1. POR QUÉ ESTAMOS EN IRAK
Momentos antes de que las tropas norteamericanas entraran en Irak para derrocar al régimen de Saddam Hussein, se difundió una cinta de Osama bin Laden en Al Jazira TV. La cinta fue emitida el 12 de febrero del 2003, y en ella bin Laden decía: “Los intereses de los musulmanes y los intereses de los socialistas coinciden en la guerra contra los cruzados”.
Bin Laden aludía al hecho de que cuatro semanas antes, millones de izquierdistas se habían echado a las calles de capitales europeas y de Washington, San Francisco y Nueva York para protestar el derrocamiento de Saddam Hussein. Su meta era evitar que Estados Unidos y Gran Bretaña derribaran a Saddam y pusieran fin a uno de los regímenes más crueles y represivos de los tiempos modernos. A pesar de las violaciones del derecho internacional por parte de Saddam y a pesar de su historial de brutalidad y asesinato, los manifestantes retrataban a Estados Unidos como el villano del conflicto. Cantaban “No [más] sangre por petróleo”; llamaban a Estados Unidos "el mayor estado terrorista del mundo”; describían al gobierno democrático de Norteamérica como “un eje del mal”; y comparaban al presidente de América con Adolf Hitler.
En la propia América, las manifestaciones contra la guerra fueron organizadas por dos coaliciones nacionales. Una de éstas fue ANSWER, un grupo fachada del Partido Obrero Mundial, que es una secta marxista - leninista alineada con la dictadura comunista de Corea del Norte. La otra era la Coalición por la Paz y la Justicia, una organización liderada por Leslie Cagan, una izquierdista veterana de los años 60 y miembro del Partido Comunista hasta después de la caída del Muro de Berlín. La Coalición dio la bienvenida a todas las formaciones de la izquierda y se compuso de organizaciones que variaban desde el Partido Comunista hasta el Consejo Nacional de Iglesias, pasando por los partidarios musulmanes de la jihad terrorista.
A pesar de sus esfuerzos, los manifestantes globales no lograron detener el esfuerzo militar británico y norteamericano ni salvar el régimen de Saddam, que cayó seis semanas después del asalto final. La victoria aliada impidió que el régimen añadiera más cadáveres a las fosas comunes que ya albergaban a 300.000; cerró las cámaras de tortura y cerró la prisión que Saddam había construido para personas de entre cuatro y doce años cuyos padres se habían ganado su desaprobación. Inició un intento por proporcionar a Irak un régimen democrático por primera vez en su historia.
En cuestión de semanas desde la victoria, quedó claro que las fuerzas de Saddam no habían sido derrotadas por completo. Se habían de reagrupado y se les habían incorporado las fuerzas terroristas de Abú Musab al-Zarqawi, para librar un esfuerzo guerrillero por la retaguardia contra los liberadores norteamericanos. Los manifestantes pacifistas y de Estados Unidos decidieron unirse también a esta batalla, también en oposición a su propio país. Esta vez, sus actividades se centrarían en la escena de la política electoral. Los activistas y organizaciones pacifistas se incorporaron a las principales campañas presidenciales en apoyo a Demócratas anti-guerra como Dennis Kucinich o Howard Dean.
A través de organizaciones como MoveOn.org, los enormes recursos económicos y humanos que los activistas habían movilizado contra el derrocamiento de Saddam Hussein transformaban ahora la campaña de un oscuro gobernador de Vermont y convertían a Howard Dean en el inmediato competidor en la nominación Demócrata. Dean condenó la guerra de América en Irak, y destacó que, de ser elegido, haría la paz a la primera oportunidad posible, y retiraría las fuerzas norteamericanas del Golfo Pérsico. La política electoral se convertía así en la tentativa de la izquierda por producir el resultado contrario que sus manifestaciones de la preguerra no habían podido lograr: una derrota norteamericana en Irak.
Con los recursos de la izquierda respaldándole completamente, Howard Dean ascendió hasta los primeros puestos de la candidatura presidencial. En la primavera del 2003, justo antes de los caucus de Iowa, la nominación de Dean parecía tan inevitable que él fue presentado por los gerentes titulares del Partido Demócrata, Jimmy Carter y Al Gore. Este momento subrayó precisamente lo izquierdista que el Partido Demócrata había pasado a ser en su visión del papel mundial de América.
Pero incluso conforme las perspectivas de la nominación de Dean se aproximaban a cumplirse, los Demócratas se echaron atrás colectivamente. La torpeza social y la hiperintensidad del candidato hicieron que muchos Demócratas se preguntaran si un candidato que parecía tan radical podría llevar al partido a la victoria en la campaña nacional. En pocas semanas, la cuestión estaba decidida, conforme los principales electores Demócratas abandonaban a Dean y se reunían tras John Kerry, candidato que había apoyado originalmente la Guerra de Irak, pero que recientemente se había vuelto en su contra bajo la presión de la marea de Dean.
Esta oposición de opiniones sobre un tema de guerra y paz demostró ser eventualmente el aspecto más problemático de la candidatura de John Kerry, y selló su derrota electoral. Aunque los Demócratas en general le apoyaron, su actitud dubitativa hacia la guerra contrastaba enormemente con la de otro candidato Demócrata, el Senador Joseph Lieberman.
De haber sido el nominado vicepresidencial en las elecciones previas, Lieberman podría haber sido el candidato presidencial en estas. Pero sus opiniones sobre la eliminación de Saddam Hussein le colocaban en oposición a los principales electores Demócratas y a los activistas que habían incorporado sus recursos a la campaña. Al contrario que Kerry, Lieberman no vacilaba en sus opiniones de la guerra, ni siquiera si significaba sacrificar sus ambiciones presidenciales.
Patriotismo y traición
Ciertos temas se encuentran lejos de la superficie del discurso político, pero acarrean un peso tan grande como para modelar la formulación del mismo. Éstos incluyen el tema del “patriotismo”, y la cuestión de qué constituye crítica legítima a la política del gobierno en tiempos de guerra.
Al escuchar las quejas de la izquierda, uno pensaría que los funcionarios conservadores esperaban a cualquiera que se opusiera a la guerra o criticara la política del gobierno en Irak con acusaciones pre-esbozadas. Y aún así, si algún bando de este debate ha desplegado la acusación de traición contra sus opositores en el tema de la guerra, han sido los propios Demócratas. Los líderes del partido Demócrata han acusado al Presidente de llevar el país a la guerra bajo falsos pretextos, mentir al pueblo americano, y de hacer que murieran americanos sin motivo, aparte (así se insinúa) de para llenar los bolsillos de sus amigos de Halliburton. Estas son acusaciones equivalentes a la de traición. Al Gore ha atacado explícitamente al Presidente por “traicionar” a su país. El Presidente no ha aludido a Gore en ningún momento.
La realidad política, por otra parte, es que ya nadie en América se toma la traición en serio, y no lo ha hecho desde hace tiempo. Ningún particular ha sido acusado de traición en Estados Unidos desde que Tokio Rose y Axis Sally fueran juzgados por diseminar propaganda política del enemigo entre las tropas americanas durante la Segunda Guerra Mundial. Ni los Rosenberg, que robaron secretos atómicos para la Unión Soviética; ni Jane Fonda, que apareció en la radio del enemigo en medio de una guerra en la misma línea de los traidores de la Segunda Guerra Mundial, denunció a los soldados americanos como criminales de guerra e hizo un llamamiento a desertar. Fonda también colaboró con los torturadores comunistas de prisioneros de guerra americanos. Pero aún con todo, no fue acusada de ningún crimen, por no decir de traición. Ni lo fueron espías como Aldrich Ames, o desertores como John Walker Lindh, quien se uniera a los talibanes en la lucha contra su propio país.
Dejemos, por lo tanto, a un lado la pretensión de que hay alguna amenaza real en la acusación de traición que pudiera enfriar la crítica a la política exterior actual. Si la hubiera, Michael Moore estaría en la cárcel, en lugar de optando a un premio de la Academia. Cuando los izquierdistas se quejan de que su patriotismo se cuestiona en un intento por silenciarlos, la afirmación es una distracción diseñada para evitar que otros piensen en las implicaciones para la seguridad nacional de las posiciones que han tomado.
Al contrario de la impresión que transmite la izquierda, los Republicanos han sido extraordinariamente contenidos al confrontar a aquellos que al asalto de la guerra, también han calumniado a sus partidarios. En el primer debate presidencial, el Presidente Bush echó en cara a su opositor atacar la guerra de Irak como “la guerra equivocada, en el lugar equivocado, en el momento equivocado”. Afirmar eso “confunde” a la gente, dijo el Presidente, añadiendo que implicarse en una guerra no era liderar a la nación en ningún sentido.
La observación del Presidente fue ciertamente acertada tal y como sucedió. Pero las declaraciones del Senador Kerry — llegando de un líder del Partido Demócrata que pronto sería Presidente en persona — sirvieron para hacer más de lo que dedujo el Presidente. Si tienes diecinueve años y eres un marine americano en Faluya, y estás siendo atacado por terroristas, y el líder del Partido Demócrata, que está a un pelo de ser tu Comandante en Jefe, te dice que no deberías de estar allí de ninguna de las maneras, hace más que confundirte. Te desmoraliza, te desangra tu voluntad de lucha; y puede hacer que te maten. La naturaleza imprudente de los ataques Demócratas contra esta guerra anima al enemigo; desmoraliza a los soldados americanos en el campo de batalla y probablemente hace que algunos mueran. Este es el mismo tema que se suprime cuando se quitan de la mesa arbitrariamente temas de lealtad y el tono apropiado de crítica en tiempos de guerra. Pero los Republicanos son demasiado educados como para mencionar esto.
La traición no es realmente difícil de definir. Traición es cuando tu país está en guerra y tú quieres que gane el otro bando. ¿Hay americanos con tales deseos?. El cineasta Michael Moore es un ejemplo obvio. La declaración siguiente de Moore, aparecida en su página web el 12 de abril del 2004 mientras Estados Unidos luchaba por construir una democracia de posguerra en Irak: “Primero, ¿podemos dejar el lenguaje Orwelliano y comenzar a utilizar los nombres apropiados de las cosas?. No hay ‘contratistas’ en Irak. No están allí para reparar un tejado o verter cemento en una autopista. Son MERCENARIOS y SOLDADOS DE FORTUNA. Están allí por dinero, y el dinero está muy bien si vives lo suficiente para gastarlo. Halliburton no es una ‘compañía’ que hace negocios en Irak. Es un BENEFICIARIO DE GUERRA, que defrauda billones del bolsillo del americano medio. En las últimas guerras habrían sido detenidos — o peor”.
Mientras Moore describía los papeles de los americanos en Irak como depredadores y criminales, describió a los partidarios de Saddam y a los terroristas de Zarqawi, decapitando americanos y matando tropas americanas, de esta manera: “Los iraquíes que se han levantado contra la ocupación no son 'insurrectos' o 'terroristas' o 'el enemigo'. Son la REVOLUCIÓN, los Minutemen1, y sus filas crecerán — y ganarán. ¿Entendido, Sr. Bush?“.
No hay duda del bando en que se encuentra Michael Moore en esta guerra. Michael Moore quiere que América pierda esta guerra y por qué no debería, puesto que él ve Estados Unidos como un imperio rapaz ilegalmente en Irak, y “el terrorismo” como ficción creada por Washington para justificar sus ambiciones imperialistas.
He seguido a Michael Moore desde allá por los años 80, cuando él apoyaba a los comunistas de América Central. Fue despedido de su puesto como editor de la revista de izquierdas Mother Jones después de censurar un artículo tímidamente crítico con la dictadura sandinista. Moore era demasiado leninista incluso para los izquierdistas de Mother Jones. El tema de traicionar a su país nunca se presenta para Moore, puesto que en primer lugar, él niega que haya una amenaza terrorista. Por supuesto que lo hace. A sus ojos, América es la amenaza. América es el agresor responsable de los ataques contra sí misma. El imperialismo americano es la causa raíz de la Guerra contra el Terror. Esto no es una visión única, sino que es una visión compartida por otros en la izquierda política y por la mayor parte de la gente que desfiló en las protestas contra la guerra por deponer a Saddam Hussein.
La hostilidad de Michael Moore hacia su propio país en tiempo de guerra es un hecho, pero ¿cuáles son las consecuencias?. Moore ha prestado apoyo moral al enemigo toda su vida, primero durante la Guerra Fría y hoy en la Guerra contra el Terror, pero sus condolencias traidoras le han hecho una celebridad en lugar de un parias, y rico por anticipado.
Puede hacerse una observación similar acerca de los líderes de las manifestaciones pacifistas, cuyas carreras puede que no estén tan bien recompensadas como la de Moore, pero cuyos compromisos y ausencia de consecuencias adversas son iguales. Las movilizaciones nacionales contra la guerra de Irak fueron organizadas y lideradas por activistas veteranos que daban apoyo al enemigo comunista durante la Guerra Fría. Lo hicieron porque, al igual que Moore, veían a América como un imperio malvado y a la Unión Soviética como el defensor del oprimido. Dirigidos por estas premisas radicales, desfilaron en el invierno del 2002 y la primavera del 2003 para frustrar la guerra de América en Irak y para salvar a Saddam Hussein.
