Para cualquier persona que viaje y que tenga un cierto conocimiento de nuestra historia reciente resulta evidente todo lo que norteamericanos y europeos compartimos. Nuestra cultura se hace más y más homogénea. Novelas, películas, periódicos o ensayos elaborados en una orilla del Atlántico se leen o ven en la otra con la sensación de que es algo propio. Sin llegar al caso extremo de Nueva York, urbe más reivindicada por los europeos que por los norteamericanos, muy a menudo tenemos dificultad para saber de dónde procede una actitud, idea o propuesta. Si nos centramos en el ámbito económico, la ligazón entre intereses de uno y otro lado es tan obvio o más que en el terreno cultural. Si los accionistas son de todas partes, la presencia de las grandes empresas en ambos espacios, produciendo y mercando, confirma una densidad de relación que hace imposible separarlos, como si realmente fueran autónomos.
Esta intensa relación de fondo no ha impedido que en los últimos años, y muy especialmente desde la crisis de Iraq, se haya producido un serio distanciamiento entre Estados Unidos y una parte de los estados europeos, lo que hace imposible mantener la sintonía que en el terreno de la seguridad había caracterizado esta relación durante décadas. De nuevo, pero ahora con mayor sentido, utilizamos un viejo concepto, adrift o deriva, término geográfico trasladado al estratégico para subrayar el alejamiento entre las placas continentales que nos sustentan.
Donde esta deriva se hace más evidente es en la OTAN, la institución occidental de seguridad por excelencia. La Alianza Atlántica es, indudablemente, la alianza más exitosa de la historia. Tanto que, aun en profunda decadencia, resulta atractiva para los que no forman parte de ella y útil para sus miembros. Sin embargo, hay algo para todos evidentes. La Alianza, como sistema de seguridad colectiva, está en avanzado estado de descomposición. Sin la amenaza soviética se ha perdido el elemento aglutinador. Frente a la nueva Guerra contra el Terror, las diferencias de evaluación estratégica son enormes, hasta el punto de que son muchos los europeos, como nos muestran los sondeos, que consideran a Estados Unidos la principal amenaza contra nuestra seguridad. Es imposible mantener un sistema de seguridad colectiva sin estrategia común y en esta situación nos encontramos.
Para la actual Administración norteamericana la situación es sencilla. Los europeos no son ya aliados importantes, ni siquiera actores relevantes en la escena internacional. El viejo vínculo estratégico, el linkage, ha desaparecido. Ellos saben que no pueden contar con nosotros y, por lo tanto, tratan de establecer una nueva relación, mucho menos ambiciosa que la anterior, pero eficaz para gestionar todo lo que queda en común. Vuelven las sonrisas y las buenas palabras, pero quedan atrás los compromisos estratégicos. Estados Unidos negociará de forma bilateral los grandes temas, cuando la situación requiera de una “alianza de voluntad”.
Francia sigue la situación con ilusión y esperanza. Han necesitado décadas para ver como se abría una ventana de oportunidad en la que romper la dependencia estratégica con Washington y van a tratar de aprovecharla. Necesitan avanzar en la formación de una política europea de seguridad y defensa, para disponer de una alternativa a la Alianza que pueda potenciar los intereses de Francia en el mundo. Mientras tanto, no tienen ningún interés en tocar la OTAN. No apoyarán reformas que la modernicen, porque ni quieren adaptar la organización a los nuevos retos ni abrir la Caja de Pandora de los reproches y adelantar su crisis definitiva. Se trata, por su parte, de administrar los tiempos, de dejar que agonice lentamente mientras se prepara su repuesto europeo.
Alemania es, como tantos otros países europeos, una sociedad dividida. Si para los democristianos europeísmo y atlantismo son complementarios, para los socialdemócratas la estrategia norteamericana es inaceptable. A diferencia de los franceses no tratan de realizar una diplomacia de poder ni aceptan el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, pero coinciden con ellos en dotar a Europa de una política propia, distinta de la norteamericana, volcada hacia un inexistente multipolarismo.
En el Reino Unido el laborismo en el gobierno se aleja del europeísmo mantenidas por su Premier y se vuelve a posiciones tradicionales, donde se encuentra en fácil coincidencia con la oposición conservadora. No ven razón alguna para ceder espacios de poder a unos burócratas en Bruselas. Tienen pruebas más que suficientes de que no es sensato compartir moneda con quien no está dispuesto a cumplir acuerdos fundamentales para su gestión y ni siquiera desarrolla en casa las reformas imprescindibles para reanimar una economía con marcada tendencia hacia el estancamiento. Prevén una crisis grave el próximo año y comienzan a hablar en público de abandonar la idea de convocar un referendo para entrar en el euro. Son conscientes del penoso estado en que se encuentra la OTAN, pero no ven salida ante el abismo estratégico que se ha abierto entre los socios. Para ellos, conservadores o laboristas, la “relación especial” con Estados Unidos, una relación bilateral, continúa siendo fundamental.
En estas circunstancias, es difícil imaginar quién y cómo puede liderar una reforma de la Alianza Atlántica, que revitalice el vínculo estratégico y dote a la organización de los mecanismos necesarios para poder actuar con eficacia en un entorno estratégico nuevo. En el caso de que la amenaza se hiciera mucho más presente la reacción bien pudiera ser más apaciguamiento y, por consiguiente, mayor tensión con Estados Unidos.
La OTAN sigue siendo útil. No hay mejor club estratégico en el mundo, donde políticos y diplomáticos puedan reunirse a hablar, intercambiar puntos de vista y acercar posiciones. Los que no están dentro seguirán pensando que es mejor ingresar que quedarse fuera, para participar en las actividades del club y para ganar apoyos frente a un tercero, sobre todo si es el imprevisible oso ruso. La OTAN ha logrado estandarizar procedimientos, tácticas, actividades industriales... que nadie quiere perder y también por ello seguirá viva.
Por distintas razones unos y otros están de acuerdo en dejar a la OTAN tal como está, asumiendo que la desaparición del vínculo estratégico entre ambas orillas del Atlántico, tal como lo hemos conocido a lo largo de las últimas décadas, es cosa del pasado, pura historia. Bienvenido sea el acuerdo, pero no por ello podemos felicitarnos de una posición en la que nosotros, los europeos, somos los grandes perdedores.