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Los Neoconservadores
Colaboraciones nº 18   |  10 de Septiembre de 2003
 
El final de la Guerra Fría dejó huérfanos a muchos ideólogos y oficiales de la política exterior norteamericana. Durante los anteriores 45 años, las relaciones internacionales habían estado estructuradas por un análisis del mundo - fundado en gran medida en el “largo telegrama” y el artículo “Las fuentes del comportamiento soviético” de George Kennan - en el que un conflicto mundial separaba nítidamente a “ellos” de “nosotros” y dejaba poco espacio para ideas fundamentales alternativas. Cada Estado – y muchos nacieron durante esta época - se inscribía en un bando y hacía suya la ideología de una oposición mundial entre el liberalismo y el comunismo. Tal preponderancia de una interpretación primordial de las relaciones internacionales daba a su vez lugar a que se pudiese defender convincentemente la existencia de un “Orden” internacional, basado en el argumento realista del equilibrio de poderes.
 
Los conflictos en el mundo de los años 90 ya no estuvieron supeditados a un evidente conflicto global. Las ideologías preponderantes en el análisis de la política exterior norteamericana no supieron elaborar la teoría que convenciese rotundamente a todo el mundo del sentido último de las relaciones internacionales (el trabajo ideológico que más se acercó a dicho fin fue el del “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington). Frente a una situación incomprendida y demostrando ante todo la incapacidad propia para pensar las relaciones internacionales de una manera desideologizada, se impuso la idea de la existencia de un mundo en “desorden.”
 
Durante esos mismos años 90, un grupo de intelectuales, antiguos responsables de las administraciones republicanas y abogados norteamericanos se organizaron para promover una visión ideológica de las relaciones internacionales que pudiese llegar a dar un nuevo orden intelectual al mundo. Definiendo cuál era el conflicto fundamental en el mundo – un mundo “unipolar” según la definición de 1991 de Charles Krauthammer[i], uno de los autores asociados al grupo -, establecerían cuál debería ser la política exterior de los EEUU.
 
Los eventos del 11 de septiembre ofrecieron a este grupo la oportunidad para establecer sus ideas como la base de la conducta de la política exterior norteamericana. La razón principal es que en los momentos de zozobra política posteriores a los brutales atentados, sus miembros más destacados articularon un mensaje coherente al que se acogió el Presidente Bush para dar respuesta a la pregunta central suscitada entonces: “¿y ahora, qué?” Era un mensaje cuyo carácter ideológico hacía simple lo que era complicado y, por ello mismo, imponía un orden formal a los eventos internacionales. Se establecía claramente cuáles eran las amenazas a las que se enfrentaban los EEUU y el mundo y, sobre todo, cómo había que resolverlas. Nadie tuvo los reflejos intelectuales más rápidos que los de los neoconservadores durante las semanas posteriores al 11-S.
 
Para entender mejor quiénes son y qué creen los neoconservadores, este papel analizará los orígenes del neoconservadurismo, así como sus ideas principales desarrolladas durante los años 90 y valorará el alcance de su influencia actual y en un futuro próximo.
 
Los sorprendentes orígenes del Neoconservadurismo
 
Existen dos versiones (no necesariamente opuestas) de cómo se inventó el término “neoconservador.” La primera es que fue inventado por ciertos Demócratas para definir (y deslegitimar) a antiguos compañeros cuyas ideas habían cambiado, impulsándoles hacia las filas del conservadurismo. La paternidad de la segunda sería de los propios neoconservadores, quienes quisieron destacar así la novedad - temporal y conceptual - de sus creencias conservadoras. En cualquier caso, lo que ambas versiones demuestran es que estamos ante una ideología que atravesó en un momento dado la frontera imaginaria que divide la izquierda de la derecha. ¿Por qué y cómo ocurrió esto?
 
Irving Kristol, el intelectual fundador y editor de la influyente revista The Public Interest, es considerado uno de los fundadores del neoconservadurismo y ha escrito largamente sobre el tema (destacando su libro de 1995, Neo-Conservatism. The Autobiography of an Idea). Su famosa definición de un neoconservador es la de un “liberal atracado por la realidad.” El atraco ocurrió hacia finales de los años 60. Kristol y los demás integrantes de la primera generación de neoconservadores habían sido liberales hasta entonces, es decir se identificaban más bien con las ideas del Partido Demócrata, aun cuando sus orígenes intelectuales pudiesen echar raíces incluso en el trotskismo. Pero dos rechazos, uno a una evolución interna a los EEUU y otro a otra internacional, les empujaron hacia el neoconservadurismo.
 