Debería ser evidente que no son personas para las que “la paz” sea una prioridad. Cuando Saddam hizo frente a un ultimátum de la ONU de desarmarse “o de otro modo”, Los manifestantes no organizaron manifestaciones en la embajada iraquí para persuadir a Saddam de que cumpliera. Desarmar a Saddam no era parte de su agenda“pacifista”. En línea similar, no hubo manifestaciones de manifestantes “pacifistas” contra el genocidio que los comunistas llevaron a cabo en Indochina después de que América retirara sus fuerzas de Vietnam. El movimiento anti-Vietnam no iba sobre llevar paz y justicia a Indochina; versaba sobre derrotar a América y ayudar a los comunistas a ganar. La meta de los radicales que organizaron las manifestaciones pacifistas durante el conflicto de Vietnam y la confrontación con Irak era la misma: sin importar la guerra, América debe perder.
En la destacada película de Michael Moore, Farenheit 9/11, que se convirtió en un anuncio de campaña del Partido Demócrata, el Irak de Saddam se presenta como un país pacífico y hasta idílico, cruelmente invadido por un invasor endurecido y engañoso, que somos nosotros. Esta película propagandística antiamericana tuvo su momento álgido en Washington D.C, en medio de la campaña electoral presidencial. A la celebración asistió el líder del Partido Demócrata, Terry McAuliffe, y los senadores Hillary Clinton, Tom Daschle, Tom Harkin y Barbara Boxer, entre otras figuras prominentes del partido. Marcó un mínimo en lo bajo que podemos caer moralmente en este país en el que los líderes de uno de los dos grandes partidos deben estar preparados para aceptar cualquier ataque contra el Comandante en Jefe — y a través de él, contra la nación entera — como discurso político de campaña justo, y debe hacerse en tiempo de guerra.
Crítica legítima a la política de guerra
La crítica a la política del gobierno es la sangre de una democracia. Esto incluye la política de guerra. Pero empezando por los Fundadores, todos han entendido (o solían entender) que hay un equilibrio necesario entre libertad y seguridad, y que en tiempos de guerra se hacen sacrificios regularmente de la primera en interés de la segunda. “La labia fácil hunde barcos”, fue un lema proclamado en carteles durante la Segunda Guerra Mundial. Era una apelación a que los americanos restringían voluntariamente su ejercicio de libertad de expresión para salvar sus propias vidas y las de sus vecinos. No fue designado como una tentativa de derogar la Constitución, o como la destrucción de la Primera Enmienda, que es el modo en el que la izquierda deforma actualmente las medidas para apuntalar las defensas de América contra el terror. Era un simple reconocimiento de que algunos discursos pueden debilitar una democracia y minar su seguridad.
En un conflicto como la guerra contra el terror, y donde el enemigo se encuentra encajado entre nuestra población y puede matar a miles de civiles de una tacada, es importante reconocer la diferencia entre la crítica hecha en apoyo al esfuerzo bélico, y la crítica diseñada para minarlo, incluso si la actual línea entre ellas no es siempre fácil de discernir. Algunas críticas son maliciosamente intencionadas, y algunas críticas pueden constituir por sí mismas un asalto que debilita nuestra democracia y mina nuestras defensas.
Antes de que la lucha comenzara en Irak, algunos críticos expresaron su preocupación de que una intervención armada hiciera que la calle árabe estallara e inflamara el mundo musulmán. Tal fue la consideración expresada por el ex Consejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft, que se opuso categóricamente a la guerra. Aunque equivocadas, las observaciones de Scowcroft fueron hechas obviamente al margen de la preocupación por la seguridad de la nación. Una cantidad significativa de críticas a la guerra de Irak se basaba en preocupaciones igualmente legítimas.
Pero muchas críticas de la guerra se hacen sobre argumentos que no tienen nada que ver con la seguridad americana, y en términos que se encuentran lejos de las realidades norteamericanas. Como en el caso de las peroratas extensamente populares de Michael Moore, éstas son tentativas veladas finamente para retratar a América como el problema global, y presentar a regímenes al margen de la ley como el de Saddam Hussein como las víctimas. A menudo, los ataques se expresan de tal manera (y en un grado tan imprudente) como para minar la seguridad de los americanos y sus fuerzas en Irak. Una cosa es que Scowcroft imaginara las consecuencias resultantes del intento por derrocar a Saddam antes de la guerra, y otra muy distinta es que los críticos de la izquierda lanzaran un ataque total contra la credibilidad y la moralidad del Comandante en Jefe en medio de la propia guerra.
En cuestión de dos meses tras la caída de Bagdad, los líderes Demócratas asaltaban al Presidente como un embustero calculador. Hicieron esta acusación sobre la base de 16 palabras razonables (pronunciadas en el curso del Discurso del Estado de la Unión) cuya fiabilidad ha sido confirmada desde entonces por una investigación bipartisana del Comité de Inteligencia del Senado. Como señaló el Senador John Edwards (uno de los líderes del ataque en persona), la credibilidad de un Presidente es su activo más importante. ¿Por qué entonces atacarle como un embustero por decir que la inteligencia británica había informado de que Saddam intentaba hacerse con uranio de explosivos en Nigeria, como en realidad había hecho?. Y aún con todo, durante seis semanas de junio y julio del 2003, los líderes Demócratas asediaron al Presidente como “mentiroso” por esas mismas palabras.
Una cosa es hacer predicciones apocalípticas antes de una guerra, y otra muy distinta es hacer denuncias extremas (y sin base) con la guerra ya en marcha y mientras nuestras tropas están bajo ataque. En estas circunstancias, decir que el Presidente mintió al pueblo americano y envió nuestras tropas a morir bajo falsos pretextos es más que simple crítica. Especialmente ante la ausencia de pruebas creíbles que apoyaran la acusación. Cuando esto es hecho por políticos que han apoyado la decisión de ir a la guerra en persona, la traición es hasta mayor. Pero eso es precisamente lo que hicieron los líderes del Partido Demócrata a dos meses de la liberación de Bagdad. Los atacantes incluyeron a Ted Kennedy y a Al Gore, pero también a John Edwards, Jimmy Carter, John Kerry y Howard Dean.
Después de este episodio, llegaron las acusaciones serias que siguieron al fracaso a la hora de localizar arsenales de armas de destrucción masiva. También fueron irresponsables, dado el hecho de que no hay pruebas de que el Presidente mintiera acerca de la existencia de tal armamento antes de la guerra. Las pruebas, en la práctica, llevarían a la conclusión opuesta, dado que todas las agencias de inteligencia nacional, incluyendo las de los países musulmanes de Pakistán y Jordania, habían llegado a conclusiones idénticas.
Los corrosivos ataques contra la integridad y la moralidad del Presidente mientras la guerra sólo tenía meses, fueron de hecho más allá de la crítica legítima, y ascendieron a un esfuerzo por sabotear el esfuerzo bélico. Los Demócratas esperaban que una guerra fracasada quitara del puesto al titular en las elecciones de noviembre. Los ataques personales contra el carácter del Presidente fueron incitaciones descaradas a que el público desconfiara y odiara a su Presidente en medio de un conflicto armado. Esto ya no era simplemente “crítica”, ni lo pretendió ser. Fue una guerra dentro de la guerra, y se encaminaba al propio conflicto.
En el mundo real, por supuesto, los temas como estos no se solventan fácilmente. Estos temas caen a menudo en áreas grises que hacen difíciles las distinciones. Así, hay incidentes comunes a todas las guerras que son deplorables y necesiten ser condenados, pero también pueden ser explotados por la propaganda enemiga. Las ofensas criminales de Abú Ghraib son un ejemplo. Mientras suceden atrocidades de guerra — como las atrocidades cometidas por nuestros enemigos en esta guerra — los incidentes de Abú Ghraib fueron de menor importancia. Fueron una serie aislada de actos indefendibles, pero no representativos. No obstante, nos hacemos objeto de raseros más altos que los de nuestros enemigos, y en consecuencia la preocupación fue apropiada.
Pero cuando Abú Ghraib se infla hasta suponer una atrocidad importante y aparece en la portada del New York Times durante más de sesenta días, y un Senador líder lo compara con las propias cámaras de tortura de Saddam Hussein, está sucediendo algo más. Puede que esta cobertura empezara simplemente como un esfuerzo irresponsable por derribar a un Presidente en ejercicio. Pero su efecto claro ha sido aprovisionar una campaña de guerra psicológica contra el esfuerzo americano, y minar así la guerra contra el enemigo terrorista. El New York Times y el senador Kennedy expresaron más ultraje por Abú Ghraib en un día que el Imán Alí Sistaní, líder de la población chi'í de Irak, a lo largo del episodio entero, acerca del que no dijo nada.
La guerra no iba sobre armas de destrucción masiva
Que los ataques de la oposición contra el Presidente a lo largo del primer año de la guerra en Irak se centraran exclusivamente en su justificación y razonamiento es un hecho raro pero iluminador. La particularidad de este hecho puede verse haciendo una comparación histórica. Si descubriéramos que Abraham Lincoln había ideado enviar una fuerza secreta de la Unión a atacar Fort Sumter y echar la culpa del ataque a la Confederación, ¿cambiaría eso nuestra opinión acerca de si se debía haber abolido la esclavitud, y por tanto había valido la pena librar la Guerra Civil?. Aún con todo, esa parece ser la lógica de los opositores a la Guerra de Irak, para los que “las armas de destrucción masiva perdidas” y otros elementos del discurso pre-guerra habían sido cruciales para rechazar la propia guerra.
Esta guerra es, en realidad, una cuyos objetivos y propósitos dificultan entender cómo cualquiera que sea un partidario de los derechos humanos, o que crea en la libertad, puede estar contra ella. En cuatro años, George Bush ha liberado a casi 50 millones de personas de dos países islámicos. Ha detenido el llenado de fosas comunes y ha cerrado las cámaras de tortura de un régimen opresor. Ha animado a los iraquíes y al pueblo de Afganistán a comenzar un proceso político que les dará derechos de los que no han gozado en 5.000 años. ¿Cómo puede uno no apoyar esta guerra?.
El motivo de esta guerra no era, como afirman los críticos, los arsenales de destrucción masiva. Esto es un malentendido producto de los debates políticos del levantamiento de la veda Demócrata prevista para quitar del puesto a un Presidente en ejercicio. Desafortunadamente, también ha tenido un efecto relevante sobre la credibilidad y la seguridad de la nación. El malentendido resultante acerca de armas de destrucción masiva es en la práctica la base de la mayoría de los ataques contra la guerra en Irak.
Al encarar este tema, es importante recordar que los Demócratas que terminaron en oposición frontal a la guerra fueron personas que habían votado a favor de autorizarla al principio. La “Autorización para el uso de la fuerza en Irak” fue aprobada tanto por la Cámara como por el Senado, en apoyo con mayoría Demócrata así como Republicana.
Puesto que el Presidente Bush ha sido acusado de actuar arbitrariamente y de “dividir a la nación”, vale la pena recordar que él no sólo solicitó y garantizó una resolución para utilizar la fuerza en Irak, sino que esto es más de lo que hizo su predecesor Demócrata a la hora de iniciar su propia guerra en Kosovo cinco años antes. Al calibrar la sinceridad de los ataques Demócratas contra la política de guerra de Bush como “ilegal” y “unilateral”, también vale la pena recordar que Bill Clinton ni siquiera buscó la aprobación del Congreso nunca, o la aprobación de la ONU en la guerra de Kosovo, un hecho que no pareció molestar a los Demócratas de aquel entonces.
Al atacar la política de la administración Bush en Irak, algunos Demócratas parecen no estar al tanto de las razones que dio esta administración al buscar la autorización del Congreso para ir a la guerra. Durante las audiencias del nombramiento de Condoleeza Rice como Secretario de Estado en enero del 2005, la Senadora Barbara Boxer tuvo esto que decir acerca de la motivación de la guerra:
Senadora Boxer: ”Bien, debería usted leer acerca de qué votamos cuando votamos en favor de la guerra, que yo no, pero la mayoría de mis colegas votaron. Fueron las armas de destrucción masiva, punto. Ese fue el motivo y la causalidad de esa, ya sabe, votación particular”.
La Autorización para el Uso de la Fuerza en Irak que el Presidente Bush solicitó y obtuvo el 16 de octubre del 2002 tiene 23 cláusulas. Estas cláusulas explican el motivo de la guerra. De las 23 cláusulas, no obstante, sólo hay dos que incluyan mención a los arsenales de armas de destrucción masiva. En otras palabras, la posesión de armamento de destrucción masiva por parte de Saddam Hussein a duras penas habría podido ser el motivo de la guerra. Lo que la resolución sí destacó – en doce cláusulas separadas – fueron las 16 resoluciones de la ONU a las que Saddam hizo caso omiso o desafió.
