Liu Shao-ji como hombre visible. En los años sesenta, Janos Kadar en Hungría y Alexander Dubcek en Checoslovaquia representaron las versiones del fenómeno Jatamí.
 
En casi todos los casos, tal fenómeno terminó en tragedia personal para los hombres implicados, y en mayor terror y represión para la sociedad en conjunto.
 
Esto no significa que Irán esté camino de mayor terror y represión, o que Jatamí pueda correr peligro personal con total seguridad. Es probable que el sistema iraní no haya acabado aún con el fenómeno Jatamí, y que podamos verlo prolongado bajo un nuevo presidente, quienquiera que resulte ser, durante algún tiempo todavía. En otras palabras, la posibilidad de una presidencia Jatamí-bis no debe desecharse.
 
Todas las revoluciones producen tipos como Jatamí.
 
Son individuos que creen que las cosas ocurren simplemente deseando que ocurran. El término técnico para su filosofía es voluntarismo, el cual considera a las sociedades como lienzos en blanco sobre los que las élites idealistas pueden dibujar la imagen de su sociedad “perfecta”. El voluntarismo no sabe admitir que la raíz de todos los problemas que afronta una sociedad puede muy bien ser la misma revolución que idealiza.
 
“Queremos salvaguardar nuestra revolución”, insistía a menudo Dubeck.
 
“El problema no es el socialismo, sino su práctica”, le gustaba decir a Kadar.
 
Dado que el idealismo y el optimismo son gemelos, todas las versiones del fenómeno Jatamí aparecen en última instancia como encarnaciones del Dr. Pangloss en la vida real, uno de los personajes más grandes de Voltaire.
 
Pangloss es contratado como tutor de Cándido, el hijo de un noble de Westfalia. Pangloss puede criticar los detalles de la vida diaria en el castillo del barón. Pero, como profesor de metafísico-teólogo-cosmolonigología, le encanta demostrar que en este mejor de todos los mundos posibles, el castillo del barón es el más magnífico de todos los castillos, y que la baronesa es la más bella de todas las señoras posibles.
 
“Es plausible”, dicta Pangloss, “que las cosas no puedan ser de otro modo a como son; dado que todas las cosas han sido creadas para algún fin, necesariamente tienen que ser creadas para el mejor fin. Obsérvese, por ejemplo, que la nariz está creada para las gafas, por lo que llevamos gafas. Las piernas están diseñadas visiblemente para las medias, en consecuencia llevamos medias. Las piedras fueron hechas para ser pulidas y para construir castillos, en consecuencia Mi Señor tiene un castillo magnífico; el mayor varón de la provincia debe ser el mejor alojado; y ellos, que afirman que todo está bien, no se expresan correctamente; deberían decir que todo está de la mejor manera”.
 
Jatamí, que realizó 63 viajes exteriores a 34 países en ocho años, nunca citó a Pangloss. En su lugar, intentó impresionar a su audiencia con citas de Hobbes, Hegel, Locke, Feuerbach, Nietzsche y Habermas, entre otros, y después procedió a decir a un mundo incrédulo que el extraño sistema creado por el difunto ayatolá Jomeini era “el modelo perfecto de gobierno” para el conjunto de la humanidad.
 
Jatamí ganó las elecciones por primera vez con una lista de 10 promesas, la primera de las cuales era “restaurar el gobierno de la ley”.
 
Eso no sucedió.
 
Su presidencia atestiguó notorias matanzas en cadena que produjeron el brutal asesinato de dos docenas de disidentes e intelectuales, incluyendo a Dariush Foruhar, un ex ministro del primer gobierno de Jomeini, y a su esposa Parvaneh, a la que le cortaron la cabeza y la expusieron sobre el mantel del recibidor de su casa.
 
Jatamí prometió llevar a los autores materiales ante la justicia y fracasó. Tampoco pudo encontrar y castigar a los que asesinaron a Zahra Kazemi, un foto-periodista canadiense iraní, en la escandalosa Prisión Evin de Teherán. Jatamí tampoco movió un dedo por evitar el cierre de más de 100 diarios y revistas, muchos de los cuales habían luchado por su elección, ni por evitar los arrestos ilegales de docenas de periodistas.
 
Finalmente, Jatamí miró para otro lado mientras el movimiento estudiantil, que había formado inicialmente para respaldar sus reformas prometidas, era aplastado y miles de activistas encarcelados.
 
La segunda promesa de Jatamí fue “reavivar la economía nacional”.
 
Eso tampoco ha sucedido. Irán es más dependiente hoy de los beneficios del petróleo que hace ocho años. Y, dejando a un lado el reciente ascenso de los precios del crudo, la renta media per cápita per annum es un 4% inferior a la de 1997, en términos reales.
 
De nada de todo eso, no obstante, puede echársele la culpa a Jatamí, porque bajo la constitución existente, el presidente es poco más que una especie de primer ministro con funciones en gran medida ceremoniales, en una monarquía absolutista.
 
Sé que puedo convertirme en objeto de la ira de muchos iraníes al decir esto. Pero creo que la experiencia Jatamí fue útil para Irán. Demostró que el jomeinismo es incompatible con la democracia, y que la República Islámica no puede convertirse en lo que no se pretendía que fuera.
 
Puesto que a Jatamí le gusta citar a Nietzsche en lugar de a cualquier filósofo musulmán, que también alistemos el apoyo del autor de “Así habló Zarathustra”.
 
Nietzsche dice: ¡Lo que no me mata, me hace más fuerte!
 
Esto es cierto en Irán al final de la experiencia Jatamí.


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