El rechazo interno fue contra la tolerancia liberal hacia la revolución sexual, el consumo de drogas, el pacifismo y, en general, la “contracultura” de los jóvenes de la época. Los neoconservadores se identificaban con los ideales del New Deal de Franklin Roosevelt y defendían que el Estado fuese responsable de la protección de los más desfavorecidos social y económicamente, seguramente porque ellos mismos tenían orígenes sociales modestos y habían vivido las privaciones de la Gran Depresión en primera persona (Kristol, por ejemplo, quien nació en 1920). Sin embargo, este liberalismo se combinaba con una fuerte moralidad que les impedía aceptar que sus hijos se viesen tentados por vidas promiscuas o de consumo de drogas.
 
La evolución externa fue el rechazo al “deshielo” de la Guerra Fría, por causa de su visceral anticomunismo. Los Estados Unidos encarnaban en su mente el mejor sistema político del mundo y su obligación era la de promover activamente su democracia y libertad por todo el mundo (quizá se reflejen aquí los orígenes trotskistas de algunos neoconservadores). Se oponían moralmente a un realismo político que estuviese dispuesto a convivir con el comunismo, la antítesis del sueño americano. La suya era y es una visión muy moralizada del ejercicio del poder en un mundo en el que se enfrentan las fuerzas del bien y del mal. Esta visión les impulsa a querer crear un mundo nuevo a imagen de las virtudes norteamericanas, opuesto a otro antiguo, corrupto, maquiavélico y cínico. Tal ideología ha encajado bien con la visión tradicional de los fundadores de la nación norteamericana y sus esfuerzos por distanciarse de la “corrupta Europa.” Ha sido descrita alternativamente como de “Wilsonianismo duro” (es decir, idealista pero no multilateralista) o de “realismo ideológico.”
 
Dos de los referentes del neoconservadurismo han sido políticos demócratas, pese a que hoy los integrantes de la segunda generación de neoconservadores sean prácticamente todos republicanos. El primero es el Presidente Harry Truman, cuyo idealismo y defensa de los valores esenciales de EEUU son interpretados como la base sobre la que se fraguó el inicio de la Guerra Fría y gracias a los que se salvó a Berlín Occidental, Japón o Corea del Sur. El otro fue un contemporáneo de la primera generación de los neoconservadores y maestro de la segunda (nacidos ya en los años 40 y 50): el Senador demócrata por Washington Henry “Scoop” Jackson (muerto en 1983). Jackson, muy ligado a la industria de armamentos y a veces descrito como el “Senador de Boeing”, pero también referente del movimiento sindical, era un anticomunista convencido enemigo de cualquier tipo de apertura hacia la Unión Soviética y opositor acérrimo de Henry Kissinger. En las oficinas de Jackson comenzaron sus carreras miembros destacados de la segunda generación de los neoconservadores como Richard Perle (que sigue definiéndose hoy en día como un demócrata), Irving Kristol, Eliott Abrams y Frank Gaffney.
 
La segunda generación de neoconservadores se especializó en política exterior en parte porque sus ideas contrarias a la tolerancia liberal de los años 60 se convirtieron rápidamente en elementales dentro del Partido Republicano. Sin embargo, su moralismo, idealismo y militarismo chocaron con los conservadores más pragmáticos y realistas de dicho partido. En particular, los años 70 estuvieron generalmente caracterizados por el realismo de las administraciones de Nixon (con su apertura hacia China y el final de la guerra de Vietnam), Ford y, sobre todo, Carter. Aún así, el mensaje neoconservador se hizo escuchar, aunque fuese desde los márgenes. El mejor ejemplo es el del “Equipo B” creado en 1976, con Donald Rumsfeld como Secretario de Defensa y Geoge W. Bush como jefe de la CIA, para dar una segunda opinión sobre unas proyecciones de la CIA en relación a la amenaza nuclear soviética. El informe final de dicho equipo describió a la Unión Soviética – en una época, recordemos, de deshielo - como una potencia expansionista ante la que era necesario alcanzar imperativamente la superioridad estratégica. Entre los integrantes del equipo estuvo ya Paul Wolfowitz, el neoconservador más relevante en la Administración actual. Wolfowitz ya había estado, desde 1973, involucrado y, en gran medida, opuesto a las negociaciones de los acuerdos de desarme SALT.
 