Estas resoluciones del Consejo de Seguridad son más que simples expresiones de la opinión de la ONU. Las dos primeras — la 687 y 689 – proporcionan los términos de la tregua de la primera Guerra del Golfo. Saddam Hussein había invadido dos países - Irán y después Kuwait, y utilizó armamento químico contra su propio pueblo. Los Estados Unidos fueron a la guerra contra Saddam Hussein en 1991 para forzarlo a salir de Kuwait, que había sido engullido por sus ejércitos invasores. Al final de la guerra, no hubo tratado de paz, simplemente una tregua que dejó al régimen en su lugar. La tregua fue sellada en las resoluciones 687 y 689 de la ONU, y establecía las condiciones por las cuales la ONU aún estaba en guerra con Saddam - permitiendo que se quedara en el poder.
Estas resoluciones ordenan desarmarse a Saddam y poner fin a su programa de desarrollo de armamento de destrucción masiva. Violarlas fue la base jurídica para reanudar la guerra. Las catorce resoluciones restantes son intentos fallidos por hacer cumplir las otras dos – es decir, la tregua de la Guerra del Golfo. Este es el motivo por el que Estados Unidos fue a la guerra en el 2003: para hacer cumplir la tregua de la primera Guerra del Golfo, y más allá de ello, la autoridad de la ONU y del derecho internacional.
¿Cómo sabemos que Saddam tenía programas para desarrollar armamento de destrucción masiva?. Porque había gaseado a los kurdos. Porque su propio cuñado, que estaba a cargo de su programa de armamento nuclear, desertó y nos lo dijo. Porque enviamos inspectores de la ONU a Irak bajo las resoluciones de la ONU y localizaron sus armas destrucción masiva y destruyeron las que encontraron. Las resoluciones de la ONU — respaldadas por el poder armado de Estados Unidos – fueron necesarias y habían funcionado parcialmente. Pero sólo parcialmente, y solamente durante un tiempo.
Cuando los inspectores de la ONU descubrieron sus programas, Saddam fue forzado a terminarlos; fue forzado a moderar su represión de las minorías étnicas y religiosas como exigían las resoluciones de la ONU (pero solo porque los constantes vuelos de reconocimiento de Estados Unidos y Gran Bretaña evitaron que gaseara a los kurdos de nuevo). Sin estos vuelos o sin un ejército ocupante en Irak, la ONU era incapaz de sujetarlo a los términos de sus resoluciones y continuó siendo una amenaza internacionalmente reconocida. Con la ayuda de sus aliados en el Consejo de Seguridad de la ONU — Francia, Rusia y China — Saddam rodeó las sanciones impuestas contra él, obstruyó a los inspectores y evadió los términos de las resoluciones. Finalmente, en 1998, expulsó a todos los inspectores de la ONU de Irak juntos.
Esto constituyó un acto de la guerra. La administración Clinton reconoció la gravedad de lo que Saddam había hecho y la amenaza que suponía, pero no tuvo la voluntad de procesarlo. Su respuesta fue disparar 450 misiles contra Irak (más que durante toda la Guerra del Golfo), y pedir al Congreso que autorizase un Acta de Liberación Iraquí, que aprobó por aplastante mayoría por ambas partes. A pesar de su nombre, el Acta de Liberación Iraquí de Clinton sólo pedía autorización para proporcionar ayuda militar a los iraquíes que intentaban derrocar a Saddam. No pedía que un ejército norteamericano hiciera el trabajo. Mientras que Bill Clinton entendió la amenaza que suponía Saddam para el orden internacional, y a pesar de que pensaba que debía ser eliminado y así lo dijo, no envió a un ejército a hacer el trabajo, porque en 1998 estaba demasiado ocupado en un escándalo interno y estaba demasiado embrollado en las consecuencias del escándalo como para llevar a cabo sus deberes como Comandante en Jefe.
En 1998, Bill Clinton entendió al menos, como John Kerry o Tom Daschle y Al Gore por aquel entonces (y durante los próximos cuatro años), que Saddam Hussein era una amenaza para la paz. Él fue un agresor al menos dos veces. Había demostrado estar determinado a evitar las inspecciones de la ONU y los acuerdos de control de armamento que había firmado. Estaba claro para todos – para cada agencia de inteligencia del mundo — que Saddam estaba determinado a romper las sanciones de la ONU y a desarrollar armas de destrucción masiva si podía. ¿Por qué iba Saddam a expulsar a los inspectores de la ONU de Irak, si no era con la intención de construir armas de destrucción masiva y utilizarlas?. (El Informe Duelfer de posguerra de la CIA concluyó que de hecho lo era).
Saddam era un enemigo auto declarado de Estados Unidos que expresaba detestar a América de innumerables modos, entre los cuales estaban intentar asesinar al Presidente norteamericano. Tenía la distinción de ser el único jefe de estado en celebrar la destrucción del World Trade Center tras el 11 de Septiembre. A pesar de las afirmaciones izquierdistas al contrario, Saddam tenía vínculos importantes con terroristas internacionales, al-Qaeda incluida. Éstos se documentan en el libro de Stephen Hayes, La conexión, que describe los vínculos entre el gobierno de Irak, Al Qaeda, y las principales organizaciones terroristas del mundo. Entre sus gestos hacia la jihad islámica, Saddam había insertado en la bandera iraquí la proclama “Alahu Akhbar”. No adoptó el mantra de los mártires islámicos porque tuviera una revelación religiosa. Lo hizo porque los terroristas islámicos habían adoptado el eslogan como su grito de guerra, y Saddam quería unirse a su guerra.
La necesidad de la guerra
En el otoño del 2002, lo único que había entre Saddam y sus ambiciones malévolas era el poder incierto de Estados Unidos. Era incierto porque la administración del primer Bush había fracasado al deponer al dictador al final de la Guerra del Golfo, y la administración Clinton estaba paralizada también por la ideología y las circunstancias de actuación, cuando la necesidad de reparar el error se hizo inevitable. Clinton disparó centenares de misiles en Irak, pero sin un ejército para deponer al tirano, fueron disparados para lograr muy poco. Tras su derrota en la Guerra del Golfo, un Saddam aún desafiante se había jactado de que América podría haber librado la Guerra Fría, pero no podría gestionar diez mil bajas. Tras la humillación de América en Somalia, Osama bin Laden casi hizo lo mismo: los soldados americanos pueden luchar en una guerra fría, pero no una templada.
A los ojos de los terroristas, la América post-Vietnam se había convertido en un tigre de papel. Esta fue quizá la principal causa de los errores de cálculo cometidos por Saddam que llevaron a su caída. Pero su balance era correcto hasta el 11 de septiembre del 2001. Hasta ese momento, y desde la tregua de Vietnam de 1973, América era un poder reticente, e incapaz en consecuencia de desplegar un ejército en batalla en poco más de cuatro días.
El 11 de Septiembre cambió el mundo. Lo hizo porque la percepción del presidente norteamericano cambió. George W. Bush comprendió que los ataques terroristas de Nueva York y Washington eran una declaración de guerra. Comprendió que la amenaza que afrontaba América estaba hoy determinada por estados sin principios, como Afganistán, Siria, Irán o Irak, que podían proporcionar bases y apoyo a terroristas como al-Qaeda. América no podía esperar que tal ataque se materializara antes de responder. El desarrollo de armamento biológico, químico y nuclear hizo que las consecuencias fueran demasiado terribles como para contemplarlas. América tenía que responder antes de que tal amenaza se hiciera inminente.
Dado que Saddam había demostrado ya que desafiaría todas las tentativas de controlarlo, y puesto que había manifestado ya que utilizaría armas de destrucción masiva, y dado que apoyaba la jihad contra Estados Unidos, su régimen planteaba un peligro que tenía que ser afrontado. Los líderes Demócratas como John Kerry hablaron elocuentemente acerca de estas realidades y aprobaron las medidas tomadas por el Presidente Bush, que llevaron eventualmente a la guerra. "La doctrina preventiva" de Bush es simplemente una declaración de estas realidades unida a la voluntad de tomar las acciones necesarias. Es una declaración de disponibilidad a implicarse en la guerra que ya había sido declarada por los terroristas y los regímenes que les albergan, entre ellos Siria, Irán e Irak.
En sus ataques contra el Presidente, los opositores a la guerra e incluso los líderes democráticos que una vez pensaron distinto, argumentaron que Irak "no era ninguna amenaza". Pero si Irak no era ninguna amenaza, ¿por qué era Afganistán una amenaza?. Afganistán es un país mucho más pobre que Irak. No tiene grandes reservas de crudo; no estaba a punto de llegar a un acuerdo con Corea del Norte para adquirir armas nucleares “disponibles”, como estaba Saddam cuando las tropas de Estados Unidos cruzaron sus fronteras. ¿Así que por qué era Afganistán una amenaza?. Era una amenaza porque proporcionaba a los terroristas una base de operaciones, y desde esa base podían asestar un golpe devastador a Estados Unidos.
Dado que Afganistán era una amenaza, Irak era obviamente una amenaza mayor, pero también Irán. Algunos críticos de la guerra quieren saber por qué Estados Unidos no atacó Irán o Corea del Norte, los cuales les parecían más amenazadores que Saddam Hussein. Hay cierta hipocresía en estas preocupaciones expresas. Éstas son las mismas personas que argumentan que el ataque contra Irak – un país con el que Estados Unidos ya estaba técnicamente en guerra — era ilegítimo. Así que ¿por qué iba a ser distinto un ataque contra Irán o contra Corea del Norte?. No lo sería, y si se hubieran propuesto hostilidades contra cualquiera de los países en serio, estos críticos habrían atacado también esas políticas.
No obstante, vale la pena responder a la pregunta. La diferencia entre Corea del Norte e Irak es que Corea del Norte no era parte de la jihad islámica a la que Saddam Hussein se había unido. El régimen de Irak no sólo financiaba los atentados suicida en Oriente Medio, sino que vamos sabiendo hoy que proporcionó 74 billones de dólares del programa Petróleo por Alimentos de la ONU para financiar a la organización terrorista Hamas. La diferencia entre Irán e Irak, por otra parte, es que en realidad estábamos en guerra con Irak, y llevábamos en guerra desde 1991.
Durante una década, aviones de guerra norteamericanos y británicos habían participado en misiones diarias sobre “zonas de exclusión aérea” en el norte de Irak para evitar que Saddam Hussein rociara a los kurdos con gas venenoso. Durante diez años, Estados Unidos y Gran Bretaña se habían implicado en una guerra de baja intensidad con Irak para contener a Saddam dentro de los límites establecidos en las resoluciones de la ONU que desafiaba implacablemente. Esta guerra no había logrado su objetivo, que es exactamente por lo que Estados Unidos y Gran Bretaña iniciaron una guerra mayor para acabar el trabajo. El Informe Duelfer, publicado después de la eliminación de Saddam, concluyó que Saddam Hussein tenía una agenda oculta, que consistía en retirar las sanciones de la ONU, eliminar los inspectores de la ONU, y reanudar sus programas de construcción de armas de destrucción masiva. De esto es de lo que iba la guerra.
Por recapitular el orden de los sucesos: tras el 11 de Septiembre, George Bush declara a Irak en violación del control de armamento y de los acuerdos de inspección diseñados para mantenerle bajo control. Saddam era en consecuencia una amenaza internacional. En su Discurso del Estado de la Unión del 20 de enero del 2002, Bush dice a Saddam que, en la práctica: “eres parte de un 'eje del mal' y estás en violación de los acuerdos de tregua de 1991. Es necesario que obedezcas los términos de la tregua que firmaste, y obedezcas las resoluciones de la ONU y te desarmes, abras tus fronteras a los inspectores de la ONU y abandones tus ambiciones de adquirir armas de destrucción masiva — o de otro modo”. Este ultimátum se dio catorce meses antes de que fuéramos realmente a la guerra.
Cuando el Senador Kerry y otros críticos dicen que Estados Unidos “se lanzó a la guerra” es difícil imaginarse de lo que hablan. Poco después de que George Bush pusiera al día a Saddam en enero del 2002, Al Gore dio el primer discurso de política exterior que había dado desde las elecciones del 2000. En este discurso, Gore elogió a Bush por identificar a Irak como uno de los componentes de un eje del mal. Observó que Bush había sido objeto de crítica por hacer tal declaración, y consideró indispensable apoyar la decisión del Presidente de hacerla. El régimen de Saddam era, de hecho, malévolo, y una amenaza para la paz. Gore dijo que América tenía que hacer lo necesario para tratar con la amenaza que representaba Saddam, incluso si teníamos que hacerlo en solitario y sin la aprobación de nuestros aliados. Posteriormente, Al Gore traicionó sus propias declaraciones acerca de Irak, igual que la directiva del Partido Demócrata traicionó una guerra a la que se había comprometido, con la esperanza de sacar un rédito electoral.
