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Un legado histórico
En letra impresa nº 362   |  4 de Abril de 2005
 
(Publicado en La Razón, el 4 de abril de 2005)
 
La dimensión histórica de Juan Pablo II va más allá del ámbito de su propia iglesia. Siempre ha sido así. A lo largo de los siglos los papas han sido mucho más que cabeza del catolicismo. Sin embargo, en los últimos dos siglos, quizás ninguno ha tenido una presencia y una influencia tan importante en la sociedad internacional como Wojtyla.
 
Juan Pablo II ha sido el Papa de la sociedad globalizada y, por lo tanto, ha tenido a su disposición unos medios de comunicación de masas y una facilidad para viajar de la que carecieron sus predecesores. Su mérito fue entender y aprovechar estos fenómenos históricos para llevar su mensaje a todos los rincones del planeta. Desde Pío XII hasta hoy, la imagen del Pontífice y del propio Vaticano ha cambiado muchísimo y una parte fundamental de esa adaptación corresponde a quien, cuando escribo estas líneas, nos está dejando. Nos hemos acostumbrado a que el Papa esté presente en la vida internacional de forma cotidiana, a que viaje de un lado para otro y, sobre todo, a que sea un referente ético.
 
A menudo se hacen referencias al papel que jugó, junto con Ronald Reagan, en el hundimiento del Imperio Soviético. Siempre resulta difícil valorar exactamente el grado de influencia de su acción, lo que es evidente es que fue muy grande, que las partes en el conflicto fueron conscientes de ello y que, por esta razón, los perdedores intentaron matarle. Lo que quizás no se ha dicho tanto es que esa labor no ha cesado y que sus efectos continúan haciéndose visibles tanto en las tierras que estuvieron bajo influencia de Moscú como en el resto del planeta.
 
Wojtyla creció bajo la ocupación nazi y la comunista, regímenes totalitarios decididos a diseñar un “nuevo hombre”, a conformar mentes y sentimientos. Frente a esa agresión aquel joven aprendió el enorme potencial que se encierra en la dignidad de cada individuo y decidió, como cura, obispo y Papa, mostrarlo a los demás. Desde Roma invitó a polacos, checos, húngaros... a algo tan sencillo como ser ellos mismos, a no ceder nunca ante la violencia. Cuando un pueblo toma conciencia de su propia dignidad está a punto de conquistar su libertad.
 
Allí donde ha ido siempre ha insistido en ese punto, esencial en la teología judeo-cristiana y, por lo tanto, consustancial a la cultura occidental. De ahí que su papado vaya unido a la demanda de justicia social tanto como a la denuncia de los totalitarismos. De ahí también su rechazo a la “teología de la liberación".
 
Desde posiciones no idénticas Wojtyla ha coincidido con otros personajes señeros en la lucha contra el totalitarismo. Natan Sharansky , por citar sólo a uno muy en boga en estos meses por el éxito de su último libro, insiste en esas mismas ideas, en la extraordinaria fuerza que la asunción de la propia libertad tiene frente a las dictaduras.
 
Su “reino no es de este mundo”, pero los rebaños que tiene que apacentar están aquí y la conciencia que tengan de su propia dignidad e identidad tendrá siempre consecuencias revolucionarias sobre la vida política. Occidente es el resultado de los valores judeo-cristianos sobre los que se asienta nuestra conciencia de libertad y nuestra demanda de justicia, valores que chocarán siempre con el totalitarismo.
 
Durante años las iglesias han representado un principio de exclusión. Unas y otras se miraban con recelo. Las viejas y mutuas excomuniones determinaban rechazos seculares ¿Qué queda de todo aquello? La extraordinaria vocación ecuménica de Juan Pablo II ha permitido una mayor comunicación y, sobre todo, un ambiente diferente. También aquí el Papa supo aprovechar una nueva situación histórica. El crecimiento del laicismo es una realidad de la sociedad occidental desde el fin de la II Guerra Mundial. Con el laicismo se han venido planteando nuevos problemas que chocan con los principios y valores que han caracterizado durante siglos nuestro comportamiento, problemas que se han hecho gravísimos con el logro científico de la ingeniería genética.
 
Desde su proclamación como Papa hasta hoy hemos podido comprobar cómo las iglesias, la comunidad de los que creen, se sienten mucho más próximas, redescubren todo lo que les une y actúan de forma concertada ante los retos que les plantea la sociedad laica. Un fenómeno que es más evidente en aquellos estados en los que conviven varios credos. La responsabilidad de Wojtyla en este fenómeno es muy grande, aunque los efectos de este proceso se verán en las próximas décadas.
 
Juan Pablo II levantó la excomunión a Lutero y animó un interesante diálogo entre cristianos que, a pesar de las dificultades heredadas y de las emergentes -sacerdocio femenino, homosexualidad, control de la natalidad, moralidad sexual- no cesa de aumentar y de acercar a unos y otros.
 
Desde un punto de vista personal, quizás la apertura al judaísmo le resultó más emotiva. Wojtyla creció en una pequeña ciudad donde convivían católicos y judíos, lo que no era normal en una Polonia con un fuerte componente antisemita. En su clase había niños judíos y entre sus más íntimos amigos se encuentra alguno de ellos. Vivió el Holocausto directamente, por el asesinato de familias que conocía bien y por la proximidad del campo de Austwitz. Como polaco era consciente del vergonzoso comportamiento de sus conciudadanos. Como católico, del histórico antijudaismo presente en sus enseñanzas. Su viaje a Jerusalén y todo lo que implicó supuso un hito histórico, cuyos efectos también veremos en los próximos años.
 
Juan Pablo II ha sido una figura capital en la historia de la Iglesia. Pero también es una figura destacada del siglo XX cuyo legado queda entre nosotros.


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