(Publicado en Expansión, el 4 de marzo de 2005)
La primera Administración Bush hizo de las relaciones con Rusia un objetivo prioritario. Putin representaba una esperanza para transformar los restos del Imperio Soviético en una democracia moderna, abierta a sus vecinos y estable. Yeltsin había controlado la situación en la difícil transición, pero a costa de corrupción y de un grave empeoramiento de las condiciones sociales y económicas. Era el momento de poner orden y dotar de firmeza y claridad de objetivos al proceso de modernización. Sólo una Rusia democrática con una economía abierta dejaría de ser un problema. Sólo entonces se integraría en su entorno europeo y proyectaría estabilidad, junto con europeos y norteamericanos, en sus complejas y violentas fronteras.
Bush heredó de sus predecesores programas de colaboración para desmantelar instalaciones, depósitos y equipos humanos dedicados a la producción de armamento de destrucción masiva, que habían quedado obsoletos tras el fin de la Guerra Fría. El riesgo de que científicos o componentes cayeran en manos inadecuadas llevó a Estados Unidos a emplear mucho dinero para asegurarse de su localización, control o destrucción.
El 11-S acercó aún más a ambos países. Desde tiempo atrás Rusia venía padeciendo la amenaza del islamismo radical, que se aprovechaba de antiguas causas nacionalistas y de las masas musulmanas que habían quedado bajo soberanía rusa, en crisis de valores tras la decadencia y definitiva desaparición del ideario comunista. Bush encontró en Putin a un interlocutor con el que tratar de establecer un entendimiento para afrontar los retos de la Guerra contra el Terror. Cuando, durante la campaña electoral norteamericana, Putin apoyó a Bush frente a Kerry; o cuando despreció públicamente a Rodríguez Zapatero, en la rueda de prensa conjunta, por la apresurada retirada de las tropas españoles en Iraq, estaba dando muestras de la existencia de ese entendimiento estratégico.
Sin embargo, esa relación se encuentra en crisis. Ya antes de las elecciones presidenciales norteamericanas se habían empezado a encender luces rojas en Washington. Un conjunto de elementos parecía indicar que el entendimiento estaba condenado al fracaso.
Putin, fiel a la tradición rusa, confundía modernización con mayor control político. Frente a la corrupción económica y al desgobierno político optaba por la nacionalización y la limitación de la democracia. Falto de una cultura liberal e impregnado de la educación autoritaria y estatista recibida en sus años del KGB, no entendía que la salida de la crisis estuviera en fomentar y encauzar las energías inherentes a cualquier sociedad. Putin comprendía que debía salvar a Rusia de la situación heredada por el comunismo y por la etapa Yeltsin, pero erraba en la terapia, como lo hicieron algunos de los más destacados zares de la historia rusa.
Como nacionalista que es se siente humillado por la derrota en la Guerra Fría y por la pérdida del Imperio levantado por Stalin. Ve con horror cómo la penetración de las ideas democráticas empuja a los que fueron sus satélites hacia la Unión Europea y la Alianza Atlántica, proceso que valora como nueva y dolorosa derrota. Más aún cuando fuerzas militares occidentales se establecen en el Cáucaso y Asia Central. La reacción es, como en anteriores ocasiones de la historia rusa, tratar de impedir la penetración ideológica y apoyar dictaduras afines. Georgia primero y Ucrania después se resolvieron de la peor manera posible para sus intereses: con un pueblo en pié demandando democracia, condenando a Rusia por defender la dictadura y buscando a Occidente.
Rusia tenía derecho a recibir el apoyo europeo cuando sufrió el ataque del terrorismo islamista, y no lo halló. Por el contrario, se justificó el terrorismo por la actuación rusa frente a determinadas demandas nacionalistas, lo que no era ni justo ni correcto. La interpretación que hizo Moscú era que los europeos en particular, y Occidente en general, utilizaba a los islamistas para buscar la debilidad de Rusia. Tampoco era cierto, pero ya se sabe que piensa el ladrón que todos son de su condición. Rusia exigía de los demás lo que no estaba dispuesta a hacer. Mientras acusaba a los chechenos de terroristas seguía apoyando en Oriente Medio a grupos del mismo signo disfrazados de formaciones nacionalistas. Sus intereses en política exterior, asociados históricamente al bloque antinorteamericano, le llevaban a una contradicción flagrante, de la que no parecía capaz de salir.
En el mismo sentido, esos vínculos heredados que proporcionaban a Rusia determinado peso internacional y mercado para sus industrias, le abocaban a servir a Irán tecnología nuclear o a rearmar a dos países tan poco ejemplares como Siria y Venezuela.
Estados Unidos y Europa son realistas en su aproximación al problema ruso. Los diplomáticos comprenden bien que para el Kremlin es una necesidad sentir que controla y revierte el proceso de desintegración que estaba en marcha. Es también fácil de entender la reacción de un sincero nacionalista ruso ante el reparto de los recursos nacionales entre un pequeño núcleo de oligarcas realizado durante los años de Yeltsin. Pero el camino elegido sólo lleva al desastre, al estancamiento y a la extensión de un sentimiento antiruso, de por sí muy fuerte, entre sus vecinos.
Rusia quiere ser grande y necesita que los demás se lo reconozcamos. En este sentido hay que interpretar el desarrollo del programa nuclear en marcha: un mecanismo barato para lograr el respeto, que no la autoridad, entre las restantes grandes potencias.
Estaba en el programa que el final de la tournée europea de Bush acabaría en un agrio encuentro con su homólogo ruso. Así ha sido. Las elites rusas sienten, una vez más, el fracaso de su gestión. Perciben con indignación las críticas que proceden del extranjero. Ven fantasmas de conspiraciones donde sólo hay preocupación por la grave deriva de su política. La tentación nacionalista emerge una vez más y les empuja a buscar alianzas con la Europa francesa o con China... pero son conscientes de que eso no lleva a ninguna parte. Como en una obra de Dostoievski la pasión choca contra la razón y aboca, una vez más, a perder una ocasión de enganchar a Rusia al proceso de modernización occidental.
En Bratislava se escenificó el desencuentro, pero todavía hay mucho camino por delante antes de dar por perdida a Rusia. Las presiones son tan necesarias como peligrosas, pues alimentan el resentimiento nacionalista. Habrá que administrarlas con cuidado y los mensajes que se envíen deberán ser muy claros.