La llegada de Reagan al poder, tras los desastres en política exterior en Irán y Afganistán de la época Carter, supuso para los neoconservadores la implantación de una política exterior relativamente afín. Además, empezaron a obtener puestos de responsabilidad política en los Departamentos de Defensa y Estado. Perle fue Under Secretary of Defense for Policy (nº 3 del Departamento) y Wolfowitz primero tuvo el prestigioso puesto de Jefe del Policy Planning Staff del Departamento de Estado (1981-1982) y luego fue Assistant Secretary of State for East Asian and Pacific Affairs (1982-1986). La experiencia de los más destacados neoconservadores debe ser muy tenida en cuenta. Wolfowitz, por ejemplo, ha trabajado para todas las administraciones norteamericanas desde Nixon hasta ahora, salvo la de Clinton. Su larga experiencia en la Administración y su maña negociadora explican parte de su éxito para imponer sus tesis dentro de las luchas burocráticas habituales en un Gobierno.
 
El fin de la Guerra Fría y la ideología neoconservadora
 
El final de la Guerra Fría supuso para los neoconservadores ante todo la duda de quién sería a partir de entonces el enemigo: ¿qué fuerzas se iban a oponer a la preeminencia americana en el mundo y a la exportación de su modelo de democracia y libertad? Su labor, también, fue oponerse al reflejo aislacionista que caracteriza a la corriente más tradicionalmente conservadora del Partido Republicano. Su compromiso para transformar el resto del mundo era irrenunciable.
 
La Administración de Bush padre demostró ser mucho menos afín que la de Reagan a las ideas neoconservadoras, promoviendo el Secretario de Estado James Baker y el Consejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft un realismo de equilibrio de poderes heredado de Kissinger y del Concierto Europeo del siglo XIX. El evento decisivo para los neoconservadores de la época fue la primera guerra del Golfo y, sobretodo, la decisión, respaldada por el Secretario de Defensa Richard Cheney, de no entrar en Bagdad y deponer a Sadam Husein. La idea que se podía convivir con el régimen de Sadam simplemente conteniendo su amenaza y, en efecto, manteniéndolo, fue el ejemplo paradigmático de la amoralidad del realismo al que se oponía, por ejemplo, Wolfowitz, que en esa época era Under Secretary of Defense for Policy y, por lo tanto, vivió la decisión en primera persona. El “containment”, término básico de la ideología de la Guerra Fría inventado por Kennan para describir la estrategia de contención a desarrollar contre el imperialismo soviético, se podía justificar contra un Estado nuclear de la talla de la Unión Soviética. Pero no con un pequeño y agresivo Estado como Irak, rendido ya prácticamente al Ejército norteamericano. El abandono a su suerte de las minorías chiíes y kurdas tras alentar su sublevación agravó aún más la decepción de los neoconservadores que vieron en la decisión de Bush padre una gravísima dejación de las responsabilidades norteamericanas. Hasta tal punto que ciertos neoconservadores como John Woolsey o Robert Kagan decidieron apoyar la campaña presidencial de Clinton en 1992.
 
No cabe la menor duda de que la religión judía de muchos de los neoconservadores (Kristol, Wolfowitz, Perle, Kagan, Feith etc.) ha contribuido a sus creencias ideológicas. Sus referencias históricas están evidentemente marcadas por la Segunda Guerra Mundial y por la estrategia de apaciguamiento de las potencias europeas hacia Hitler. El tratado de Munich de 1938 es recordado como un acto de cobardía que no sólo agravó la guerra subsiguiente, sino que además contribuyó al Holocausto (en su mente, sin Tratado de Munich y con un ataque preventivo contra Alemania en 1938 o incluso antes, no habría habido Holocausto). Las amenazas a la seguridad internacional deben, por lo tanto, ser neutralizadas incluso a través de ataques preventivos, antes de que se agraven. A este respecto, también es importante subrayar cómo los neoconservadores se han distinguido por deslegitimar a sus adversarios políticos acusándoles de “antisemitismo.” Un ejemplo en la política interna fue ataque en estos términos dirigido contra Patrick Buchanan, representante del ala más tradicionalmente conservador (paleo-conservador en expresión de algunos) del Partido Republicano, durante su campaña fallida para las primarias republicanas de 1996. Las acusaciones de un antisemitismo resurgente en Europa lanzadas en 2002 en relación con las críticas europeas contra el gobierno de Sharon deben, sin duda, leerse en este mismo contexto. Las simpatías de muchos neoconservadores hacia el Partido Likud en Israel y sus posiciones son bien conocidas.
 