No hubo prisa en ir a la guerra. En septiembre del 2002, nueve meses después del discurso del eje del mal y seis meses antes del inicio de la guerra, el Presidente Bush acudió a la ONU y dijo a sus delegados que la ONU debía hacer cumplir las resoluciones que Saddam había desafiado o ignorado o hecho “inaplicables”. Si el Consejo de Seguridad de la ONU no cumplía sus obligaciones, hacía cumplir sus resoluciones y defendía la paz, los Estados Unidos tenían intención de hacerlo en su lugar. Como muestra de su intención, los Estados Unidos ya habían comenzado a enviar tropas al golfo. El efecto inmediato de esto era hacer que Saddam readmitiera a los inspectores de la ONU. En los meses cruciales que siguieron, el presidente norteamericano dijo más de una vez al régimen de Saddam: “O te desarmas, o te desarmaremos”. Esto no es prisa por ir a la guerra, sino una marcha deliberada hacia el momento de la verdad, en el que las intenciones de Saddam serían puestas a prueba una última vez: desarme; apertura de fronteras sin obstáculos a las inspecciones de la ONU -- o de otro modo.
En octubre del 2002, tras su aparición en la ONU, el Presidente acudió al Congreso y recibió la autorización que necesitaba para utilizar la fuerza contra Irak si Saddam persistía en el camino de obstáculos que había perseguido durante más de una década. La votación en el Senado fue de 77 a 23, recibiendo el apoyo de la mayoría de la cámara por ambas partes. El 9 de noviembre, el Presidente ganó una votación unánime a 0 en el Consejo de Seguridad para la resolución 1441. Esta resolución es un ultimátum que dice a Saddam: “Te desarmarás, y mostrarás que te has desarmado publicando un informe exhaustivo de tus armas de destrucción masiva, o habrá 'consecuencias serias'”. El plazo de conformidad fue fijado en treinta días desde entonces, o el 7 de diciembre del 2002.
El jefe de los Inspectores de Armas de la ONU, Hans Blix, ha escrito un libro desde entonces acerca de estos sucesos, llamado Desarmar a Irak. Blix es un izquierdista sueco que, según su propia admisión, estaba en contra de ir a la guerra a pesar del fracaso de Saddam a la hora de cumplir las resoluciones de la ONU. En su libro, reconoce que la resolución 1441 de la ONU es lenguaje diplomático para un ultimátum de guerra, y que Saddam no cumplió sus términos. El 7 de diciembre, que era el plazo de cumplimiento, el régimen de Irak entregó un informe de 12.000 páginas, que era esencialmente un compendio de informes inadecuados y engañosos que había presentado antes, y no respondió seriamente a las cuestiones que se le habían planteado. No se daba parte de miles de armas, y los requisitos que el Consejo de Seguridad había fijado no se habían cumplido. Hasta este punto, la pregunta era si se debía dejar pasar inadvertidamente otro ultimátum sin que le siguieran consecuencias. Si nunca hay consecuencias para las violaciones de la ley, entonces la ley se convierte en letras vacías. Ni la palabra de Naciones Unidas ni la de Estados Unidos tendrían credibilidad. Esto crearía un ambiente internacional peligroso donde el único árbitro sería la fuerza. Si la palabra de una gran potencia como Estados Unidos no se podía tomar en serio, el único modo que queda de disuadir una futura amenaza sería ir a la guerra. En suma, no actuar en la resolución 1441 de la ONU demostraría desprecio hacia el derecho internacional, como señaló el propio Primer Ministro Tony Blair en vano al francés, e incrementaría las probabilidades de conflictos futuros con consecuencias potencialmente más mortales.
El motivo de cumplir el ultimátum de la ONU había sido resumido con admirable claridad por el Presidente Bill Clinton allá por 1998, aunque el desorden en sus asuntos personales del momento paralizó su gobierno y restringió su respuesta a una serie de ataques con misiles contra Saddam: “Si no podemos responder hoy”, dijo Clinton, “Saddam y todos los que sigan sus pasos mañana serán animados al saber que pueden actuar con impunidad, incluso ante un mensaje claro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y pruebas claras de un programa de armamento de destrucción masiva”.
El senador Kerry y otros críticos de la izquierda han afirmado que Saddam Hussein podía 15 haber sido contenido sin ir a la guerra, y que las inspecciones de armas habrían desarmado eventualmente al régimen y lo habrían mantenido desarmado. Pero éstas son afirmaciones vacías. Presumen que Estados Unidos podría mantener 100.000 tropas en la frontera iraquí indefinidamente y centrar las energías más relevantes del gobierno en vigilar de cerca un estado malvado. En primer lugar, el único motivo por el que los inspectores de la ONU fueron readmitidos en Irak fue a causa de la decisión tomada por Bush de colocar una fuerza militar masiva norteamericana en la frontera iraquí, y amenazar la supervivencia del régimen.
El esfuerzo de movilizar suficiente fuerza – diplomática y militar – para dar lugar al momento de la verdad de Saddam el 7 de diciembre del 2002 había precisado un año. ¿Cuanto tiempo podría Estados Unidos centrar esta clase de atención sobre Irak, y desplegar esta clase de recursos sólo para ver si Saddam Hussein cumplía las promesas que había hecho?. Dejar que Saddam desafiara el ultimátum expresado en la resolución 1441 de la ONU sin consecuencias, continuar el juego del gato y el ratón indefinidamente, paralizaría la capacidad de Washington de ocuparse del resto del mundo. Una política de “contención” costaría 1 billón de dólares a la semana, y significaría mantener a más de 100.000 tropas en el desierto árabe, donde serían diana de ataques terroristas. Saddam, por otra parte, tendría todo el tiempo necesario para manipular a la “opinión mundial”, retrasar cualquier resultado y agotar a los aliados. Todo este ejercicio, por otra parte, sencillamente estaría ampliando un esfuerzo ya vano por forzar a Saddam a cumplir la resolución que llevaba en vigor más de una década. Esta “alternativa” a la guerra propuesta por los Demócratas y otros críticos de Bush era simplemente un plan para continuar un apaciguamiento que ya había fracasado.
El papel de la izquierda
En enero del 2003, quedaba un detour en el camino al momento de la verdad de Saddam, — un desvío que ha servido desde entonces para oscurecer la motivación de la guerra en sí misma. Cuando se agotó el plazo del Consejo de Seguridad de la ONU el 7 de diciembre, América y Gran Bretaña estaban solas entre las principales potencias a la hora de hacer cumplir la resolución que todos habían aprobado. El aliado con solera del Ministerio de Exteriores de Saddam, Francia, explicó al Secretario de Estado Colin Powell que, incluso aunque Saddam hubiera desafiado entonces su 17ª resolución de la ONU, su país vetaría no obstante una decisión de ir a la guerra para hacerla cumplir, “bajo cualquier circunstancia" (“quelles que soient les circonstances”). En enero, 750.000 manifestantes pacifistas aparecían en las calles de Londres para unirse a la oposición francesa y decir no a la guerra. El tamaño de esta manifestación en equivalente a los 4 millones de manifestantes en las calles de Washington.
Ni siquiera cuatro millones de manifestantes americanos darían una idea de la dimensión del hecho político que entonces confrontaba Tony Blair. Estos manifestantes eran miembros del propio partido de Blair. Un equivalente apropiado habría sido millones de Republicanos desfilando en Washington para oponerse al cumplimiento de la resolución del Consejo de Seguridad. Para neutralizar esta oposición, Tony Blair apeló al presidente Bush a volver de nuevo al Consejo de Seguridad de la ONU y presentar cualquier información de inteligencia que se necesitara para obtener una segunda resolución de la ONU – completamente superflua no obstante. Esto, en sí mismo, fue un apaciguamiento de Saddam, que había desafiado descaradamente la Resolución 1441. Pero dado que Tony Blair era un aliado tan leal, el Presidente dijo sí.
En perspectiva, no debió haberlo hecho. Fue para garantizar esta segunda y superflua resolución del Consejo de Seguridad que Colin Powell presentó pruebas de las violaciones de Saddam en armamento de destrucción masiva. Aún así, los franceses le informaron después de que ninguna prueba les persuadiría. Sabemos hoy que los franceses habían sido sobornados con millones dólares robados del Programa Petróleo por Alimentos de la ONU y la promesa de billones dólares en contratos petroleros con Saddam. Pero esto apenas era necesario para su oposición a la acción a propósito de la misma resolución en favor de la que habían votado, dado que llevan siendo los aliados de Saddam durante décadas, y han obstaculizado antes las sanciones de la ONU contra él.
Había un segundo motivo, y mucho más importante, para no acudir al Consejo de Seguridad a intentar persuadir a sus miembros impersuasibles (Rusia y China, otros dos aliados de Saddam con veto sobre la decisión) de votar otra resolución superflua. Para defender su caso frente a la recalcitrante izquierda, Powell tuvo que ajustarlas pruebas disponibles y hacer afirmaciones acerca de la existencia de armamento real de destrucción masiva que demostraron ser insostenibles.
El motivo de ir a la guerra fue el desafío del ultimátum de la ONU (y de las dieciséis resoluciones de la ONU previas). Pero la presentación de Colin Powell dio bastante impresión de que el motivo de ir a la guerra era la existencia de arsenales de armas de destrucción masiva, como para eclipsar después el debate entero acerca de la guerra. Fue la presentación de Colin Powell lo que se convirtió en la base del ataque sin principios de la izquierda contra el Presidente por “llevar engañada” presuntamente a la nación a la guerra.
La guerra de Irak no iba de armas de destrucción masiva; iba del desafío de diez años de Saddam Hussein al derecho internacional y su determinación manifiesta a romper los acuerdos de control de armas de la ONU para adquirir armas de destrucción masiva. No hubo apremio en ir a la guerra, sino una marcha deliberada hasta el punto decisorio tanto por partidos políticos como por votación unánime del Consejo de Seguridad (que Francia, Rusia y China no tenían intención ninguna de honrar). No fue unilateral, y no versaba sobre “una amenaza inminente inexistente”, como el partido del apaciguamiento ha afirmado.
En su Discurso del Estado de la Unión del 28 de enero del 2003, justo antes de que comenzaran las hostilidades, el Presidente dijo en muchas palabras que no íbamos a esperar a que Saddam Hussein se convirtiera en una amenaza inminente. No íbamos a esperar hasta que Saddam tuviera ya las armas desplegadas y el plan para atacarnos activado. No íbamos a esperar a que atacara primero. “Algunos han dicho que no debemos actuar hasta que la amenaza sea inminente”, observó el presidente. "¿Desde cuándo anuncian los terroristas y tiranos sus intenciones, poniéndonos cortésmente al tanto antes de atacar?. Si se permite emerger esta amenaza completa y repentinamente, todas las acciones, todas las palabras, y todas las recriminaciones llegarán demasiado tarde. Confiar en la cordura y contención de Saddam Hussein no es una estrategia, y no es una opción”.
Este era el mensaje del Presidente: Saddam cumplirá el ultimátum de la ONU. Se desarmará y demostrará que se ha desarmado, o Estados Unidos le desarmará. 17
El partido del apaciguamiento
Fue esta política la que el Partido Demócrata y sus líderes apoyaron con reservas y a la que después se opusieron tras hacerse realidad, debilitando el esfuerzo de posguerra por consolidar la victoria y establecer un régimen democrático en Irak. ¿Cómo es que el Partido Demócrata se convirtió en el Partido del Apaciguamiento en los albores de esta guerra, y en un saboteador del esfuerzo bélico después de que comenzaran las hostilidades?. ¿Cómo es que llegó a ser tan poderoso bajo la influencia de una izquierda política históricamente antiamericana?.
El romance del Partido Demócrata con los radicales comenzó en 1935, con la decisión de la Internacional Comunista de crear “un frente popular” con los liberales en su batalla contra la derecha. Hasta entonces, los Demócratas de Roosevelt habían sido denunciados por los comunistas como “fascistas sociales”. Pero con el cambio en la política comunista, los liberales se convirtieron en aliados de los izquierdistas, que se unieron al Nuevo Acuerdo. Esta matrimonio de conveniencia duró hasta 1947, cuando se anunció “la doctrina Truman” -- una política que era vista como una declaración de guerra contra la Unión Soviética y su expansión en Europa Oriental. Naturalmente, los comunistas y sus compañeros de viaje progresistas se opusieron.
En 1948 la izquierda comunista decidió abandonar el Partido Demócrata y apoyar la campaña presidencial del recién formado Partido Progresista liderado por Henry Wallace, que se opuso a la “Guerra Fría” que la izquierda sostenía que Truman había iniciado. Demócrata veterano, Wallace había sido vicepresidente de Franklin Roosevelt en su tercer mandato presidencial antes de unirse al Partido Progresista, que fue creado (y controlado entre bambalinas) por el propio Partido Comunista.
