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Ni el pan ni la sal
En letra impresa nº 359   |  30 de Marzo de 2005
 

(Publicado en Expansión, el 30 de marzo de 2005)

Si hay una idea que caracteriza la política exterior de la administración Bush es la vinculación entre seguridad nacional y expansión de la democracia. No es algo nuevo en la historia de ese gran país, pero pocas veces se ha convertido en el núcleo de la estrategia nacional. A la luz está el amplio rechazo que esta doctrina ha generado en todo el planeta, tanto como los primeros resultados de su aplicación. Por estas tierras se ha denunciado el “fundamentalismo democrático” de aquellos que defendían ese programa, Aznar, Blair, Havel... y ahora se trata de negar la autoría de sus triunfos.
 
Ya antes de los acontecimientos del 11-S Bush definió su política hacia la crisis israelo-palestina. Estados Unidos se comprometía a vincularse a un proceso de paz dirigido a establecer finalmente un estado árabe en la Cisjordania, pero la conditio sine qua non era la celebración de elecciones democráticas y la desaparición de terroristas de la dirección palestina. La posición de Bush no gustó en algunas cancillerías europeas. Se quería evitar la intromisión en los asuntos internos árabes; Arafat parecía a muchos la solución y no el problema; estaban dispuestos a dejarse llevar por el chantaje terrorista y a culpar a Israel de negarse a negociar. El tiempo dio la razón a Bush. Desaparecido Arafat y probada la firmeza de la posición norteamericana, los palestinos han comenzado a desarrollar instituciones y cultura democráticas, el proceso de paz se ha reanudado y el mundo árabe en su conjunto ha vivido la experiencia de ver cómo sus iguales votan, eligen y participan.
 
En Afganistán la democracia ha sido una imposición directa, una condición del vencedor en una guerra convencional, como lo fue en Alemania, en Italia o en Japón. La sociedad está escasamente preparada, porque su historia es la de un país pobre, atrasado y acostumbrado a organizar su convivencia mediante jefaturas locales determinadas por una geografía singular. No cabe esperar un avance rápido ni comportamientos maduros sino, en el mejor de los casos, un proceso de paulatina consolidación.
 
En Iraq también las instituciones democráticas llegan como imposición del vencedor. Ha habido una invasión, seguida de una guerra y de una derrota del régimen vigente. Sin embargo, en este antiguo protectorado británico las instituciones representativas tienen raíces y la sociedad, con todos sus problemas y fragmentaciones, tiene un nivel de educación y conciencia cívica mucho mayor. Si hubiera sido por nosotros, por la mayoría de los europeos y por el actual gobierno español, Naciones Unidas hubiera levantado las sanciones a Iraq y los contratos ya firmados hubieran comenzado a ejecutarse. El que Saddam hubiera asesinado, como poco, a 400.000 iraquíes además de no cumplir las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad no era un problema mayor. En el debe español hay que sumar el haber retirado las tropas enviadas para ayudar a la reconstrucción del país y el haber animado a otros estados a seguir el mismo camino. ¿Qué hemos hecho los españoles para ayudar a que la democracia arraigue en Iraq?
 
En Ucrania la conciencia ciudadana venía presionando desde tiempo atrás para poner fin al gobierno corrupto y pro-ruso. Los ucranianos se echaron a la calle para exigir el respeto a su dignidad. Contaron con el apoyo ciudadano de europeos y norteamericanos, pero no tanto de sus gobiernos. El papel de Javier Solana fue relevante, pero no podemos decir lo mismo de algunos jefes de gobierno de la Unión. En la cumbre de Bratislava Bush expresó a Putin su preocupación por la deriva de la democracia en Rusia y por la constante intromisión de este país en la política interior de algunos de sus vecinos. Rusia se sintió ofendida, pero encontró el consuelo de Francia, Alemania y España, para quienes la amistad y los recursos energéticos parecen ser más importantes que la democracia en terceros estados. No deja de ser curioso que quienes más denunciaron un supuesto interés energético en la intervención en Iraq más se apoyen en esa razón para afianzar lazos con un gobierno que supone una amenaza para sus ciudadanos y para los países vecinos.
 
En Líbano, como en Ucrania, la conciencia cívica de la población ha sido un elemento fundamental. Pero no está claro si en ausencia de determinadas circunstancias internacionales se hubieran atrevido a tanto. Los procesos electorales en su entorno –Afganistán, Palestina e Iraq-, la delicada situación internacional de Siria, la revuelta pacífica ucraniana y el entendimiento franco-norteamericano crearon el marco idóneo para que la gente se echara a la calle. Líbano es una creación francesa, una consciente escisión de Siria. Hubiera sido muy desagradable para París ver como Estados Unidos capitalizaba los sentimientos de esa población en favor de la democracia y la independencia. Al final hubo acuerdo y el Consejo de Seguridad fue capaz de aprobar una resolución firme contra Siria.
 
El deseo de libertad es intrínseco a la condición humana. Los pueblos buscan la democracia de la misma manera que los individuos tratan de disfrutar de una vida digna. Los obstáculos son enormes y los riesgos de perderla ante los “enemigos de la sociedad abierta”, grandes, como la historia nos muestra con repetidos ejemplos. Si hoy esta tensión vive un momento de auge se debe a que la gran potencia de nuestro tiempo, Estados Unidos, está asumiendo graves riesgos para ello. Frente a la idea de que la paz era el resultado del aislamiento, presente en su modelo constitucional, se ha impuesto la contraria, sólo habrá paz si los demás disfrutan de libertad. Negar este hecho es ruin. Pero, sobre todo, es un buen ejemplo de lo que Europa es hoy: un querer y no poder, una ridícula conciencia de superioridad moral y cultural que esconde impotencia, cobardía e incapacidad para hacer frente a los retos de nuestro tiempo. Lo ocurrido recientemente con el Plan de Estabilidad y la Agenda de Lisboa lo pone de manifiesto. Que nuestras autoridades festejen su incapacidad para cumplir acuerdos libremente asumidos que buscaban garantizar el desarrollo de nuestra economía es preocupante. Más aún cuando la producción, la productividad o la innovación destacan por sus bajos niveles.


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