El documento que marcaría la pauta del pensamiento neoconservador durante los años 90 fue redactado en 1992 por Wolfowitz y Lewis “Scooter” Libby (también destinado entonces en el Departamento de Defensa). Un borrador, filtrado por el New York Times, cayó como una bomba sobre las conciencias de aquellos que, tras el final de la Guerra Fría, querían que su sociedad se beneficiase de los dividendos de la paz y proponían la reducción de las responsabilidades militares de los EEUU en el extranjero. El Senador demócrata Joseph Biden, gran experto en política exterior, lo describió como una recomendación para “literalmente, una Pax Americana.” Se trataba de los Defense Policy Guidelines (DPG) cuyo borrador inicial, tras la polémica suscitada, fue ampliamente moderado. Lo que pedían los DPG en su versión filtrada era que los EEUU mantuviesen su preeminencia militar sobre Eurasia, impidiendo la ascensión de cualquier otro rival, y el fomento de una política de ataques preventivos contra estados sospechosos de estar desarrollando armas de destrucción masiva (ya se mencionó entonces la posibilidad de una nueva campaña contra Irak). Predecía, también, un mundo en el que las intervenciones norteamericanas en el extranjero, unilaterales o en coalición, serían constantes. Ni siquiera mencionaba a la ONU apenas un año después de que la Guerra del Golfo se hubiese ejecutado bajo mandato de su Consejo de Seguridad. Diez años después, en 2002, el National Security Strategy of the United States, documento que establece las líneas estratégicas oficiales norteamericanas, hacía suyo los conceptos de un “internacionalismo distintamente americano,” de ataques preventivos y de un gasto militar imbatible, aunque también mostrara una predisposición favorable a trabajar bajo el mandato de la ONU.
 
La capacidad de influencia neoconservadora
 
Los DPG son un buen ejemplo de cómo los neoconservadores han conseguido ejercer su influencia. Éstos son individuos eminentemente intelectuales que plantean sus batallas por el poder como una lucha entre ideas. Hemos señalado ya los perfiles-tipo de los neoconservadores: intelectuales, profesores, investigadores, columnistas de opinión, editores, incluso abogados. Merece la pena destacar también quiénes no son. No son militares de carrera, no son empresarios o directivos de empresa y, sobre todo, no son políticos electos. Las carreras políticas de la mayoría de los neoconservadores, cuando las han tenido, se han centrado en los pasillos de poder de Washington; no son políticos que se enfrenten a sus electores, que deban justificar su actuación ante potenciales votantes. Ellos no se encargan de ganar elecciones; asesoran a los candidatos y se integran en la administración una vez éstas han sido ya ganadas. Como veremos más adelante, este “enclaustramiento” es seguramente su mayor debilidad a medio-plazo.
 
Sin embargo, qué duda cabe de que han sido excelentes hacedores de opinión. Aparte de documentos oficiales como los DPG, han conseguido influir en la opinión norteamericana a través de básicamente dos canales: los think-tank y los artículos de opinión de distintos medios norteamericanos[ii].
 
El mejor ejemplo de un think-tank al servicio de las ideas de los neoconservadores es el Project for the New American Century (PNAC). Creado en 1997 y centrado en temas de relaciones internacionales, ha desarrollando su influencia publicando cartas abiertas a Presidentes firmadas por personalidades de gran relevancia, no necesariamente neoconservadoras, e informes. De esta manera, se ha convertido en una plataforma de expresión que agrupa a distintas corrientes republicanas dentro de un marco neoconservador. Su carta de intenciones defiende la idea de “moldear un nuevo siglo favorable a los principios e intereses norteamericanos” mientras establece cuatro objetivos principales: aumentar considerablemente el gasto militar; fortalecer los lazos con los aliados democráticos y retar a los regímenes opuestos a sus intereses y valores; promover en el extranjero la causa de la libertad política y económica; y aceptar la responsabilidad del papel único de los EEUU para promover un orden afín a sus principios. Su informe más influyente ha sido "Rebuilding America's Defenses: Strategy, Forces and Resources For a New Century," publicado en 2000, y también presente en los análisis del National Security Strategy de 2002.
 