Durante casi veinticinco años, la izquierda permaneció al margen del Partido Demócrata en oposición a la Guerra Fría. Lo hizo hasta la culminación de otra campaña pacifista, esta vez en apoyo de los comunistas de Vietnam. En 1968, el líder de Nueva Izquierda, Tom Hayden, organizó una algarada pacifista en la convención del Partido Demócrata en Chicago, con la intención de destruir las aspiraciones anticomunistas de Hubert Humphrey, que era partidario de la guerra, y con él, al ala anticomunista del Partido Demócrata. La publicidad adversa perjudicó fatalmente a la campaña de Humphrey. Inmediatamente después de la derrota de Humphrey, el ala pacifista del Partido Demócrata heredó los escombros y utilizó su poder para rediseñar las reglas del Partido y consolidar dramáticamente lo que quedaba de él.
El Senador George McGovern fue el hombre a cargo de los cambios en las reglas del Partido. En 1972, se convirtió en su candidato pacifista a la Casa Blanca. McGovern era un veterano de la campaña de Wallace de 1948, ingeniada por los comunistas, y llevó a cabo un asalto similar sobre la política exterior de América en su propia candidatura presidencial, utilizando el eslogan “América vuelve a casa” como su tema. El subtitulo de su campaña era que la agresión comunista en Vietnam no era el problema; lo era la respuesta de América a la agresión. Virtualmente todos los líderes del movimiento anti guerra de Irak en el Partido Demócrata de hoy, incluyendo a Edward Kennedy, Howard Dean y (al menos intermitentemente) a John Kerry, son veteranos de la campaña anti Vietnam de McGovern.
Al año siguiente a la derrota de McGovern, el Presidente Nixon firmaba una tregua en Vietnam y retiraba las tropas americanas. Su objetivo declarado era “paz con honor”, por lo que se entendía aceptar un estancamiento, pero negar a los comunistas una victoria en el sur. La tregua de 1973 con los comunistas permitió la retirada de las tropas americanas. Pero fue una tregua imposible, que las hostilidades fueran reanudadas dependía de la capacidad de América de sostener una amenaza creíble si los comunistas violaban sus términos.
Tras la tregua, la izquierda pacifista continuó su guerra interna contra Nixon, exigiendo que suspendiera el apoyo que su administración suministraba al esfuerzo anticomunista, en particular la ayuda económica y militar a los regímenes de Camboya y el sur de Vietnam. Entre los líderes de la campaña de la izquierda se encontraban Edward Kennedy, John Kerry, Jane Fonda y Tom Hayden. Organizaron “una campaña de paz en Indochina” y un tribunal de crímenes de guerra llamado “la Investigación del Soldado de Invierno” 2, que condenaba el papel de América en Vietnam y acusaba al ejército americano de atrocidades sistemáticas. Estas acusaciones sensacionalistas fueron utilizadas para impulsar su campaña de persuadir a la mayoría Demócrata del Congreso de suspender la ayuda a los regímenes comunistas.
Mientras tanto, como presidente del Comité Judicial, el Senador Edward Kennedy lideró el esfuerzo por sacar del cargo a Nixon debido a su papel a la hora de ocultar el estallido del Watergate. Forzaron a Nixon a dimitir, y los Demócratas suspendieron la ayuda a los regímenes anticomunistas. Cuatro meses después, en abril de 1975, los gobiernos de Camboya y el sur de Vietnam cayeron ante las fuerzas comunistas.
El resultado de la retirada de América de Indochina fue un baño de sangre en el que dos millones y medio de camboyanos y vietnamitas fueron masacrados por los comunistas, y más de un millón expulsados de sus países como refugiados. Ésta es una atrocidad que ha sido de todo menos olvidada por la izquierda, a la que nunca se ha responsabilizado de sus acciones hacia Vietnam. En su lugar, la izquierda ha invocado un falso recuerdo de Vietnam como motivo para repetir la misma política desastrosa de retirada de Irak.
Durante las navidades del 2004, una administración Republicana luchaba de nuevo por negar un campo de batalla disputado a un enemigo totalitario. Pero mientras los marines de Estados Unidos luchaban contra fuerzas terroristas en Faluya y en otras ciudades de Irak, muchos Demócratas, liderados por el presidente del partido, Terry McAuliffe, pedían una retirada americana. Entre ellos se encontraba el ex candidato presidencial George McGovern, aún un icono de la izquierda del partido. Las primeras elecciones de Irak estaban programadas el mes siguiente, para establecer un gobierno democrático que continuara la lucha contra los restos saddamistas y los terroristas islámicos.
Pero a McGovern no le interesaba la batalla por la libertad iraquí o su resultado. Lo que quería era una retirada unilateral: “No quise que ningún americano arriesgara su vida en Irak. Deberíamos traer a casa a los que están allí”. ¿Su análisis razonado de esta propuesta?. “Una vez que salimos de Vietnam y dejamos de bombardear a su pueblo”, explicó, “se hicieron amigos y socios comerciales”. Con que América dejara solo a Irak simplemente, todo estaría bien.
Bien, en absoluto. Porque la visión de McGovern de los acontecimientos históricos no es en absoluto lo que sucedió en Vietnam. Primero y principalmente, ha olvidado el baño de sangre que siguió a la retirada americana que tanto hizo por animar. La sangre de esas víctimas se encuentra en las manos de los que forzaron la retirada precipitada de América de Vietnam -- John Kerry, Edward Kennedy, Howard Dean y otros opositores a la guerra de hoy en Irak, George McGovern, entre ellos.
Es verdad que Vietnam se convirtió con el tiempo en un socio comercial (aunque a duras penas en un “amigo” de Estados Unidos). Pero esta transformación no tuvo lugar “una vez que nos fuimos y dejamos de bombardear a su pueblo”, como afirma McGovern. Antes de que eso sucediera, fue necesario que un Presidente Republicano hiciera frente a la Unión Soviética en Europa y Afganistán y forzara el colapso del imperio soviético, el patrón y suministrador de armamento de los agresores comunistas en el norte de Vietnam. Sólo entonces, después de que su principal suministrador hubiera sido derrotado y destruido, los gobernantes vietnamitas se hicieron a la idea de coexistir con Estados Unidos.
McGovern se ha convertido en el símbolo de la mentalidad del "echa la culpa a América” del Partido Demócrata, por buenas razones. “Irak”, explica, “lleva albergado junto al Tigris y el Eúfrates 6.000 años. Estará allí 6.000 más, tanto si nos quedamos como si nos vamos, como aprendieron conquistadores previos”. Pero el Irak tardío ha hecho más que limitarse a “albergarse” en Oriente Medio. Ha invadido dos países, ha utilizado armas químicas sobre su población kurda, intentó asesinar a un Presidente norteamericano, gastó decenas de billones de dólares en programas de armamento prohibido, ayudó e incitó a terroristas islámicos a destruir Occidente, desafió 17 resoluciones de la ONU, y rompió los términos de una tregua que había firmado cuando su agresión en Kuwait fue frustrada. McGovern sencillamente obvia todo esto. Para él, Irak es una tierra conquistada, y somos los conquistadores.
Durante la batalla por la política de Vietnam hace treinta años, los que apoyaban el conflicto advirtieron de las consecuencias del éxito de la campaña pacifista. El Presidente Nixon explicó estas consecuencias en bastantes palabras.
Si Estados Unidos abandonaba el campo de batalla en retirada, los comunistas ingeniarían “un baño de sangre” de venganza. Por otra parte, la mera noción de un baño de sangre comunista fue despreciada sumariamente por George McGovern, John Kerry y otros portavoces de la izquierda anti Vietnam. Era sólo un intento, decían, por parte de la Casa Blanca de Nixon de justificar una guerra pésima. Pero el tiempo demostró que los pacifistas se equivocaban trágica y catastróficamente, aunque nunca han podido reunir la decencia para admitirlo. Si Estados Unidos abandona el campo de batalla en esta guerra en Irak antes de que la paz sea segura, habría también un baño de sangre a lo largo del Tigris y el Eúfrates.
Los jihadistas matarían a nuestros amigos y aliados que luchan por su libertad en Irak. Dada la naturaleza de la guerra terrorista en la que estamos inmersos, este baño de sangre también fluiría a las calles de Washington y Nueva York, y potencialmente de cada ciudad americana. Los jihadistas han jurado matarnos a todos. Los izquierdistas pacifistas, como George McGovern, que asumen que América es invulnerable y creen que si América abandona el campo de batalla reinará la paz, no entienden ni de lejos el mundo en el que vivimos. O si lo entienden, han transferido su lealtad, como Michael Moore, al otro bando.
Para McGovern y Moore y los que piensen como ellos, somos los invasores y los conquistadores, lo que convierte a los terroristas de Zarqawi en “liberadores”, o como diría Moore, en “patriotas”. La misma izquierda que quiere que América tire la toalla en Irak es extremadamente sensible en lo que se refiere a cuestionar su lealtad. Al mismo tiempo, alude ocasionalmente a nuestra presencia en Irak como “invasión y ocupación”. Quiere que utilicemos el lenguaje de la traición, pero quiere que el estándar se aplique solamente en una dirección. No hay tal rasero moral unidimensional, y una política de rendición no es una política de patriotismo o de paz.
La guerra en casa
La raíz de la división interna de América a propósito de la guerra de Irak es la existencia de una izquierda antiamericana que está alienada de los propósitos fundamentales de esta nación, y cree que el mundo estaría mejor si América perdiera sus guerras en el extranjero. Durante la Guerra Fría, esta izquierda dio apoyo moral y político a nuestros enemigos comunistas; en la Guerra contra el Terror, se ha incorporado a una alianza de facto con nuestros enemigos del islam radical.
La izquierda anti americana no cree en la realidad de la guerra contra el terror. En su libro Estúpidos hombres blancos, Michael Moore plantea esta pregunta retórica: “¿Qué pasa si no hay 'amenaza terrorista'?. ¿Qué pasa si Bush y compañía necesitan, desesperadamente, esa ‘amenaza terrorista’ más que cualquier otra cosa para llevar a cabo la destrucción sistemática que han iniciado de la Constitución de Estados Unidos y de las buenas personas de este país, que creen en las libertades y en los derechos que garantiza?”. En otras palabras, el enemigo terrorista es una ficción; el enemigo verdadero es Bush.
La oposición de la izquierda no se limita así a nuestros esfuerzos en Irak. Su guerra es también contra nuestras defensas de seguridad en el país. Bajo instigación de la izquierda, ya hay más de 350 ciudades norteamericanas que han firmado compromisos rechazando cooperar con el Departamento de Seguridad Nacional. La punta de lanza de este movimiento es “la izquierda legal”, cuyos líderes radicales se dedican a lisiar el poder americano y que han comenzado sus esfuerzos siendo los defensores más destacados de terroristas condenados y de opositores a las provisiones clave de la legislación anti-terror de la Patriot Act.
El principal inspirador de este movimiento es, de hecho en persona, un terrorista procesado. Es Sami Al-Arián, ex profesor de ingeniería de la Universidad del Sur de Florida, ex gerente de la Coalición Nacional para Proteger la Libertad Política y actual preso federal arrestado bajo cargos de terrorismo. Al-Arián es también el jefe de la Jihad Islámica palestina, una secta del terrorismo suicida responsable de los asesinatos de más de un centenar de inocentes en Oriente Medio.
Al-Arián fundó la Coalición Nacional para Proteger la Libertad Política en 1996. Su propósito era oponerse al precursor de la Patriot Act, una ley antiterrorismo que la Administración Clinton había presentado como consecuencia del atentado de Oklahoma City en 1995. Al-Arián se convirtió rápidamente en una figura relevante de la izquierda de las libertades civiles, abrazado por colegas de sus organizaciones principales -- la Unión Americana de Libertades Civiles, el Gremio Nacional de Abogados y el Centro para los Derechos Constitucionales — con largos historiales los últimos dos en la defensa de enemigos totalitarios de América y extensa experiencia en la obstrucción de los esfuerzos de América en seguridad nacional.
Al-Arián se opuso al acta antiterrorista de 1996 porque ilegalizaba “el apoyo material al terror” y permitía el uso de pruebas secretas en casos de terroristas. Como totalitario islámico, los temas constitucionales a duras penas pudieron ser un factor motivador para al- Arián. Su agenda verdadera era proteger a su cuñado y co-conspirador terrorista, que había sido detenido bajo sus provisiones. Incluso después de su propia detención como líder terrorista, Sami Al-Arián es aún defendido por la ACLU y el Gremio Nacional de Abogados, uno de cuyos gerentes ejecutivos, Kit Gage, gestiona hoy la organización de Al- Arián en su lugar. La “izquierda legal” ve a al-Arián como víctima del fichado racial y de la persecución con saña de la guerra contra el terror y su presunta falta de respeto a la Bill of Rights. A su detención, al-Arián se quejó: “Soy una minoría. Soy árabe. Soy palestino. Soy musulmán. No es algo popular actualmente. ¿Tengo derechos, o no?”.
La acusación formal contra al-Arián tiene 120 páginas, y es el producto de años de transcripciones telefónicas registradas que demuestran su implicación en la planificación y financiación de atentados suicida en Oriente Medio. Aunque los periodistas del Miami Herald descubrieron a al-Arián a principios de los 90, el gobierno federal no pudo arrestarlo a causa de los obstáculos legales que bloqueaban sus investigaciones. Estos obstáculos, que sólo fueron eliminados por la Patriot Act, habían sido creados por Demócratas anti-Vietnam liderados por Edward Kennedy. Durante casi una década, al- Arián también estuvo protegido por la presidenta de la Universidad del Sur de Florida, Betty Coster, que en el 2004 se convirtió en candidata del Partido Demócrata al senado del estado.
