(Publicado en Expansión, el 22 de febrero de 2005)
Durante la crisis de Iraq la mayor parte de las potencias representó el papel previsible. La gran excepción fue Alemania. Es más, gracias al giro alemán Francia se atrevió a plantear abiertamente que Europa en su conjunto abandonara el vínculo transatlántico y asumiera una estrategia de contrapoder hacia Estados Unidos.
Desde Adenauer hasta Köhl Alemania había sido tan fiel al proyecto europeísta como al atlantista. Eran dos caras de la misma moneda, no había contradicción. Sin embargo, en los últimos veinte años vimos surgir en la sociedad alemana nuevas corrientes de opinión muy críticas con Estados Unidos, tanto por su política exterior como por su modelo económico y social. Se rechazaba el uso de la fuerza y se reivindicaba un intervencionismo del Estado en pos de una supuesta justicia social, es decir más paro y menos capacidad productiva. Schroeder llegó al poder reivindicando que era el primer canciller que nada tenía que ver con la Guerra Mundial y que en absoluto se sentía responsable por lo que entonces había ocurrido. Dicho en otras palabras, no estaba dispuesto a asumir nuevas hipotecas. Alemania empezaba un nuevo período caracterizado por la desaparición de la Unión Soviética y la unificación.
Durante la crisis de Iraq el gobierno alemán se vio en la tesitura de optar entre sus votantes o sus aliados tradicionales. No hubo duda. Optó por los primeros y aceptó el guiño de París para rehacer el sistema de alianzas continental. La operación les salió mal. Los europeos no les siguieron, se puso de manifiesto la profunda división existente cuando se trata de fijar posturas en política exterior y, sobre todo, se hizo evidente hasta qué punto Europa es prescindible. Estados Unidos resuelve sus problemas con o sin el Viejo Continente.
Con Schroeder no hay marcha atrás. Tras las buenas palabras y mejores sonrisas unos y otros tienen claro que se ha iniciado una nueva etapa en la que Estados Unidos contará mucho menos con Europa. Ahora se trata de establecer un nuevo marco de entendimiento. Schroeder lo dejó muy claro en su reciente discurso en Munich: la Alianza Atlántica no es el lugar en el que se discuten los grandes temas, es necesario reformar las viejas instituciones. Nadie se llevó a engaño, no se proponía una reforma para mejorar la vieja relación, sino para enterrarla. El nuevo vínculo transatlántico, en la visión de Schroeder, será mucho más laxo.
Ambos mandatarios se verán las caras y tratarán de establecer una nueva relación. Saben que es importante disponer de buenos canales de comunicación para afrontar retos tan complejos como la democratización del Amplio Oriente Medio, la crisis norcoreana o la iraní. Además, Alemania necesita el apoyo norteamericano para entrar como miembro de pleno derecho en el Consejo de Seguridad, donde sus aliados europeos juegan con un cinismo irritante para Berlín.
Ni se olvida ni se perdona nada de lo ocurrido. Que el árbol de los saraos diplomáticos no nos impida ver el bosque de las realidades estratégicas. (Publicado en
Expansión, el 22 de febrero de 2005)(Publicado en
Expansión, el 22 de febrero de 2005)