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Las historias del lado oscuro no duran para conmover
Colaboraciones nº 426   |  10 de Junio de 2005
 
Una a una, las epopeyas características de los años 70 dependen de los flecos -- qué lástima, no siempre de modo que apoye la gran energía invertida en ellas. En "La venganza de los Sith", George Lucas pone casi punto y final al ciclo de "Star Wars" revelando cómo cayó Anakin Skywalker en el Lado Oscuro, transformándose en Darth Vader, cómo destruyó la República y cómo la rindió a los pies de las perturbadas ambiciones imperiales del Canciller Palpatine -- todo porque, estaba algo preocupado porque su querida Senadora Padme pudiera morir en el parto. Si la Senadora Padme hubiera sido como la Senadora Hillary Rodham Clinton y hubiera tenido una ley de reforma de la seguridad social socializada lista para desenrollar, la historia habría sido muy distinta.
 
Pero "La venganza de los Sith'' es una maravilla de la integridad motivacional comparada con "La venganza de los Felt", el capítulo de cierre de la otra saga de los 70, el Watergate. Antes del número final de la semana pasada, había un zillón de apuestas acerca de la identidad de "Garganta profunda", pero todas suscribían el perfil básico del mito de Woodward y Bernstein: que era alguien profundamente metido en los entresijos de la administración, que ya no podía en conciencia quedarse mirando mientras un presidente corrupto perjudicaba profundamente a la nación. Así que Darth Garganta, un Señor Oscuro bien pagado de Milhous, salvó a la República de la paranoia imperial del Canciller Nixotine, transformándose en Anakin Slytalker bocafloja y diciendo lo que sabía a los caballeros Bradli del Washington Post.
 
Ahora sabemos que Garganta Profunda no era en realidad Alexander Haig, David Gergen, Pat Buchanan o Len Garment, sino un marginal aislado de J. Edgar Hoover, un agente federal de la vieja escuela amargado por no haber sido tenido en cuenta para el puesto de director cuando el gran hombre se vino abajo tras medio siglo en el cargo.
 
Hmm. Al igual que la conclusión de "Star Wars", "Cómo Mark Felt se convirtió en Garganta Profunda" parece pequeña y sosa después de tres décadas de sorprendente carga dramática puesta sobre ella. La nobleza del mito del Watergate -- en la que investigaciones de los medios y generaciones de aburridos de la ética del periodismo se han hundido tanto -- parece degradada y deslustrada por este último giro de la trama.
 
Lo mejor que he leído del tema en los últimos días es un artículo de 1992 de James Mann, del Atlantic Monthly. No identifica a Garganta Profunda, aunque menciona a Mark Felt en un contexto tan importante. Pero por hacernos una idea de este párrafo notablemente ingeniado de hace 13 años:
 
"El estallido del Watergate tuvo lugar por coincidencia el 17 de junio, menos de siete semanas después de la muerte de Hoover y del nombramiento de Gray de fuera del FBI como director en funciones. El FBI se hizo cargo de la investigación federal al mismo tiempo que la administración intentaba limitar su alcance.
 
"Aquí subyace el origen de Garganta Profunda".
 
¡Bingo!. Mann también añade: "Raramente se pregunta si los ayudantes de la Casa Blanca como Haig, Ziegler, o Garment, eran el tipo de persona deseando celebrar reuniones a las dos de la mañana en un aparcamiento, o si eran capaces de hacer circular la página de 20 del New York Times de Bob Woodward, que era entregada en su apartamento a las siete de la mañana -- la señal de que Garganta Profunda quería una reunión".
 
Con el beneficio de la retrospección, la observación de Mann parece obvia. Eso es lo que los novelistas de espías llaman "señalización". Es la clase de cosas que hacen los federales y los espías, no los ayudantes de la Casa Blanca. ¿Por qué entonces no fue tan obvio durante las últimas tres décadas?.
 
La respuesta es que, gracias a Todos los hombres del Presidente, los medios dieron por sentado que eran los valientes cruzados heroicos, y no hay motivo para ser un valiente cruzado heroico, a menos que tengas a las siniestras fuerzas oscuras de un gobierno en contra de las que cruzarte. Piénsese en la cantidad de películas conspiratorias en las que los ayudantes de la Casa Blanca son el tipo de tío duro que no piensa nada de reunirse a las dos de la mañana en aparcamientos, normalmente como preludio a drogarte. En películas como "Poder absoluto", de Clint Eastwood, o "Sin salida", de Kevin Costner, las personas asignadas políticamente llevan a cabo cosas así rutinariamente. Esa imagen del gobierno se deriva principalmente de la era Nixon.
 
Pero, como confirma el descubrimiento de Garganta Profunda, la caída de Tricky Dick Nixon se debió a una acumulación de errores fatales. A comienzos de este año tuve la oportunidad de examinar las dos transcripciones de las cintas originales de Nixon, mecanografiadas por su fiel secretaría Rose Mary Woods, y el material posterior publicado en los 90, mecanografiado por investigadores y académicos que comprendieron el significado histórico de lo que tenían entre manos. Los segundos colegas dejaron los "ers'' y los "ums'', los tropiezos y los refunfuños; cuando se leen las conversaciones, la impresión es la de una administración intentando torpemente controlar las cosas. Desafortunadamente, cuando la señorita Woods mecanografió las primeras cintas de Nixon, lo enfocó como lo haría cualquier buena secretaria: eliminó los tropiezos y los "ers", y lo puso todo en frases completas y conexas. Eso es lo que esperas de una secretaría si le estás dictando una carta al presidente del Club de Rotarios. Pero fue desastroso para Nixon: La precisión clínica del lenguaje hace sonar al círculo próximo al presidente bastante más conspiratoria, despiadada y depravadamente forense que el burbujeo incoherente de la conversación real.
 
El material de redacción apresurada cimentó la impresión del gobierno nacional como una enorme y perversa operación fantasma fuera de control. Hoy se descubre que Garganta Profunda era simplemente un funcionario de la ley filtrando información del objetivo de una operación. Nada inusual en ello -- por todo el mundo, fiscales locales y departamentos de policía insignificantes lo hacen cada día de la semana -- y, siendo tan rutinario, tampoco hay nada heroico en ello. Especialmente cuando el hombre que lo hace es conducido por piques personales y lealtad a J. Edgar Hoover, una figura cuyo lugar en la demonología progresista está justo por detrás de Nixon. Si Rose Mary Woods hubiera sido menos limpia o si Hoover hubiera vivido otro año, las cosas habrían sido muy distintas.
 
Vamos. De haber sucedido más tarde, Woodward, Bernstein y un medio norteamericano pomposo y narcisista hubieran logrado una magnífica chapuza de tres décadas de Garganta Profunda y el Watergate. Así, lo mejor que se puede decir de Garganta Profunda no viene del Washington Post, sino del viejo aforismo de LBJ Johnson acerca del jefe de Mark Felt, J. Edgar Hoover: Es mejor tenerle dentro de la tienda, ah, filtrando información, que fuera de la tienda filtrando información hacia adentro. Con que Nixon hubiera mantenido a Mark Felt dentro de la tienda...

 
 
 
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