Sami Al-Arián tampoco está solo. Otra figura prominente de la izquierda legal, la abogada del Gremio Nacional de Abogados Lynne Stewart, también ha sido procesada por actividades terroristas por el Departamento de Justicia. Como Al-Arián, Stewart también es defendida activamente por la ACLU, así como por revistas radicales como The Nation. Stewart ha sido condenada por ayudar a su cliente, el jeque ciego Omar Abdel Rahmán, a llevar a cabo actividades terroristas en Egipto. Rahmán es el líder del Grupo Islámico, una secta terrorista que asesinó a Anwar Sadat y atentó contra el World Trade Center en 1993. Consta en acta que Lynne Stewart cree que los terroristas islámicos son liberacionistas y luchadores de la libertad. “Son básicamente fuerzas de liberación nacional”, declaró a la publicación marxista Monthly Review.
¿Cómo es posible que los que piensan en sí mismos como defensores de la justicia social puedan prestar ayuda y confort a radicales islámicos que decapitan a sus víctimas y lapidan a las mujeres de las que se sospecha han tenido actividad sexual fuera del matrimonio?. ¿Cómo pueden abrazar a tales bárbaros los autoadjudicados progresistas?. Pueden, bajo la lógica de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, En 1993, cuando Stewart era homenajeada por el Gremio Nacional de Abogados en su convención anual, declaró a su adoradora audiencia: “Tenemos en Washington un gobierno venenoso que extiende su veneno por el cuerpo político de todos los rincones del globo. Hoy reanudamos… nuestras búsquedas… como David saliendo en busca de Goliat, como Beowulf, el asesino del dragón,… como Sir Galahad en busca del santo grial. ¿Y me atrevo a mencionar a los héroes modernos?. Ho y Mao y Lenin, Fidel y Nelson Mandela y John Brown, el Che Guevara, quien nos recuerda, 'A riesgo de parecer ridículo, déjeme decir que el verdadero revolucionario es guiado por una gran sensación de amor'“.
La alianza maldita entre el islam radical y la izquierda americana se forja por su percepción de un enemigo común, que es Estados Unidos. Actúan bajo la ilusión que es común a todos los radicales que creen poder “cambiar el mundo”, y poder dar a luz un futuro en el que prevalezca “la justicia social”. Esta es la visión contemporánea del socialismo, la versión post-Comunista del sueño totalitario. Es el análogo secular a las 72 vírgenes que aguardan a los jihadistas islámicos en cielo musulmán. Los mártires musulmanes cometen asesinatos en masa para entrar en el paraíso. Esta es también una descripción de la esperanza progresista. ¿Por qué quiere ayudar la izquierda a radicales islámicos a destruir América?. Para entrar en el paraíso. Para crear la justicia social. Es el mismo sueño de un futuro imposible tan tentador que justifica cualquier crimen que se precise para alcanzarlo.
Los radicales no pueden reconciliarse con el hecho de que la raíz de la injusticia es la propia humanidad. Somos la fuente indiscutible de las desigualdades que los radicales quieren borrar. La meca de las fantasías progresistas nunca se puede alcanzar, porque cada futuro estará determinado por los mismos seres humanos fracasados responsables del pasado. Cientos de millones de cadáveres del siglo XX dan fe de esta verdad. Los radicales seculares tienen la misma meta que los jihadistas islámicos — el paraíso en la tierra. También tienen el mismo enemigo en el Gran Satán, que es Estados Unidos. El principio director de la izquierda en esta guerra es “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Para defendernos, debemos invertir la proposición y abrazar la visión de que el amigo de mi enemigo también es mi enemigo.
2. LIBERALES E IZQUIERDISTAS EN TIEMPOS DE GUERRA
Éste es el texto revisado de un artículo aparecido en FrontPageMagazine el 10 de diciembre del 2004.
Que las pasiones políticas de una nación en guerra que también está dividida se hagan desagradables e intensas es inevitable; pero pueden también ser peligrosas. Pueden atar nuestras manos, debilitar nuestra resolución, y hacernos más vulnerables a los enemigos que están determinados a destruirnos. Cuando hay vidas en juego – especialmente cuando son las nuestras – es fácil olvidarse de los modales ordinarios y ver a los que discrepan con nosotros como miembros de un bando hostil que compite por el poder de determinar nuestro destino.
En estas circunstancias es fácil que aflore lo peor de cada uno de nosotros, al tiempo que lo peor de entro nosotros se encuentra a menudo en el centro del debate público. Con las elecciones pasadas y el concurso por el poder decidido momentáneamente, se ha abierto una ventana de oportunidad en la que podemos esforzarnos por poner estas corrientes a prueba y reafirmar nuestro argumento común.
La lucidez más importante al pensar en los temas de la guerra es si nuestras diferencias se basan en buena fe. Si no, no hay frente común posible. Si lo están, entonces podemos acordar discrepar y defender nuestro país al mismo tiempo.
No puedo hablar por los opositores a la guerra, pero si me encontrara entre ellos no me sería posible abrazar a líderes de los que creo que han dirigido nuestras acciones en Irak por motivos que eran mercenarios y razones que son corruptas. Si realmente creyera que George Bush y Dick Cheney mintieron para enviar a jóvenes americanos a su muerte con el fin de hacer beneficio para compañías de Tejas o para robar el petróleo de Irak, les miraría como enemigos, y su guerra no sólo como erróneamente gestionada, sino como indefendible. Si creyera que América es una nación depredadora que precisa oprimir y abusar de otras naciones, haría todo lo que estuviera en mi poder por derrotar sus propósitos. Haría esto como creyente en mi país y opositor a los que lo habían traicionado. Este es el problema de esos izquierdistas que ven su propio país como violador criminal de las normas de la justicia y el derecho internacional. Es por lo que no pueden tener causa común con su propia nación, y son una quinta columna de simpatizantes con el bando enemigo.
Como partidario de la guerra, por lo tanto, tengo cuidado en distinguir entre los que oponen a la guerra por amor al país y los que no; entre los que pueden abrazar a su país a pesar de sus defectos y los que son incapaces de hacerlo porque lo ven como una fuerza de injusticia en el mundo en su misma naturaleza, y concluyen que su derrota avanzaría el bien general.
Por el contrario, esos que disienten de la guerra haciéndolo por motivos patrióticos, la criticarán creyendo que el conflicto de Irak refleja principalmente decisiones honestas, equivocadas no obstante. Creerán que la decisión de ir a la guerra fue tomada de buena fe, pero que ha servido para debilitar nuestra seguridad en su lugar y para distraernos de propósitos más importantes. Esta disposición contrasta dramáticamente con los que se oponen a la guerra de Irak porque ven a América como parte culpable, y comparten un sueño común con los enemigos de nuestra nación de un mundo liberado de la opresión americana.
Puede encontrarse una expresión característica de esta visión antiamericana en el discurso del profesor Nicholas DeGenova en un “seminario” 3 pacifista celebrado en la Universidad de Columbia en abril del 2003, justo mientras la tiranía iraquí estaba siendo derrocada por tropas norteamericanas. El profesor DeGenova deseaba una derrota americana – o, como él lo dijo, “un millón de Mogadiscios", invocando la infame masacre de tropas norteamericanas a manos de un cantón de al-Qaeda en Somalia diez años antes. “El patriotismo norteamericano es inseparable de la guerra imperial y de la supremacía blanca”, dijo DeGenova a 3000 estudiantes entusiasmados y claustro asistente. “Las banderas norteamericanas son el emblema de la maquinaria bélica invasora en Irak hoy. Son el emblema del poder ocupante. Los únicos héroes verdaderos son los que encuentran modos de ayudar a derrotar al ejército norteamericano”. DeGenova indicó que la paz era “subversiva”. Era subversiva, dijo, “porque la paz anticipa un mundo muy distinto de aquel en el que vivimos, un mundo en el que Estados Unidos no tiene cabida”.
La opinión de DeGenova es ampliamente compartida por los de la izquierda política. Robert Jensen es profesor en la Universidad de Tejas. Mientras los marines norteamericanos hacían frente a los terroristas sunníes en un feroz combate en Faluya el 3 de diciembre del 2004, Jensen escribía en una columna del Austin Statesman: “Estados Unidos ha perdido la guerra en Irak, y eso es algo bueno…. Celebro la derrota norteamericana por una razón sencilla: no es la derrota de Estados Unidos — su pueblo o sus ideales — sino de ese imperio. Y que el imperio americano sea derrotado y desmantelado es esencial”. En la mente de Jensen, la América cuyas tropas morían en Irak está separada de “su pueblo o sus ideales”. Esta América es un imperio malvado que es necesario que sea destruido.
Fue esta visión la que inspiró a la izquierda comunista cuando apoyaba al enemigo soviético durante la Guerra Fría. La izquierda comunista vio la Guerra Fría como una lucha entre las fuerzas del socialismo y un imperio americano que no estaba gobernado por su pueblo, sino por una “clase dominante” capitalista. Esta distinción conveniente hacía posible que los comunistas sirvieran al enemigo soviético al tiempo que llevaban la piel del “patriotismo” por sus acciones. En su visión imaginaria de sí mismos, eran ellos los defensores de “los ideales americanos”, que interpretaban como socialistas. “El Comunismo es el americanismo del siglo XX”, proclamaba Earl Browder, secretario general del Partido Comunista.
Esta misma opinión perversa anima a los líderes de las dos organizaciones que han coordinado todas las manifestaciones relevantes contra la guerra de Irak, que se ven a sí mismas como las herederas del legado comunista. Tanto ANSWER International como la Coalición Unida por la Paz y la Justicia están hoy gobernadas por veteranos marxistas de la izquierda comunista, y ven sus movimientos como prolongaciones de las “luchas anti imperialistas” para derrotar a Estados Unidos en la Guerra Fría y establecer un estado socialista. Esta es la opinión de Tom Hayden, líder de la campaña de Nueva Izquierda para apoyar al enemigo comunista en Vietnam, que más tarde se convirtió en Senador Demócrata y recibió una medalla del Presidente Jimmy Carter en la Casa Blanca. En un artículo aparecido en la página web izquierdista www.alternet.org titulado “Cómo terminar la Guerra de Irak”, Hayden esboza un plan práctico para los americanos que quieran derrotar a su país en guerra. “El movimiento pacifista puede forzar a la administración Bush a salir de Irak negándole la financiación, las tropas y las alianzas necesarias para su estrategia de dominación”, escribe Hayden. Esta es la voz de un enemigo autodeclarado de Estados Unidos — en el caso de Hayden, un enemigo veterano.
Un profeta más familiar de la izquierda antiamericana actual es Michael Moore, que ha negado regularmente la mera existencia de una amenaza terrorista y deseado una victoria terrorista, dado que, en su opinión, los terroristas son “la revolución”, y son “patriotas”. Un hombre que piensa que los terroristas no son terroristas y no son el enemigo, cree claramente que América lo es. Si estás convencido, como Michael Moore, de que América es una potencia global imperialista y de que el progreso futuro depende de una derrota americana en Irak, pensarás necesariamente en el enemigo terrorista como en una fuerza de liberación. Están llevando a cabo el servicio que los izquierdistas como él están demasiado débiles o demasiado acobardados como para realizar en persona, que es hacerse con el control del propio Gran Satán.
Había un candor refrescante en el movimiento de los 60, al que tanto Moore como Hayden pertenecieron, que está ausente en la izquierda de hoy. Harta del disgusto de la generación estalinista que se había hecho pasar por "progresista" y "patriótica", la Nueva Izquierda se proclamó abiertamente a sí misma revolucionaria e internacionalista. Es verdad que para movilizar a líderes de grandes audiencias del movimiento anti Vietnam manipularon al público, enmarcando sus demandas como si su única agenda fuera “la paz”. Organizaron la oposición a la guerra bajo la bandera de “Traer las tropas a casa”, como si su única preocupación fuera el retorno seguro de los soldados norteamericanos. Pero también hubo muchos activistas en el movimiento que permanecieron fieles al código de autenticidad de la Nueva Izquierda, enarbolando las banderas del enemigo comunista y cantando “Victoria al Vietcong”. Tom Hayden fue uno de esos parangones que hasta intentó incitar una guerra de guerrillas en ciudades norteamericanas en un homenaje radical a sus héroes comunistas de Vietnam. La victoria de los comunistas de Vietnam era la agenda real de todos los Nuevos Izquierdistas de aquella época, aunque también es verdad que muchos liberales pacifistas que no compartían esta esperanza fueron seducidos para unirse a las manifestaciones que organizaron.