El PNAC es el think-tank más manifiestamente neoconservador. Sin embargo, hay otros que albergan analistas o directivos adscritos a las tesis neoconservadoras. El principal de entre ellos es el American Enterprise Institute for Public Policy Research (AEI), creado en 1943 y con más de 50 investigadores a tiempo pleno en la actualidad. Sus áreas de interés se centran en la política económica, la política exterior y de defensa y los estudios políticos y sociales. Los investigadores del AEI más claramente neoconservadores son Irving Kristol, Richard Perle, Lynne Cheney (esposa del Vicepresidente Richard Cheney), Michael Ledeen y David Wurmser. El AEI es a menudo elegido como lugar para dar importantes discursos de política exterior. El Presidente Bush dio uno el pasado febrero sobre el futuro de la democracia en Irak y la reforma política de Oriente Próximo. El pasado abril, el antiguo líder republicano Newt Gingrich dio otro en el que lanzó un durísimo ataque contra el Departamento de Estado por su actitud defensiva y timorata durante los meses contiguos a la guerra en Irak, idea muy querida por los neoconservadores del Departamento de Defensa.
 
Entre las publicaciones neoconservadoras, la mayor influencia ha sido ejercida por las editoriales y artículos de opinión del Wall Street Journal y por el Weekly Standard. Éste está editado por William Kristol, hijo de Irving, quien ya fundara otra influyente revista, The Public Interest, en 1955, antes de su conversión al neoconservadurismo. Finalmente, habría que resaltar la revista Commentary, publicada por el Comité Judío Americano y editada durante largo tiempo por Norman Podhoretz. Todas estas publicaciones han tenido, en general, un enfoque internacional que se ha visto ahondado desde el 11-S.
 
El futuro de los neoconservadores
 
La política marcada por el Presidente Bush desde el 11-S ha tenido una marcada impronta neoconservadora. La Guerra contra el Terrorismo (la “IV Guerra Mundial” en palabras de Eliott Cohen, la tercera siendo la Guerra Fría), el Discurso sobre el Estado de la Nación de 2002 en el que se definió el famoso “eje del mal,” el National Security Strategy de 2002 y, sobretodo, la invasión de Irak, han sido testimonios de una creciente influencia neoconservadora. Su visión maniquea y moralizadora del mundo se ha adaptado muy bien a las creencias y necesidades de un Presidente Bush ansioso por vislumbrar un orden intelectual en un mundo que el 11-S amenazó con derrumbar bajo sus pies. Los neoconservadores han transmitido a Bush la idea de que el enemigo es, evidentemente, el terrorismo y, además, la falta de democracia y libertad en las sociedades donde nace. Para luchar contra el terrorismo y su posible uso de armas de destrucción masiva se debe estar dispuesto a “cambiar regímenes” a través de ataques preventivos y a promover la libertad y la democracia allá donde falten. Sin embargo, la pregunta que nos debemos de hacer ahora es: ¿hasta qué punto es sostenible esta influencia neoconservadora?
 
La invasión de Irak ha sido el gran éxito de los neoconservadores, pero, al mismo tiempo, su futuro se ha asociado indisociablemente al devenir de la ocupación. El proyecto de regeneración democrática de todo Oriente Próximo se vería abortado desde el principio si Irak cayese en la anarquía y las tropas americanas tuviesen que abandonarlo. Por otro lado, una vez terminada la operación de ocupación militar, la influencia sobre el futuro de Irak se ha tenido que compartir con otros Departamentos y, en particular, con el de Estado. James Garner, el primer administrador de Irak, era un oficial militar retirado. Paul Bremer, el actual, le sustituyó al cabo de apenas un mes y no sólo es un diplomático de carrera sino que además fue el consejero delegado de la empresa de consultoría de Henry Kissinger, el gran oponente intelectual de los neoconservadores. Además, los errores o las presiones cometidas en el momento de justificar el ataque también han afectado a los neoconservadores. El 22 de julio, por ejemplo, Stephen Hadely, Consejero adjunto de Seguridad Nacional, asumió la culpa por la falsa mención al uranio que, según el Discurso del Estado de la Nación, Irak trató de comprar a un país africano para construir armas nucleares.
 
