Hace un año que salí del Real Instituto Elcano. Muchos pensaron entonces que era lógico habida cuenta de mi apoyo a la intervención militar para derrocar a Saddam y, en consecuencia, de la actuación seguida por el gobierno de José María Aznar. Yo resultaba incompatible con un gobierno como el de ZP cuya primera decisión fue salir corriendo de Irak. Y en eso, quienes así pensaban, tenían razón. Jamás podré estar de acuerdo con una política basada en la irresponsabilidad. Pero cometían un error de base cuyas consecuencias se están viendo estos días: si se quiere promover un pensamiento estratégico en España, hay que ser generosos y dejar que se exprese con independencia y libertad y no buscar el sometimiento al gobierno de turno.
Siempre he creído que un país que quiera ser algo en la escena internacional necesita instituciones que reflexionen y estudien la política internacional. Por eso en 1986 creé, junto con un puñado de amigos, el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), una asociación dedicada al análisis de los temas de seguridad. También por ello, bajo el auspicio de quien entonces era mi jefe, el ministro de defensa Eduardo Serra, contribuí al diseño de lo que podría ser un gran centro de estudio en España sobre estas cuestiones. España no tenía tradición de albergar y animar este tipo de instituciones y el nacimiento del Elcano parecía venir a cambiar este pobre panorama intelectual. Un año después de dejar el Instituto los malos presagios de aquellos días se han cumplido y el actual gobierno socialista, sin razón alguna más que su ansia por controlarlo todo en la sociedad, ha barrido con la dirección para colocar gentes afines a sus designios. Es una pena.
El Instituto Elcano ha sido un experimento fallido. El Estado español ha resultado demasiado cicatero y la confrontación de los partidos políticos asfixiante. Mi temor en los dos años que fui responsable en el Elcano de la investigación y análisis, que el desdén del gobierno del PP nos llevara al olvido, se ha visto contrapesado por el intervencionismo de Rodríguez Zapatero. Algo que ya se auguraba a tenor de las intervenciones del representante del PSOE en el patronato. En lugar de abrir el debate, se cae en el vicio de censurar e impedir que se piense libremente más allá de su control.
Compañeros míos en el Elcano, piensan que la polarización política y social que causó la guerra está en la base de la crisis del instituto. Yo creo que se equivocan. La ausencia de consenso no ha impedido en otros países que los centros de estudios, los llamados think-tanks, sigan produciendo sus informes ni que florezcan sus ideas. Con la experiencia de estos años he llegado a la conclusión de que el problema de fondo es el propio diseño del Real Instituto. Ante la ausencia de algo parecido, quisimos crear un centro de carácter nacional, que integrara las principales sensibilidades partidistas. La generosidad financiera del Estado se compensó con la incorporación de cuatro ministerios al patronato y a la comisión ejecutiva; la sensibilidad política se trató de equilibrar dándole una plaza nata en ambos organismos a un representantes del principal partido de la oposición. El problema es que el Elcano nació con esta filosofía y configuración justo cuando en el resto del mundo los think-tanks evolucionaban en la dirección opuesta: los grandes centros nacionales dejaban paso a una miríada de pequeños centros, bien especializados en unos pocos asuntos, bien con una orientación ideológica claramente definida.
El PSOE nos criticó y mucho que los directivos del Elcano apoyáramos la intervención en Irak. Aunque no lo he vivido en primera persona, sé que en estos meses los responsables del Instituto han intentado aplacar las críticas e incluso han adoptado decisiones abiertamente apaciguadoras como, por ejemplo, contratar como analista principal de un área a un asesor en activo de un ministro del actual gobierno, cerrando los ojos ante las incompatibilidades que marca la ley; o subcontratar un trabajo que ya se hacia en el Instituto a un colaborador del grupo parlamentario socialista, a pesar de su inútil redundancia. Al final, como me temía hace un año, de nada ha servido. El actual gobierno todo lo quiere.
El problema, no obstante, poco tiene que ver con lo que se argumenta desde el PSOE , que el Elcano estuvo a las órdenes del gobierno del PP. Eso no es verdad. Lo que dijimos, al menos mientras yo estuve allí, fue lo que pensábamos por nosotros mismos. Se puede discrepar de nuestras opiniones, pero no se puede distorsionar la verdad. Lo que sí hicimos fue someternos muchas veces a las demandas socialistas, admitiendo una censura que nunca debimos aceptar.
Ahora, tras desalojar a Eduardo Serra, el caballo de batalla está en encontrar un nuevo director. Pero en lugar de primar a un profesional con experiencia, se busca a una figura políticamente correcta. El pecado de Emilio Lamo, quien tan bien ha sabido dirigir el Elcano todo este tiempo, es haber sido socialista y, sin embargo, haber justificado la guerra en Irak. Y es que ZP no paga a traidores. Desgraciadamente, traidores somos todos quienes no estamos dispuestos a justificar sus errores. Ante tamaño sectarismo, España no se merece un Elcano, necesita dos, uno de ZP y otro de quien lo quiera. De lo contrario caeremos en una sucesiva decapitación de sus responsables y, peor, en la esterilidad intelectual. Pero a nadie le importa eso en La Moncloa.