Es esta amalgama de fuerzas de la izquierda -- tanto liberales como radicales -- lo que complica la tarea de distinguir a los patriotas que no están de acuerdo con las políticas en Irak de los radicales antiamericanos que quieren echar abajo "el imperio". Este segundo grupo raramente expresa sus objetivos tan cándidamente como hizo el profesor DeGenova en el seminario de protesta de Columbia. Eso se debe a que los radicales están al tanto de que sus objetivos revolucionarios constituyen una agenda ilegal que la aplastante mayoría de los americanos rechazaría.
Si esos críticos hicieran algo para desvincularse, sería mucho más fácil separar a esta izquierda antiamericana de los críticos patriotas. Pero en general no lo hacen. Cuando los líderes del Partido Demócrata abrazan a figuras moralmente ofensivas como Michael Moore, o cuando radicales antiamericanos se convierten en legisladores del Partido Demócrata, es difícil. Es difícil cuando figuras prominentes del Partido Demócrata apoyan a radicales de MoveOn.org que se opusieron a la guerra en Afganistán, trabajando con ellos en las campañas del Partido.
Para complicar más la tarea de aclaración está la existencia de una industria de Internet, financiada por donantes liberales más que radicales, cuya agenda es difamar a conservadores como "cazadores de brujas” cuya agenda es embarrancar cualquier o toda crítica a la guerra como antipatriótica. Estas páginas de difamación incluyen MediaMatters, de David Brock, MediaTransparency, y la sección “Rightwing Watch” de People for the American Way. Esto no sugiere que los conservadores estén exentos de culpa en lo que se refiere a meter todo en el mismo saco a la hora de tratar con los opositores políticos. Por otra parte, si los radicales se hacen pasar por liberales, y los liberales les abrazan, es comprensible que sus opositores no los distingan.
El fracaso de la izquierda patriótica a la hora de disociarse a sí misma de los radicales de Michael Moore se expresa a sí mismo en la forma de ataques virulentos contra los conservadores que sí hacen estas distinciones. Me he llevado la parte más dura de tales ataques, personalmente, a pesar del hecho de que he reconocido el patriotismo de izquierdistas críticos con la guerra. La técnica de acoso y derribo de los opositores a efectos del ataque es una tradición tan honrada en la izquierda que tiene un nombre, “ataque por amalgama”. El nombre se lo puso León Trotsky cuando los estalinistas difamaban a sus seguidores vinculándolos falsamente con los fascistas de Hitler, porque ambos eran opositores al régimen de Stalin. Los estalinistas también acuñaron el término “fascistas sociales” para atacar a los demócratas y a los socialistas no comunistas que se les oponían.
Un artículo acerca de mí en la página MediaMatters de Brock sigue este patrón bastante manido. Me acusa de atacar a todos los Demócratas como enemigos de América, obviando las distinciones que he hecho cuidadosamente. Según MediaMatters, “David Horowitz [dice] que los Demócratas [y los], medios están haciendo que maten americanos en Irak… debido a su odio patológico a George Bush”. “Esta acusación inspira muchos emails que se quejan de que acuso in justamente a Demócratas de traicionar a su país".
De hecho, el editorial que escribí defiende exactamente lo contrario. El titular del editorial que escribí advierte: “Esto no es una revista acerca de Republicanos y Demócratas, sino acerca de una guerra que tenemos que ganar”. En el editorial que escribí, publicado el día anterior a las elecciones, observé que ésta era “una temporada de caza de políticas envenenadas”, e intenté distinguir entre los patriotas que disienten de la guerra y los que les gustaría que Estados Unidos la perdiera. Aludí a los críticos conservadores que temían que Irak fuera una distracción de la guerra contra el terror en general como “patriotas [que] pertenecen a nuestro bando”. Mis oraciones a continuación fueron:
Hay Demócratas dignos que entran allí también. Joe Lieberman debería haber sido el candidato presidencial de los Demócratas. Dick Gephardt habría sido un líder igualmente valioso. Ambos han sido modelos de principios como líderes potenciales de la oposición, pero han sido silenciados por la mayoría en estampida de su partido d el propósito común y por el frenesí de odio contra el titular, George Bush.
De hecho, siempre he tenido presente que muchos de los opositores a la guerra eran patriotas. Incluso he colocado artículos de críticos pacifistas patriotas en FrontPage. He hecho estas distinciones en mi libro Alianza maldita: el islam radical y la izquierda americana, donde señalo al presentador de la Fox Alan Colmes, entre otros liberales, como críticos patriotas de la guerra. Pero eso no ha evitado que el propio Colmes me acusara de “McCarthynismo”, como si no hiciera tales distinciones. La campaña de difamación contra mí (y conservadores como yo) es tan incisiva en los distritos electorales de la izquierda que nada de lo que yo pudiera escribir haría tambalear sus convicciones.
El otro día recibí un email de un amigo mío que es izquierdista, un Demócrata y opositor a la guerra, pero también un hombre cuyas elocuentes expresiones de patriotismo he colocado en mi publicación. Sherman Alexie es un indio spokane, y uno de los escritores líricos con más talento de nuestro tiempo. El email que recibí de él estaba provocado por la representación falsa de mi posición en la página MediaMatters.
¿David, donde está tu lógica?. ¿Cómo puedes acusar veladamente a varios izquierdistas de trucos sucios y difamación cuando nos has acusado, gente pacifista y odiadores de Bush, de lograr que mataran tropas?. No hay insulto mayor, acusación más grande de mal que esa, David. Y violentamente inexacta.
Haces parecer que sólo los Republicanos pro guerra tienen amigos o familia en Irak. Que sólo los Republicanos pro guerra se preocupan por las tropas. En cada charla que doy, pido a todos los que tienen amigos y/o familia en el ejército que levanten la mano. Después pido a los Republicanos que bajen las manos. Siempre hay docenas de manos aún levantadas. ¿Crees que todos esos Demócratas pacifistas quieren que sus amigos y familias mueran?.
Me decepcionó que Sherman estuviera tan influenciado por MediaMatters como para olvidar mi apreciación de su profundo afecto a su país. En mi respuesta, señalé que al pensar que sólo los conservadores estaban haciendo acusaciones serias, había olvidado la otra parte de la conversación, que para él era una rareza. Cuando los opositores a la guerra no sólo dicen que la guerra está mal planteada, sino que está basada en "mentiras", y que es "un fraude" concebido por los amigos del Presidente en Texas, y que el Presidente y los que le apoyan están haciendo que maten americanos sin motivo — eso es igual de serio que cualquier imputación de falta de patriotismo. Es equivalente a la acusación de que el Presidente ha traicionado a su país, que es exactamente la acusación que hizo Al Gore. Por otra parte, estas acusaciones llegaron antes de la izquierda, y son estos mismos ataques – no la disensión general de la guerra — lo que en mi opinión está desmoralizando a nuestras tropas sobre el terreno, y "haciendo que mueran americanos”.
En una democracia siempre habrá gente que disienta. Es el aire político que respiramos. Mi preocupación (y la del artículo que escribí) no reside en los que disienten como tales, sino en aquellos que han roto la fidelidad a América y han pasado al bando enemigo. También reside en líderes Demócratas oportunistas, como Jimmy Carter, Ted Kennedy o Al Gore, que han roto la tradición de apoyo bipartisano en asuntos exteriores para atacar al Presidente de modo imprudente. Llamar al Comandante en Jefe mentiroso y traidor es sabotear el esfuerzo bélico y minar nuestras tropas en Irak. En contraste, disentir acerca de la guerra por parte de ciudadanos ordinarios como mi amigo Sherman Alexie — y otros que comparten su fe en este país — no lo es, ni siquiera si su retórica se dispara. Los líderes nacionales que se oponen a la guerra tienen una responsabilidad mayor a la hora de mostrar contención a causa de su posición de confianza nacional, y deben ceñirse a un estándar más estricto. Las acusaciones sin contemplaciones hechas por Gore o Kennedy dieron licencia a gente que confiaba en ellos, y les animó a abrir una guerra en el frente nacional – una guerra interna por el liderazgo y propósitos de América. Esto es una fractura de la nación en tiempos de guerra sin precedentes.
El modo en que expresé esta observación en un discurso que di en la Universidad de Georgetown conforme se aproximaban las elecciones del 2004 fue éste: “Cuando tienes dieciocho o diecinueve años y estas en Faluya rodeado de terroristas que quieren matarte, y escuchas al líder del Partido Demócrata, que está a un pelo de la presidencia, diciendo que en primer lugar tú no deberías estar ahí — eso hace más que 'confundirte' sencillamente. Que desmoraliza; te saca la voluntad de luchar y hace que te maten”.
También observé que cuando el New York Times publica artículos acerca del maltrato a prisioneros en Abú Ghraib en sus portadas durante más de 60 días, humillando a las fuerzas de América en Irak y desorientando a los aliados de América, y cuando Ted Kennedy compara las prisiones de América en Irak con las cámaras de tortura de Saddam Hussein, eso es tan eficaz como pudiera serlo cualquier propaganda del enemigo a la hora de desmoralizar a los americanos y dominar su voluntad de resistir a un enemigo tan despiadado como ninguno al que hayan hecho nunca frente. El imán Alí Sistani, líder chi'í de Irak, no ha dicho nada del tema de Abú Ghraib porque -- aparentemente al contrario que los editores de izquierdas del Times -- quiere que las fuerzas de América de liberación ganen.
Si las cosas salen mal en Irak, el New York Times y la cúpula del Partido Demócrata tendrán que culparse a sí mismos en parte. Desde Howard Dean y sus partidarios, nunca el Partido Demócrata se había precipitado a un bando pacifista, la administración ha tenido que librar la guerra de Irak con una mano atada a la espalda. Señalar este hecho obvio, decir que este grado de distorsión en el mismísimo centro del debate político de América y este volumen de ataque en las más altas esferas nacionales hace que mueran americanos es también obvio. Es una crítica apropiada. Y es muy distinto de decir que cualquier crítica a la guerra es equivalente a traición, o que todos los "pacifistas" están en el bando enemigo.
Lo que Jimmy Carter, Al Gore, Ted Kennedy y otros líderes Demócratas han hecho es destruir el principio bipartisano que gobernaba previamente los debates de la nación en temas de guerra y paz. Esta fue una tradición a la que se hizo honor por ambas partes durante la Guerra Fría, y hasta el momento en que Al Gore y Jimmy Carter decidieron echarla por la borda en septiembre del 2002, incluso mientras el Presidente Bush acudía a la ONU a buscar el apoyo internacional. Cuando Ronald Reagan era Presidente de los Estados Unidos, los progresistas le odiaban a él y a sus políticas con pasión apenas encubierta. Pero ningún líder Demócrata acusó nunca a Ronald Reagan (o a cualquier presidente Republicano) de traicionar al pueblo americano en temas de guerra y paz, por no decir de mentir al pueblo americano y perjudicar a sus hijos e hijas, como Al Gore, Jimmy Carter o Ted Kennedy han acusado al Presidente Bush.
La propia izquierda pacifista nunca ha operado bajo tales florituras. “Hey, hey LBJ, ¿a cuántos niños ha matado hoy?”, era sólo uno de sus gritos “pacifistas” característicos, que se ha transformado en “Bush, Cheney, ¿qué tienen que decir, a cuántos niños ha matado hoy?”. Pero incluso Demócratas como Eugene McCarthy o Bobby Kennedy, que finalmente interrumpieron la Guerra de Vietnam, nunca hablaron de un Presidente en ejercicio con frases de tan mal gusto como las empleadas por los líderes de la oposición del actual Partido Demócrata.
Durante la Guerra Fría, la figura del congreso más cercana de retórica más venenosa que se ha hecho común en círculos pacifistas que viene a la memoria es el congresista radical Ron Dellums, cuando dijo en una protesta de “Detened el borrador” en Berkeley que “Washington D.C. es un lugar muy perverso”. La acusación se hizo durante la invasión soviética de Afganistán, y era la primera vez que el Ejército Rojo había cruzado una frontera internacional desde 1945. La administración de Jimmy Carter intentaba volver a presentar un borrador militar para hacer frente a la crisis. Dellums despreció la amenaza soviética con estas palabras: “Desde mi aventajada posición como vuestro Representante, sé que nos encontramos ante un momento muy peligroso. Washington, D.C. es un lugar muy perverso. Mientras el Sr. Zbigniew Breszinski (el Consejero de Seguridad Nacional del Presidente) profesa ver el conato de crisis en el sureste de Asia como el detonante balcánico de la Tercera Guerra Mundial, bien, Dellums ve como único conato de crisis el que discurre entre los cimientos del ala oeste de la Casa Blanca y la sala de guerra del Pentágono”.
Ron Dellums es un miembro fundador de la izquierda antiamericana, un radical pro Castro que en 1983 se alió con la dictadura marxista de Granada para engañar a su propio gobierno acerca de una pista de aterrizaje que Cuba estaba construyendo en la isla para dar cabida a bombarderos nucleares soviéticos. Pero mientras que Dellums denunció a Jimmy Carter y a su administración como perversa y una amenaza para la paz, los propios Demócratas le nombraron director del Subcomité de Instalaciones Militares del Congreso y, después director del propio Comité de Servicios Armados del Congreso. Cuando eventualmente Dellums se en jubiló durante la administración Clinton, fue recompensado con el más alto honor civil por “servicio a su país” que el Pentágono puede conceder.
