(Publicado en
Expansión, el 13 de mayo de 2005)
Todos estamos de acuerdo, la proliferación de tecnología y armamento nuclear es una grave amenaza para la paz y la seguridad de las naciones. Tanto la Alianza Atlántica como la Organización de Naciones Unidas o la Unión Europea lo recogen en su documentación de máximo nivel. Igualmente, los estados de referencia hacen girar su estrategia nacional, cuando la tienen, o su política exterior en torno a esta idea. Cuantos menos estados haya que dispongan de este armamento mejor. Cuanto más pequeño sea el arsenal del reducido club de las potencias nucleares, mejor que mejor.
Desde hace muchos años los occidentales estamos convencidos de que la cantidad de armamento es en sí un problema. Más aún, si se produce un rápido incremento en el arsenal de una de las partes, una “carrera”, tendría graves efectos desestabilizadores y animaría el desenlace de guerras preventivas. De ahí que desde la creación de la Sociedad de Naciones hasta nuestros días la comunidad internacional haya hecho del “control de armamento” uno de sus objetivos más característicos. Estas políticas suelen ser insuficientes. Ellas solas no resuelven los grandes problemas, pero resultan un mecanismo útil para reducir tensión, generar confianza y facilitar que, a través de otro tipo de acciones, se trate de resolver el núcleo del problema.
La Sociedad de Naciones fracasó en los dos aspectos citados y por razones idénticas. Una organización internacional sólo logrará avanzar en este terreno si se dan tres condiciones: que las potencias de referencia asuman su responsabilidad en la dirección de los procesos; que las naciones que obstaculicen los acuerdos de reducción de armamento, bien por no querer participar bien por incumplimiento de sus obligaciones, entiendan claramente que esa actitud tendrá un muy elevado coste; que aquellos estados que supongan una amenaza para la paz y la seguridad tengan la certeza de que la organización internacional hará uso de la fuerza si llegara el caso.
La Sociedad de Naciones fue traicionada por sus miembros. Ante la evidente disposición de algunos estados a defender sus intereses nacionales, violando para ello la normativa de la Sociedad, optaron por no sancionar sino tratar de llegar a un acuerdo. Fueron las tantas veces citadas “políticas de apaciguamiento”, que dieron el resultado previsible: si el violador percibe que no es sancionado continúa en la misma línea, creando problemas aún mayores. La traición a la Sociedad de Naciones estuvo en el origen de la II Guerra Mundial. Las lecciones tan duramente aprendidas quedaron reflejadas en la Carta de San Francisco, tanto como el derecho de veto, la garantía de que nada se haría en contra de los intereses de los cinco grandes.
Hoy nos encontramos ante un grave riesgo de proliferación nuclear. Dos estados que no habían firmado el Tratado de No Proliferación, la India y Pakistán, en un acto soberano dieron el paso y desarrollaron tecnología nuclear con fines militares. Otros dos estados que sí habían firmado el Tratado, es decir que habían renunciado libremente a desarrollar esta tecnología, lo han incumplido en mayor o menor medida.
Korea del Norte ha reconocido que mintió a la Agencia Internacional para la Energía Atómica así como a las partes signatarias del Acuerdo Marco de 1994 y que ya dispone de esa tecnología. Los servicios de inteligencia norteamericanos, que desde luego no pasan por su mejor momento de credibilidad, calculan que dispone, por lo menos, de dos bombas.
Irán dice estar desarrollando un programa de energía nuclear con fines civiles. Dejando a un lado la extrañeza que supone su interés por esta energía, cuando dispone de petróleo y gas, los inspectores de la Agencia han confirmado las denuncias de la oposición. El programa en marcha no se ajusta a los fines descritos.
Naciones Unidas ha convocado la programada conferencia internacional sobre la proliferación y todos los miembros entonan la misma cansina musiquilla: la necesidad del desarme, de mejorar el sistema de inspección... Todo eso es evidente. Hoy sabemos que para evitar nuevos problemas los inspectores deben disponer de una mayor capacidad de acción. Pero siendo este hecho importante no es lo fundamental.
Si se quiere evitar la proliferación hay que hacer cumplir los acuerdos internacionales. Korea del Norte ha reconocido haber violado sus propios compromisos. Si de inmediato no da marcha atrás, bajo estricto control de la Agencia, su caso debe ser llevado al Consejo de Seguridad y habrá que aprobar las medidas necesarias para forzar a su gobierno a rectificar. Irán está mareando la perdiz con británicos, franceses y alemanes, mientras gana tiempo y trata de aislar a Estados Unidos. El tiempo se está acabando y si no se llega a un acuerdo para controlar su programa, habrá que llevar el problema al Consejo de Seguridad con las mismas intenciones. Si es que antes no ha intervenido directamente Israel.
Todos estamos de acuerdo en el diagnóstico, todos sabemos cuáles son los medios a nuestra disposición –diplomáticos, económicos y militares- y todos reconocemos que no estamos de acuerdo sobre cómo actuar. De nuevo, como en los años de la Sociedad de Naciones, tratamos de soslayar los problemas que surgen ante nosotros y evitamos actuar de la forma prevista, siguiendo la lógica de los tratados que redactamos y firmamos para resolver estas situaciones. Ahora, como entonces, este chalaneo, este intento de “apaciguamiento” sólo generará mayores problemas.
Si Korea del Norte e Irán no son forzadas a dar marcha atrás nos encontraremos con que tanto la Agencia como la propia ONU sufrirán un fuerte descrédito, que se sumará al ya consolidado. Estados que están considerando dar el salto, constatarán el bajo coste de la operación y se lanzarán a la carrera. Naciones vecinas a aquéllas que desarrollan esta energía se verán impelidas a avanzar en el mismo sentido, para generar la disuasión suficiente que les garantice mantener a raya al proliferador. Por último, a mayores arsenales, mayor también el riesgo de que alguna cantidad sea desviada a grupos terroristas. Siempre es más seguro utilizar a unos suicidas, que desaparecen con la operación, que iniciar un ataque cuya respuesta será, con toda seguridad, fatal.
La cobardía no es una buena consejera. Si realmente estamos tan preocupados, apliquemos los tratados y las políticas que venimos enunciando desde hace años para frenar la proliferación. Aquí tampoco hay atajos. Si rehuímos nuestras obligaciones las amenazas no desaparecerán, aumentarán.