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Dos palabras por la libertad
Colaboraciones nº 239   |  25 de Enero de 2005
 
Parece que una de las primeras decisiones de George W. Bush, después de su victoria electoral de comienzos del pasado noviembre, fue la de centrar en el tema de la libertad el discurso de inauguración del segundo periodo de su mandato. El resultado ha sido que, en un discurso de poco más de veinte minutos, ha pronunciado cuarenta y nueve veces la palabra libertad.
 
Mientras, la mayoría los medios televisivos españoles se han esforzado en minimizar el discurso, y en sacar imágenes de las patéticas manifestaciones de grupos contrarios al presidente que, por lo demás, tampoco serían posibles si en Estados Unidos no existiera la costumbre de respetar otra libertad: la de expresión. De hecho, fue la primera vez que los organizadores de los actos reservaban un espacio en el recorrido del desfile para los que protestaban.
 
Los medios liberales norteamericanos, sin embargo, han tenido reacciones mucho más matizadas en torno al discurso del presidente. Columnistas del Washington Post o del New York Times, sin ir más lejos, no han tenido reparo en reconocer que el discurso de Bush puede situarse entre los mejores que se hayan pronunciado en semejantes circunstancias y han reconocido lo ambicioso de sus concepciones.
 
Para hablar de la libertad, el presidente ha utilizado, casi con igual frecuencia, las dos palabras que aluden, en inglés, a ese concepto: liberty y freedom. En el texto del discurso parecen casi intercambiables pero el término liberty, que tiene raíz latina, apunta a una dimensión más dinámica y personal, ya que el diccionario de Oxford la define como la inmunidad personal frente al ejercicio arbitrario de la autoridad, la independencia política del individuo, la libertad de elección, y la libertad personal frente a la servidumbre y la opresión. De hecho es la palabra inglesa freedom -descrita en ese diccionario con el concepto más abstracto de condición de ser libre- la que se utiliza para definir la palabra liberty, y no al revés.
 
El resultado ha sido, en cualquier caso, un discurso comprometido con un proyecto en el que la deliberada omisión a nombres concretos de personas y países ha estado encaminada a fijar un programa político que ha querido enraizar con una cultura política americana comprometida en la lucha por las libertades individuales. De ahí su evocación de John F. Kennedy cuando ha dicho que la supervivencia de la libertad en los Estados Unidos depende del éxito de la libertad en otros países, o la expresa cita al presidente Lincoln: “ no merecen la libertad los que se la niegan a los demás y, con la ayuda de Dios, no la disfrutarán mucho tiempo”.
 
Cualquier observador avezado sabe que la lucha contra la tiranía, que ha propuesto Bush, está erizada de dificultades y que la historia de los Estados Unidos, al igual que su presente, está plagada de situaciones en las que ha resultado difícil hacer coincidir las convicciones con los intereses del país. El elevado componente idealista del discurso llega hoy a todos los confines de la tierra sin que se pueda evitar un sano escepticismo, que nace de la fragilidad de cuantos se puedan sentir convocados a esa tarea de acabar con cualquier tiranía.
 
Pero el diagnóstico no está tan descaminado y, en última instancia, resulta muy estimulante que el primer gobernante de la tierra haya sabido utilizar tan eficazmente dos palabras que, en nuestros días, hablan de algo que nunca ha dejado de ser tan necesario: la libertad.

 
Octavio Ruiz-Manjón es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense.


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