Por otro lado y, como bien resaltaba The Economist en su artículo “The shadow men” del 24 de abril, el poder de los neoconservadores es uno, ante todo, de influencia sobre el Presidente Bush. Las circunstancias han ayudado a que el Presidente les haya escuchado en los últimos dos años, pero nada garantiza que continúe haciéndolo en el futuro; de hecho, ya durante su campaña presidencial de 2000 se notó más bien la influencia de otros grupos ideológicos que le llevaron a defender una política exterior “modesta, pero fuerte” y a criticar la noción de “nation-building.” El Presidente es el objetivo de influencia de muchos intereses burocráticos y, en este caso, el Departamento de Estado, el Consejo de Seguridad Nacional y la CIA están opuestos a las tendencias neoconservadoras imperantes en el Departamento de Defensa y, en menor medida, en la Vicepresidencia. Un ejemplo de que el Departamento de Estado puede llegar a ejercer una influencia superior sobre el Presidente que la de los neoconservadores ha sido la reciente implicación de Bush en el conflicto palestino-israelí y su defensa de la “Hoja de Ruta”, a la que los neoconservadores están frontalmente opuestos. Además, como ya comentamos anteriormente, los neoconservadores no son políticos electos y, por lo tanto, no pueden ofrecerle a un Presidente lo que éste más puede valorar en momentos señalados: votos.
 
Nos acercamos ahora a una cita electoral en los EEUU. En el 2004 se celebrarán elecciones presidenciales y Bush será candidato. Su atención, focalizada por su asesor político Karl Rove, se centra cada vez más en dicha cita y su obsesión será no repetir el error cometido por su padre en 1992 cuando perdió unas elecciones tras ganar una guerra en Irak. La economía sigue sin despegar claramente después de más de dos años de crecimiento débil y el déficit público se calcula en torno al 4,6% para este año. Es difícil pensar que los neoconservadores mantengan a medio-plazo el nivel de atención del Presidente Bush obtenido hasta ahora. En el momento en que el Presidente se centre en asuntos nacionales, los planes internacionales de los neoconservadores se verán relegados progresivamente a un segundo plano y, con ello, su influencia.
 
Sin embargo, a más largo plazo se cierne una amenaza directa sobre la preponderancia norteamericana que podría reemplazar en un espacio relativamente corto de tiempo a las preocupaciones por la inestabilidad mundial originadas en Oriente Próximo y propagada por el terrorismo y el petróleo. Se trata del clásico poder de un estado antagonista ideológicamente de los EEUU, con un fuerte crecimiento económico y claras tendencias expansionistas. La amenaza de China puede convertirse en la siguiente obsesión para los neoconservadores, que ya lograron que el Presidente definiese a China como a un “rival estratégico” durante la campaña presidencial de 2000. Si dicha amenaza se llegara a concretar, los neoconservadores podrían ser fuente de influencia añadida sobre su Presidente en el futuro.
ANEJO I
 
Las Principales Figuras Neoconservadoras
 
Elliot Abrams, Asesor Especial del Presidente y Director para la Democracia, los Derechos Humanos y las Operaciones Internacionales del Consejo de Seguridad Nacional.
Kenneth Adelman, profesor adjunto de estudios estratégicos en la Universidad de Georgetown, embajador adjunto de EEUU ante la ONU con Reagan.
William J. Bennett, Fundador de Americans for Victory over Terrorism (AVOT), Secretario de Educación con Reagan y Director of the Office of National Drug Control Policy con Bush padre.
John Bolton, Under Secretary para el Control de Armas y la Seguridad Internacional en el Departamento de Estado, antiguo vicepresidente del American Enterprise Institute y abogado.
Steve Cambone, Under Secretary para Inteligencia en el Departamento de Defensa.
Eliott Cohen, catedrático y director del departamento de Estudios Estratégicos del School of Advanced Internacional Studies (SAIS) de la Johns Hopkins University, miembro del Defense Advisory Board.
Lynne Cheney, fellow del American Enterprise Institute, antigua Presidenta del National Endowment for the Humanities con Reagan y Bush padre, esposa del Vicepresidente Richard Cheney.
Midge Decter, escritora, consejera del Heritage Foundation, esposa de Norman Podhoretz.
Eric Edelman, asesor de política exterior del Vicepresidente Cheney.
Douglas Feith, Under Secretary for Policy en el Departamento de Defensa (nº 3 en la jerarquía), abogado.
Francis Fukuyama, Catedrático de Economía Política Internacional en el School of Advanced Internacional Studies (SAIS) de la Johns Hopkins University.
Frank J. Gaffney, Presidente del Center for Security Policy, Assistant Secretary of Defense for International Security Policy con Reagan.
 
