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Fue, vio y ...
En letra impresa nº 370   |  19 de Abril de 2005
 
(Publicado en La Razón, el 19 de abril de 2005)
 
El ridículo se consumó. Moratinos fue tres días a Washington para resolver algunos malentendidos. Un número mínimo de congresistas asistió a la reunión concertada y los que fueron le recriminaron la política seguida por Zapatero. El senador Kerry, aquél que de haber ganado las elecciones presidenciales hubiera comprendido la posición española, tampoco aceptó verse con nuestro brillante canciller. Rice sí le recibió, en tres cuartos de hora le despachó tras poner en orden las diferencias y no aceptó aparecer con él ante los periodistas, como establece la cortesía washingtoniana. Un viaje, nos ha explicado nuestro ministro, que supone la normalización de nuestras relaciones y que dará paso a la ansiada visita de Zapatero a la capital del Imperio.
 
Una operación tan desastrosa como ésta ¿es el resultado de un diplomacia marcada por prejuicios ideológicos? O, por el contrario, ¿es sólo la consecuencia de una grave falta de profesionalidad del equipo de diplomáticos que está al frente del Ministerio?
 
Vayamos por partes. La política exterior española gira en torno a un conjunto de ideas que se caracterizan por tener en común una actitud antinorteamericana. Ven Europa como un bloque de naciones que deben coordinar sus políticas con el fin de establecer un contrapoder a Estados Unidos, la auténtica amenaza. En América Latina apuestan por regímenes dictatoriales o democracias poco ejemplares, frente al programa democratizador mantenido antes por Aznar y ahora por el conjunto del Capitolio. En el Mundo Árabe disculpan el terrorismo y estrechan lazos con regímenes detestables, con el argumento racista de que ellos tienen que seguir su propio desarrollo político, como si por ser árabes carecieran del derecho de ser libres. Es más, toman del Irán de los ayatolás la idea de la “Alianza de Civilizaciones” que no es otra cosa que un intento de apaciguamiento, de establecer algún tipo de acuerdo fundamentado en el rechazo al proceso democratizador promovido por Estados Unidos y a la contención de la influencia de este país.
 
El problema es que esta nueva política tiene la misma coherencia y profundidad que sus autores, Zapatero y Moratinos. De la misma forma que ponen patas arriba la estructura territorial de España, seguros de su propia capacidad de improvisación, juegan a gran estrategia con criterios puramente tácticos. Su formación intelectual les lleva a considerar a Castro y al Che como grandes abanderados de la democracia y no pueden aceptar que su acercamiento a Chávez pueda ser interpretado de otra forma que como un gesto progresista. De la misma forma que las armas que le venden son “defensivas” y el Rey es “republicano”, ¿por qué no va a ser promoción de la democracia lo que ellos están haciendo? Acéptelo. Lo que usted, Bush y un servidor entendemos por democracia no es más que un sistema reaccionario y anacrónico de convivencia. La auténtica es la que ellos están desarrollando con manifestaciones callejeras, asaltos a sedes de partidos y mentiras desde sus medios de comunicación.
 
Tienen un problema para entenderse con la clase política norteamericana, porque parten de presupuestos que allí son inaceptables, incluso para aquellos demócratas que ellos tanto elogiaban. Pero eso era evidente antes del viaje ¿Por qué entonces se ha organizado de esta manera? ¿Por qué tantos días y tantos encuentros si cada uno sería un público y ostentoso fracaso? Aquí nos encontramos ante un caso evidente de incompetencia. Se puede tener una visión equivocada de la política exterior de España y desarrollarla correctamente. Una cosa no quita la otra ¿Qué necesidad tenían de dar la oportunidad al conjunto de la clase política norteamericana de expresar lo que sienten por el actual gobierno español?
 
Los fundamentos de la política exterior de Moratinos tienen la misma coherencia y sentido que su ejecución. La falta de criterio y de profesionalidad impregna cada uno de sus actos. Él no es más izquierdista que Fernando Morán, pero aquel primer ministro socialista de Asuntos Exteriores hizo un ejercicio de coherencia doctrinal y trató de establecer un equilibrio entre los intereses de España y sus principios ideológicos, algo que los actuales responsables de nuestra diplomacia no han hecho. Más aún, no han intentado hacer.
 
La atracción de Zapatero por Moratinos, que llevó a Marín al destierro de la Carrera de San Jerónimo, es perfectamente comprensible. Tienen la misma visión de lo que es el ejercicio de la política, el mismo respeto al conocimiento profundo de la realidad, el mismo interés por estudiar con detalle los problemas y analizar cuáles pueden ser hasta las últimas consecuencias de sus actos.
 
La suma de errores, cuando no de disparates, en la ejecución de nuestra política exterior no es sólo el resultado de una acción marcada por prejuicios ideológicos y de una falta de oficio por parte de sus máximos responsables. El elemento determinante es la combinación entre la frivolidad con la que se actúa en el conjunto de la política gubernamental, -sea la formación de una coalición con Esquerra, las soluciones habitacionales de 30 metros cuadrados, los “anglicanismos” de nuestra máxima responsable de Cultura o el insensato acercamiento a ETA- y la falta de una mínima moral pública que les limite en el ejercicio del todo vale en su política informativa. Viven al día, juegan con tópicos, cuidan primorosamente la comunicación y tratan de tener embelesados a sus votantes mientras apenas si saben hacia dónde ir. Quieren el poder pero carecen de la formación necesaria para tener una visión estratégica del futuro de España. Han echado por tierra el prestigio internacional ganado, día a día, por gobiernos centristas, socialistas y populares. La labor de treinta años destruida para dar satisfacción a sus prejuicios políticos y los de sus votantes más radicales.
 
Mal está lo hecho en política exterior, pero más graves serán las consecuencias en el ámbito interior.

 


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