Muchos, sobre todo en la izquierda, habrán sonreído sarcásticamente al ver a George W. Bush sermoneando a Vladimir Putin y exigiéndole un claro compromiso con la democracia en Rusia. Ya se sabe, para la izquierda europea Bush no cuenta con legitimidad para nada. Pero, sin embargo, de los actuales dirigentes políticos occidentales –y hay muchos en Europa- es el único que se atreve a presionar a Putin en este punto. Un punto no baladí pues tiene que ver con el ejercicio de la libertad y la dignidad humana. Tiene que ver con 150 millones de rusos y con todos quienes defendemos que la democracia es un bien universal.
Putin se fijó como objetivo de su primer mandato restaurar la gobernabilidad de Rusia, muy dañada tras los años de su antecesor, Boris Yeltsin, en los que el Kremlin no dejó de perder competencias sobre las repúblicas y regiones y frente a otros grupos no tan formales, como las oligarquías económicas y las mafias. Putin aspiraba a librar a Rusia del descontrol y la fragmentación a través de volver a concentrar el poder en sus manos. El problema es que desde las elecciones legislativas del 2003 y su reelección como presidente, hace ahora un año, Putin ha excedido con mucho su plan de “renacionalización” de la toma de decisiones en Rusia, tanto en el terreno doméstico como en su actuación exterior. Hoy por hoy, la democracia en Rusia –al menos el sistema de democracia liberal tal y como la conocemos- está en clara retirada. Los partidos tradicionales se encuentran marginados, el parlamento anulado, la representación territorial desdibujada, la prensa controlada y la incipiente sociedad civil permanentemente acosada. En el plano exterior, Putin parece considerar a Rusia un imperio benigno, pero no tanto como para no intentar alterar la dinámica política en Georgia tras el derrocamiento de Shevernadze, por no hablar de su descarado intento de sostener a Víktor Yanukovich en Ucrania en contra del clamor popular y las protestas internacionales por la manipulación fraudulenta de los resultados electorales del pasado noviembre.
Pero frente al creciente autoritarismo de Putin, los europeos no han dicho nada. Se prefiere a un hombre fuerte en Moscú a la posibilidad de la vuelta a la inestabilidad en Rusia. Cuando no se ve en Putin un aliado táctico para parar los pies al gigante americano, como sucedió con Chirac durante la crisis de Irak y la formación de aquella alianza contra-natura Paris-Moscú-Pekin. Para París, el eje franco-alemán es suficiente para dominar a la UE, pero insuficiente para hacer frente a los Estados Unidos, de ahí su constante chalaneo con Rusia. Alemania, por su parte, tiene demasiados intereses económicos en Rusia como para crearles dificultades al inquilino del Kremlin.
Lo curioso es que los Estados Unidos de George W. Bush también tienen fuertes intereses con la Rusia de Putin. Para empezar, la lucha contra el terrorismo. Pero también cuestiones como la proliferación nuclear, Irán y el Oriente Medio. Pero eso no ha impedido que en su encuentro en Bratislava de la semana pasada, Bush no dejara de manifestar su disgusto por el rumbo antidemocrático de la política de Putin.
Los que niegan la viabilidad de la libertad y la democracia en Oriente Medio y el mundo islámico, dirán también que aspirar a un régimen plenamente democrático en una sociedad como la rusa, que nunca ha experimentado tal sistema, es ingenuo, absurdo y peligroso. Y que lo que hay que hacer simplemente, con una aproximación realista y pragmática, es forzar una cooperación práctica en determinados campos y un modo de convivencia pacífica con Moscú, aceptando que en el mejor de los casos será una democracia limitada o bajo control. No es el caso de George W. Bush quien le ha dicho a Putin que sin oposición, sin prensa libre, sin ONGs independientes, no puede haber democracia. Es una verdadera pena que ese discurso lo haga el presidente americano porque nadie en Europa quiera o se atreva a hacerlo.
Y los europeos deberíamos ser los primeros interesados en una Rusia con un régimen democrático real. Fue un conocido disidente ruso, Andrei Sajarov, quien supo verlo desde el principio: “Un país que no respeta los derechos de su propio pueblo, no respetará tampoco los derechos de sus vecinos” dijo. Aunque sólo fuera por el peligro de exportar inestabilidad o por una injerencia antidemocrática en los asuntos de otros, ya deberíamos presionar para que la democracia rusa no se estuviera debilitando por decisiones políticas equivocadas del presidente Putin y su entorno. También lo ha dicho otro disidente ruso, Natan Sharansky, en su último libro, The case for democracy (libro, dicho sea de paso, que se ha puesto de moda desde que George W. Bush y José María Aznar recomendaran su lectura): “promover la paz y la seguridad está intrínsecamente conectado a promover la libertad y la democracia. El mundo no puede depender de líderes que no dependen de su propia gente”.
En Europa, donde el bienestar se antepone a la libertad, se quiere creer que la prosperidad llevará la democracia, finalmente, a Rusia. Pero la realidad es que la libertad se impone luchando por ella y defendiendo la democracia constantemente. La democracia en Rusia es demasiado importante como para abandonarla cuando empezaba a dar sus primeros pasos. La vieja Europa, con la España de ZP a la cabeza, ya ha cometido ese error con Irak, donde la democracia se la deben agradecer a otros, empezando por los americanos. No caigamos en lo mismo con la Rusia de Putin. La presión internacional sí puede alterar las cosas.