Stephen Hadley, Asesor del Presidente y Consejero Adjunto para la Seguridad Nacional (nº 2 de Condoleezza Rice).
Henry “Scoop” Jackson: antiguo Senador demócrata por Washington especializado en temas de seguridad nacional, energía y medioambiente. Presidente del Comité Nacional Demócrata con Kennedy. Presidió el Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado de 1963 a 1980. Murió en 1983.
Robert Kagan, director del proyecto para el liderazgo de EEUU en el Carnegie Endowment for International Peace, fundador del Weekly Standard.
Zalmay Khalilzad, de origen afgano, Special Envoy and Ambassador at large for free Iraqis, antiguo enviado especial para Afganistán.
Charles Krauthammer, columnista del Weekly Standard.
Bill Kristol, fundador y editor del Weekly Standard, hijo de Irving Kristol.
Irving Kristol, fundador y editor de The Public Interest, largamente asociado con el American Enterprise Institute.
Michael Ledeen, Resident Scholar in the Freedom Chair del American Enterprise Institute, fundador del Jewish Institute of National Security Affairs.
Leslie Lenkowsy, director de la Corporation for National and Community Service, la agencia federal responsable de los programas Senior Corps, AmeriCorps, y Learn and Serve America, antiguo Presidente del Hudson Institute.
Lewis “Scooter” Libby, Jefe de Gabinete del Vicepresidente Cheney, abogado.
Richard Perle, miembro y antiguo Presidente del Defense Advisory Board (órgano asesor del Departamento de Defensa), fellow del American Enterprise Institute.
John Podhoretz, editor de opinión del New York Post, columnista del National Review, antiguo editor del Weekly Standard, hijo de Norman Podhoretz.
Norman Podhoretz, investigador del Hudson Institute, antiguo editor de Commentary.
William Safire, columnista del New York Times.
George F. Will, columnista del Washington Post y del Weekly Standard.
Paul Wolfowitz, Secretario adjunto de Defensa.
James Woolsey, socio en el bufete de abogados Shea & Gardner, director de la CIA con Clinton.
David Wurmser, research fellow de Oriente Próximo en el American Enterprise Institute.
 
ANEJO II
Las Principales Instituciones Neoconservadoras
 
Think-tanks
·         American Enterprise Institute: www.aei.org
·         Americans for Victory Over Terrorism: www.avot.org
·         Center for Security Policy: www.centerforsecuritypolicy.org
·         Institute for Educational Affairs: funadado por Irving Kristol y William Simon en 1978. Basado en Nueva York. Su misión es la de identificar estudiantes prometedores, otorgarles becas de estudios y ayudar a colocarlos en organizaciones activistas, proyectos de investigación, publicaciones de estudiantes, agencias federales o publicaciones nacionales.
·         Hudson Institute: www.hudson.org
·         Jewish Institute for National Security Affairs: www.jinsa.org
·         Project for the New American Century: www.newamericancentury.org
 
Publicaciones
·         Commentary: www.commentarymagazine.com
·         The National Interest: www.nationalinterest.org
·         The Public Interest: www.thepublicinterest.com
·         The Wall Street Journal (páginas de opinion): www.wsj.com
·         The Weekly Standard: www.weeklystandard.com
 


[i] El Anejo I incluye una relación de las principales figuras neoconservadoras para su consulta a lo largo de todo el trabajo.
[ii] El Anejo II incluye una lista y las direcciones web de dichos think-tanks y publicaciones.


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