Episodios como éste son lo que hace difícil trazar las distinciones necesarias en el bando Demócrata del debate. Éstos también son los motivos por los que los Demócratas tienen un enorme problema de credibilidad en temas de defensa nacional, que fue un factor clave a la hora de decidir las elecciones presidenciales del 2004.
Ese resultado electoral ya ha estimulado segundas evaluaciones en círculos liberales. The New Republic es una revista liberal que generalmente ha adoptado una posición firme en temas de defensa nacional. Su número del 13 de diciembre del 2004 contenía un ensayo profundo y largo del editor, Peter Beinart, descrito como “Debate por un Nuevo Liberalismo”, que pedía específicamente la proclamación de “un liberalismo antitotalitario”.
El problema, como lo planteó Beinart, era que mientras que los Demócratas tenían “un estamento de política exterior bastante de halcón”, había “bajo esta pequeña élite… [unos]… cimientos que ven la nueva lucha de América [la guerra contra el terror] como distracción, si no como un espejismo”. Beinart llama a los miembros de estos cimientos “blandos”, y cree que el Partido Demócrata tiene un futuro electoral pobre si continúa permitiéndoles moldear su política. Recuerda los primeros días de la Guerra Fría, cuando el Partido Demócrata estaba plagado de comunistas y sus simpatizantes, que pensaban que la lucha contra Stalin y el imperio soviético también era una distracción y un espejismo. El remedio al que llegaron eventualmente los liberales fue condenar a los comunistas y sus compañeros de viaje (que se auto denominaban “progresistas”, entonces como ahora), y expulsarlos de sus organizaciones.
Los precursores de lo que Beinart llama “blandos” en el islam totalitario fueron los seguidores del ex Vicepresidente Henry Wallace, que se permitió convertirse en el candidato presidencial del Partido Progresista controlado por los comunistas y condenar la Guerra Fría. Beinart identifica como símbolos actuales del “Wallacismo” en el Partido Demócrata a Michael Moore y a MoveOn.org: “Moore ve el islam totalitario del modo en que Wallace veía el comunismo: como un espectro, un subterfugio empleado por los únicos enemigos que importan, los de la derecha. Puede que fundamentalistas saudíes echaran abajo las Torres Gemelas, pero la amenaza real es el Grupo Carlyle. Hoy, la mayoría de los ingenuos liberales considera a Moore un aliado útil, un cañón contra una derecha que merece ser quemada. Lo que no entienden es que sus verdaderas bajas se dan en la izquierda decente. Cuando Moore se opone a la guerra contra los talibanes, proyecta dudas sobre la sinceridad de los liberales que dicen oponerse a la Guerra de Irak porque querían ganar primero en Afganistán. Cuando Moore dice que el terrorismo no debe ser una preocupación nacional mayor que los accidentes de tráfico o la pulmonía, hace más difícil que los liberales afirmen que su fe en las libertades civiles no implica una vigilancia más relajada contra al Qaeda”.
Beinart está absolutamente en lo cierto acerca de esto y anima escucharle decir que ha llegado el momento de que los liberales – la izquierda decente — reclamen su movimiento. Toma como modelo la purga de comunistas de CIO y de otras organizaciones por socialistas como Walter Reuther o liberales como Hubert Humphrey o Harry Truman. “Los liberales… deben reclamar su movimiento a los blandos. Sabremos que tal esfuerzo ha comenzado cuando la disensión entre en erupción dentro de las principales instituciones liberales de América”.
Si sucede esto sería un suceso muy positivo, pero no soy tan optimista como Beinart. En primer lugar, creo que Beinart subestima la oposición que afrontan izquierdistas decentes como él a la hora de purgar a “los comunistas” de sus filas. La izquierda – la extrema izquierda – es hoy mucho más poderosa de lo que lo era durante el apogeo del comunismo, mientras que los Michael Moore no son simplemente “blandos”, como Beinart los describe. “Los blandos”, explica, “… no eran necesariamente los propios comunistas. Pero rechazaron hacer del anti-Comunismo su principio directriz”. Había, y hay, blandos así. Pero Michael Moore y los líderes del movimiento “pacifista” son más análogos a los comunistas que controlaban el Partido Progresista. Son activistas que no creen que haya enemigo externo, sino que nosotros somos el enemigo. El hecho de que haya gente como ésta atrincherada en las instituciones relevantes del Partido Demócrata, MoveOn.org y la constelación de 527 inspirada por Soros, por ejemplo, y en la dirección de los sindicatos del gobierno que controlan la base de financiación del Partido Demócrata, carece de precedentes y hará esta batalla mucho más difícil.
El aspecto más importante del artículo de Beinart en The New Republic es que nos recuerda que los liberales como Beinart o mi amigo Sherman Alexie comparten una agenda común con los conservadores en lo que se refiere a defender este país del enemigo totalitario. Éste es el vínculo que nos hace una nación, y debe permanecer por encima de todos los restantes asuntos en materias de guerra y paz.
3. UN MOMENTO CLARIFICADOR
1. Papá, mamá, ¿qué es lo que hicisteis en la guerra?
http://www.frontpagemag.com/blog/printable.asp?ID=411
Se celebran elecciones en Irak hoy, 30 de enero del 2005. Las primeras informaciones muestran que una mayoría del electorado acudirá a las urnas. Lo harán ante ejércitos terroristas que Estados Unidos no ha podido controlar y que han publicado amenazas de matarles y decapitarles. Esta confrontación entre el pueblo iraquí y el enemigo terrorista nos presenta un momento de lucidez brillante y severo en la guerra contra el terror.
En su segundo discurso inaugural hace diez días, el Presidente de Estados Unidos declaró como propósito de la nación la expansión de la democracia por tierras árabes musulmanas, que son el centro de las amenazas terroristas a América y al mundo. “La mejor esperanza de paz de nuestro mundo”, proclamó, “es la expansión de la libertad por todo el mundo”. Cuatro días después, Abú Musab Al-Zarqawi, el árabe jordano que lidera un ejército de terroristas en Irak, respondió a este reto declarando que “la democracia es perversa” y que es el deber de todo musulmán luchar contra los que la extiendan. Tres días después, el Senador Edward Kennedy llamó a la guerra “un fracaso catastrófico”, acusó a la política del Presidente de “alimentar las llamas del c
onflicto” e invitó a América a retirarse. Ésta, pues, es la guerra en la que nos encontramos, y así es como se alinean las partes. En todo el curso de este conflicto, nunca ha habido un momento más clarificador, o que muestre de manera más definitiva de qué va la guerra o por qué la libramos. Y quién la libra.
¿Qué han hecho los oponentes políticos al Presidente en esta guerra para afectar su resultado -- tanto liberales como izquierdistas?. Comenzando con la declaración del Senador Kennedy la víspera de las elecciones de que debemos tirar la toalla como hicimos en Vietnam, dejando a los iraquíes a la débil clemencia de Zarqawi y compañía; volver a los primeros meses tras la caída del régimen de Saddam, cuando toda la plana mayor de los candidatos presidenciales Demócratas empezó a llamar mentiroso al Presidente por dieciséis palabras de su Discurso del Estado de la Unión; remontarnos incluso a antes de la guerra, hasta cuando centenares de miles de izquierdistas incitados por Al Gore, Howard Dean y Jimmy Carter, intentaron evitar que Estados Unidos y Gran Bretaña derrocaran a Saddam Hussein-- los Demócratas Kennedy y la izquierda política ha atacado implacablemente a las fuerzas que apoyan la democracia en esta guerra, han exagerado sus traspiés, dudado de su éxito, exacerbado sus carencias, minado su credibilidad, intentado debilitar su resolución, y animado en general al enemigo y han agitado de modos que sólo podrían consolidar su voluntad de resistir.
Este movimiento “pacifista” no ha contribuido con ningún esfuerzo a ganar la guerra de la que pende la libertad de 18 millones de iraquíes, y de la que se puede decir que dependen las vidas de decenas de miles de víctimas futuras de terroristas en Irak y por todo el mundo. En la guerra entre el terror y la democracia que se libra en Irak, la izquierda política -- incluyendo todo el ala izquierda del Partido Demócrata y todos los medios de izquierdas, cuyos líderes son el New York Times y las cadenas de noticias -- han puesto su peso en el platillo del otro lado de la balanza. Nunca en la historia de este país un segmento tan grande de su población ha desertado tan vergonzosamente de su misión nacional. Cuándo sus hijos les pregunten, “papá, mamá, ¿qué hicisteis en la guerra?", ¿qué tendrán que decir?.
2. Estado de los demócratas tras las elecciones de Irak
FrontPageMagazine.com | 2 de febrero del 2005
El domingo, los iraquíes desafiaron a la muerte acudiendo a las urnas. Al votar en unas elecciones libres por primera vez en cincuenta años, han declarado la guerra a los terroristas que han llamado "perversa" a la democracia, y una herejía para el islam. La respuesta de los Demócratas a esta asombrosa victoria en la guerra contra el terror: nos queremos ir.
Continúa así el patrón de oposición democrática durante la guerra contra el terror: apaciguamiento de Saddam antes de la guerra, sabotaje de la guerra durante la guerra, sabotaje de la paz tras la caída de Saddam.
Cada Demócrata, cada liberal, cada izquierdista que ha preguntado lo que tenía que ver Irak con la guerra contra el terror ha sido respondido hoy: en el 2003, derrocamos a uno de los partidarios más poderosos del terror internacional, Saddam Hussein. Dos años más tarde, hemos establecido en su lugar un estado antiterrorista vibrando por ser una democracia, un aliado en la guerra contra los terroristas.
Para los que se lo perdieron, Saddam Hussein había protegido a los terroristas más peligrosos del mundo -- Abú Nidal, Abú Abbás y Abú Musab Al-Zarqawi, que buscó el refugio en Irak tras la guerra de Afganistán. Saddam utilizó fondos del “Petróleo por Alimentos” de la ONU para financiar a Hamas, uno de los mayores ejércitos terroristas del mundo. Saddam financiaba a los jihadistas del West Bank, y recompensaba a las familias de sus terroristas suicida. Saddam celebró reuniones internacionales de terroristas en su territorio y animó sus agendas malévolas, colocando el grito del mártir “¡Alahu Ahkbar!” en la bandera nacional de Irak. Saddam era un aliado de facto de Osama bin Laden.
En los últimos dos años, nos hemos adentrado en la guarida de la iniquidad iraquí, nos hemos hecho con las brigadas internacionales terroristas de Jordania, Siria e Irán, y les hemos batido en el campo de batalla. No del todo, seguro, pero con eficacia. Hemos hecho igual con al-Qaeda, destruyendo su capacidad al punto de que Osama bin Laden envía ahora videos a América en vez de aviones cargados de rehenes y bombas.
Hemos despertado a la población de un estado antes proscrito, Irak, y hemos encarrilado a los iraquíes en la causa de la libertad. Cualquiera que sea el marco político que sea establecido en Irak, podemos contar con que ese pueblo es antiterrorista. Estas elecciones fueron una declaración de independencia de la jihad terrorista del pueblo de Irak. Los iraquíes perdieron más de sesenta ciudadanos desarmados el día de las elecciones al mostrar su posición heroica contra los terroristas y a favor de la libertad. Han derramado su sangre para unirse a nuestro lado en la guerra contra el terror.
Hay una salvedad en todo esto, y es que continuamos estando lo bastante comprometidos con la libertad en Irak como para mantener el curso y hacer lo que se necesite hacer. Los Demócratas exigen “una estrategia de salida” de la guerra de Irak. La única estrategia responsable de salida es esta: victoria sobre los terroristas. Si seguimos la línea de rendición de Kennedy y ahora lo dejamos y nos vamos, cedemos esta tierra vital a las fuerzas terroristas. Si capitulamos, perdemos.
En septiembre del 2001, el Presidente Bush expuso el tema muy claramente: En la guerra contra el terror, o estás con nosotros o contra nosotros. Capituladores Demócratas como Ted Kennedy han dejado su pancarta; el resto de nosotros necesitamos dejar la nuestra.
1 En la Revolución norteamericana, ciudadanos armados que acordaban alistarse en cuestión de un minuto desde el aviso. El término minutemen se utiliza especialmente para designar a los hombres que se enrolaron para tal servicio en 1774 por el congreso provincial de Massachusetts. Son los “granjeros” que lucharon contra los británicos en Lexington y Concord.
2 El nombre de soldado de invierno viene del primer escrito de crisis de Thomas Paine, escrito en diciembre de 1776, en el que alude a los “soldados de verano” en un episodio de la guerra. El futuro senador John Kerry, entonces lugarteniente condecorado en la reserva (inactivo), utilizó el texto de Paine para dirigirse al Comité del Senado: "Nososotros, los que hemos venido aquí a Washington, hemos venido porque sentimos que hoy debemos ser soldados de invierno …"